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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Al dejarnos vencer por las virtudes del Niño Jesús, realmente llega la liberación que quiere Dios para nuestra vida, el triunfo de su amor en nosotros.
Homilía n30d021a, predicada en 20241230, con 8 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Hoy es un buen día para recordar lo que es una octava en la liturgia. Sabemos bien lo que es la octava en música, tenemos una nota, por ejemplo, la nota Do. Y nosotros vamos subiendo en lo que se llama una escala y ocho notas. Después volvemos a Do. Entonces tenemos Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, si, Do. Y eso forma como una escala, como una escalera que va desde el Do hasta el siguiente Do. Esa es una octava en música. Pues en liturgia la octava significa una celebración tan importante que no cabe en veinticuatro horas, que no cabe en un solo día. Nosotros tenemos actualmente en la Iglesia Católica dos octavas. La octava de la Pascua, la más importante de todas, pero también la octava de Navidad. Y nos encontramos avanzando en esa octava de Navidad que va desde el veinticinco de diciembre, la fiesta de Navidad hasta el primero de enero. Y me gusta siempre decir, el veinticinco de diciembre celebramos a Jesús, el hijo de María y el primero de enero. Ocho días después celebramos a María, como madre de Cristo Dios, María madre de Dios. Así que eso es lo que significa una octava. Es tan grande el misterio de la Navidad que no cabe en veinticuatro horas. No cabe. Y por eso necesitamos una especie de día larguísimo. Un día de ocho días, eso es una octava. Y estamos en la octava de Navidad. ¿Qué celebraciones tenemos en la octava de Navidad? Bueno, hemos tenido, por supuesto, en primer lugar, la Solemnidad de la Natividad del Señor. Luego celebramos a San Esteban con ese pensamiento tan bello, no: Que Cristo, el Hijo de Dios, nació en la tierra, para que Esteban naciera en el cielo. Es un simbolismo absolutamente precioso el que nos trae la liturgia. Y luego recordamos a San Juan Evangelista, que es el gran teólogo de la Encarnación, es el que nos muestra con mayor claridad, con mayor profundidad, hasta donde es posible, ese misterio de la Palabra que se hizo carne. Y de hecho, San Juan nos acompaña durante todo este tiempo litúrgico de Navidad, nos va dando, como las claves fundamentales, las claves principales para que nosotros podamos, a través de ese recorrido, podamos asomarnos al misterio del Dios encarnado, ese San Juan. Luego, el día veintiocho, tenemos la celebración de los santos Inocentes, recordando a estas humildes y perfectamente inocentes criaturas, estos bebés que fueron masacrados, pero que con su propia sangre de alguna manera protegieron al Hijo de Dios. Y en ese sentido entregaron su sangre por Cristo, para que Cristo, años después, entregara su sangre por ellos y por todos nosotros. De manera que la fiesta de los Santos Inocentes nos está presentando como una especie de alianza, de entrega, alianza de amor y alianza de sangre. También en la octava de Navidad, el domingo que queda en la octava de Navidad, nosotros tenemos la celebración de la Sagrada Familia. ¿Y qué más tenemos? Fíjate que hay toda una riqueza, no. Pues tenemos también algunos textos de los evangelios de la infancia y tenemos algunas reflexiones que van a aparecer pronto o que ya están apareciendo, de la primera carta de Juan. Porque este documento del Nuevo Testamento, la primera carta de Juan de verdad, es como una especie de meditación sobre el misterio de la encarnación, sobre la verdad de la carne de Cristo. Entonces, en el tiempo de Navidad, para la primera lectura, lo que vamos a encontrar son textos de la primera carta de Juan, mientras que los evangelios nos van llevando por aquellos pasajes tanto de San Lucas como de San Mateo, en los capítulos primero y segundo de Lucas primero y segundo de Mateo, en textos que conocemos en su conjunto como el Evangelio de la infancia. Llamamos Evangelio de la infancia a esos dos primeros capítulos de Mateo y dos primeros capítulos de Lucas. Son todos esos textos que nos hablan de los primeros pasos, los primeros días, los primeros años del Niño Jesús en esta tierra y por supuesto, el mejor tiempo del año para hacer esas lecturas, para reflexionar en ello, para agradecerle a Dios, es el tiempo litúrgico de Navidad. Hoy, por ejemplo, nos encontramos con una parte de esa escena de la presentación de Jesús en el templo. Hay una fiesta litúrgica, todos lo sabemos. La fiesta del dos de febrero en que se presenta precisamente, eh, con toda su, digamos con todo su esplendor, el significado de de esta festividad, de la presentación del Señor. Pero hoy, hoy, por ejemplo, en el contexto de Navidad, se nos da como una luz, como una especie de avanzada que nos invita a contemplar ese acontecimiento en cuanto tuvo relación con el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Ese es el propósito, eso es lo que se quiere y según eso, pues nos encontramos, por ejemplo, con una mujer, una mujer piadosa, una mujer orante que hacía muchos ayunos, que hacía muchas limosnas y una mujer que evangeliza. Esa mujer se llamaba Ana. Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Está este texto en el capítulo segundo de San Lucas. Y lo que nos llama la atención sobre Ana es que es una mujer que se entrega al servicio de Dios y que le habla a la gente, le habla sobre el niño Jesús, pero concretamente mira a quienes les habla, les habla a aquellos que estaban esperando la liberación de Jerusalén, la liberación de Israel. ¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso oficio el de Ana! Presentar el misterio de Cristo. Presentar al Niño Jesús como la respuesta a la auténtica liberación del corazón humano. Yo creo que el mensaje de Ana es plenamente actual. Si nosotros nos dejamos fascinar. Voy a decir otra palabra si nosotros nos dejamos vencer por el Niño Jesús, si nos dejamos vencer por su sonrisa, su sencillez, su desnudez, su despojo, su humildad, su ternura. Si nosotros dejamos que el ejército del Niño Jesús, que son todas estas virtudes que he dicho, si nos dejamos vencer por ese ejército de virtudes del Niño Jesús, realmente llega liberación. Esa es la liberación que Dios quiere para nosotros. Ese es el triunfo de su amor en nosotros. Esa es la respuesta que tal vez no estamos encontrando en medio de tanta soberbia, en medio de tanta arrogancia. Vivimos en un mundo donde el ego está tan inflamado, donde nuestra arrogancia se ha vuelto tan avasalladora, tan cruel. Dejémonos vencer por el Niño Jesús. Escuchemos a Ana, la hija de Fanuel, que presentaba al Niño Jesús como respuesta de liberación, como respuesta del amor de Dios. Recibamos el mensaje de Ana dejémonos vencer por Jesús, porque como decía hermosamente un predicador si Él, Jesús, si Él me gana, entonces yo gano. Si Él triunfa, yo gano. Si Él me vence, yo gano. Bendito sea Jesús y bendito este tiempo hermoso de la octava de Navidad.

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