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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La 1 Juan tiene algo que decir al gnosticismo y a la Nueva Era

Homilía n4en014a, predicada en 20200104, con 26 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Un buen ejercicio que debe hacer todo cristiano para aprovechar mejor la Santa Misa. Es conocer las lecturas, no solamente el pasaje que se lee cada día, sino también mirar un poquito la secuencia que llevan las lecturas. Por ejemplo, durante el Adviento, durante la Navidad, durante la Cuaresma. Nuestra Santa Iglesia es sabia. La experiencia de tantos años, dos mil años hace que el banquete de la Palabra de Dios que nos llega venga muy bien preparado. adecuadamente balanceado para dar el mejor fruto en nosotros. Entonces hacemos bien cuando estamos atentos a esos detalles. Por ejemplo, nos habremos dado cuenta que durante este tiempo litúrgico de Navidad, la primera lectura se ha tomado consistentemente de la primera Carta de San Juan. Durante la octava de Navidad y en estos días posteriores, la primera Carta de San Juan ha estado ahí presente.

Entonces es bueno preguntarse ¿por qué? Un buen recurso para responder ese tipo de preguntas es mirar en las Biblias católicas, por supuesto, las introducciones a los libros. Por ejemplo, si usted toma la Biblia de Jerusalén y mira la introducción a las cartas de San Juan, ahí va a encontrar respuesta a esa pregunta ¿Por qué la primera carta de Juan en el tiempo de Navidad? ¿Por qué no tomamos, por ejemplo, el primer libro de las Crónicas? ¿Por qué no tomamos la carta de Santiago? ¿Porque no leemos el Apocalipsis? Toda palabra de Dios es provechosa. Pero hay una razón por la que la Iglesia ha escogido determinados textos para determinados tiempos. Eso le da uno como la clave, llamémoslo así, la clave general del tiempo litúrgico.

Ya luego el pasaje específico de cada día tiene su propia riqueza, pero el tener esa visión de conjunto a uno le sirve. Así se puede alimentar mejor. Para decirlo de una manera resumida, la razón por la que tenemos la primera carta de Juan es porque es como un himno a la encarnación, a la verdad y la realidad del Dios hecho hombre. La primera carta de Juan es un texto de defensa y de ataque, defensa de la fe y ataque a algunas ideas equivocadas de tipo gnóstico muy parecido a la Nueva Era, que conocemos hoy. Ideas equivocadas que ya estaban confundiendo a cristianos.

Entonces la primera carta de Juan quiere proteger la comunidad cristiana, preservarla en la verdadera fe. De eso es de lo que se trata. Y este ejercicio, este ejercicio de protección, se nota cada día de distintas maneras. Por ejemplo, hoy. Hoy nos encontramos con la relación entre el ser y el hacer. Son frases que parecen casi inocentes, muy en el estilo de los escritos de San Juan. Son frases que parecen tan simples pero que tienen una profundidad tan grande. Observe esta frase que leímos hoy. El que es justo practica la justicia. Esa frase es de engañosa simplicidad, porque uno puede creer que es una cosa como obvia: El que es justo obra la justicia. No es tan obvio, porque resulta que el que es justo se refiere al ser, y el obrar la justicia se refiere al hacer, y lo que está diciendo el texto es: si tú dices que eres, que se te note, que tus obras lo digan.

¿Por qué esto es importante? Porque una de las características del movimiento gnóstico en todas las épocas es una afirmación del ser, pero desconectada del hacer. Le voy a dar un ejemplo que es muy interesante, de otra época de la historia. Por allá en el siglo diecisiete surgió una herejía también de tipo gnóstico llamada: El quietismo. El quietismo es una herejía interesante, de gran importancia en este lugar en que predicamos, porque es una herejía que nació en torno a la contemplación.

