Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dos enseñanzas de San Juan: (1) No amar es empezar a matar. (2) Dios supera nuestra conciencia, sea que nos consideremos muy culpables o demasiado buenos.

Homilía n5en006a, predicada en 20120105, con 14 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, el tiempo de Adviento estuvo señalado por varios personajes: El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Ellos nos ayudaron a prepararnos para la gran celebración del nacimiento de Cristo. Así que ahí hubo un Juan, Juan el Bautista. Ahora nos encontramos en el tiempo de Navidad y hay otro Juan que nos está guiando para que profundicemos un poco en el misterio inagotable, hermosísimo, de la encarnación y del nacimiento de nuestro Salvador. Ese otro Juan se llama Juan el Evangelista. Así que lo primero que se puede recordar hoy es eso. Adviento va con Juan el Bautista. Navidad con Juan el Evangelista. Y de hecho, en la mayor parte del tiempo de Navidad, que es un tiempo litúrgico tan breve, oímos mucho de San Juan.

Fíjate, por ejemplo, hoy la primera lectura, tanto como el Evangelio son del mismo autor. Es una curiosidad que tiene este tiempo litúrgico. Oímos a la misma persona en la primera lectura y en el Evangelio. Yo quiero llamar la atención sobre la primera lectura que durante estos días ha sido tomada de la primera Carta de San Juan. Y solamente quiero subrayar dos pensamientos, porque este apóstol y evangelista tenía una manera muy profunda, a veces poética y mística de expresarse, y su pensamiento se va haciendo como una especie de espiral. De modo que uno puede perderse si simplemente mira que hay palabras que se van repitiendo.

Por ejemplo hoy, varias veces repitió la palabra amor y repitió la palabra vida. Y por ahí va la primera frase que deseo destacar. Vamos a ponerla de este modo dramático. Dejar de amar es matar. Qué duro. Qué duro como suena. Pero eso es lo que nos está diciendo el apóstol. El ser humano vive de amor, y negarle amor al ser humano es comenzar a matarlo. Le dijo Dios a una gran santa doctora de la Iglesia. El alma humana está hecha de amor. Yo la hice de amor y para el amor. Si le quitamos amor al ser humano, lo matamos. Y esto es muy importante por dos razones.

Primera, para que se nos quite a nosotros los católicos esa mala costumbre que tenemos de pensar que somos buenos porque no le hacemos daño a nadie. Hay mucha gente que honradamente se considera buena y si uno les pregunta por qué. Su primera respuesta es, yo no le hago mal a nadie. Pero la primera respuesta que da la Biblia no es esa. Ser bueno no se limita al acto negativo de no hacer el mal. Ser bueno es producir bien, generar bien, traer bien. Entonces, para poder decir uno que uno es bueno o para poder considerarse uno bueno, por ejemplo, un buen ciudadano, un buen amigo, un buen católico. La pregunta que uno tiene que responder es ¿Cuál es el bien que yo estoy creando en las personas que están cerca de mí?

Esta definición de amor que trae San Juan es tan alta que realmente le queda a su medida, a su talla, solamente a los santos. Para los demás, para el resto de nosotros es como una propuesta, un desafío, un camino por el que hay que avanzar. Amar es generar bien. No puedes decirle a tu novia que la amas si no se ve el bien que le estás trayendo. No se limita el amor a un entusiasmo, un gusto, una pasión, un sentimiento, incluso una especie de obsesión. Es que pienso en ella todo el día. No basta. La gran pregunta que trae San Juan es ¿Cuál es el bien que estás trayendo a la vida de la persona que dices tú que amas? Y lo mismo vale para los amigos, las amigas. Lo mismo vale para la naturaleza. Lo mismo vale para nuestros padres y nuestro país. Así que esa sencilla definición de amor. Amor es traer el bien, traer una vida plena. Y por consiguiente, dejar de amar, es empezar a matar.

Cerremos esta parte recordando las palabras que dijimos al principio de la Misa. Siempre al principio de la Misa, se hace un acto de contrición donde todos nos reconocemos pecadores y ahí decimos que hemos pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. No se te olvide ese pedazo que es tan importante, porque creo que el pecado de los, entre comillas buenos católicos, es la omisión. ¿Estás haciendo el bien que puedes hacer con esa salud que Dios te ha dado, con esos estudios que has podido hacer, con esa simpatía que el Señor te ha regalado, con esos amigos, esos buenos amigos que tienes, con esas conexiones que tienes? ¿Estás haciendo el bien que podrías hacer? Es una pregunta que nos deja San Juan hoy.

