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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús fue tan radicalmente pobre, que siendo Dios creció aprendiendo todo de María y José.
Homilía n30d001a, predicada en 19951230, con 30 min. y 32 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. No puedo ocultar el gozo de mi corazón en esta celebración eucarística. Siempre es regalo la Eucaristía, pero cuando por razón de viaje, como fue hoy o por otros inconvenientes, se dificulta y se aplaza y se aplaza la celebración, como que esa misma espera, como que esa especie de ayuno nos obliga a desearle más, a quererle más, a buscarle más. Y es así que solo hasta este momento y solo hasta esta hora, Dios me ha concedido la gracia de alimentarme de su Palabra, de alimentarme de su Santísimo Cuerpo, de su Santísima Sangre. Y me alegra mucho en este momento la gracia del Bautismo, la gracia de la Santísima Fe y la gracia de descubrir que en la vocación, que sin mérito mío Dios me ha concedido. El sacerdote precisamente se alimenta alimentando, se nutre cuando nutre, recibe cuando da. Bendito sea Dios por esta gracia que me otorga y bendito sea Dios, que tanto afán, que tanto gusto, que tanto interés tiene en darse siempre a nosotros. Bendito sea Él.
Las lecturas de hoy, como las de todos estos días, nos hablan de los misterios de la infancia de Cristo. Habría tanto que decir. Yo quiero destacar este punto, al final del Evangelio nos ha dicho que Cristo iba creciendo y se iba robusteciendo, y la gracia de Dios estaba con él. Y esos verbos que aparecen ahí son misteriosos. Si se trata de misterios de la vida de Cristo, será porque encierran una enseñanza especial para nosotros. El Hijo de Dios crecía y se robustecía, y la gracia estaba con él.
A uno se le puede volver, por lo menos momentáneamente, un nudo en la cabeza, el asunto, porque uno dice bueno, ¿cómo así que la gracia de Dios estaba con él? No es él mismo la gracia y no es Él mismo la fuente de la gracia, la fuente de la que hemos recibido todos nosotros. Y este hecho de que Cristo iba creciendo, no es menos misterioso. Que iba creciendo no significa solamente que aumentaba de tamaño o de estatura, o de peso, que iba creciendo significa también que aprendió una lengua, que aprendió a amar, que aprendió a esperar, que aprendió a pedir, que aprendió a agradecer. No se podría hablar de un verdadero crecimiento en Cristo si no hubiera un verdadero aprendizaje en él, porque evidentemente no estamos en el caso de un cuerpo que va aumentando de tamaño, pero que no tiene que pasar por la experiencia del dolor, del hambre o en cierto modo, de la ignorancia. Y esta realidad es sumamente misteriosa, porque si Dios empezó de nuevo en Cristo, realmente empezó no solo de nuevo, sino realmente empezó. Las afirmaciones que hacen de este.
A partir de esta verdad, de las afirmaciones que hacen los santos doctores de la Iglesia, son aún más audaces de lo que yo estoy diciendo. Dice, por ejemplo, un Santo Padre Dios que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo en María. Cristo no sería enteramente hijo de María y de José. Cristo no sería enteramente Hijo, si no aprendiera, si no recibiera de ellos. Cristo aprendió a rezar con María y con José.
Sobre este punto del lugar de José, yo creo que nosotros lo hemos minimizado mucho. Creo que hemos tratado a José como una especie de convidado de piedra y creo que hemos tratado a veces a María como si fuera, perdón, perdón, escándalo; el solo mencionarlo como si fuera o una viuda o una madre soltera. Ninguna de las dos cosas. José y María criaron a Jesús. Le enseñaron a Jesús. Y Jesús aprendió entonces a orar y a amar. Y aprendió a esperar y aprendió a ser fuerte de ellos, de ellos lo aprendió. Nos escandaliza, quizá, o nos hace sentir un poco nerviosos.
