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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

No es malo que el mundo no nos conozca: significa que tampoco puede manejar nuestras alegrías ni temores.

Homilía n3en010a, predicada en 20140103, con 4 min. y 48 seg.

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Transcripción:

Una de las afirmaciones centrales dentro de la primera lectura de hoy, tomada de la primera carta de Juan, es aquello de que el mundo no nos conoce. Asomémonos a la riqueza del verbo conocer, asomémonos a lo que significa este verbo en la Biblia y descubriremos la profundidad de las palabras del apóstol San Juan. El mundo no nos conoce, dice él. El conocer en la Biblia no es el simple dato intelectual, como cuando una persona conoce, por ejemplo, las calles o las avenidas de una ciudad y puede orientarse fácilmente.

Tampoco es el conocer teórico que puede tener, por ejemplo, un científico que conoce muy bien cómo funciona una célula o conoce muy bien de qué manera trabaja un motor o conoce las implicaciones de la ley de la relatividad general. El conocer en la Biblia indica aquella proximidad que hace que la vida de la otra persona me resulte comprensible, es un asomarse a los motivos, las alegrías, los temores y poder sentir como propio eso que vive la otra persona. Por eso, el gran conocer en la Biblia es el que se da entre los esposos y se utiliza con alguna frecuencia el verbo conocer para indicar aquello que sucede en la pareja.

Por ejemplo, se dice que aquel hombre conoció a su mujer, evidentemente, porque en la desnudez de sus cuerpos se conocen de cerca físicamente. Pero no es solo el cuerpo lo que se conoce, es la alegría, es la sensibilidad, es la ternura, es lo que hace feliz a la otra persona. Entonces, si este es el conocer del que nos habla la Biblia, ¿qué quiere decir que el mundo conoce a alguien? Quiere decir que lo toma como propio, el mundo conoce a aquellos cuyas alegrías y cuyos temores el mundo puede dominar y puede manejar.

Así como aquellos que nos conocen profundamente saben qué es lo que nos gusta o lo que nos disgusta y de esa manera tienen un cierto poder sobre nosotros, así también aquellos a quienes el mundo conoce son aquellos a quienes el mundo guía por medio de sus placeres o por medio de sus miedos, o por medio de sus interrogantes, o por medio de sus distintas formas de presionar. En este sentido, cuando el apóstol dice: El mundo no nos conoce, no es simplemente que el mundo no entiende nuestro lenguaje, o que el mundo no entiende nuestras razones, lo cual, por supuesto, es cierto.

A mí, por ejemplo, me aterra que haya tanta gente que sigue apoyando el aborto, el aborto voluntario. Hay razones tan supremamente claras sobre el aborto, pero tan claras. Y, sin embargo, hay gente que se hace la que no entiende o al parecer no entiende cosas tan obvias, tan, tan supremamente patentes y claras, como que si un niño no es el que ha violado a la mamá, entonces ¿por qué vamos a matar a ese niño en el vientre de la madre? Y eso le parece natural a muchísima gente, aborto en caso de violación, matan al niño y el niño no ha hecho nada. En este sentido, el mundo no nos conoce, pero vamos al otro sentido profundo.

Y entonces, que el mundo no me conoce, quiere decir que el mundo no sabe en realidad cuál es mi alegría, que el mundo no sabe en realidad cuál es mi temor. Y resulta que mi alegría es el Señor, y el único temor que hay en mí, es el temor de ofenderle. Eso no lo entiende el mundo, eso no lo puede saber el mundo. Pidamos al Señor ser renovados de tal manera, pero de tal manera que el mundo no nos pueda conocer.

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