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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Solamente Jesucristo puede llegar a tu vida para hacer de nuevo tu corazón.
Homilía n5en011a, predicada en 20190105, con 5 min. y 37 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del Capítulo Primero de San Juan. Nos presenta a uno de los apóstoles de Cristo, de los primeros llamados, conocido como Felipe, que evangeliza a otro de los apóstoles. Lo llama al seguimiento de Cristo. Ese otro apóstol se llama Natanael. Es más conocido como Bartolomé. San Bartolomé. O sea que lo que tenemos en el Evangelio es algo muy bello. Es un momento vocacional, es un llamado de amor, el llamado que Felipe le hace a Bartolomé.
Quiero destacar en esta oportunidad las palabras del apóstol Felipe. Le dice al que luego será su compañero de apostolado y de misión hemos encontrado al Mesías, hemos encontrado a aquél de quien hablaron Moisés y los profetas. La ley y los profetas. Hay que tener en cuenta que para los judíos de aquella época, incluso también para los judíos actuales, la expresión la ley y los profetas equivale a todas las Sagradas Escrituras, es decir, todas las que ellos conocieron, lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento. Así que hay una traducción impresionante de las palabras de Felipe. Lo que Felipe le dice a Natanael es todo el Antiguo Testamento mira hacia Jesús de Nazaret. Hemos encontrado a aquél de quien hablan la ley y los profetas. Hemos encontrado a aquél que es el punto de convergencia, aquel que es el esperado de las naciones, aquel que es la luz de la gente, aquel que es el anhelo más profundo del corazón humano, aquél que cumple y al mismo tiempo supera y trasciende infinitamente todo lo que pedía la Ley. Aquél que cumple y al mismo tiempo trasciende de manera maravillosa todo lo que dijeron los profetas. ¿Quién es éste Jesús?
Uno se da cuenta que Jesús al mismo tiempo es la fuerza de la novedad de Dios Padre y es el desenlace, es el desenvolvimiento, es la culminación de toda la espera y la esperanza del pueblo elegido, y detrás del pueblo elegido, la espera y la esperanza de todos los pueblos. Eso es lo que Felipe le está diciendo.
Ahora, cuando uno piensa que Moisés vivió unos mil trescientos años antes de Cristo. Cuando uno piensa que el camino de los profetas va precisamente desde la época de Moisés hasta casi diríamos pocos años antes del nacimiento de Cristo, y de hecho hasta Juan el Bautista uno dice son mil trescientos años. O sea, ubiquémonos lo que eso significa. Si nosotros hoy, siglo veintiuno, tuviéramos que retroceder todo ese tiempo, tendríamos que irnos más o menos a la época de San Juan Damasceno. Tendríamos que irnos más o menos a la época del nacimiento de Mahoma, tendríamos que irnos al siglo séptimo, al siglo octavo. Y lo que está diciendo Felipe es lo que se esperaba desde hace trece siglos de lo que se ha venido hablando. Lo que se ha venido escribiendo desde hace tanto tiempo ahora es una realidad. Lo hemos encontrado. Y la alegría que está presente en las palabras de Felipe tiene toda la razón de ser, porque es como si dijera todo lo que podíamos esperar, está aquí. Lo estábamos buscando y aquí ha llegado. Es necesario participar de esa alegría.
Si nosotros no tenemos esa convicción de Felipe, si nosotros no tenemos esa alegría de Felipe. Si nosotros no tenemos ese júbilo que está presente en su boca cuando dice todo lo que esperábamos, ahora ha llegado, nuestras palabras van a sonar huecas. Lo que está diciendo Felipe es todo lo que podíamos esperar está ahora aquí. Eso es lo que está diciendo Felipe. Demos gracias a Dios. Demos gracias a Dios también nosotros, porque la voz de Felipe también nos ha alcanzado a nosotros, porque también nosotros podemos decir todo lo que yo esperaba lo he encontrado en Cristo.
Decía San Agustín: Hermosura tan antigua y tan nueva. Eso se cumple aquí. Hermosura tan antigua, porque ya desde la época de Moisés esto se venía anunciando. Y tan nueva, porque nada puede llegar que sea tan novedoso que haga tan nuevo tu corazón. Nada puede llegar a tu vida como llega solamente a Jesucristo. A Él la gloria y el honor por los siglos. Amén.

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