|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Un testimonio sobre la obra maravillosa de Dios cuando nos abrimos a su voluntad.
Homilía n5en002a, predicada en 20010105, con 31 min. y 14 seg. 
Transcripción:
En el Evangelio según San Juan, dice Felipe a Natanael, a aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado Jesús. Aquel de quien escribieron, lo hemos encontrado Jesús. Yo creo que la experiencia de la visita de Dios es esa. Lo que me habían dicho me pasó. Es verdad, como le gustaba decir al padre Emiliano Tardif, que recibió una maravillosa sanación de Dios. Jesús está vivo. Ha obrado en mí. ¿Cuándo? hoy, en este momento ha entrado en mi historia. Se ha metido con mi vida. Yo creo que esto es lo que produce esa sensación maravillosa que lleva a exclamar: Este es el día que cambió mi vida. Hoy tenemos con nosotros un testimonio que ha sido motivo de júbilo para nuestra comunidad. Yo creo que fray Alfonso Celis, que está aquí con nosotros, puede repetir la frase de Felipe, aquel de quien escribieron; lo hemos encontrado Jesús, hijo de José de Nazaret. Y por eso yo alabo públicamente a Dios por la obra realizada en la familia de fray Alfonso. Alabo a Dios por la vocación de este hermano nuestro y le pido al Señor que en este momento, con el don de su espíritu, le regale a fray Alfonso las palabras para que él pueda contarnos qué es esto que sucedió y que seguramente nos va a ayudar para que nosotros digamos la frase de Felipe: aquel de quien escribieron, lo hemos encontrado. Fray Alfonso, gracias por estar con nosotros en este momento. El Señor, como decimos siempre, al bendecir al diácono antes del Evangelio, esté en tu corazón y en tus labios para que anuncies esta noticia que ha significado tanto en tu vida. Padre Nelson, muchísimas gracias también por invitarme a compartir con todos ustedes esta experiencia de Dios, que no solamente estoy seguro enriquece a mi familia, sino enriquece a todos aquellos a quien yo pueda contarles lo que ha sucedido. Mi papá, un hombre de sesenta y cinco años de edad, podríamos decir que para nuestro tiempo es un hombre relativamente joven. Tenía algunos problemas de tensión alta, algo que era rutinario y controlable para la medicina de hoy. Quien quizás de los que me escuchan hoy, no han tenido la posibilidad de compartir con alguien que tenga problemas de tensión alta. Eso hasta cierto punto, en términos médicos, no es mayor problema. Ofrece algunos riesgos que son relativamente controlables. El día dieciocho de diciembre, mi papá, por cosas de la vida, olvidó tomarse su medicina para controlar la tensión alta y ese día, en horas de la noche, subió su tensión de una manera impresionante, que en el lugar donde se encontraba, que es San Luis Vega, Boyacá, al sur de Boyacá, frontera con Casanare, de donde nosotros somos, no pudieron hacer nada los médicos por hacer que esta tensión bajara. Motivo por el cual él empezó a grabar. Estamos hablando de seis horas en carro de San Luis de Gaseno a Bogotá. Allí él recibió algunas atenciones, como es normal, de un hospital de pueblo. En vista de que agravaba, mi madre tomó la decisión de traerlo para Bogotá. Habían transcurrido tres horas en la ambulancia de aquel hospital cuando mi padre entró en coma. Había sufrido un infarto cerebral. Pues bien, esto quizás para los que no tenemos la experiencia de la medicina nos diga nada, pero quisiera, así como hizo el neurólogo el doctor Palomino de la Clínica Nueva, ubicada en el barrio Palermo de nuestras Hermanas Dominicas de Santa Catalina de Siena, nos quiso también ilustrar a nosotros. Hoy también quiero contarles en qué consiste de una manera breve. La trombosis es una enfermedad espantosa. Es un coágulo que impide que la sangre irrigue el cerebro. Un infarto cerebral es quizás cien veces más que una trombosis. Mi papá tenía un coágulo que le había afectado lo que los médicos denominan el árbol de la vida. Tenía solamente dos opciones; una morirse, la otra, quedar en estado vegetativo. Yo me encontraba en una misión que mi comunidad me había encomendado en Casanare. Allí me avisaron. Vine a Bogotá de inmediato porque me decían los mismos médicos que mi papá tenía los días contados. Yo tenía que regresar