Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los elogios que ofrece San Juan a algunos miembros de la comunidad son en realidad la enumeración de las armas del cristiano.

Homilía n30d010a, predicada en 20141230, con 22 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Una de las maneras de tomar en serio la palabra amor es descubrir que el amor da la victoria y para eso hay que entender que estamos en lucha, que estamos en combate. Si uno no descubre que está en combate, entonces el amor se convierte en un adorno bonito, pero adorno de la vida. Necesitamos descubrir en qué combate nos encontramos para descubrir también cuál es el amor que ha llegado a nuestra vida y cómo ese amor nos puede dar la victoria.

En ese sentido, la primera carta de Juan es invaluable. Este es el documento donde se encuentra aquella frase que es como la definición de Dios. Dios es amor, pero uno puede volver la palabra amor, una tontería. Uno puede creer que cualquier sentimiento dulzarrón, cualquier sentimiento medio, medio suave, medio grato. Ya, entonces Dios tiene que estar ahí. Es una desfiguración de la palabra amor y por consiguiente una desfiguración de la Palabra de Dios. Las cosas cambian cuando uno descubre que está en guerra, cuando uno descubre que está en combate, cuando uno descubre el combate, uno descubre que se necesita un amor muy grande para vencer.

Este año que está terminando, precisamente se recuerdan los cien años del comienzo de un gran conflicto que marcó todo el siglo veinte. Nosotros lo llamamos la Primera Guerra Mundial. Por supuesto, las personas que vivieron esa primera guerra no decían, esta es la Primera Guerra Mundial, ellos decían esta es la Gran Guerra. Pero después llegó otra que fue mucho peor, y a esa entonces se le llamó la Segunda Guerra Mundial, cambiando el nombre a la primera para llamarla entonces así la Primera Guerra Mundial, en mil novecientos catorce, inició esa Primera Guerra Mundial. La geografía de Europa, su mapa político cambió completamente.

Pero lo más importante, aún más que las fronteras, fue la confrontación de distintas visiones del mundo. Y sobre todo, un gran interrogante ¿Por qué clase de cosas estás dispuesto a luchar hasta entregar tu vida? O dicho de otra manera, ¿Cuál es el amor que te mueve?, ¿Por qué clase de cosas tú entregarías hasta tu propia sangre? Estoy seguro de que muchos padres de familia dirían, Yo por mis hijos me hago matar.

Bueno, eso es lo que queremos decir cuando hablamos de amor en la Biblia. Amor es, ¿Por qué clase de cosas estás dispuesto a pelear? Que me siento bien, que me siento agradable, que tengo mariposas en el estómago, puede ser indigestión, no debe ser muy nutritivo tener mariposas en el estómago. La grandeza del amor no se mide en ese tipo de cosas. En las sensaciones, en cómo me siento, porque hay gente que se sienta mal, se le tuerce la columna. Entonces el amor se mide con un criterio muy sencillo. ¿Por qué clase de cosas estás dispuesto a luchar? Y a nosotros no se nos debe olvidar que cuando San Juan habla de amor, aquí está hablando del amor que pelea, del amor que vence, del amor que logra el objetivo. Ese es el amor que interesa.

Vienen una serie en el pasaje que hemos escuchado hoy, versículos del doce al diecisiete del capítulo segundo de la primera carta de San Juan, vienen una serie de palabras de ánimo, diríamos incluso de felicitación, y después viene una descripción del combate. El combate es contra el maligno, es decir, contra el demonio y combate contra el mundo. Podemos decir que la primera parte del texto de hoy es una respuesta a la segunda parte, es decir: En esas felicitaciones que el apóstol le envía a los que llama sus hijos, a los que llama padres, a los que llama jóvenes. En esas felicitaciones está contando básicamente cuáles son las armas del cristiano.

