Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Navidad es para que uno sepa que el que vino, vendrá; el que llegó hasta nosotros, volverá.

Homilía n30d004a, predicada en 19981230, con 10 min. y 9 seg.

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Transcripción:

A mí siempre me ha llamado la atención esas expresiones que encontramos en los libros de los Macabeos y en el profeta Daniel sobre la extinción del Espíritu de profecía. Cómo golpean mi alma esas palabras de Azarías, ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta, y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo. Es una sensación de abandono tan profundo, es un vacío tan grande. Podemos decir que ese fue el verdadero desierto del pueblo de Israel.

Ellos experimentaron el desierto al salir de Egipto camino de la tierra prometida. Pero su verdadero desierto fue ese vacío de la Palabra de Dios. Porque en aquel desierto después de Egipto, la Palabra de Dios fue poderosa en darles agua y pan. Pero cuando falta la palabra, entonces, aunque haya de qué alimentarse, el ser humano languidece en soledad, en vacío y en desierto. Y sin embargo, la presencia de esta anciana Ana, la hija de Fanuel, nos muestra que había una especie de corriente. Había un arroyuelo de la profecía. No era el torrente impetuoso de Isaías, no era el río grandioso que contempló Ezequiel, no era tampoco el mar embravecido de Amós.

Era un arroyuelo, un arroyuelo, aunque se la mencione una sola vez en toda la Biblia y solo en este pasaje esta mujer, esta santa mujer Ana, la hija de Fanuel estaba unida a Dios y el Espíritu de Dios obraba en ella, lo mismo que obraba en el anciano Simeón. Es decir, que si uno desde este pasaje se pone a revisar esos primeros capítulos de la infancia del Señor, se encuentra con que sí había gente fiel. Por ejemplo, Zacarías y su esposa Isabel, se dice, caminaban sin tacha ante Dios. Eran fieles a la ley en todo, aunque estériles.

Entonces había una obra de Dios, una obra escondida, que iba como por arroyuelos, como por arroyuelos. Y por esos hilitos de agua se comunica la grandeza del Antiguo Testamento con la belleza del Nuevo Testamento. En la circulación de la sangre hay unos vasos grandes que son las arterias y otros grandes que son las venas. Pero entre las arterias y las venas, llegando a los rincones más pequeños de nuestro cuerpo, se adelgaza, se adelgaza la sangre, se adelgazan los vasitos hasta volverse, como capillis se dice en latín, como cabellos, por eso se llaman vasos capilares.

Me dicen que hay unos tan delgaditos que los glóbulos rojos pasan en filita, son vasos capilares. En el cerebro, por ejemplo, la irrigación que tenemos en esos vasos capilares es así. Es así, parecen cabellos, parecen hilitos o menores, aunque hilos y cabellos. Y por ellos se comunica la sangre y en esos vasos capilares circula la misma sangre que sale con ímpetu del corazón. La aorta es la arteria más grande, y por ella pasa todo ese torrente de sangre. Pero es la misma sangre que luego pasará por esos vasitos capilares. Es la misma sangre. Así también podemos decir que esos grandes profetas del Antiguo Testamento eran como las arterias.

Y que al llegar a este Nuevo Testamento, cuando Dios iba a recoger todas las cosas como las venas, recogen toda la sangre. Cuando llevamos a llegar al Nuevo Testamento, hay que pasar por los vasitos capilares, y esos vasitos son Zacarías, Simeón, el anciano Simeón que recibió un oráculo. Tú no morirás sin ver al Mesías. Y esta mujer, esta viuda, que día y noche ya se parecía casi a una estatua. Parecía una estatua, esta mujer, día y noche en el templo. Tan pegada estaba a Dios que ya la gente no notaba su presencia, pero Dios sí la notaba. Y a través de ese vasito capilar se une el Antiguo Testamento con el Nuevo y en ella circulaba la misma vida que estuvo en los profetas.

El Espíritu Santo habló por los profetas, dice el Credo. Ese Espíritu Santo circulaba también a través de esta sencilla mujer. Me gusta hablar de esta sencilla mujer, porque yo pienso que también en nuestros días Dios debe tener muchos vasitos capilares en los que está haciendo obras maravillosas y en los que está preparando algo más grande que el nacimiento de Cristo, a saber, el retorno de Cristo. Dios está preparando el retorno de Jesucristo, está preparando los caminos para que Él vuelva a juzgar a vivos y muertos. Y cómo los está preparando, entonces nosotros buscamos torrentes, océanos, mares impetuosos, obras espectaculares y de pronto Dios lo está preparando.

Es a través de gente como este anciano Simeón, del que se nos habló el día de ayer, o como esta mujer, como esta Ana. Gente que ya parece estatua, gente que parece que está ahí y que ya ni es, ni pinta nada. Pues a través de esas personas sigue circulando la misma vida que estuvo en Abraham, en Isaías, en Ana. Y lo más maravilloso de todo, la misma vida que estuvo en Jesucristo, la misma vida de Jesucristo circula a través de nosotros. Entonces esta mujer que vivió siete años casada y luego hasta los ochenta y cuatro viuda.

Yo no sé si uno le deba poner mucha atención, mucha atención a los números, no. Pero resulta que ochenta y cuatro es doce veces siete. De manera que esta mujer vivió un matrimonio de siete años y una vida de doce veces siete años. Un momento de alegría, se asocian las bodas y el matrimonio con la alegría y la mayor parte de su vida en el número de Israel, doce veces siete en la soledad, en la viudez. Pero ella no se detiene en sus plegarias, en sus ayunos, en sus oraciones. No se detiene, no está vuelta hacia el tiempo de la boda feliz, está como esperando otra boda. No se queda mirando el pasado gozoso, aguarda un futuro mejor.

Nos enseña Ana. Nos enseña a hacer vasitos capilares, a llevar la vida de Dios. No sabemos hasta dónde. No sabemos hasta dónde haya que llevarla, ella misma no sabía cuando empezó a hacer sus ayunos y oraciones. Ella misma no sabía hasta dónde le llevaría eso. Sí, ella estuvo solo siete años casada y las hebreas se casaban tan temprano. Pues cuando ella quedó viuda, estaba casi en la flor de la edad. No debía tener mucho más de veinte años, pues desde esa época entregó su cuerpo, su salud, su belleza, su corazón, su alma a Dios, a esperar una boda que nadie le acabará a esperar. Un amor que nunca se rompiera, que estaba aguardando a aquel que no falla, que no falla nunca, que jamás se termina.

Ana, seguramente una santa mujer, seguramente, esta santa mujer interceda por nosotros para que nosotros sepamos llevar la vida de Dios hasta los últimos rincones y sepamos preparar el retorno de Cristo. Porque Cristo vuelve y Dios está preparando el retorno de Cristo a través de gente humilde como Ana, que sabe esperar, que sabe aguardar el futuro, que no se queda mirando a un pasado gozoso tal vez, sino que tiene su corazón hacia adelante, hacia el futuro. Dios vendrá, sabemos que vendrá. Acabamos de festejar que vino y ya estamos diciendo que vendrá. Es que para eso es la Navidad, para que uno sepa que el que vino, vendrá, El que llegó hasta nosotros volverá.

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