a Bogotá de urgencia. Mi superior provincial para Colombia me envió de inmediato. Hicimos todas las vueltas, arribé a la ciudad de Bogotá. Fue muy duro para mí encontrar a mi papá en cuidados intensivos, lleno de tubos por todos lados y unas máquinas que sin entender absolutamente nada. El corazón del hombre no se equivoca y sabía que la situación era deplorable. Mi papá todos los días empeoraba. Desde ese momento empezamos nosotros a vivir nuestro propio calvario. Siempre mantuve la idea en la cabeza de que había acompañado yo como religioso a muchísimas personas en situaciones similares. A muchas personas en funerarias. Y había podido decirle y darle consejos a la gente. Pero en ese instante el momento me había llegado a mí y tenía que empezar a jalonar un proceso que era el proceso de concientización de mi familia, de que mi papá iba a morir en esos días que para muchos de nosotros los consideramos importantes por las fiestas. Se aproxima el veinticuatro de diciembre y mucha gente y yo mismo me incluía en ese grupo. No podía pensar en otra cosa que los regalos, la felicitaciones, las visitas, las natillas, los buñuelos, las novenas, la algarabía, la pólvora, etcétera Había llegado en un momento en que para muchos podrían decir qué tiempo tan desafortunado para que este señor se enfermara. Qué tiempo tan poco conveniente para que alguien se enferme, de qué manera. Todo el mundo viajaba, la familia nuestra intentaba como estar con nosotros, pero al mismo tiempo también responder a sus compromisos sociales. Y es ahí cuando el Señor empieza a hacer una obra grandiosa en el corazón de mi familia y nos empieza a regalar ese don maravilloso de la fe. Y hoy hay más que quizá decir el milagro de la sanación de mi papá antes de quizás llegar a esa, a esa parte de desenlace feliz. Quiero decirles que pude experimentar quizás por primera vez, yo siendo religioso y habiendo estudiado y habiendo predicado tantas veces, pude experimentar por primera vez que la fe era un don que Dios nos regalaba y lo pude experimentar en carne propia. De lo contrario, nuestra humanidad, la que haría delante de semejante siniestro, por decirlo de alguna manera. Mi papá entró en coma, duró ocho días en coma, le dieron setenta y dos horas en un primer momento para ver cómo reaccionaba, para ver si se declaraba muerte cerebral. Terminada la setenta y dos horas, mi papá no reaccionó. Los médicos consideraron oportuno darle cuarenta y ocho horas más para ver qué sucedía. Ya se pueden imaginar ustedes que en este caminar aparece la desesperanza, pero al mismo tiempo también el Señor se manifiesta de una manera grandiosa y empezó a regalar en mi familia fortaleza. Recuerdo mucho el pasaje del Antiguo Testamento que me acompañó siempre y era aquel anuncio que iba a hacer Jonás a Nínive. Recuerdo mucho, siempre lo tuve en la cabeza y se lo decía a los que quizás de pronto estaban alrededor mío. Hubo conversión en Nínive y el Señor perdonó la culpa de ese pueblo. Entramos en lo que comúnmente escuchamos a veces en la emisora Minuto de Dios en una cadena de oración y era hermoso escuchar a mis frailes dominicos de este convento de Santo Domingo diciéndome: Estamos orando por su Papa. Las hermanas Clarisas de Chiquinquirá diciendo: Oramos por su Papa. Nuestros amigos diciendo: Estamos orando por su Papa. El teléfono siempre que sonó en mi casa fue para escuchar esa frase: Estamos con ustedes orando por su papa, por la recuperación. Pero más que la recuperación, mi familia era consciente que teníamos que aceptar la voluntad de Dios. Se trataba de clamar al Señor y de pedir al Señor que hiciera su santa voluntad. Y en ese caminar descubro yo que el Señor, a veces, hasta cierto punto, cuando nosotros andamos dentro de una fe que es un tanto tibia. Mi familia, siendo una familia católica, quizás habíamos entrado en una etapa de frialdad en la fe. El Señor necesitaba que verdaderamente Él fuera el centro de nuestras vidas y ahí fue cuando tuvimos la experiencia de voltear verdaderamente los ojos a Dios. Veinticuatro de diciembre. Mi papá no responde. Sigue en el mismo nivel, en el mismo estado. Las máquinas, como ya lo he dicho anteriormente, su ventilador que le va haciendo que pueda