Hagamos un rápido inventario de esas armas y con eso cerramos esta reflexión. Dice el Apóstol, Os escribo, hijos míos, porque se os han perdonado los pecados por su nombre. Esta es la primera arma del cristiano, que en realidad ya es arma doble en ese momento, os escribo porque se os han perdonado los pecados por su nombre, dice aquí. Entonces la primera arma del cristiano es saberse pecador y saberse perdonado. Sin eso no hay vida cristiana. Si uno no tiene conciencia de que uno o se ha equivocado gravísimamente o podía errar gravísimamente. Si uno no tiene conciencia de que ha hecho daño terrible o que podría hacer daño terrible.

Pero como una posibilidad real, si uno no tiene conciencia de eso, uno jamás sentirá mayor gratitud ni mayor alegría por Cristo y por consiguiente, nunca va a tener tampoco sentido entregarle la vida a Cristo. Por eso hay personas que pueden sentir deseo de ser sacerdotes, deseo de ser religiosos o religiosas. Pero eso quieren ser religiosas, pero no, no quieren morirse por Cristo y no quieren morirse por Cristo, porque no sienten una gratitud infinita por Cristo y solo siente gratitud infinita por Cristo el que percibe con toda su profundidad el drama del pecado, sin la claridad sobre el drama del pecado.

Si uno no siente en lo profundo de su alma que el pecado es la desgracia de desgracias en mi vida, y que hay uno que por misericordia, por pura piedad, ha querido darlo todo por mí. Si uno no siente eso, la vida cristiana se convierte en una pantomima y la vida religiosa se convierte en una serie de conveniencias, conveniencias de tipo económico, conveniencias de tipo afectivo, conveniencias de tipo existencial. Tener la vida resuelta, tener ya una idea clara de qué es lo que voy a hacer, eso no es suficiente. La vida religiosa es para personas que estén realmente agradecidas con Jesús.

La primera arma, las dos primeras armas del cristiano son saberse pecador y saberse perdonado. El que se sabe pecador, por lo menos en potencia, el que se sabe pecador tendrá menos posibilidades de sucumbir ante la soberbia que es la madre de todas las desgracias. El que se sabe pecador estará más vigilante para no recaer, y el que se sabe perdonado jamás caerá ni en el cinismo ni en la desesperación.

Entonces ya San Juan nos está dando las dos primeras armas. Hay que preguntar eso, hay que preguntar empezando por la gente más joven, si tienen esta conciencia. Jordán de Sajonia, predicando a los novicios de aquella época, les hablaba mucho del pecado y el pecado, y estos eran unos muchachos cuando él hizo esa predicación. Eso sucedió en lo que hoy es Alemania, eran unos muchachos, diríamos, relativamente sanos. No encontraban ni de qué confesarse, ni de qué dolerse, y finalmente les dijo Jordan pues si no encuentran pecados suyos que les duelan duélase del pecado del mundo, si no te duele que el mundo le dé la espalda a Cristo, dime ¿Qué clase de cristiano eres tú?. Mucho más, hay que preguntarlo si se trata de la vida religiosa.

Si a ti no te duelen los pecados del mundo, ¿Qué estás haciendo allí donde se supone que se ama a Jesús? Entonces las dos primeras armas, saberse pecador, saberse perdonado. Sigue: Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Esta palabra principio es tan densa en los escritos de San Juan. Pues bien, tenemos que tomar también esa palabra en serio nosotros. En la reflexión que tuvimos en la tarde durante el retiro, hablábamos de cómo cada palabra en estos escritos de Juan es como una ventana.

Pero nuestro tiempo ahora es limitado y solo podemos decir algo sobre este conocer al que es desde el principio. Conocer al que es desde el principio se parece mucho a aquello de saber quién es el que es y quiénes somos los que no somos. O dicho de otra manera, es entender que todo en nuestra vida ha empezado como pura donación. Es entender que el sentido último de nuestra existencia reposa en aquel de quien lo hemos recibido todo. Solo aquel que tiene conciencia de que su ser, con todos los talentos, con todas las gracias, virtudes, dones, carismas, posibilidades, todo lo mío, todo, todo lo mío, es don. Solo el que tiene esa experiencia de don puede vivir en la perpetua gratitud, puede vivir en la perpetua alabanza.

