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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuando la juventud vive en Dios y toma en serio su fe, es una señal fuerte de la victoria de Cristo y recordatorio de santidad para todos nosotros.
Homilía n30d011a, predicada en 20151230, con 5 min. y 35 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada de la primera Carta de San Juan. Una característica de este texto, que es breve pero muy denso, es que en ciertos momentos se dirige a distintos grupos o categorías de la comunidad cristiana. Yo quiero destacar, por ejemplo, en el día de hoy que dice: Os escribo a vosotros, padres, os escribo a vosotros, jóvenes. Y sobre todo quiero detenerme en lo que dice a los jóvenes. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. A mí me surgen dos preguntas leyendo esta frase. La primera ¿Es qué es que solo los jóvenes han vencido al maligno? Por qué parece tomar como por aparte a los jóvenes de la comunidad para decirles, Vosotros habéis vencido al maligno y el resto de la comunidad ¿No? Puede parecer una pregunta un poco capciosa, pero lo que buscamos es lo que propone aquel gran padre de la Iglesia San Anselmo. Lo que queremos es que nuestra fe, avanzando un poco en la comprensión, también ahonde en sus raíces. Es decir, nuestra fe quiere entender en la medida en que Dios lo conceda y para servicio suyo, con ese espíritu y no con otra cosa nos preguntamos ¿Por qué se dice a los jóvenes, particularmente a ellos, habéis vencido al maligno? ¿Qué sentido tiene eso? Y luego, si nosotros pensamos en nuestra propia época y si vemos cuál es el sector de la sociedad, en cierto sentido más atacado, al que se le arrojan con mayor frecuencia todo tipo de cadenas, pues son precisamente los jóvenes. Por eso nos duele tanto ver a tantos jóvenes adictos, por ejemplo, a las drogas, adictos al alcohol, envueltos en relaciones sexuales, en relaciones afectivas que finalmente solo dejan decepción y dolor. Entonces nos preguntamos si realmente son ellos los que han vencido al maligno. Fíjate que las preguntas son dos. La primera es ¿Qué pasa con el resto de la comunidad?, Y la segunda es ¿Realmente estos jóvenes han vencido al maligno? Esas dos preguntas en realidad nos llevan a una sola respuesta. Y es que la juventud, cuando vive en Dios, la juventud que toma en serio su fe, es una señal potentísima de la victoria de Cristo. Es más o menos lo mismo que sucede en la Iglesia. Nosotros nos damos cuenta que a los sacerdotes se les llama o se nos llama consagrados. Pero todo el pueblo ha sido consagrado por el bautismo. Nos damos cuenta que a las religiosas se les llama vida consagrada, pero todos somos consagrados, repito, pero se les llama consagradas a ellas en particular, porque su forma de vida se convierte como en una señal y recordatorio para todos. Y yo me doy cuenta que en la primera carta de Juan ese es el tratamiento que se da a los jóvenes. Aquellos jóvenes que viven su fe manifiestan de un modo muy particular, muy intenso y muy significativo para todos la victoria sobre el maligno. Es decir, que felizmente en aquella comunidad, la comunidad a la que se dirige esta carta, esta primera carta de Juan en aquella comunidad, de tal modo brillaba la victoria de Dios. De tal modo se veía Dios venciendo en los rostros, en los corazones de estos jóvenes, en sus palabras que ellos se convirtieron en una señal para el resto de la comunidad, una señal de que las pasiones de la carne y la concupiscencia de los ojos y la arrogancia de la vida no tienen porqué ser señores nuestros. Y aquí viene nuestro compromiso. Entonces, ¿Cómo ha de ser nuestro servicio de evangelización para los jóvenes?, ¿Cómo ha de ser? Pues no de mediocridad. No le pidas mediocridad a la juventud. Pídele santidad, porque en la edad de la vida en que se busca ser radicales, pedir mediocridad es insultar. No le pidas menos a un joven, no le pidas menos. Menos que la victoria plena de Cristo. No le pidas y menos que la santidad no le pidas. Para eso es esa edad, y para eso ellos se convierten en señales para todos nosotros.

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