Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Ancianos, pobres, locos, despreciados, todos son mensajeros de Jesús.

Homilía n30d005a, predicada en 20021230, con 15 min. y 53 seg.

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Transcripción:

Los últimos doscientos años la Biblia ha sido estudiada de una manera muy distinta a como se había hecho tradicionalmente. Eso ha servido para encontrar cosas maravillosas, pero también para llegar a algunos errores. Me refiero a los estudios que han hecho especialmente cristianos no católicos, es decir, protestantes y sobre todo de esa tendencia que se llama el protestantismo liberal. Para esta manera de leer la Biblia, las historias que se nos cuentan tienen siempre como un manto de sospecha, están rodeadas por un manto de sospecha. Si pasaría eso, si sería que hubo unos magos de Oriente que llegaron hasta donde Jesús. Si sería verdad lo de los pastores, sí sería verdad, esta escena que hemos escuchado en el Evangelio de hoy.

Cuando la viejita, la ancianita Ana, hija de Fanuel, empieza a alabar a Dios y a profetizar refiriéndose al niño. Esa manera de interpretar la Biblia, esa manera tan crítica y tan suspicaz de leer la Biblia, más es el daño que el bien que ha hecho. Y casi siempre esa manera de leer la Biblia nos va dejando el alma como reseca. Lo comento aquí porque es posible que alguna vez usted se encuentre con gente, incluso con sacerdotes que no creen muchas cosas de las que se dicen en la Sagrada Escritura y le ponen siempre como ese manto de sospecha.

No hace mucho, un sacerdote muy ilustre y muy estudiado sacaba unos escritos en el periódico, El Tiempo diciendo, que quién sabe si sería verdad eso de la virginidad de María y quién sabe si sería verdad que Cristo resucitó corporalmente. Sacerdote de muchos estudios. Entonces nosotros como pueblo fiel, tenemos que saber cuando una persona empieza a poner esas sospechas y a ponerse tan suspicaz. Tenemos que saber que eso viene no de la Iglesia Católica, sino viene de esa tendencia protestante, de ese grupo, de esa ala del protestantismo que se llama el protestantismo racionalista, liberal. Ese liberal no tiene nada que ver con partidos políticos, es otro cuento.

Bueno, pero mi historia va a esto. Si uno se pone las gafas de la suspicacia y a sospechar de todo y lee el evangelio de hoy, uno podría hacer esta pregunta ¿Cómo es posible que esta señora Ana, haya realizado esa obra de evangelización, y luego, cuando Jesús creció, nadie se acordaba de eso? Porque aquí dice el texto de hoy, que Ana acercándose, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Entonces la pregunta que uno hace es, bueno pero si esta mujer recibió esa luz del Espíritu Santo y se dio cuenta quién era ese bebecito que llevaban a presentar en el templo, y si ella hablaba con ese amor y con ese ardor de este niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén. ¿Cómo es posible que después, unos treinta años después, cuando Jesús aparece en público, nadie se acuerda de eso? Ese es uno de los argumentos de estos críticos, de estos súper críticos suspicaces para decir que esta historia es inventada.

Pero yo no creo que sea inventada, y yo no creo que haya que negarle a la Palabra de Dios la verdad que tiene. Yo más bien lo que creo es que aquí hay una enseñanza muy grande y esa es la que quiero compartir y es el objetivo de estas palabras. Esta era una anciana, una viejita que tenía ochenta y cuatro años. De pronto en esta iglesia puede haber alguna persona que se acerque a esa edad. Y cuando las personas ya están mayorcitas, mayorcitas, viejitas, empezamos a tomar sus palabras, como palabras de locos, como palabras de tontos. Y ahí está lo grave, que las palabras de Ana, aunque era una anciana, aunque estaba decrépita, aunque para muchos sería una vieja loca, esas palabras estaban diciendo, estaban proclamando la verdad y nadie le puso cuidado.

Parecía una viejita loquita. Seguramente mucha gente la conocía ya en Jerusalén, una viejita rezandera, de esas que no salen del templo. Mire lo que dice acá. Era una mujer muy anciana, de jovencita, había vivido siete años casada y luego viuda hasta los ochenta y cuatro, no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Era una viejita beata, rezandera, la loquita del templo, la loquita del templo, ya todo el mundo sabía que por ahí andaba Ana, seguramente diciendo sus salmos, que ya se lo sabía de memoria, como tantas viejitas andan por ahí con su rosario, con la novena. Y sí, es la viejita loquita, la del templo, la que se la pasa allá, rece que rece en el templo y la despreciaron, y no la escucharon porque era la loquita del templo. Eso es lo grave.

Fíjate ¿A quiénes se mostró el misterio del Niño Jesús? ¿El misterio del niño en Navidad, a quien se mostró? A los pastores, pero quién le pone cuidado a los pastores. Eran tan despreciados los pastores que Jesé, el papá del rey David, ni siquiera contaba entre los hijos a David. Cuando llegó Samuel allá a buscar cuál era el rey elegido por Dios, Jesé le puso delante de todos los hijos, pero no le pasó a David, porque David estaba por allá cuidando las ovejas, los pastores no contaban. ¿A quien más se mostró Dios? A un anciano, el viejito Simeón, y a otra viejita, la loquita del templo, Ana. A los pastores, a los ancianos, a los rezanderos, nadie les puso cuidado. Ellos hablaban, Ana hablaba.