Y no hay cosa que tenga más fuerza, porque la persona que vive en la gratitud y en la alabanza tiene una alegría incontenible. Y ya sabemos lo difícil que es vencer a una persona alegre. Las personas tristes son fáciles de vencer. A la persona triste siempre se le puede vender un poquito de consuelo, un poquito de alegría. Pero una persona que esté alegre, una persona que tenga gratitud, una persona que sienta en lo profundo de su corazón júbilo por el solo hecho de existir y haberlo recibido todo. ¿Cómo tientas a una persona así? No hay manera, nos volvemos invencibles.

Es una gran virtud, es una gran arma, es el arma de la gratitud y el arma de la alegría. O sea que ya llevamos cuatro armas. Supongo que mucha gente tiene aquí una gran capacidad, una tremenda retentiva, están absorbiendo todo lo que nos está enseñando San Juan. Llevamos cuatro armas. La persona que no puede identificar cuatro armas en este momento en su cabeza debe sentir vergüenza y bajar la mirada. Entonces, las cuatro armas. Las cuatro armas que llevamos, saberse pecador, saberse perdonado, vivir en la gratitud y vivir en la alegría, la gratitud, la alegría, el arrepentimiento y la confianza en la misericordia. Estas son las armas, estas son las armas para defenderse.

El apóstol Santiago nos dice, Resistan al demonio y huirá de ustedes. Hay muchas voces, nos dicen en el mundo que hay que ceder, hay que darle un espacio al pecado, a la oscuridad, a las tinieblas, al demonio en nuestra vida. Hoy hay muchísima confusión en asuntos afectivos, en asuntos de fe. Hoy vivimos tiempos difíciles, difíciles y muchas veces las personas que tendrían que orientarnos están también confundidas o en verdaderas tinieblas. Ese escándalo y dolor de la Iglesia, las declaraciones, por ejemplo, de un obispo en Bélgica diciendo una cantidad, una sarta de estupideces sobre el matrimonio y que entonces hay que aprobar a los homosexuales y que entonces hay que darle la comunión a los vueltos a casar.

Es casi imposible compactar tantas tonterías y mentiras en una breve entrevista, eso lo ha logrado este hombre por el cual tenemos que orar. Entonces vivimos en una época en donde la gente no quiere convertirse del pecado sino quiere que le aprueben el pecado. La gente no quiere salir de su práctica homosexual, sino que se la aplaudan, se la aprueben y la Iglesia diga bueno, sí, bendiciones para todos, que haya bendición para esto. Resultó hace poco un sacerdote por el cual también hay que orar porque esto es un desastre muy grande, un sacerdote en España diciendo bueno, pero si se bendicen perros y gallinas, por qué no se bendice el amor de dos homosexuales, ¡Qué tal esa lógica!, por favor. ¿Dónde está la gente?, ¡Que dónde están los argumentos?, Y estos son sacerdotes de la Iglesia Católica, sacerdotes de la Iglesia Católica. Entonces quiere decir que vivimos en tiempos donde la gente no quiere luchar contra el pecado. La gente no quiere convertirse, si no quiere esa aprobación, aprobar, aprobar. Y entonces, cuando la gente busca aprobación, simplemente cree que si el sacerdote habla de estas cosas como ahora estoy hablando yo, entonces esa es una teoría, esa es tu visión de las cosas.

