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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo: juez y parte.
Homilía n30d003a, predicada en 19981230, con 8 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Simeón le había dicho a la Virgen María que con la llegada de Jesucristo, con la manifestación de Jesucristo, iban a salir a luz las intenciones de muchos corazones. Podemos decir que Cristo es la revelación del misterio íntimo del amor de Dios. Por eso nos hemos encontrado en el Evangelio de Juan aquella expresión: Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único. Ese amor secreto de Dios, ese amor de Dios que estaba como un secreto. Y que por eso San Pablo lo llama un misterio. Ese amor de Dios que estaba como oculto, tan oculto que a veces parecía que ya se hubiera olvidado de la humanidad. Aparece en Jesucristo y por eso en el Hijo de Dios aparece plenamente la misericordia, el amor de Dios, el secreto, la intimidad de Dios. Pero esa manifestación tiene también una consecuencia, y es que revela la calidad del amor en nosotros los seres humanos y por consiguiente, muestra lo que hay en cada corazón. Me gusta decir que el amor que Dios ha manifestado en Jesucristo es un amor que nos deja sin disculpas. Es una luz poderosa, una luz potentísima ante la cual ya no podemos escondernos. Ya no quedan escondrijos oscuros, ya no quedan disculpas ni excusas. Hemos sido totalmente amados, infinitamente amados. Y el corazón de Dios está desplegado ante nosotros precisamente porque nos hemos quedado sin excusa. Ahora nuestro amor. Ahora la calidad de nuestro amor va a aparecer y por eso van a aparecer las intenciones de muchos corazones. Estas reflexiones nos ayudan a entender cómo se unen en Jesucristo dos realidades aparentemente contradictorias. Jesús es al mismo tiempo la máxima misericordia de Dios, pero también es aquel que ha recibido potestad de juzgar de parte de Dios. Cómo puede ser Él, al mismo tiempo abogado que pide por nuestro perdón y juez, que discierne nuestra vida y nuestro destino. Aparentemente tendríamos en Cristo una contradicción a ese conocido refrán de que no se puede ser juez y parte. Aquí parece que Jesús fuera juez y parte. Es parte porque tiene interés en nuestra salvación, es juez porque su Palabra es definitiva en nuestro destino eterno. ¿Cómo puede ser Cristo Juez y parte? Pues responderíamos a la luz de las lecturas de estos días. Lo que sucede es que es juez precisamente porque es parte, o por decirlo más claramente, si se puede. Como abogado de nuestra salvación, nos ha amado indefectiblemente, irreversiblemente, de un modo completo, pleno, absoluto. Y eso ha dejado sin ninguna excusa, sin ninguna disculpa a nuestra vida, que entonces tiene que mostrarse tal como es. Y cuando aparece el corazón tal como es, pues aparece también cuál es el destino propio de ese corazón. La labor de Cristo de juzgar sobre nosotros y la ternura de Cristo al amarnos no se contradicen, sino todo lo contrario. Cristo nos ama y por eso mismo ese amor es el que da cuenta de nuestra vida porque hace aparecer la calidad de nuestro amor. Ahora bien, es la misma idea que nos encontramos en la primera lectura del día de hoy. El mundo nos dice San Juan en esta primera carta que llevamos, que llevamos leyendo. Nos dice: El mundo ha tenido que mostrar lo que lleva dentro. Es decir, la calidad del amor de Jesucristo ha obligado, entre comillas, ha obligado al mundo a mostrar qué era lo que llevaba dentro, qué es lo que hay en esta tierra. Y entonces se ve la diferencia entre lo que el mundo ha venido llamando amor y lo que Dios entiende por amor. Se han acabado las ambigüedades. Precisamente porque no hay disculpas, porque no hay excusas, porque no hay donde esconderse, ya no quedan ambigüedades. Ahora sabemos lo que es amar. Ahora tenemos con qué comparar los amores de esta tierra. Y descubrimos que lo que antes llamábamos amor era simple pasión de la carne, y descubrimos que lo que antes llamábamos amor era codicia de los ojos. Lo que antes llamábamos amor era suficiencia en los bienes, suficiencia del dinero. Esas tres cosas que San Juan ve en el mundo, esas tres cosas que quedan como en pasado, que quedan como relegadas porque ha llegado el amor nuevo de Jesucristo. Estas tres cosas son el resultado del juicio que Cristo hace. Es como una persona, que siempre ha estado viviendo en la pobreza, en el frío, en la indigencia, en la mendicidad. Y de pronto, un día, vamos a decirlo así se gana una lotería y llega a una buena casa, que es su casa, y llega a una buena alcoba que es alcoba y a una buena cama que es su cama. Y pasa una buena noche, después de pasar esa buena noche, después de descansar, después de saber lo que es una buena casa, él se da cuenta de cómo eran de pobres, de míseras, las casas en que había vivido. Ahí se da cuenta, ahora se le han abierto los ojos. Y entonces se da cuenta de cuál es la vida que ha llevado. Así nos pasa a nosotros. Llega Jesús a nuestra vida y entendemos que lo que nosotros habíamos llamado amor, lo que nosotros habíamos considerado tan importante, probablemente no era sino pasión de carne, codicia de los ojos, suficiencia de la vida. No había verdadero amor. Ahora tenemos con qué comparar, porque hemos sido infinitamente amados en Jesucristo. El evangelista Juan quiere que nosotros, a quienes se ha abierto los ojos, mantengamos esos ojos así abiertos, que estemos atentos, que no nos dejemos confundir nuevamente. Dios nos ha dado una referencia, Dios nos ha dado, como dice la carta a los Hebreos, un ancla segura. Ahora, sí sabemos en qué puerto hay que atracar. Dios nos ha dado una estrella luminosa, inconfundible, como se la dio a los Magos. Dios ha dado señales precisas que apuntan hacia la cruz, hacia su amor y hacia su Pascua.

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