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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ana nos enseña que cuando no tenemos nada en esta tierra, nos queda la Casa de Dios, Quien siempre tiene un lugar para los mas pobres. A veces cuando le contamos la Buena Nueva a los demás nos pueden mirar como locos, locos de amor por Cristo. Por eso, no debemos despreciar a los que nos hablan de Dios que ahí puede venir el consejo.
Homilía n30d006a, predicada en 20091230, con 18 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos. Las lecturas de estos días nos invitan a recordar la infancia de Jesucristo. Desde la Nochebuena que llamamos, empieza el llamado tiempo de Navidad y durante el tiempo de Navidad lo que hacemos es recordar no solamente a Jesús bebé, sino también la infancia misma de Él. Y en esos acontecimientos mayormente sencillos que se nos cuentan en los evangelios de Mateo y de Lucas, lo que estamos es conociendo los misterios de la infancia de Cristo. Quienes participamos en la novena de Navidad seguramente recordamos una oración de la novena que dice: A Jesús, que Él le habló a la bienaventurada Margarita del Santísimo Sacramento y le dio estas palabras tan consoladoras para nuestra humanidad agobiada y doliente. Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado. Esa oración es muy conocida en los oídos, sobre todo de los colombianos, por la extraordinaria difusión que tiene la novena de Navidad tradicional entre nosotros. Los méritos de la infancia. Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia, le dice Jesús a esta santa religiosa. Podemos decir que durante estos días del tiempo de Navidad lo que estamos conociendo son los misterios y entonces también los méritos de la infancia de Jesucristo. Estamos conociendo qué fue lo que sucedió ahí. En la medida en que el Espíritu Santo ha querido que nosotros lo conozcamos, y también así veneremos y amemos a nuestro Salvador. Estos acontecimientos de la infancia tienen enseñanzas que son pequeñas, quizás sencillas, pero muy profundas. Vamos a espigar algunas de esas enseñanzas en las lecturas de hoy, sobre todo el Evangelio. Esta mujer llamada Ana era una mujer viuda, era una mujer de la cual no se cuenta que haya tenido hijos, su familia, su casa es la casa de Dios, lo cual es al mismo tiempo una gran pobreza y una gran riqueza. Una gran pobreza, porque si una persona no tiene casa propia, sino que vive prácticamente en el templo, pues nos da la idea de pobreza, pero también es una gran riqueza, porque vivir en la casa de Dios es permanecer en la abundancia de su amor y de su misericordia. Hace muchos años, como decir cuarenta años, cincuenta años, cuando venían los peregrinos a Chiquinquirá, lo más común era que se quedaran por varios días. Muchos venían a pie, a pie y digo, otros venían en camiones y las dificultades mismas del transporte y el tiempo que tomaba llegar acá hacían impensable eso de devolverse el mismo día. Hoy la mayor parte de los peregrinos vienen y se van en el mismo día. Pero en aquellos años decir cuarenta o cincuenta años y más hacia atrás, los peregrinos venían y la basílica se quedaba abierta toda la noche. Quizás haya personas aquí de las mayores que alcancen a recordar esas épocas. La basílica quedaba abierta y muchas personas se quedaban en oración, pero también se quedaban durmiendo. Por supuesto que es incómodo en muchos sentidos, es algo incómodo y claro, eso tiene problemas de higiene y de salud. Pero el hecho es que esta basílica era la casa de los pobres y de los peregrinos, y parte de la peregrinación era esa. Ellos no iban a hoteles, muchos no iban a hoteles o pensiones hospedajes, sino que se quedaban aquí en la casa de Dios y un rato rezaban y otro rato dormían y así pasaban la noche. Y luego pues para la misa de cinco de la mañana o lo que fuera. Pues Ana es una persona que nos hace recordar a todos esos que por peregrinación o por lo que sea, no tienen otra casa sino la casa de Dios. Los salmos ensalzan muchas veces la hermosura de la casa de Dios: ¡Cuánto anhelo vivir en tus atrios!, dice uno de ellos. Vivir en la casa de Dios. Y al fin y al cabo, nuestro destino eterno, si Dios nos lo regala, es estar para siempre en el cielo, que es la casa de Dios. Pues Jesús cuando se iba a ir de esta tierra, dijo a sus apóstoles. Yo me voy, pero me voy a prepararles un lugar, la casa de mi padre tiene muchas estancias. Me voy a prepararles un lugar. Así que la primera enseñanza que nos da esta mujer, Ana, es sobre la condición de todos aquellos que no tienen otra cosa sino la casa de Dios. ¿Por