Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo destruye las obras de las tinieblas

Homilía n4en018a, predicada en 20250104, con 14 min. y 17 seg.

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Transcripción:

Hay muchas enseñanzas en las lecturas de hoy. Con la súplica al Espíritu Santo, avancemos en una breve reflexión sobre lo que nos proponen estos textos. El primero, del Capítulo Tercero de la primera carta de Juan. Y el segundo texto, el del Evangelio, es del Capítulo Primero del Evangelio de Juan. Nos vamos con la primera lectura. Vamos a hacer un pequeño ejercicio de lectio. Con la ayuda del Señor, que Él me ayude, que yo hable lo que es grato a sus ojos y que ustedes puedan escuchar y recibir lo que sea más provechoso para su corazón.

Empieza diciendo el texto hijitos. Esta palabra es una palabra muy cariñosa que la utiliza también Jesucristo en el Evangelio. En alguna ocasión, en la Última Cena, llama a sus apóstoles, los llama hijitos. En griego eso se dice Tekna. Es la palabra de un padre cuando les habla a sus niños, Tekna. Hijitos que nadie os engañe. Empiezan las advertencias. Empieza la luz para nosotros. Que nadie os engañe. O sea, que si hay engaños. O sea, que a uno lo pueden engañar. Que nadie os engañe. Pero, de qué engaño concretamente nos habla aquí San Juan. Esto es muy interesante. El que practica la justicia es justo. ¿Qué hay ahí? ¿Qué hay en esa frase? San Juan es profundo, uno necesita el auxilio del Señor para entrar en eso que nos quiere decir. El que practica la justicia, se refiere al hacer, se refiere al comportamiento, se refiere a la conducta, se refiere a lo exterior y observable, el que practica. El que practica la justicia es justo. Es justo. Es justo se refiere al ser. Se refiere a la interioridad. Se refiere a lo que sólo Dios conoce.

Eso es muy interesante, porque entonces, San Juan lo que nos está diciendo es que lo interior finalmente se vuelve exterior, que lo que tú eres finalmente se nota en tu comportamiento, que lo que tú llevas dentro finalmente sale fuera. Que el ser y el hacer van juntos. Decían los antiguos teólogos medievales, Operari sequitur esse. Que se traduce el obrar es consecuencia del ser. Eso es lo que nos está diciendo San Juan aquí, y eso nos ayuda a entender, cuál es el engaño del que nos estaba advirtiendo al principio. El engaño ¿cuál es? El engaño es creer que uno es cuando no vive lo que uno dice ser. El engaño es que uno diga, por ejemplo, que uno es de Cristo o que uno es cristiano. Si no vive como vive Cristo, como es Cristo, como se comportó Cristo. Es decir, que tu comportamiento es el fruto de tu ser. Y si tu comportamiento no es como el de Cristo, no me vengas a decir que tú eres cristiano. Es decir, que la afirmación que aparece aquí en San Juan es la intersección. Como en matemáticas, los conjuntos esos que se intersectan. Es la intersección entre el ser y el hacer. Por eso dice el que practica la justicia es justo, lo mismo que Jesús es justo. Es decir, que si tú eres de Jesús, tienes que vivir como Jesús. Esa frase también aparece en la primera carta de Juan en otro lugar. El que dice que es de Jesús debe vivir como vivió Jesús. O sea, que no es una idea que aparezca solamente aquí o que la saque yo de mi sola interpretación.

Conclusión, aquí ya hay dos enseñanzas. Primera, que lo que tú eres por dentro, tarde o temprano se notará por fuera. Y segundo, que por consiguiente, no te engañes, no te engañes. ¿Por qué? No te engañes, porque si tú dices que eres de Jesús, vamos a ver si tú estás viviendo como Jesús. Bueno, esa es la primera parte, avanzamos.

El pecador pertenece al diablo. El diablo es pecador desde el principio. Lo que aquí traducen, pertenece al diablo. Lo dice más claramente, el texto donde dice Así se distinguen los hijos de Dios y los hijos del diablo. Dice, la traducción directa sería, el pecador es hijo del diablo. Bueno, ese lenguaje es un lenguaje brutal, es un lenguaje brusco, pero yo creo que es interesante que nos encontremos con el lenguaje directo y brusco de la Sagrada Escritura, porque vivimos en una época que se ha acostumbrado a echarle azúcar a todo. Una época donde todo se ablanda, todo es tan diplomático, todo es tan suave que al final no se sabe qué fue lo que nos dijeron.

Mira lo que nos está diciendo aquí, el apóstol nos está diciendo si tú dices que eres pero no obras como dices que eres, eso es del diablo. Tú eres hijo del diablo. Hijo del diablo, ¿qué quiere decir? que la manera de actuar y de vivir del diablo, se te ha metido. Tú llevas ese comportamiento por dentro. Luego dice que el Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del diablo. ¿Por qué? Porque el diablo es mentiroso desde el principio, como también lo dice la carta. Y por consiguiente, a medida que la verdad de Cristo va llegando a nuestra vida, la verdad de Cristo va destruyendo la mentira que hay en nosotros y se va destruyendo esa obra del enemigo. Todo el que ha nacido de Dios ha abandonado el pecado, porque lleva en sí el germen de la vida divina. Dios te da una vida diferente. Dios te da una vida nueva. Y esa vida nueva es capaz de destruir la vida perdida, la vida podrida, la vida oscura que es la vida del diablo.