Pero yo conozco otro sacerdote que tiene otra visión y tengo otro obispo. ¿Es eso lo que quiere Cristo? Hablábamos en nuestra reflexión en el retiro, cómo la unidad está vinculada a la verdad. Desde el momento en el que empezamos con que la verdad este obispo y lo que diga el otro padre, y aquí llegó un Padre que dijo, y aquí hubo otro padre que cuando yo me confesé me dijo que me aceptara. Cuando uno empieza con eso, ahí no es posible que haya unidad en la Iglesia. Entonces debemos entender el drama que estamos viviendo, cuando yo dije al principio que estamos en combate es porque estamos en combate. Esto tiene que saberlo desde el principio, porque la ideología del mundo es que uno no se convierta, sino que uno justifique todo lo suyo, que uno en vez de arrepentirse, busque aprobación.

Entonces dice aquí os he escrito porque conocéis al que es desde Él, el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Pero luego explica cómo han vencido aquellos jóvenes al maligno, sois fuertes. La Palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. ¡Ah! Entonces ahí está la quinta arma, La Palabra de Dios permanece en vosotros.

Si a mí me nombraran maestro de novicios, que no me van a nombrar, pero si a mí me nombraran, una de las cosas que yo inculcaría en los jóvenes novicios es la santificación de la memoria. Es necesario santificar nuestros recuerdos, santificar nuestros cerebros, santificar nuestras sinapsis, nombre que tienen las conexiones de las neuronas en el cerebro. Es necesario santificar nuestras sinapsis con la Palabra de Dios, porque una de las cosas que más tienta a la gente cuando entra en la vida religiosa es el pasado. Ustedes saben que la gente que llega a uno las ve ahí sentaditas y haciendo cara de que yo aquí no le hago mal a nadie.

Pero uno sabe que muchas veces hay un pasado, hay una trastienda y unos vacíos, hay unas grietas espantosas que no es culpa muchas veces de la misma persona. Pero los novicios, las novicias, los postulantes, las postulantes, hoy tienen unas grietas y unos vacíos y unas cavernas gravísimas en el corazón. Entonces, si esos vacíos no se llenan con la Palabra de Dios, la persona empieza a dejarse seducir por su pasado, sean las cosas que vivió y que quisiera repetir o las cosas que no vivió y que quisiera saber cómo son. Y el enemigo es tan astuto que pretende agarrarnos o con lo que hemos vivido para que lo repitamos o con lo que no hemos vivido por la curiosidad y por eso es muy importante esto que dice aquí para los jóvenes esto no me lo estoy inventando.

Mire, aquí es la página ochenta con asterisco, este leccionario dice, Os he escrito jóvenes porque sois fuertes. Fuertes ¿Por qué? por el gimnasio, no necesariamente, porque la Palabra de Dios permanece en vosotros. Eso es lo que hay que hacer en un noviciado. Hay que acostumbrar a la gente a que santifique la memoria y se llenen de palabra de Dios, porque los jóvenes muchas veces no tienen la culpa de los vacíos terribles. Ustedes saben que las familias hoy están despedazadas, entonces la gente viene con unos vacíos emocionales, unos vacíos afectivos, unos vacíos de autoridad. Eso no significa que no se pueda trabajar con las vocaciones. Dios es grande, Dios es santo, Dios es poderoso, pero esos vacíos hay que llenarlos, ¿Con qué se llenan?, con la Palabra de Dios. Si no está una persona aprendiendo la Palabra de Dios está revolcando su pasado.

La persona, sobre todo si es joven, porque aquí dice, Os escribo jóvenes, la persona joven que no está aprendiendo la Palabra de Dios e integrándola en su vida, esa persona está revolcando su pasado. Lo que hice, lo que hice, ah, pero espere, que me faltó hacer. Esa pobre persona, ese pobre personaje, yo lo veré sufriendo y haciendo sufrir y complicándose la vida y teniendo todo tipo de problemas, incluso del colon. Os escrito, Os he escrito a vosotros hijos míos, porque conocéis al Padre. Esa es la sexta, me parece. Ustedes que tienen esa inteligencia atenta. ¿Es la sexta?, no. Sexta arma, ¿Conocéis al Padre? Nos dice el apóstol San Pablo que el Espíritu Santo nos hace clamar ¿Abba, Padre! Y nos dice, Estos son los hijos de Dios, los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios.

