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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Servir a Dios cuando nadie mira ni reconoce es signo de verdadera santidad. Hacer el bien por amor a Dios, con humildad y discreción, confiando en que Él lo ve todo.
Homilía n30d022a, predicada en 20251230, con 7 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Cuando Jesús era niño, o mejor debo decir, un bebé, sus papás lo llevaron al templo. Este era un ritual que estaba prescrito en la ley de Moisés. Y allí Jesús, tan pequeñito, se encuentra con dos personas muy, muy mayores. O como dicen en México y en otros lugares, dos personas bastante grandes y grandes, significa aquí mayores en edad. Estas dos personas fueron el anciano Simeón y luego otra anciana, Ana. No parece que hubiera ninguna relación entre ellos. Y eso no es lo importante. Lo importante es ver cómo estos dos personajes Simeón, del que hablábamos ayer, y Ana, de quien vamos a decir unas palabras, ahora, muestran la fuerza de la esperanza y muestran la capacidad de vivir para Dios, aunque no le importe a nadie. Ese podría ser el título de esta homilía. Vivir para Dios, aunque no le importe a nadie. Y esto sí que se nota, especialmente en Ana, una mujer que se había casado, había quedado viuda y era de muy avanzada edad. Se nos dice que tenía ochenta y cuatro años de edad. Cabe suponer que llevaba mucho tiempo de viuda. ¿Y en qué gastaba ella su tiempo? Amargandose porque era viuda, lamentando su situación de pobreza, que era lo que solía sucederle a todas las viudas. Dedicada a los chismes, las murmuraciones que se cuenta que se dice, quién entra, quién sale, quién se metió con quién. ¿Cuál es el chisme fresco? Ana no se dedica a eso, Ana tiene algo mucho mejor que hacer. Ana se dedica a Dios. Es una persona dedicada a Dios, es una persona consagrada a Dios y sirve a Dios con sus penitencias, especialmente ayunos, y sirve a Dios con oración. ¿A quién le importa Ana en ese tiempo y en esas circunstancias, en ese mundo? ¿A quién le importa Ana? Pensemos en los poderosos de aquella época, por ejemplo, la casta sacerdotal, los saduceos de vez en cuando veían a una viejita, una viejita que aparecía, se hacía por ahí en un rincón, hacía sus rezos, luego se iba. ¿Qué les iba a importar a ellos? Qué le iba a importar a Herodes o a Pilatos. Ni sé dónde estaría Pilato en ese momento, porque Herodes del que estamos hablando es Herodes el Grande. Después su hijo sería el que entraría en el juicio de Cristo. Pero ¿Entiendes la idea? A los poderosos de este mundo, Ana no les decía nada. O como dicen en algunas partes, Ana no pintaba nada, no significaba nada, ante los ojos del mundo, porque Dios lo estaba viendo. Ante los ojos del mundo nada, pero ante los ojos de Dios sí. Y eso es admirable, servir a Dios, aunque nadie lo note. Yo creo que a veces, por esta presión de los medios de comunicación y de las redes sociales, le estamos dando mucha importancia a la visibilidad, al aplauso, al reconocimiento, al número de seguidores, incluso a la monetización. Ana no, no monetizo, Ana no tuvo muchos seguidores. Pero ella hizo lo que tenía que hacer aunque nadie estuviera mirando. Ella hizo lo que tenía que hacer, aunque nadie aplaudiera, aunque nadie la siguiera, aunque nadie la tomara en cuenta. Y eso, mis hermanos, eso es señal de una gran santidad, porque esa es una persona que está haciendo las cosas por Dios, por el amor de Dios, por servir a Dios, porque Dios lo ve. A nadie le importa lo que yo estoy haciendo, pero tú lo ves, Señor, y necesitamos mucha gente así. Yo pienso, por ejemplo, en un buen padre de familia, una buena madre de familia, ese padre de familia que se despierta temprano, que sale a trabajar, que muchas veces toma el transporte público, el metro, o aquí en Bogotá el Transmilenio, toma el transporte público y va medio dormido y tiene que esforzarse mucho y tiene que elaborar. Y nadie le está aplaudiendo todos los días. Y él vuelve a casa y ve cómo sus hijos están creciendo y él siente en su corazón. Los amo y es por ellos, es por ellos. No hay muchos aplausos, no los hay. Y esa madre de familia que tal vez tiene también un trabajo, o tal vez permanece en casa. Ella no recibe aplausos todos los días. Pero hay un Dios que está mirando hacer el bien aunque nadie lo mire. Es impresionante como termina el texto del Evangelio de hoy, porque Ana, cuando ya encuentra a Jesús y se alegra con Jesús y es lo mejor que le ha pasado en la vida, ella empieza a compartir la buena noticia con otros y hasta donde sabemos, no logró tampoco nada, tampoco nada. Ella hablaba de Jesús a los que estaban esperando la consolación de Israel. Ella hablaba de Jesús. ¿Y en qué quedó la evangelización de Ana? Pues no sabemos, pero no hay ninguna señal de que eso hubiera prosperado. Es decir, parece que su apostolado si le vamos a dar ese nombre. Su apostolado fue tan discreto, tan humilde y tan anónimo como su vida entera. ¿Estamos dispuestos a servir a Dios así? Estamos dispuestos a servir a Dios cuando nadie mira, cuando nadie sigue, cuando nadie reconoce, cuando nadie agradece, cuando nadie aplaude. Ahí está Ana. Ana, la hija de Fanuel. Ahí está Ana con su sonrisa de mujer santa, de mujer anciana, de mujer bella con la belleza de Dios. Ahí está la sonrisa de Ana diciéndonos: Sirve a Dios, sigue el camino, aunque nadie lo note, aunque nadie lo reconozca, aunque nadie aplauda. Bendita la memoria de Ana, la hija de Fanuel. Amén.

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