qué a las iglesias llegan tantas personas trastornadas mentalmente? Eso pasa en todos los lugares del mundo. Yo, por ejemplo, tuve ocasión de vivir unos años en Europa y allá, lo mismo que aquí. En las iglesias siempre llegan los mendigos y siempre llega gente trastornada, loquitos, decimos a veces con cariño. Por qué llegan los más pobres a la casa de Dios, porque no tienen otra casa y porque esperan encontrar algo de misericordia y de ayuda. Tanto que incluso hay gente que se aprovecha de eso. Entonces por eso aquí en Chiquinquirá siempre les decimos a los peregrinos cuidado con sus niños, cuidado con sus pertenencias, porque no faltan los que de una manera engañosa quieren hacerse pasar por mendigos o quieren recoger dinero para el vicio, o quieren robar a los turistas y peregrinos. Pero este mismo hecho demuestra que en la casa de Dios parece que siempre hubiera un lugar para los más pobres. Y por eso que sea nuestra primera lección que también nosotros, como Ana, aprendamos a vivir siempre con la brújula apuntando hacia la casa de Dios. Cuando San Francisco de Asís iba caminando por esos caminos de Europa y a lo lejos se veía el campanario de la iglesia de algún pueblo, lo primero que hacía era postrarse y saludar a Jesucristo y saludar la cruz de Cristo, ¡Te adoramos, oh Cristo!, decía el Santo. Lo que nosotros decimos en el Viacrucis: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. Y se quedaba en silencio, orando lejos todavía del pueblo a donde tenía que ir. A veces ni siquiera iba a entrar a un pueblo, pero con solo oír las campanas o ver la cruz que coronaba el campanario, se arrodillaba y repetía su frase: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste al mundo. Entonces que nosotros, como Ana, tengamos siempre en la brújula la casa de Dios. Cuando vayas a una ciudad que no conoces, entra a la casa de Dios, no te quedes solo mirando los paisajes, las montañas, los parques, los museos, hay que entrar a la casa de Dios. Todo cristiano tiene que tener una brújula que apunte hacia la casa de Dios. Esa es mi verdadera casa. Una segunda enseñanza, Ana tenía ochenta y cuatro años de edad, seguramente algunas personas la tomaban por loquita, pobrecita, está tocada de la cabeza. Fíjate lo que nos dice el Evangelio dice aquí: Acercándose en aquel momento daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Todos los judíos estaban esperando la liberación de Jerusalén. Todos los judíos estaban esperando que se pudiera obtener recuperar la libertad. Y llega esta viejita a hablarle a la gente que entraba al templo. Mire que ese niño. Esta escena es de la presentación del niño en el templo. Mire que ese niño va a ser el liberador de Israel, mire que Dios escuchó nuestras oraciones, mire que el Mesías nació. Imagínese una viejita ochenta y cuatro años, uno que entra al templo y empieza una viejita a hablarle de un niñito que por allá que lo presentaron, que rezaron, que hicieron. Yo me imagino la gente mirando a esta abuelita y diciendo sí, sí, sí, su merced. Sí, claro, claro, muy bien, bueno, permiso, permiso, permiso. Lo cual, lo cual nos hace pensar. Porque Dios quizás utiliza muchos caminos para darnos sus buenas noticias, y nosotros despreciamos a veces a los mensajeros de Dios. El mismo apóstol San Pablo, en su carta a los Romanos, recuerda un texto de Isaías que dice: ¿Quién creyó nuestro mensaje? Dios utiliza instrumentos muy elementales, muy sencillos para darnos sus cartas de amor. Y yo me imagino, la viejita está afanada, pobrecita, diciéndole a la gente mire que nació el Mesías, que nació, nació. Dios nos escuchó, llegó la liberación, sí, sí, sí, pero no haga bulla. Tranquilícese, cálmese, cálmese, señora, ¿Ya se tomó su pastilla hoy? Tómese su pastillita, sosiéguese, quédese tranquilita. Nosotros muchas veces no le creemos a los mensajeros que Dios nos envía. No le creemos a tantos testigos del amor que Dios nos da. Entonces de aquí tenemos que sacar dos enseñanzas. Primera, que si nosotros vamos también a hablar de Jesús, seguramente nos va a pasar lo mismo de Ana. La gente nos va a mirar y va a decir ay, pobrecito, pobrecito, tan jovencito y ya loco, ay, pobrecito, quién sabe qué le pasaría. Si usted llega, por ejemplo, uno de ustedes señores que han venido hoy aquí a la misa, si usted llega y le cuenta ya a sus compañeros de tragos y de cervezas, si usted le cuenta a sus amigos por allá, figúrese que me encontré con Jesucristo, Jesús ha tocado mi corazón, yo nunca me había sentido tan amado por Dios. Ay, yo me imagino a los amigos suyos haciéndole cara de que ¡,uy! este