Necesitamos ese espíritu que nos dé la certeza, la certeza de Dios, la certeza de Dios nuestro Padre. Porque la persona que tiene la certeza del amor de Dios se da cuenta que no importa cómo haya sido el papito, no importa cómo haya sido la mamita, el papito y la mamita son solamente una primera aproximación, una primera aproximación. Mi verdadero padre. Esto hay que descubrirlo, como lo descubrió San Francisco de Asís, mi verdadero Padre Dios. Lo que yo tuve de papá y de mamá. Ellos hicieron ahí ,más o menos lo que pudieron, usualmente el papá se excede en algunas cosas, la mamá se excede en otras cosas. Al Papa le faltó, a la mamá le faltó la mamá intentaba reparar lo que le faltaba al Papa. Las familias hacen lo que pueden, los seres humanos hacemos lo que podemos. Pero papá padre que merezca ese nombre Dios.

Cuando uno llega a ese descubrimiento, cuando uno se sabe nacido del amor de Dios, la vida cambia completamente, porque uno deja de mendigar a las demás personas y esto es importantísimo. Las personas que están mendigando son personas que no han descubierto a Dios, su Padre. Hay que descubrir a Papá Dios y hay que gozarse. Nosotros, dominicos y dominicas, que llamamos a Francisco de Asís, nuestro padre San Francisco, tenemos que aplicarnos, como decía alguno por ahí tenemos que aplicarnos vitaminas franciscanas.

Para crecer, por lo menos en ese en esa certeza gozosa de Francisco de Asís Dios es mi Padre. Dios es mi Padre, el que no haya llorado de alegría por esta certeza, le está faltando algo muy importante en la vida. Dice aquí os escribo, hijos, porque conocéis de quién sois hijos, porque conocéis quién es vuestro padre, esta es un arma muy poderosa y por supuesto, ya con esas seis armas ya es posible la séptima arma. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo, entendiendo el mundo como el tejido de complicidades que lleva a nuevos pecados.

Entonces la séptima arma es, Yo sé en dónde pongo mi afecto, yo sé en dónde pongo mi amor. Y la persona que sabe en dónde pone su afecto no se deja engañar. Esa persona va a sufrir menos decepciones. Porque claro, parte de la tortura que mucha gente vive es que ponen su afecto, ponen su amor, ponen su esperanza en otro ser humano. Y entonces ahí es donde se dicen todas esas frases románticas exageradas Tú eres todo para mí. Y todas esas demás frases que bueno para un momento, para una poesía tal vez pueden servir, pero el ser humano decepciona demasiado, demasiado. Por eso saber dónde poner el amor. Esa es nuestra séptima y última arma.

Así que ahí queda esa enseñanza que nos da San Juan. Por favor, y sirva esto de colofón. Téngase presente, el amor no es simplemente un sentimiento, yo siento unas cosas muy bonitas, ahí hay una sonrisa que no me abandona, no sé, veo todo como de otro color. No basta eso, no, esa idea de amor romántico que nos han vendido. Que por consiguiente, se convierte en un amor posesivo.

Especialmente nosotros, religiosos, somos testigos de otro tipo de amor. Esos amores, así que yo contigo, tú conmigo, yo para ti, tú para mí, y aquí no entra nadie más, eso es asfixiante. Y eso se llama el amor de las dos chupas. Y el amor de las dos chupas, no va muy lejos, eso no funciona, eso se traba, no pasa por la primera puerta. Ponga usted dos chupas y pase esa puerta, verá que eso no pasa. No, el amor no puede ser el amor de las dos chupas, el amor nuestro es un amor abierto. Como cristianos, mucho más como religiosos, mucho más. Hay que vivir un amor abierto, un amor que se da, un amor que se entrega. Ese es el amor de los santos. Y ese amor es el que hemos recibido en Cristo. Y ese amor es el que compartimos con nuestros hermanos.

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