La segunda frase o el segundo pensamiento que viene de esta primera lectura de Juan es la que tiene que ver con nuestra conciencia. Es muy hermosa y muy profunda la manera como San Juan nos enseña sobre la conciencia. No podemos entrar en tantos detalles, pero quedémonos con esta idea. Dice el Apóstol, si la conciencia no nos condena, podemos acercarnos a Dios con confianza. Pero también dice en caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia. Son dos frases complementarias, dos frases que tienen que ver con dos experiencias que estoy seguro que ustedes y yo hemos tenido.

Una es la experiencia de la persona que se siente condenada por su conciencia, es decir, aquél que al examinarse se da cuenta de que es un incoherente, que es mediocre, que es egoísta, que es impuro, que es avaro, en fin, tantos pecados que tenemos los seres humanos. Entonces nos dice Juan pues si la conciencia nos condena, tenemos que recordar que hay un tribunal superior y ese tribunal superior es el de Dios. Dios es mayor que mi conciencia. Esto es muy importante porque entonces la persona que se sienta culpable no debe hundirse en la desesperación, sino acudir al tribunal divino. Dios es mayor que mi conciencia. Dicho de otra manera, Dios sabe inscribir mi historia, mi realidad, mi propia mediocridad o pecado la sabe escribir dentro del conjunto de una historia más amplia que si yo le permito que la realice, acaba en salvación. Todavía lo traduzco de otro modo. Muchas veces uno, en medio de su pecado, busca justificarse. San Juan nos está invitando. No pretendas explicar tu pecado. Dios sabe explicarte mejor de lo que tú quieres explicarte. Dios tiene para ti una justificación mejor de la que tú quieres dar. Dios es mayor que tu conciencia. Y aquí entra toda la hermosa enseñanza que otro apóstol San Pablo, trae sobre la justificación, tema hermosísimo que será para otra oportunidad.

Pero el resumen es. Deja de estar justificando tu vida. Dios es el que sabe cómo. Incluso tus mediocridades y pecados son parte de una historia que si tú dejas que la escriba, acaba en victoria, en alabanza, en alegría. Eso en caso de que la conciencia tenga que reprocharnos. Y si la conciencia no tiene nada que reprocharnos, entonces ¿qué? ¿nos quedamos tranquilos y satisfechos de nosotros mismos? Nada de eso. Es el momento de acercarse al Señor. Y sucede una cosa muy bella. Así como un cristal, cuando lo miras con una luz pobre, te parece que está limpio. Pero si luego lo pones a la luz intensa que utiliza un joyero, le descubres imperfecciones. Lo mismo nosotros, si nos creemos tan buenos, acerquémonos a Dios y nos va a pasar lo mismo que le sucedía a tantos santos. A veces uno se pregunta ¿Cómo era que un San Martín de Porres, cómo era que una Santa Rosa de Lima encontraba de qué confesarse? Es que eran cristales que estaban muy cerca de la luz. Se habían acercado con confianza a la intensísima luz de Dios. Y así como se cumple lo que dijo Cristo, cuando la rama da fruto, el Padre celestial la poda para que dé más fruto.

Resumen de esta segunda parte. Si tú, o tal vez yo, nos sentimos humillados por nuestros pecados, recordad, Dios es más grande que mi conciencia. Dios me puede explicar. Puede explicar mi vida mejor de lo que yo a veces trato de explicarla. Si por el contrario, me siento demasiado tranquilo, pues maravilloso. Acércate más a la luz a ver qué vas descubriendo en esa cercanía con el que verdaderamente habita en una luz inaccesible, como dice Pablo.

Sigamos esta celebración, hermanos, con esas dos enseñanzas, el amor, el amor es generar el bien. Una medida muy alta. Dejar de amar es comenzar a matar. Y segundo, este tema de la conciencia que es tan importante para recuperar el dinamismo. Nunca olvidemos que somos peregrinos. Por eso precisamente Cristo nos alimenta en esta Eucaristía con su Cuerpo y con su Sangre, para que sigamos manifestando ante el mundo las maravillas de su poder. Amén.

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