se la fumó verde. ¿Quién sabe qué le pasaría a este señor? Nos van a mirar como locos y tenemos que estar dispuestos a que nos miren y nos traten como locos, pero locos de amor por Cristo, testigos de su amor. Y también la otra lección que nos da Ana es que no despreciemos a las personas que nos presentan el amor de Dios y que nos hablan de ese amor. A veces uno tiene muchos problemas, muchas cosas en la cabeza y no se deja aconsejar. Yo conozco gente que en medio de sus angustias lo que hace es apartarse de Dios en vez de acercarse. No, señor, acércate, acércate a la iglesia, oye la palabra de Dios, oye con extrema atención la predicación del sacerdote, sea que te caiga bien o que te caiga mal el sacerdote, sea que lo aprecies o que lo desprecies. Muchas veces Dios utiliza el sacerdote para enviarte su mensaje, para darte una palabra de luz que tú necesitas en ese momento. Entonces, a veces despreciamos a los sacerdotes porque les conocemos sus defectos, o por otras razones, o porque estamos lejos de Dios. No desprecies la voz de ese sacerdote que te está hablando. Mantente cerca de la Palabra de Dios. Aquí, por ejemplo, en toda esta región, tenemos esa emisora que está al servicio de ustedes, que se llama Reina de Colombia. Varias horas al día estamos enviando mensajes de luz, de amor, de evangelización en Reina de Colombia. Escucha la Palabra de Dios, escucha el mensaje del Señor, recibe lo que Dios te está diciendo, no vayas tú a cometer el error de las personas que cuando Ana les decía mire que llegó el Mesías que nació, que ya Dios nos escuchó, lo único que tuvieron fueron palabras de desprecio para esa pobre viejita. Sigamos esta celebración, mis hermanos, con esas tres lecciones que nos ha dejado Ana. Primera, ten siempre una brújula apuntando hacia la casa de Dios, siempre. San Francisco de Asís miraba hacia la cruz. En la época de San Francisco no eran tan frecuentes los sagrarios donde está la presencia viva de Cristo Eucaristía. Tú, en cambio, ya tienes el Sagrario y en el Sagrario tienes la presencia viva de Jesús. Que tu vida tenga esa brújula, el Sagrario, la visita al Santísimo. No pases de largo de una Iglesia, por lo menos trázate la señal de la cruz y si tienes tres minutos, entra a saludar a Jesús. Que él sea tu brújula, que la casa de Dios sea el lugar donde recoges tus pensamientos y donde recibes la luz que necesitas. Segunda idea, vamos a compartir el mensaje de Jesús y que la gente nos haga caras raras, vamos a hablar del amor de Dios. Vamos a contarle a la gente, esta Navidad fue distinta para mí, esta vez me siento como, tan lleno del amor de Cristo, yo no sé, yo siento a Cristo muy vivo. Y la gente te va a mirar de arriba a abajo. Y van a decir ¡uy!, se volvió fanático, se volvió loco, se volvió protestante, se la fumó verde, nada de eso. Tú deja que la gente hable, pero tú afiánzate en el amor de Cristo y comparte la fe que tienes. Y en tercer lugar, así como es importante que demos a otros que también nosotros escuchemos la Palabra del Señor. Dios nos habla de muchos modos que nosotros a través de los niños, los abuelitos, los enfermos, los predicadores, que siempre encontremos esa palabra del Señor, porque Dios no está lejos, Dios está muy cerca, muy, muy cerca. Todo el mundo se queja, que Dios está lejos, que Dios me ha abandonado, que Dios no me oye. Usted es el que no oye a Dios, cállese un momento. Pídale a Dios que le abra el oído, que le despeje los ojos de la mente y usted empezará a ver cómo Dios, nuestro Señor, no ha hecho otra cosa sino mandarle cartas y cartas de amor, empezando por esta creación tan hermosa, por este planeta tan bello, por este sol esplendoroso, por toda la hermosura de la naturaleza. Y luego todo el mensaje que tenemos ahí en la Palabra de Dios. La gente dice: Es que Dios no me habla, Dios no me escucha, pero has tomado la Biblia, la has orado con amor, has mirado los evangelios, has hecho una pausa en las carreras de tu vida para recibir esa palabra. O tienes por allá la Biblia escondida, arrumada, llena de polvo. Tienes un radio en tu casa, sintonizas la emisora católica o simplemente te dedicas a oír música sandunguera todo el día. A qué horas va a hablarte Dios si tú estás todo el tiempo únicamente pensando en cómo divertirte. Nada hay que parar, oír la Palabra de Dios. Y ahí vamos descubriendo que Dios nos acompaña en todo nuestro camino. Que esta hermosa viejita, que esta hermosa ancianita llamada Ana, nos inspire el amor tierno por Jesús niño y nos haga testigos del Evangelio. Amén.

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