respirar con la ayuda de esa máquina. Veinticuatro de diciembre, nos regresamos un tanto como pensando que la muerte de mi papá estaba cerca y yo casi como preparando mis cosas para poder manejar la situación esa noche. Rostro en tierra de mi familia, literalmente rostro en tierra, suplicándole al Señor, al Señor de la vida que hiciera su voluntad. Cada uno de los de mi familia que estábamos reunidos ahí ofreció algo de sacrificio de su vida. No sé, ni tengo idea cada quien qué le ofrecería al Señor, pero lo único que puedo decirles hoy es que el Señor de la Vida y el Dios de la vida escuchó nuestra súplica y no se hizo esperar en su respuesta. Otro de los pasajes que me acompañaba la visita de María Santísima a su prima Santa Isabel. Y allí esa última frase con la que el evangelista cierra: Para Dios nada es imposible. Luego tenemos la experiencia de regresar el veinticinco de diciembre a ver qué sucedía. Mi papá seguía en las mismas condiciones y los médicos decían que empeoraba. Neurólogo y cardiólogo nos reunieron para decirnos: Nosotros hemos hecho lo que humanamente se puede hacer. A este señor solo lo salva un milagro de la Divina Providencia. Regresamos a nuestra casa y volvimos a orar y a suplicarle al Señor y a recordarle al Señor que quizás si en algún momento le habíamos dejado de lado, era el momento para regresar por su senda y por su camino. Recuerdo mucho que me estaba preparando y el Señor me regaló una fortaleza muy grande para poderle hablar a mi familia y estaba preparado para que en el momento de que mi papá estuviera siendo enterrado, porque hubo momentos en los que experimentamos que el pseudo pudiéramos todos decir: Creo en Dios Padre Todopoderoso. Creo en la resurrección de los muertos. Mis queridos amigos, yo quisiera que ustedes me dijeran si esto no es un don, un regalo de Dios, a pesar de las contrariedades de la vida, poder seguir amándole y creyendo en Él. Si fuera por fuerzas humanas, lo más seguro es que damos la espalda y dejamos las cosas de lado. Veintiséis de diciembre, cuando ya era el último plazo, teníamos que reunirnos en familia para tomar la determinación de desconectar todos los aparatos con todo lo que implica el dolor del alma. Antes de salir orándole al Señor, le dije: Mi amado Jesús, si verdaderamente todavía hay afectos que no puedo superar, afectos humanos que me impiden hasta cierto punto amarte hasta el extremo. Romperlos Jesús y entra en el corazón de esta familia y entra en mi corazón para que este vacío que va a dejar mi papá no sea únicamente un vacío, sino que sea un espacio para que tú, mi amado Jesús, entre y te quedes definitivamente con nosotros. Hasta ese momento lloré y empecé a sentir la paz más grande del mundo, la única paz que puede dar el dueño de la vida, Cristo. Y salí para la clínica lleno de valor y de vigor, porque Cristo estaba conmigo. Y tengo que decirles que cuando salió la Junta de médicos. La respuesta fue su papá empieza a reaccionar y no sabemos cómo ni por qué. El Señor está haciendo la obra. Vamos, lo encontramos en su mismo lecho. Estaba abriendo los ojos. Yo he tenido días felices. Creo que ese ha sido el día más feliz de mi vida. Luego empieza una recuperación vertiginosa. Hoy mi papá se encuentra para la gloria de Jesucristo. A él todo el honor en nuestra casa, en medio de nosotros hablando, empezando a recuperar el movimiento, como es normal. Pero todo es recuperable con terapia, totalmente sano. A Jesucristo toda la gloria. Mis queridos hermanos, esto, los médicos, la ciencia tuvo que doblar la cabeza y decirnos a nosotros lo que ha ocurrido aquí, en medio de nosotros. Es un auténtico milagro de Dios. El Señor recordaba yo esa frase: Ha visitado a su pueblo. El Señor ha escuchado la súplica de su pueblo. El Señor ha vuelto a ver a su pueblo, que clama. Porque aquella frase de que un corazón contrito y humillado el Señor no lo desprecia. Tuve la experiencia particular de experimentarlo en mi vida. Y qué decir cuando mi papá llegó a la casa, todos llenos de alegría. Poder leer en la Santa Biblia ese pasaje en el que se nos sanaba. El siervo del centurión Señor, di solo una palabra y mi siervo quedará sano. Era ver hecha realidad las promesas del Señor. Era