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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La riqueza hebrea del término justicia se refleja en aquellos que de Dios reciben ser justos, nos enseña San Juan.
Homilía n3en011a, predicada en 20150103, con 5 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Uno de los aspectos más fascinantes de acercarnos al Nuevo Testamento es descubrir cómo aquellos que nos predican en el Nuevo Testamento tienen sus raíces profundamente hundidas y perfectamente claras en todo lo que Dios había revelado en, lo que nosotros llamamos, el Antiguo Testamento. Esto se nota muy bien en el evangelista San Mateo, por dar un ejemplo. San Mateo nos muestra cómo Jesucristo no viene a abolir la ley, sino a darle su plenitud, ya ese es un mensaje bastante claro.
Pero lo mismo nos vamos a encontrar en otros autores, incluso en aquellos que se presume que predicaron y que escribieron en primer lugar en la lengua griega. Pero esto no debe extrañarnos, porque aquellos judíos que descubrieron la hermosura y la plenitud de Cristo, ya se expresaban de un modo muy natural en la lengua griega. Tomemos el caso de San Pablo, uno de los conceptos fundamentales en la enseñanza de San Pablo es el de la justificación. Y si uno no toma en cuenta la raíz en el Antiguo Testamento de lo que quiere decir justicia y de lo que quiere decir justificar, yo creo que uno se queda francamente sin entender lo que nos está tratando de decir San Pablo.
Porque resulta que la palabra justificación en nuestra lengua castellana normal lo que quiere decir es una especie de excusa. Por eso se le dice, por ejemplo, a una persona: Mira, no te justifiques. Es decir, no vengas aquí con excusas, no vengas a decir tonterías. Pero, la palabra justificar en San Pablo significa alcanzar la justicia, o también traer la justicia o hacer justicia. Pero la misma palabra justicia, que en griego se dice «dikaiosyne», esa misma palabra, aunque así aparece en el texto del Nuevo Testamento, es la traducción de aquello que en el Antiguo Testamento el pueblo hebreo había llegado a entender como justicia.
Es decir que, por expresarlo de alguna manera, San Pablo estaba escribiendo en griego, pero estaba pensando en hebreo. Y esta raíz hebrea, esta raíz del Antiguo Testamento, no es tan extraña. Muy al contrario, la raíz veterotestamentaria, la raíz del Antiguo Testamento, nos conduce a un pueblo que se acostumbró a descubrir a Dios de un modo supremamente concreto. Para ellos, por ejemplo, la justicia no es un asunto de códigos, de tribunales, de disputas, de alegatos. No, la justicia es el atributo propio, es uno de los atributos fundamentales del actuar de Dios.
Es decir, Dios obra con justicia, y la justicia viene a suponer como aquel modo de acción en el que se junta lo que es correcto, lo que es bueno, lo que es hermoso, lo que es fecundo, lo que es conveniente. Así como cuando nosotros en español decimos que algo está bien ajustado, mientras que cuando se ha dañado decimos que está desajustado. Ese modo, como nosotros utilizamos la palabra ajustar o desajustado, ese es el modo típicamente hebreo, es un modo, es un modo supremamente concreto. Se refiere al mundo de las acciones, las decisiones y las repercusiones de nuestros actos, no es un puro concepto en la teoría.
De la misma manera nos está hablando el evangelista San Juan en la primera lectura de hoy. Ahí nos cuenta cómo Dios es justo y el que nace de Dios empieza a obrar como Dios mismo obra, es decir, son las obras. Es nuestro comportamiento el que va trayendo un orden, una belleza, una bondad, una fecundidad. Aquello que nosotros en el Antiguo Testamento descubríamos como propio del actuar de Dios, eso es lo que ahora empezamos a descubrir en las vidas de aquellos que se dejan renovar por el poder del amor de Dios, eso es lo que nosotros descubrimos en el Señor.
Y esto es bellísimo, porque esto significa lo mismo, lo mismo que nos dice el apóstol San Pedro: «Hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina». Y esto es tan hermoso recordarlo en Navidad, porque en Navidad estamos diciendo que Dios ha querido asumir nuestra naturaleza, que Dios ha querido hacerse uno como nosotros y uno con nosotros. Y ahora estamos diciendo que cuando Él se ha hecho uno con nosotros, nosotros nos hemos hecho uno con Él.
Y así como Él asumió nuestra naturaleza, nosotros empezamos a participar de su naturaleza. Por ejemplo, obrando con ese sentido rico, ese sentido enjundioso y fecundo de justicia que ya aparecía desde el Antiguo Testamento.

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