En el Capítulo Segundo y me parece que el Tercero de la carta a los Efesios, San Pablo dice una cosa parecida. San Pablo dice lo que nosotros éramos antes, eso ya lo destruyó Dios. Y esto es muy importante para la vida consagrada. Pónganme cuidado todos, por favor. Es muy importante, porque muchas veces uno tiene la tentación de sentirse atado a lo que hizo, a lo que antes le tenía miedo, a lo que antes tuvo poder sobre uno. Fíjese esta frase, esta frase destruye el poder de las obras de las tinieblas en nuestra vida. El Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del diablo. Y Dios te ha dado a ti germen de vida divina. Tú tienes germen de vida divina dentro de ti. Y por lo tanto hay dentro de ti una fuerza que está batallando y que es vencedora, que es victoriosa sobre las fuerzas de las tinieblas. Esto es muy importante.

Acuérdese que nos enseña San Agustín y lo declara muy, muy abiertamente nuestra amiga de Siena, Catalina. Que la memoria tiene poder. Y la memoria tiene poder para recordarte cuánto te ha amado Dios. Pero el enemigo malo también quiere utilizar tu memoria para mantenerte encadenada, para mantenerte encadenado, para recordarte una y otra vez lo que tú has hecho, lo que tuvo poder sobre ti. Y es muy importante que nuestra memoria sea invadida por la fuerza de Jesucristo, para que no vuelva a tener poder en nosotros, ningún recuerdo. Y esto es algo hermosísimo y es algo que practicó la primera comunidad cristiana.

Ejemplos. Ustedes saben quién era María Magdalena, era una mujer que estaba repleta de tinieblas. La Biblia nos dice que ella estuvo poseída por siete demonios. El número siete indica plenitud, es decir, estaba en lo peor de lo peor. Pero ustedes se dan cuenta que después de que sucede toda la obra de Cristo en María Magdalena, nadie le reprocha nada. Ustedes saben que Pedro negó a Jesucristo. ¿Quiénes se enteraron de que Pedro negó a Jesucristo? Todo el mundo supo que Pedro negó a Jesucristo. ¿Hay algún lugar en el Nuevo Testamento donde alguien le recuerde a Pedro que negó a Jesucristo? Ningún lugar. ¿Por qué? Porque Cristo vino para destruir las obras del diablo. Porque tú tienes germen de vida divina, porque el germen que tienes en ti es victorioso. Tú tienes germen victorioso, tienes germen de victoria en ti. Esto es muy importante para aplicárselo uno a sí mismo, para no ser esclavo de ningún pasado. No seas esclavo de ningún miedo, de ningún temor, de ningún pecado, de ninguna cosa que haya sucedido en tu pasado. Esclavos jamás, nunca vamos a ser esclavos de eso.

Pero también es importante en la manera como tratamos a las otras personas, porque en este retiro hemos comentado que dentro de los dones que tiene la mujer, con el debido respeto, entre los dones que tiene la mujer, es su cerebro hiperconectado. Y hemos dicho que el cerebro hiperconectado de la mujer puede hacerle difícil el perdón, porque ahí es donde entra el jueguito, el jueguito podrido del demonio que trata de estarte recordando y recordando. Recordando cosas sucias o recordando el daño que te hicieron o recordando cómo te trataron o recordándote el tono con el que te hablaron. Uno tiene que vencer eso y tiene que vencerlo en el nombre de Jesucristo. Y lo primero es abrirle la puerta a Jesucristo y decirle: Quiero que tu germen de vida divina, esté dentro de mí y haga su obra en mí. Quiero que tu vida sea mi vida. Quiero que tú hagas tu obra perfecta en mí.

Hoy están renovando su consagración, estas queridas hermanas. Pero yo les invito a todos a que cuando ellas hacen su renovación, también nosotros nos renovemos. Y nos renovemos con la convicción absoluta de que ese Dios que nos ha dado tanto amor, ese Dios batalla a nuestro lado. Que nada de nuestro pasado tiene mayor poder que el poder del Padre. Acuérdate el poder del Padre, la sabiduría del Hijo, el amor del Espíritu. Nada de mi pasado tiene mayor poder que el poder del Padre. Con esa convicción y con esa alegría, asumimos nuestra realidad. Y con esa convicción y esa alegría tratamos a los hermanos. Porque entonces, voy a tratar así a mis hermanos, sabiendo que son historias de amor que Dios sigue escribiendo. En todo retiro con religiosos o religiosas. En algún momento se me sale esa frase. ¿Quién es mi hermano, quién es mi hermana? Una historia de amor que Dios sigue escribiendo. Y yo no tengo ningún derecho a poner tachones en lo que Dios está escribiendo. Dios está escribiendo una historia de amor en mi hermana. Yo no tengo ningún derecho a dañarle la plana a Dios, a dañar lo que Dios está escribiendo, por eso el respeto, la veneración, el cariño que hemos de tener por nuestros hermanos y por nuestras hermanas. Realmente hay que tener una actitud de profunda reverencia. Los antiguos frailes de hace cincuenta o sesenta años, les enseñaban desde el noviciado que la manera de hablarle a otro fraile era su reverencia. A las religiosas les enseñaban que la manera de tratarse unas a otras era su caridad. Hay que conservar ese espíritu. Si no es el lenguaje, hay que conservar ese espíritu.

Me acerco a ti, sabiendo que eres una historia que Dios está escribiendo. Que el autor de tu vida, el que tiene poder sobre ti, es únicamente Dios. Y yo me tengo que acercar a ti con respeto, con cariño, con una conciencia muy clara de que tú eres una obra preciosa de Dios. Desde esa perspectiva, la fraternidad se vive a otro nivel, porque ya es una fraternidad que empieza a inaugurar en la tierra, lo que será realidad plena en el cielo. Sigamos nuestra celebración, llenos de confianza en el poder de esa vida divina, que el Señor Dios nos ha otorgado con su Hijo Jesucristo.

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