ver que el Señor no solamente le devolvía la vida a mi papá, sino que el Señor transformaba vidas. El Señor hacía que mi familia de aquí en adelante, no podía seguir siendo la misma. Había transformado y había verdaderamente nacido ese veinticuatro de diciembre en el corazón de cada uno de los que quizás estábamos compartiendo ese día. El Señor viene para quedarse y el Señor quiere quedarse en medio de nosotros. Tenemos que estar nosotros dispuestos. Lástima que a veces tengamos que abrir nuestro corazón en los momentos más dolorosos, pero el Señor tiene su pedagogía y el Señor sabe llegar al corazón y hablarle a cada quien por su nombre y decirle definitivamente eres para mí. Pude ratificar mi vocación como religioso. Pude experimentar a un Dios que me ama entrañablemente y que cada instante de mi vida está conmigo y que me sigue regalando ese don maravilloso de la fe. Mis queridos hermanos, la invitación es para que verdaderamente pongamos en manos de Dios absolutamente todas nuestras angustias. Se tiene a veces la experiencia de que se pone en manos de Dios nuestras angustias, nuestros afanes, pero a veces no permitimos que Él actúe en nuestra vida porque queremos hacer nuestra voluntad. Hay que decirle al Señor que haga siempre su voluntad, porque Él sabe por qué a cada quien le da el trato correspondiente. La gloria y el honor a nuestro Señor Jesucristo, que en su infinita misericordia quiso verdaderamente pasar por la vida de mi familia hoy. Y ya para terminar, los amigos de mi papá tampoco son los mismos, son personas nuevas en Cristo. Aquellos que pudieron verle casi muerto hoy son personas renovadas totalmente y con una fe grande que únicamente viene del Señor. A mi amado Jesús, todo el honor y la gloria por siempre. Amén. Amén. Hay un dato médico que tú nos comentabas, Fray Alfonso, y que yo considero que es importante. A veces esos datos científicos los permite Dios para que nosotros, por decirlo así, palpemos con nuestras propias manos la obra que Él hace. Muy importante lo que tú nos dices. Dios obra de distintas maneras, a veces, como en este caso, concediendo la salud, otras veces de otros modos. Primero fue la conversión y luego fue la sanación. Dios tiene muchos caminos, Dios sabe qué hace con cada uno de nosotros. Yo quisiera que nos contaras un poco ese dato médico ¿cómo encontraron los médicos a tu papá? Porque uno lo que se imagina es que seguramente ese cerebro quedó perfectamente restablecido. Pero la historia es distinta. Cuéntala tú mismo, por favor. Efectivamente, nosotros le decíamos a al neurólogo y al cardiólogo que cómo seguían los exámenes y los TAC que se le tomaban al cerebro de mi papá. Qué había pasado si era que el coágulo se había deshecho, el coágulo se había corrido la sangre, había vuelto a oxigenar el cerebro para la gloria de Jesucristo. Todo el honor a él, definitivamente el TAC sigue exactamente igual. No ha habido ninguna modificación en el cerebro de mi papá. Pero mi papá hoy está en medio de nosotros y está en un proceso de recuperación bastante acelerado que los médicos no tienen de qué manera explicar. La misma terapista dice: No sé de dónde saca sus fuerzas este señor. Es decir, que sigue siendo para la ciencia un misterio, pero también al mismo tiempo un reconocimiento de que la Divina Providencia, como lo dijo el médico en aquel momento, actúo y definitivamente hace aquellas cosas, porque para él nada es imposible. Amén. Muchas gracias. Estamos caigamos en la cuenta. ¿Frente a qué estamos? Un cerebro que si lo mira un neurólogo dice: Este señor está en coma, este señor está muerto, este señor no tiene posibilidades. Ese es el examen que da la neurología hoy. Pero ese señor. No nos has dicho el nombre de tu papá. Se llama casi como yo. Yo me llamo Alfonso de Jesús y mi papá se llama Jesús Alfonso. Entonces Jesús, Alfonso es él El cerebro de Jesús Alfonso para la ciencia, está incapacitado, está en coma. Pero Jesús Alfonso, habla, escucha, recuerda, ora, agradece, ama. Es la obra de Dios. Te damos junto contigo y con tu familia. Le damos la gloria a Dios que puede hacer estas cosas y más grandes y las puede multiplicar en nuestros hogares, porque Él tiene sus caminos. Bendito sea su Santo