Un Dios tan demasiado humano. Uno teme que al hablar así de Cristo, vaya de pronto a asomar el pecado mismo. Sería que este Jesús en su proceso de aprendizaje. O en sus juegos ¿jugaba? ¿hubo juegos para él o solamente oraba? ¿Solamente se portaba bien? ¿Nunca tuvo una discusión con el papá o con la mamá?. Es muy difícil para uno responder esas preguntas, de nuestra fe, afirma; y yo con ella, que en Jesús no hay sombra de pecado. Pero es que aprender no es pecado. ¿Se equivocaba Jesús en lo que aprendía?. Los niños aprenden, los niños aprenden primero imperfectamente y luego perfectamente. Los niños no dicen bien las palabras desde el principio. ¿Cómo funcionaba esto en Jesús?, ¿Él se equivocó, por lo menos en eso?, ahí no hay pecado. ¿Tal vez se equivocó en eso?, al aprender a hablar o ¿cómo era?, o cada palabra que le decía el Papá. Pongámoslo en castellano; esto se llama libro. Y el niño decía libro. A uno le cuesta trabajo imaginarse eso. Tal vez decía el libo, liblo; tendría quizá algunas fallas al hablar. ¿Es posible crecer sin equivocarse nunca?, ¿qué diferencia hay entre equivocarse y pecar? ¿O será que Cristo iba creciendo y se iba robusteciendo? Pero entonces ¿no es eso como demasiado humillante?
Por ejemplo, lo de la oración, ¿qué tal eso de enseñarle a orar a Dios? ¿Cómo obraría la Virgen ante eso?, uno dice la Virgen Porque tal vez la mamá es como la que más frecuentemente está cerca de esa vida de piedad en los hijos. La Virgen decía Bueno, usted, usted es Dios; no sé, enséñeme más bien usted, no. No nos cabe en la cabeza eso. Pero si damos un paso más. Alguna vez María le dijo al niño Usted es Dios. Luego, tal y tal otra cosa. Y sobre todo, tenía ella una imagen de Dios como la que nosotros podemos tener a veces esa especie de Dios mago o mágico que logra las cosas así, con un chasquido en los dedos. O más bien, Dios fue lo que apareció cuando Cristo vivió, es una óptica distinta.
Como he comentado en otra oportunidad, lo que uno suele hacer es tener una imagen de Dios y luego aplicársela al chinito, aplicársela al niño. Dios es todopoderoso. Luego ese niño, a los cuatro años, si hubiera querido, levantaba esta banca con una sola mano. La dejaba caer, no sé dónde, pero ahí, ¿qué obra?, ahí obra que nosotros tenemos una imagen de Dios. Y para nosotros, todopoderoso significa Superman. Pero la Virgen María nunca tuvo dinero para comprar los cómics de Superman. Ni había tampoco esos cómics obviamente, ¿qué había entonces en la mente y en el corazón de María?. Había en ella, me fijo especialmente en ella. Había en ella una afirmación de la divinidad de su Hijo. Había en ella sobre todo una idea de esa divinidad que ella pudiera afirmar de su Hijo. ¿Que tenía María?, ¿qué tenía María en su mente? María no tenía superman, ni tampoco tenía muchos otros mitos que nosotros tenemos. María en su mente tenía al Dios al que conocía por la Escritura, por la oración. Eso es lo que había en María. No hay Dios que nosotros imaginamos cuando pensamos en Todopoderoso o cuando nosotros imaginamos en omnisapiente. Yo he conocido personas que se imaginan a Cristo, a los dos o a los tres años, como que Él hubiera podido hablar en el idioma que hubiera querido. Un niño hubiera podido arrancar en francés y darle clasecitas de francés a José y a los otros niños de la vereda o clases de inglés, o hubiera podido explicar cálculo o hubiera podido hacer un desarrollo sobre resistencia de materiales ante los obreros de la comarca. ¿Es eso lo que quiere decir la omnisciencia de Dios? Las preguntas se multiplican, mis queridos hermanos.