Todo empezó bastante bien con el quietismo. Era la idea de fomentar la oración de quietud. Los grandes contemplativos como Santa Teresa de Jesús, hablaron siempre elogiosamente de la oración de quietud, como ese tiempo en el que la persona tiene recogida su mente absorto, su corazón en la majestad, la belleza, la grandeza de Dios. De modo tal que por fin quedan vencidas esas terribles distracciones que todos los que hemos hecho algo de oración conocemos. Por algo Santa Teresa llamaba la imaginación la loca de la casa. Todo el que se haya puesto a hacer oración habrá sufrido de las distracciones Y esa sensación frustrante de que uno está como perdiendo el tiempo porque la cabeza divaga por todas partes. La oración de quietud es como una victoria sobre esa etapa de distracciones en la oración de quietud. Es como si el alma se convirtiera en una llama, como las que vemos en los cirios.

Mire usted, por ejemplo, ese cirio que está encendido. Esa es la oración de quietud serenamente, ordenadamente, luminosamente arde ante Dios. Esa es la oración de quietud. Y es algo, por supuesto, muy deseable para todos aquellos que buscan una vida contemplativa. Ese deseo indudablemente es bueno. Pero ahora mire lo que pasa. Resulta que en el movimiento Quietista se llegó la idea de que quienes habían alcanzado la oración de quietud eran personas que ya estaban en un grado muy alto de contemplación. Hasta ahí uno puede estar de acuerdo, porque de esa manera hablan los grandes místicos como San Juan de la Cruz. Llegar a esa oración recogida, serena, concentrada, sin tanta distracción. Es propio de gente que se ha ejercitado en la vida contemplativa.

¿Dónde empieza el veneno? En que estas personas empezaron a hablar tan elogiosamente de la oración de quietud que llegaron a la conclusión de que la persona, cuando está en ese nivel de oración, está muy unida a Dios. Mejor dicho, está tan unida pero tan unida a Dios, que ya esa persona es más de Dios que de esta tierra. Cuidado que a veces los elogios pueden llevar por ese camino. A veces los elogios despistan. Cuando se habla de una persona que es muy espiritual, muy, muy espirituales, que es un padrecito, realmente un hombre de Dios. Es que es una santica. Ese lenguaje debemos utilizarlo con mucha parquedad, yo pienso. Entonces ¿qué decían los de la oración de quietud? Que el que había llegado a ese nivel de oración ya estaba muy unido a Dios. Ahí ya el lenguaje empieza a volverse ambiguo y luego ya viene francamente el error y el que está tan unido a Dios ya no le importa, ni le hacen daño, ni le afectan las cosas de esta tierra. Ahí seguimos patinando en la ambigüedad.

Siguiente paso en el error. Y por eso esa persona ya está conectada con Dios y ya se ha desconectado de este mundo. Ya lo que pasa en este mundo, lo que le hagan o lo que él haga en este mundo ya no tiene importancia porque ya es de Dios. Ya usted inmediatamente siente el olor de la herejía. Ahí se desconectó el ser de la hacer, porque ya se está presentando a la persona tan perfecta que ya no importa lo que haga, el siguiente paso en esa herejía es escandaloso. Por eso. Si esta persona está tan unida con Dios, en realidad sus obras, su cuerpo, las cosas de este mundo no interesan.

Y de ahí el siguiente paso es el llegar a toda suerte de pecados sexuales y de la carne, porque se supone que la persona está tan unida con Dios que si el burro cuerpo que tiene hace barbaridades, qué importa, al fin y al cabo está unido a Dios. Entonces ahí te das cuenta dónde va el gnosticismo. Resulta que se afirma el ser, yo estoy con Dios, yo soy de Dios, yo soy espiritual. Cuidado conmigo que soy espiritual. Entonces se afirma que la persona es espiritual, pero de modo tal que no importa lo que haga, no ve que es espiritual. No me mire así que soy espiritual. Eso es propio del gnosticismo. No importa lo que yo haga. Yo simplemente soy y solo yo soy, solo yo sé lo que yo soy. Esas tendencias aparecen también en otros afluentes del movimiento gnóstico y por eso conviene nombrar la Nueva Era. Usted dese cuenta esta palabra, la palabra meditación.

