Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Sinceridad, arrepentimiento, confianza en el amor que Dios ofrece en Cristo: tal es el camino hacia una vida nueva.

Homilía n3en009a, predicada en 20130103, con 7 min. y 43 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, uno de los aspectos en que concuerdan los cuatro evangelios es en que Juan el Bautista, con mucha humildad y con mucha sinceridad, aclaró que él no era el Mesías. Y eso tiene especial valor, porque como él llevaba una vida tan santa y como su palabra era tan libre y tan de Dios, la gente estaba predispuesta para creer que Juan era el Mesías. Pero él, repito, con humildad y con verdad en su corazón y en su boca, jamás tomó ese título, sino que más bien anunció que había de venir el Mesías.

Esto debemos tomarlo como uno de los frutos que trae el desierto, fruto también de la oración, del silencio, de la penitencia, que son como las dimensiones del desierto. Cuando nosotros entramos en los caminos de la oración, del silencio, de la penitencia, llegamos al conocimiento de nosotros mismos, y entonces jamás nos tomaremos por lo que no somos. Juan, aunque muchos pudieran tener ese concepto tan alto de él, no se arrogó un título distinto del de precursor. Así que la primera lección que tomamos de estas lecturas es que el desierto nos hace verdaderos, y en el desierto aprendemos a reconocer lo que somos genuinamente.

Pero viene el punto ¿cómo va a reconocer Juan, al Mesías? Él es el precursor, pero ¿cómo saber cuando llega el que sí es? Y entonces, hay dos elementos que aparecen en el Evangelio de hoy que son muy ilustrativos. Dice Juan que él salió a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel el Mesías. El bautismo con agua era una señal de arrepentimiento de los pecados y lo que está diciendo Juan es que allí donde se predica con fuerza el arrepentimiento, donde se predica y se practica con verdad y con fuerza el arrepentimiento, allí pronto se hace sentir, pronto se deja ver la misericordia divina.

Podemos hacer esta comparación cuando el niño pequeño levanta cuanto puede sus manos y seguramente se empina tratando de alcanzar al papá. Pues ese papá que por supuesto ha de tener un corazón amoroso en cuanto ve esas manos levantadas como suplicantes, se abaja, se agacha para tomar a ese niño, esa sencilla comparación nos muestra la ley que une la penitencia y la gracia. El camino del arrepentimiento, el camino del reconocimiento, que sí somos pecadores, que no nos digamos mentiras, que si fallamos unos de una manera y otros de otra.

Algunos se dejan llevar por la codicia, otros por la mentira, por la lujuria, por la envidia. Otros, en cambio, se encierran en su seguridad y dicen: Yo no le hago mal a nadie. Y uno podría decir, pero tampoco hace bien. Entonces, encerrados en su egoísmo, en su castillo de privilegios y de comodidad, pues no terminan de salir de sí mismos para servir a nadie, son inútiles para los demás. Entonces, pecadores somos todos, la segunda enseñanza del día de hoy. Es allí donde se extienden las manos suplicantes del perdón, allí pronto se sienten las manos compasivas del Dios de amor.

Por eso dice San Juan el Bautista: «Yo no le conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel». Pero esa es solo una señal. Una señal es entremos de veras en el arrepentimiento, entremos de veras en la conciencia de que somos pecadores. También dice la primera carta de Juan: «Si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando». Esa es una parte, pero viene la otra parte. «Yo no lo conocía, vuelve a decir el Bautista, pero el que me envió a bautizar me dijo: Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo».

Entonces, Juan se da cuenta que el solo arrepentimiento, el dolor por nuestros pecados, la conciencia sincera de que le hemos faltado a Dios, es solo la mitad o menos de la historia. Lo verdaderamente importante y lo verdaderamente transformante es el amor que hace nuevas todas las cosas, y ese es el amor que viene a traer Jesucristo. Por eso, no basta el arrepentimiento, porque una persona puede tener un gran arrepentimiento, pero únicamente como un ejercicio de autocastigo, un ejercicio de auto-culpabilización, como una especie de masoquismo: Yo he fallado en todo, yo no di la medida, yo soy un miserable.

Pero eso sería quedarse en menos de la mitad del camino. Lo importante para que aparezca el Mesías es que, junto a esa humildad, esté la gran confianza que hay un Dios, un Dios que viene con el poder y la unción de su amor, un Dios que viene para hacer distinta nuestra historia, porque Él ha querido entrar en ella. Entonces, así tenemos esas tres enseñanzas del día de hoy. Primera, el desierto nos hace verdaderos, en medio de tanto ruido como tiene nuestro mundo contemporáneo. Qué importantes esos tiempos de silencio, esos tiempos de entrar cada uno en su corazón, en su conciencia y dejar de decirse mentiras, soy un pecador.

Segundo, donde abunda el arrepentimiento y la sinceridad, no está lejos el saludo de la gracia de Cristo. Y tercero, aunque el arrepentimiento sea una cosa necesaria, no es suficiente, diría santa Catalina de Siena: Hay que sazonarlo, hay que sazonarlo con una gran confianza en la misericordia, sabiendo que el Cristo que viene, ese Cristo que celebramos en Navidad, viene con el poder del amor de Dios para hacer distinta nuestra historia.

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