A mí no me cuesta ningún trabajo imaginarme la escena. Yo me imagino a la viejita Ana, ochenta y cuatro años, encorvadita, demacrada por los años, por los ayunos, por los dolores de la vida, acercándose a la gente para decirle mire que mi Dios se acordó de nosotros, ya viene la liberación, sí, sí, sí, sí, tranquila, sí, sí, quédese ya tranquila. Nadie le puso cuidado. Mire que, que, que el Señor nos mandó al Mesías, sí, sí, claro, se la fumó verde viejita, vaya, desayune bien, repose, quédese allá. Que el Señor, que el señor, que llegó el Mesías, sí, sí, sí, claro, otro trastorno, vaya, repose, acuéstese, mañana levántese tarde. Ana dio testimonio y no le pusieron cuidado.

Bueno, de aquí vamos a sacar dos o tres enseñanzas para nosotros. Primero démonos cuenta cuáles fueron los testigos del Niño Jesús, pastores. Pero los pastores en esa época nadie les ponía cuidado. Los pastores eran considerados como locos, viciosos, borrachos, ladrones, locos. Bueno, no contaban. Y a estos ancianos, a Simeón y Ana, nadie les puso cuidado. Aplicación a nuestra vida.

No será que nosotros tenemos cerca voces, personas que nos están hablando, que nos están aconsejando, que tienen al Espíritu Santo. Mire lo que dice aquí acercándose, en aquel momento daba gracias a Dios. Ana fue movida por el Espíritu Santo. ¿Quiénes son?, ¿Cuáles son las personas que está utilizando Dios para hablarte hoy? Y tal vez tú los estás despreciando. Como en aquella época se despreciaba a los pastores y como seguramente hoy seguimos despreciando a los ancianos. ¿A través de quiénes?, ¿Cuáles son las voces que está utilizando Dios para hablarte? Para mí, como sacerdote es impresionante en el sacramento de la Confesión oír a personas jóvenes que se confiesan a veces después de cometer terribles errores. Tengo veinticinco años y ya me casé y ya me separé y tengo un niño, ¿Qué hago, padre? Bueno, y empieza uno a hablar con la persona y llega un momento en el que dice: Y es que mi mamá así me lo decía. ¿Y usted que pensaba de su mamá? Que era una vieja anticuada y loca. Una Ana no le puso cuidado a la mamá porque era anticuada, porque era loca.

Antes de que nos pasen las cosas, preguntémonos a través de qué voces nos está hablando Dios. Dios siempre nos manda mensajeros. El profeta Amós dice: Nada hace Dios sin revelar sus planes a sus amigos los profetas, y esa palabra de Amós no ha caído. Dios sigue hablándonos, Dios no quiere que nadie cometa ningún pecado, Dios siempre nos manda recados y los recados son los recados o los recaderos o los mensajeros del pesebre.

Dios siempre nos manda ángeles, siempre nos manda pastores, siempre nos manda ancianos o pobres o locos. Dios siempre tiene una persona para advertirnos. ¿Estamos dispuestos a escuchar? Fíjate esa oración que hizo Salomón. Salomón le pidió a Dios: Dame un corazón que sepa escuchar. Cuántos dolores nos ahorraríamos si tuviéramos un corazón capaz de escuchar. No hay en tu casa, por casualidad una viejita, una abuelita por allá arrinconada. No será que ahí está la respuesta, no será que ahí está la luz que necesitas. Nosotros despreciamos demasiado al anciano y despreciamos a muchas otras personas.

Entonces la primera aplicación es, hazte esta pregunta ¿A través de quién te está hablando Dios? Uno dice muchas veces ¿Pero dónde está Dios?, ¿Dios que se hizo?, ¿Dios por qué no me habla Dios? Dios te está hablando. Lo que hay que saber, es a través de quién, muchas veces es a través de la persona más pobre.

Una tontería, les voy a contar que me acaba de suceder. Yo no sabía dónde quedaba la casa de Monseñor Gregorio, nuestro obispo emérito, y necesitaba urgentemente hablar con él. Fui a la parroquia donde él se encuentra, la parroquia del buque y busque y pregunte. Fui a la casa cural, no estaba el padre, la empleada no sabía, pregunte en una casa y otra, finalmente por allá en una casa, salió una niñita de seis años. Padre, ¿Qué necesita?, ¿Qué necesita el obispo? Quiero hablar con monseñor Gregorio, ah, un momentico dijo la niña, fue allá y llegó con el hermanito de nueve años, y me dicen los dos niños, espere padre, nosotros lo llevamos, y fueron ellos los que me mostraron la casa del obispo con el que yo necesitaba hablar.

Dios siempre le manda mensajeros a uno, siempre, una palabra Dios siempre te dará una palabra, siempre a través de una predicación, de un consejo, de un niño o de un pobre, de un loco o de un anciano, Dios siempre manda mensajes. Estamos dispuestos a escuchar. Segundo, segunda aplicación a nuestra vida y última por el día de hoy. Resulta que Ana mire la vida que llevaba, no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Fíjate cómo Ana, que seguramente ya tenía los ojos debilitados por la edad o por la enfermedad, aunque corporalmente no viera bien, tenía los ojos de su corazón limpios.

El apóstol San Juan nos dice en su primera carta: El que tiene esta esperanza en Dios se purifica, para reconocer a Jesús para también nosotros ser mensajeros de Jesús, necesitamos limpiar nuestros ojos, limpiar los ojos del corazón. Y aquí está la clave, oración, ayuno. Estaba cerca del templo esta mujer, a través de la oración, a través de la penitencia, ella limpiaba y limpiaba su corazón. Y porque ella tenía los ojos limpios, pudo ver a Jesús.

Vamos a pedirle al Señor dos cosas, primera, que nos haga sensibles para que oigamos los mensajeros que Él nos manda. Y segunda, que aprendamos a purificar el corazón para reconocer a Jesús y también nosotros ser mensajeros en favor de otras personas.

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