Cuando yo era joven, el siglo pasado. La palabra meditación significaba la reflexión que se hace sobre un tema espiritual, sobre todo un texto bíblico. Meditación era siempre reflexión desde la palabra. Pero ahora miren lo que pasó. A estas alturas de la vida en el curso de unos treinta años que yo puedo recordar perfectamente, bendito Dios. La palabra meditación cambió completamente. Las amistades de ustedes que las tienen, esas amistades de ustedes que vienen a visitarlas al locutorio cuando dicen que están haciendo meditación, ya piensan en la meditación budista, ya piensan en la meditación tipo yoga. Ese es el poder de infiltración que tiene la Nueva era. Y le digo una cosa, esa meditación se parece muchísimo al quietismo que mencioné antes. Pero lo que quiero destacar ahora es otra cosa. Que la persona que hace esa meditación se supone que está buscando una especie de paz interior, una especie de iluminación, una especie de crecimiento espiritual. Y así habla la gente. La gente dice que hace meditación buscando eso, paz interior, claridad en su vida y busca esa fuerza, esa conexión con el universo, ese crecimiento espiritual.

Pero ¿cuál es el punto? Resulta que la persona que entra en ese camino de esa meditación, que por supuesto no es meditación cristiana. Esa persona nunca se arrepiente de nada. La gran diferencia, las dos grandes diferencias entre la meditación de la Nueva Era, Meditación budista, Meditación Zen, la meditación que hacen muchos de nuestros amigos que creen que tienen un bonito tema de conversación con nosotros diciendo que ellos también son espirituales. La gran diferencia entre esa meditación y la meditación cristiana está en dos puntos.

El primero es que la meditación cristiana, según nos enseñaron los santos monjes benedictinos, siempre tiene su punto de partida en la Palabra de Dios. En cambio, en la meditación budista de lo que se trata es de producir un silencio donde no hay palabra alguna. La meditación budista es extinción de la palabra. La meditación cristiana es fruto de la palabra.

La segunda gran diferencia que trae la meditación budista con la meditación cristiana es que en la meditación cristiana siempre es necesario pasar por ese momento de humillación y de arrepentimiento. Bien expresado en las palabras de San Agustín: Que me conozcas, Señor, y que me conozca, Noverim Te, noverim me es la frase famosa de San Agustín Que yo me conozca, que yo te conozca. Y en el conocimiento de mí descubro mi miseria, y en el conocimiento de ti descubro tu misericordia. Es el mismo estilo de Santa Catalina de Siena. La meditación cristiana siempre es ese maravilloso ir y venir entre la misericordia del Señor y la miseria de cada uno de nosotros.

Entonces fíjate que la meditación de la Nueva Era es una meditación sin arrepentimiento. ¿Qué quiere decir esto? Usted que es persona inteligente para las cosas del Espíritu o así tenemos que ser. ¿Qué significa que no haya arrepentimiento? ¿Qué significa eso por Dios? Significa que no interesan las obras. Entonces yo puedo estar siendo infiel a mi tercera esposa, pero hago mi rato de meditación y obtengo una profunda paz interior, una gran inspiración, una luz, una fuerza espiritual que me permite hablar con las monjas de Santa Inés de igual a igual. Entonces, dese cuenta en la meditación Nueva Era, en la meditación budista que ojalá fuera budista. El budismo, ese que nos venden aquí empacado al vacío, es un budismo rebajado y diluido para consumo de las masas. El budismo, budismo, lo que se llama budismo, es una cosa muy difícil porque resulta que empieza con un ascetismo brutal. Pero este budismo que nos venden aquí en Occidente quita esa parte del ascetismo. Sin embargo, el budismo sea el verdadero o el budismo rebajado que nos venden acá, en ninguno de los dos casos tiene verdadero arrepentimiento. O sea que este es un problema serio del budismo, no tiene arrepentimiento y por consiguiente hay una desconexión entre el ser y el hacer. Porque yo puedo ser profundamente iluminado y en realidad no importa lo que yo haya hecho.