Nombre. Bendito sea su Santo Nombre. Amén. Amén. Les invito a que nos pongamos de pie un momento para pedir al Señor, para entregar al Señor lo que parece imposible. Es el segundo milagro de este género que conozco. El otro que conocí es el de un hombre con el nervio óptico destruido y que puede verse un milagro continuo. Ningún médico lo logra entender. Usted médicamente no debe estar viendo. Pero veo y lo estoy viendo a usted. Usted médicamente está muerto, señor. Usted está en coma. No, aquí estoy hablando con usted. Dios, Glorificándose. Por eso tengamos confianza en él. Si, en su casa, Si entre su familia. Si en sus amigos. Hay una situación que parece imposible. Sigamos la pedagogía que nos ha dicho nuestro hermano. Rostro en tierra, corazón humillado. Conversión y una convicción total. Total. Señor, tu voluntad será lo mejor. Creo que esa fue la frase que hizo posible el milagro. Por eso vamos a decirle al Señor cada uno recuerda alguna situación difícil, sobre todo conversiones. Necesitamos conversiones para Dios. Yo observo en este testimonio de Fray Alfonso cómo lo fundamental, lo que Dios quería era conversión, conversión de los amigos, conversión de los hermanos. Me parece que también la conversión, en cierto sentido, de nuestro hermano Fray Alfonso, todos la necesitamos. Señor Jesús, en este momento, conmovidos por tu misericordia, por tu poder, por tu piedad, te estamos entregando nuestras vidas. El corazón está como nos enseña Fray Alfonso rostro en tierra. Estamos, señor prosternados. Estamos ante ti diciéndote Tú eres el único Señor. Tú eres el único que todo lo puede. Por eso en este momento te entregamos nuestras enfermedades. También las que la ciencia declara incurables, terminales definitivas. Lo único definitivo eres tú, Señor. Tú eres lo único definitivo. Y cuando tú abres, nadie puede cerrar. Y cuando tú cierras, nadie puede abrir. Tú eres lo único definitivo. Y la única palabra terminal es la tuya, Señor. Tú eres el único. Por eso a ti te entregamos todos los casos, incluso los más desesperados. Te entregamos las vidas, señor. Incluso las más escépticas, las más endurecidas. Que sí. Nosotros estamos aquí. No es porque seamos buenos. No, señor. Estamos aquí. Es porque necesitamos de ti que eres el único bueno. Por eso, unidos a nuestros santos ángeles y a todas las almas de oración en la Iglesia del cielo y de la tierra, te bendecimos, te aclamamos y reconocemos tu voluntad como fuente única de nuestro bien, de nuestra felicidad, de nuestra conversión. Santo eres, Señor, santo eres y tu voluntad es nuestra delicia. Santo eres, Señor, y Tú un día nos harás experimentar cosas tan bellas como las que hemos oído, a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas. Lo hemos encontrado es Jesús, es Jesús, el Hijo de José de Nazaret, es Jesús. Él es el que hemos encontrado. Bendito seas Señor, por la obra que estás haciendo en este momento. Porque tú tocas el corazón y lo calientas. Tú haces hervir nuestro corazón de amor hacia ti, de reconocimiento que tú eres el único santo, el único bueno, como te decimos en ese himno bellísimo, porque solo Tú eres santo, solo Tú, Señor, sólo Tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén. Toma, Señor, esas vidas, toma nuestras historias, toma nuestros caminos, vuélvenos hacia ti y esos casos difíciles, imposibles para la ciencia humana, imposibles para las fuerzas humanas, imposibles para la cabeza humana. Esos casos imposibles te los estamos entregando, Señor, para que tú hagas tu obra maravillosa, para que en todas las iglesias se escuchen testimonios como este que acabamos de oír y para que en todas partes se proclame que tú eres el Señor. Bendito seas. Todo lo que Tú haces, lo haces bien. Enséñanos a ser humildes y confiados. Enséñanos a ser orantes y obedientes. Enséñanos a creer, a esperar y amar. Bendito seas, Jesús. Hoy, mañana y siempre. Por los siglos sin término. Amén. Amén. Amén. Vamos a seguir un canto de nuestro coro en este día, con la ayuda fuerte de ustedes para el coro. Un cántico de alabanza. Mientras el mismo Alfonso, que nos ha preparado el corazón, nos prepara el altar. ¡Bendito sea el Señor!

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|