Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Sólo podemos generar vida dando la vida.

Homilía n5en003a, predicada en 20020105, con 17 min. y 29 seg.

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Transcripción:

San Juan nos va acompañando durante el tiempo de Navidad, especialmente su primera carta. La primera carta de Juan es aquella que empieza con esas palabras que son al mismo tiempo un testimonio de amor y un testimonio de fe. Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida. Juan nos cuenta su experiencia de fe. Ha visto, ha oído, ha palpado a la palabra de vida. Y desde luego, esto es posible porque la palabra que estaba vuelta hacia el Padre se ha vuelto hacia nosotros y la hemos encontrado en la humildad de nuestra carne. Por eso, ningún marco más apropiado para la carta de Juan que el tiempo de Navidad. Precisamente en Navidad todos podemos decir lo que dijo Juan, lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos palpado. Porque en Navidad estamos celebrando la presencia de la Palabra en nuestra carne y porque se está ahí con nosotros, entre nosotros.

Por eso la hemos visto, la hemos oído, la hemos palpado. Indudablemente, la Navidad encuentra una maravillosa homilía en esa primera carta de Juan. Esa alegría, esa certeza con que empieza la carta de Juan también tiene responsabilidades. También tiene, podemos decir, consecuencias para nosotros. Y eso es un poco lo que va apareciendo en la lectura. Por eso dice: el mensaje que habéis oído desde el principio que nos amemos unos a otros. Es fácil decir, pero el apóstol nos invita a que así como la palabra se hace carne, así nuestras palabras se hagan obras. Y esta es la primera enseñanza que deseo destacar hoy la Palabra, la verdad maravillosa de Dios, la sabiduría de Dios. Pero esa palabra se hace carne y la podemos abrazar, la podemos palpar, la podemos adorar, la podemos mirar.

Bueno, en buena lógica, lo mismo para nosotros. Por eso nos ha dicho no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. Tampoco nosotros nos podemos quedar en palabras. Todo tiene que alcanzar la verdad de las obras, la verdad de los hechos. Dios ya nos había dicho que nos amaba. En el Antiguo Testamento hay expresiones sublimes del amor de Dios. Es falso lo que algunos herejes han dicho que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios del temor, mientras que el Dios del Nuevo Testamento es el Dios del amor. Eso es falso, porque en el Antiguo Testamento hay unas declaraciones del amor de Dios maravillosas.

Bastará con recordar lo que leemos en Isaías: ¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella lo hiciera, yo no te olvidaría, te llevo tatuada en mi mano. Dios ya había declarado su amor, ya nos había dicho su amor. Pero ese amor adquiere un rostro, una realidad, y se palpa en Cristo Jesús, en la carne de Cristo, en las obras de Cristo, en el cansancio de Cristo, en el sudor, en la sangre, en la bienaventurada pasión de Cristo. Entonces nosotros tenemos que realizar en la verdad de los hechos, la verdad de nuestras palabras. Esa es la primera enseñanza. Segundo. El apóstol, especialmente en la lectura de hoy, nos ilustra, haciendo una comparación con la muerte y la vida. Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida. Lo sabemos porque amamos a los hermanos. El amor es la señal de la vida. Donde hay amor está palpitando la vida. Pero creo que podemos incluso ser más radicales. Lo que nos está diciendo esta lectura es todavía más fuerte que eso. El que no ama permanece en la muerte. De manera que no hay alternativa. O somos generadores de muerte. Eso es lo que significa la palabra homicida. O estamos engendrando muerte o estamos engendrando vida.

En la perspectiva de esta primera carta no hay alternativa. Y el ser humano tiene que escoger en algún momento de su existencia: Voy a generar muerte o voy a generar vida, punto. Caín es el primero, es el adelantado. Es el rey de los homicidas, engendra muerte. Mientras tanto, nosotros hemos recibido de Jesucristo la vida y engendramos vida. Por eso el segundo punto es ¿Cuál es nuestra elección? ¿Queremos engendrar muerte o queremos engendrar vida? Bueno, claro, cuando a uno le hacen esa pregunta, uno no tiene ninguna duda. No, pues yo cómo voy a generar muerte, cómo se le ocurre. Yo no soy un homicida. Yo no quiero matar a nadie. Yo no mato a nadie. Yo quiero engendrar vida. Quiero engendrar vida. Pero el amor que engendra vida no es cualquier sentimiento.