Homilía originalmente significa conversación, es un compartir de la Palabra y es lo que estoy deseando hacer en este momento. Y por eso, en ese mismo tono de conversación, yo quiero invitarlos a que cambiemos nuestra óptica, radicalmente. María no tenía una idea de Dios para aplicársela a Cristo. María estaba aprendiendo a su niño y estaba viendo en Él revelarse aquello que empezó con la historia del ángel. Eso era lo que había en el corazón de María. María no tenía una idea de cómo tiene que ser Dios para luego ver si eso lo cumple mi chinito. A ver si el niño este, yo lo voy a dejar solo con esa olla a ver si puede cargarla o no, yo voy a ver en qué idioma ora él. María no estaba haciendo experimentos con su hijo. María estaba descubriéndolo, estaba conociéndolo y estaba dándole todo lo que la mejor mamá puede darle al hijo que tanto ama. Eso estaba haciendo María. Y en ese darse de María, y en ese manifestarse de Jesús, ahí aparece Dios. Pero no en un día ni en otro día, sino en todos los días. Dije en todos los días, no en cada día. En todos los días, cuando acabaron los días de Cristo, cuando murió Cristo, cuando resucitó. Entonces apareció por completo en la mente iluminada por el corazón del Espíritu. Apareció por completo ante los ojos creyentes de María, un misterio absolutamente insondable y también absolutamente incomunicable, si no es por la experiencia de la contemplación infusa.
Ese misterio hondísimo es lo que la Iglesia afirma cuando dice Jesús es Dios. Porque durante toda la vida de Jesús lo que descubrimos es lo contrario que Dios es Jesús, que Jesús es Dios. Se descubre al término del camino por esa contemplación infusa, que Dios es Jesús se descubre a medida que se le va dejando ser. ¿Qué tenemos hasta este momento? Lo que tenemos es lo siguiente; que ni María ni José se acercaron a Jesús con una idea de lo que Dios tiene que ser para ver si éste cumple las características e ir chuleando. Ni María ni José se acercan a Jesús así, María y José lo que tenían en su corazón y en su mente son las enseñanzas, los oráculos, las promesas, las esperanzas, las oraciones de lo que ellos conocían, que para nosotros es el Antiguo Testamento. Habían tenido experiencias absolutamente inefables de la providencia y de la misericordia de Dios, sobre todo ella. Y esas experiencias los habían dejado radical y existencialmente abiertos a dejar ser, pero al mismo tiempo a darse y en el completo darse de María. Y en ese completo manifestarse de Jesús, ahí fue apareciendo, fue manifestándose progresivamente un algo que nunca había habido en esta tierra y que es el verdadero rostro de Dios, eso no existía en mente humana alguna, eso nadie lo conocía y no lo conoceríamos si no fuera por la vida y por los misterios de este Cristo.
Entonces, amigos, amigos, así como tenemos que despedirnos del Jesús superman que hubiera podido levantar banquitas, hay que despedirse del Jesús que sabía cálculo infinitesimal y del Jesús que sabe todos los idiomas. Hay que despedirse de ese Jesús. Un problema completamente distinto es, hasta dónde puede llegar la mente humana cuando está absolutamente en armonía consigo misma y está en armonía con el Altísimo.