Fíjese usted que toda esta reflexión tiene como punto de partida solo una de las frasecitas que leímos hoy. El que es justo obra la justicia. Pero ese es el bendito problema con los escritos de San Juan, que uno lee esas frases y pasa como por encima de ellas, porque parecen tan obvias, tan simples, casi tan inocentes, que uno se pierde el jugoso significado que se encuentra allí. Entonces, ¿por qué leemos la primera carta de Juan? Porque la primera carta de Juan nos consolida en la fe verdadera y es un himno a la Encarnación. ¿Y dónde entra la encarnación en el tema ese del ser y el hacer? Pues es que para el gnosticismo realmente no importa la carne de Cristo. Para el gnosticismo solo importan las enseñanzas de Cristo que pueden ser y seguramente tienen ese parecido muy semejantes a otras enseñanzas de otros maestros. Eso es lo propio de la Gnosis. Gnosis que se escribe con una G inicial G n o s i s gnosis en griego quiere decir conocimiento, y el gnosticismo es esa tendencia filosófica, espiritual, religiosa.

Que privilegia el conocimiento y el conocimiento quiere decir que a mí solo me interesa Cristo en la medida en que Cristo me está enseñando claves para que yo viva mi vida. Por consiguiente, la carne de Cristo no importa la verdad de la existencia de Cristo no importa según el gnosticismo y sobre todo la dolorosa pasión o el nacimiento en la pobreza del pesebre no importa, porque solo importan las enseñanzas para que yo las aplique a mi vida. Ese es el gnosticismo y yo veré cómo lo aplico, porque así como yo no me meto con la carne de Cristo, que nadie se meta con mi carne y con mi vida. Ese es el gnosticismo. Entonces, leer con juicio, con amor, con profundidad, con provecho.

La primera carta de Juan es una manera preciosa de hundirse, sumergirse, empaparse, dejarse penetrar por la encarnación del Señor. ¿Y cuál tiempo puede ser más bello para hacer estas meditaciones? que el tiempo de Navidad. Por eso. Por eso se lee la primera carta de San Juan en el tiempo de Navidad, para que apreciemos la Encarnación. Porque en la medida en que entramos en el misterio de la carne del Señor, también nos preguntamos por nuestra propia carne, por la manera como estamos viviendo, por la manera como estamos obrando. Para que no caigamos en la mentira de creer que somos, si en realidad no vivimos lo que decimos. Eso es lo que quiere la primera carta de Juan.

Demos gracias a Dios por este tiempo. Pidámosle al Señor que en esta recta final es que es tan breve el tiempo litúrgico de Navidad. Pidamos al Señor que en estos días finales, en esta recta final, prácticamente nos queda una semana. Aprovechemos este tiempo litúrgico. Estamos muy bien lo de los villancicos. Algo hemos avanzado. En otra época dormían y dormían al niño. Hemos avanzado, hemos avanzado un poco. Pero fíjese que incluso lo de dormir al niño fuera de todo chiste, es también, aparte de la ternura, un himno a la verdad de la carne de Cristo. Porque cuando se está arrullando al niño y arrulla al niño toda la Navidad, arrullando al niño. Pero eso también es bonito. Fíjese que uno también va volviéndose tolerante con los años. Porque resulta que arrullar al niño ¿qué es? la carne. Que es verdad que es un niño. Un niño que llora, un niño que sufre el frío, un niño que necesita siendo él el que todo lo da. O sea que en ese sentido se puede admitir un villancico al año, sobre ese sueño del niño.

Que no termine el tiempo de Navidad sin que nosotros hagamos lo mejor de nuestra parte, lo mejor que podamos hacer para unirnos humildemente a ese misterio, ya que así quiso unirse el Señor a nuestra historia y nuestra vida. Amén.

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