Miremos las palabras del apóstol. Dice aquí: En esto hemos conocido el amor en que él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestras vidas por los hermanos. Cuando uno le dicen: Usted quiere generar vida o generar muerte. Ah, pues quiero generar vida. Pero es que el precio de generar vida es dar vida. ¡Ah! Yo quiero dar vida. Ahora agréguele el artículo, dar la vida. No hay manera de dar vida sino dando la vida. Esa es la segunda enseñanza. Porque nosotros queremos dar vida sin perder la vida. Y eso no se puede. Si yo doy una moneda, la pierdo, la pierdo para darla. Necesito perder para dar. Y si lo que quiero es dar vida, necesito perder la vida dando vida. Es una lógica tan cortica, tan sencilla, pero tan dura, tan tremenda. No tengo alternativa. Si me dedico a dar vida, tengo que dar mi vida. Si me niego a dar vida, entonces doy muerte. El que no da vida, da muerte, engendra muerte, produce muerte. ¿Y eso cómo se muestra? Es lo que dice la lectura. Si uno tiene de qué vivir y ve a su hermano en necesidad y le cierra sus entrañas, ¿ahí qué pasa? Pregunta el Apóstol. ¿Cómo va a estar en él el amor de Dios? En el momento en el que me cierro a dar vida, cierro la puerta para que Dios me dé de vida a mí. En el momento en el que renuncio a amar, renuncio a que el amor habite en mí. No puedo renunciar a amar sin renunciar a ser amado. Y desde luego, en el momento en el que yo renuncio a recibir el amor de Dios, lo único que habita en mí es la muerte. Y lo único que puede salir de mí es la muerte.

Es decir, que las enseñanzas en realidad son muy claras. El amor no ha sido para nosotros una palabra bonita, sino una realidad palpable en la carne de Cristo. Tenemos que escoger entre generar vida o generar muerte. Generar vida. Dar vida es dar la vida. Generar muerte es negarse a dar la vida. Porque si yo no doy la vida, entonces me cierro en mí. Si me cierro en mí, el amor no está en mí. Por consiguiente, si yo me niego a amar, me niego a ser amado. La muerte habita en mí y lo único que sale de mí es muerte. Es un lenguaje fuerte. Es un lenguaje que nos enseña a descubrir la Navidad de pronto, con otros ojos. Con la Navidad ha llegado a nosotros el máximo regalo, Jesús, y ha llegado a nosotros la máxima misión, la máxima tarea en Jesús llega para nosotros el mayor regalo y el mayor desafío, y la mayor respuesta y la mayor pregunta. O como decía un predicador Jesucristo nos trae la paz.

Jesucristo nos da la paz, pero no nos deja en paz. Jesucristo quiere venir a mí, quiere reinar en mí, quiere entonces a través de mí seguir su obra. Y creo que ahí como que se resume todo. El ser humano es como una especie de canal, una especie de tubo. Si lo cierras por un extremo ya no le entra más agua, pero el otro extremo se llena, se empoza, se daña. La única manera de que este canal pueda seguir recibiendo es que se resuelva a dar. Pero si este canal se recibe, se resuelve a dar, a amar en la verdad y en las obras. Entonces experimenta amor de verdad y en las obras de parte de Dios. Y esa es una manera muy bellas de ir cerrando este tiempo de Navidad. La Navidad está colmada de ternura y eso está bien. Necesitamos ternura. La ternura es el rostro delicado del amor, pero la ternura con la que llega Jesús a nosotros, la debilidad con la que llega Jesús a nosotros. No es debilidad de su mensaje, es debilidad de su condescendencia, de su misericordia, porque somos débiles los que le vamos a recibir.

No pensemos que porque es débil el mensajero en su presencia de niño desprotegido. Es débil el mensaje que nos trae. Que no se nos termine este tiempo de Navidad pensando el débil el mensaje, el mensaje que llega en esta, en este vestido tan humilde del niño desprotegido. El mensaje que llega en este débil mensajero es un mensaje sumamente fuerte, es un mensaje que nos confronta con la verdad de nuestra vida. Es un mensaje que hasta cierto punto nos obliga a tomar una opción, la única opción realmente decisiva de la existencia. Abracemos, pues, al niño que llega a nosotros tan desvalido, inerme, tierno. Pero entendamos que esa ternura es por nosotros, porque de otra manera no podíamos recibirle. Y así, llegado a nosotros, que entra en nosotros toda la potencia, todo el vigor, toda la fuerza de su mensaje, que es lo mismo que sucede con la Santísima Eucaristía.

Si nosotros pensamos bien, esa presencia de Cristo en la Hostia es lo más humilde, lo más discreto, lo más desprotegido, lo más débil. Pero así se hace Cristo para llegar a mi debilidad, a mi desprotección. Pero entrando Cristo en mí sucede lo mismo que con aquellos mártires de la Iglesia primitiva que entre sus ropas llevaban escondido el Santísimo Sacramento, y llegado el día en que iban a ser sacrificados, tal vez por las fieras, comulgaban, comían el cuerpo de Cristo. ¡Qué apariencia tan débil! ¡Pero qué fortaleza de alimento! Así pasa en la Navidad y así pasa con la Palabra de Dios, pues nos permita abrazar al Niño del pesebre, comulgar con humildad y agradecimiento y al mismo tiempo recibir la fuerza del Único que es fuerte y santo. Amén.

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