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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Conocer a Jesús es darse cuenta de quién tiene el poder para quitar el pecado.

Homilía n3en003a, predicada en 19980103, con 12 min. y 4 seg.

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Transcripción:

Nos ofrece el Evangelio de hoy el testimonio de Juan Bautista. Yo quiero destacar dos frases de Juan: «Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel». Y luego: «Ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo».

Yo no lo conocía, alguien puede preguntar ¿cómo no lo iba a conocer si eran parientes? Y parece que algún grado de cercanía debían tener, si María, la madre de Jesús, se siente obligada por el amor a socorrer a Isabel, la madre de Juan Bautista. Entonces, cómo dice que no lo conocía. Sí conocía que Jesús era pariente suyo, pero conocer que ese Jesús llevaba la unción del Padre para quitar el pecado del mundo, eso era lo que no conocía. Y esta es la misma situación en que se encontraban muchos de los parientes y de los compatriotas o paisanos de Jesús.

Sabían de Él, pero saber que ese Jesús tenía la unción del Padre y que Él tenía entonces el poder para quitar el pecado del mundo, eso era lo que no sabían. Y esto nos dice que hay como dos maneras de conocer a Jesús. Indudablemente, para esos paisanos de Nazaret, Jesús era una persona irreprochable, era una persona recta, honrada, sincera, sencilla, quizás alegre. Podrían decir muchas cosas buenas de Jesús, podían incluso decir que era como un ejemplo de judío. Pero todavía eso no es conocer verdaderamente a Jesús. Conocer a Jesús es lo que le sucedió a Juan.

Es darse cuenta, es ver que en Él no solo están grandes y bellas virtudes, eso no es lo más importante de Jesús. Las grandes y las bellas virtudes no es lo más importante. De hecho, Juan tenía virtudes muy grandes y muy bellas. Juan también era recto y era honrado y amaba a Dios, oraba, era justo. El problema no son las virtudes, el problema es ¿quién es el que tiene la unción, el poder, quién tiene poder para quitar el pecado? Gente buena hay, existe gente buena. Pero, el punto no es que sean buenos, sino que hagan buenos a los otros. El punto no es ser justo, sino poder justificar. No es solo ser sano, sino poder sanar.

Y este es el poder, esta es la unción del Espíritu Santo: «Yo no lo conocía». Y luego dice: «Pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel». El agua del bautismo de Juan hace que aparezca el agua viva, que es el Espíritu Santo, del bautismo de Cristo. El bautismo de Juan hace manifiesto al Espíritu de Jesucristo. ¿Por qué? Porque el bautismo de Juan es aquel arrepentimiento del pecado, aquella conciencia humilde, sincera, creyente de que hemos roto la alianza, de que solo Dios puede rehacerla.

No se nos puede olvidar que si Juan estaba bautizando en el Jordán no era porque ahí vio un charquito, un pocito que le pareció como bueno. Juan no fue que se pusiera a pasear por toda Palestina y de pronto vio un pocito y dijo: Usted está aquí como bien, aquí empiezo a predicar, no. Sabemos que cuando los israelitas entraron en la tierra prometida, cruzaron el Jordán y Josué les dijo: «Este cielo y esta tierra, y estas piedras son testigos de las palabras que habéis dicho». Ahora sí, al cruzar el Jordán. Ese Jordán que se cruza, es la aceptación de la Alianza.

De manera que, si ahora Juan predica y bautiza en el Jordán, con ese gesto, con esa geografía, le está diciendo al pueblo que la alianza que nosotros hicimos aquí, en estas aguas, no la hemos cumplido. Untarse de las aguas del Jordán, lavarse en las aguas del Jordán, era decirle al Señor Dios: Me reconozco como transgresor de la Alianza. Reconozco que no he vivido la Alianza. No es lo mismo mojarse entonces de las aguas del Jordán que mojarse de cualquier otra agua, para estos judíos en este momento. Mojarse en las aguas del Jordán es presentarse ante Dios como un humilde, arrepentido, transgresor de la Alianza.

Me atrevería a ir más lejos. Cuando los judíos, bueno, cuando Israel porque no era sólo la tribu de Judá, cuando Israel atraviesa el Jordán, el milagro, como nos lo describe la Escritura, es que ellos pasan secos, esa agua no les no les moja. En cambio, ahora en el bautismo se trata precisamente de lo contrario, se trata de que esa agua me moje, se trata de que esa agua me lave. El poder de Dios en el milagro que se nos describe, detuvo las aguas y de esa manera los israelitas no se ahogaron, como sí se habían ahogado los egipcios.

El que se bautiza, el que se sumerge en las aguas, el que se lava en las aguas del Jordán, está diciéndole al Señor: Me va a pasar a mí, como le pasó a los egipcios, estoy a punto de ahogarme, Señor. Los egipcios murieron en las aguas. Yo estoy aquí, sumergido en estas aguas. El bautismo de Juan, podemos suponer, era un bautismo, como todos estos antiguos de inmersión. Me estoy ahogando, no he cumplido la alianza, estoy mojado, me estoy hundiendo en el suelo profundo y no puedo hacer pie, me estoy hundiendo, solo tú puedes salvarme.

Cuando alguien dice eso, entonces se cumple lo que dijo Juan: Yo salí a bautizar con agua, es decir, yo salí a que el pueblo se diera cuenta que era un transgresor, que había incumplido la alianza, que había faltado a su palabra, que se está ahogando y que solo puede rogarle a Dios. Cuando una persona hace ese itinerario, reconoce esa verdad, entonces se manifiesta la gracia de Jesucristo, porque, en realidad, lo que hacía Juan era llevar al pueblo a un retiro espiritual, llevar al pueblo a un intenso retiro para que extendiera sus manos, para que abriera humildemente su corazón, para que rogara ese diluvio que no mata y ese es el Espíritu Santo.

Las aguas, como sabemos en la Sagrada Escritura, pero especialmente en el Antiguo Testamento, son señal, al mismo tiempo, de muerte y de vida. Muerte como en el diluvio, fuerte como en aquel salmo que describe a los israelitas navegando por el mar, rodaban, se tambaleaban como ebrios y no les valía su pericia. Señal de muerte, pero también señal de vida, porque sin ella no hay riego y la sed abrasa. Pues bien, lo que se nos está diciendo es: Señor, esta agua me está ahogando. Me muero, Señor, dame un diluvio de vida. Ese es el Espíritu Santo, un diluvio que ya no mata, un diluvio que ya no destruye, diluvio que salva.

Una inundación de amor, una inundación de perdón, un desbordamiento de gracia, una nueva alianza, ahí, que tiene su comienzo ahí donde la alianza anterior se rompió, ahí donde se le faltó a la Palabra con Dios, ahí Dios da una nueva palabra, Dios da un nuevo amor, Dios comunica su Espíritu para que haya esa alianza, que en la Misa llamamos nueva y eterna. Por eso, este Cristo es el que bautiza con Espíritu Santo, ya no es el agua antigua, sino es el espíritu de claridad, es el Espíritu que clarísima y manifiestamente muestra el amor de Dios, muestra el camino de una alianza que ya no falla.

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