Yo soy de los que creo que una mente humana, absolutamente en paz y perfectamente en armonía, puede tener poderes que nos resultan incluso extraños o desconcertantes a nosotros, poderes que algunas veces se llaman parapsicológicos. Pero a mí me parece que quien tiene el amor de Dios no busca ese tipo de poderes. Esos poderes en las personas son una especie de sucedáneos, son una especie de reemplazo barato o reemplazo barato de lo que es amor, de lo que es poder y de lo que es ciencia de Dios. Por eso tú notarás que ningún santo en la Iglesia fue un hombre preocupado por ver si doblaba llaves. No hay ningún santo en la iglesia preocupado, a ver si yo logro doblar una llave con la mente. Y sin embargo, a mí no me cabe la menor duda de que un santo, un Francisco de Asís o un Martín de Porres, estaban en una armonía tan completa en su mente que si ellos hubieran querido hacer cosas de esas, las hubieran hecho. Pero a mí me parece que ni Martín de Porres, ni Rosa de Lima, ni Francisco de Asís, ni San Cirilo de Jerusalén estaban demasiado interesados en hacer ostentaciones de poder. Al que tiene la fuente del poder, que es Dios, poco le interesan este tipo de poderes. De manera que despidámonos del Jesús parapsicológico, despidámonos del Jesús superman y despidámonos del Jesús fenómeno. Sigamos el ejemplo de María. Ella los dejó de lado y no conoció ni le interesaron los mitos y las fábulas. Estaba abierta a dejar ser a su niño y a darse por completo a él y en él y con él, darse a toda la humanidad. Y en ese darse de ella y en ese amor de ella, estaba creciendo ante sus propios ojos el misterio de la redención humana.
Al final del camino aparece un misterio insondable que cuando el Espíritu nos penetra, nos dice así es Dios, este es Dios, este es el verdadero rostro de Dios.
Nos queda por comentar un punto y es este. Si Dios estaba, por decirlo así, como tan en las manos de María y de José, pues ellos tenían que ser muy santos. Claro, el Jesús superman, el Jesús que sabe todos los idiomas y sabe cálculo, ese no necesitaba ni papá ni mamá. Un Jesús que hubiera podido batirse por sí solo, que todo lo podía, que podía mover las cosas con la mente, que podía hacer golondrinas y soltarlas para que volaran un Jesús así no necesitaba familia, ese Jesús nunca hubiera necesitado familia. Pero si Jesús es del que hemos hablado en esta homilía, en esta conversación, si Jesús es radicalmente y no aparentemente radicalmente pobre. Si Jesús es así, radicalmente indigente y radicalmente pobre, la única posibilidad es que María es santa, santa, en todo su ser, en todos sus pensamientos, desde la raíz de su existencia.
Y es así que el verdadero misterio de la Encarnación, como lo hemos tratado de escribir en esta homilía, el misterio profundo de la Encarnación, no es otra cosa que el anuncio de la Inmaculada Concepción. Solo una mujer así, santa, desde su misma raíz, podía educar a Dios, podía enseñar a Dios sin tirárselo, como quien dice; hemos de creer tan absolutamente en la encarnación de Dios como para afirmar que si María no hubiera acertado en esa educación, hubiera dañado al niño. Pero ninguna de las dos cosas iba a ser ni el pecado de Jesús, ni el error de María. Ninguna de las dos iba a suceder, pero no iba a suceder precisamente porque detrás de esta educación de María está la fuerza del amor de Dios y la fuerza de su sapiencia. Y no iba a suceder porque este Jesús estaba puesto para redención de todos nosotros. Son misterios bien hondos. María no es madre soltera y María no es viuda. No olvidemos eso. Tal vez los religiosos y las religiosas un poco por dejarla así como intacta y como pura y como muy elevada han o hemos tomado por nuestra cuenta la Virgen María es modelo de toda vida cristiana y por eso sirve de modelo al sacerdote y a la religiosa.
Pero María no fue monja. Si estamos hablando de un Jesús que hipotéticamente hubiera podido equivocarse y de un Jesús que hubiera podido, hubiera podido pecar, no pecó, hubiera podido pecar. Fíjate que no le puedes quitar la posibilidad, llamémoslo así, antropológica del pecado no se la puedes quitar a Cristo. Obviamente, cuando tomas en consideración que esa antropología, que ese hombre está desde la raíz de su ser ungido por la gracia, es absolutamente imposible el pecado en Cristo. Pero no nos adentremos en esos misterios, en esas especulaciones, y nos sigamos con San José. Si hemos admitido radicalmente, la indigencia de Cristo. Por favor, ahora no hagamos de María la mujer maravilla, no hagamos de María una especie de mujer autónoma que por la mañana enseñaba a Jesús y por la tarde le daba dirección espiritual a José. No hagamos de María la mujer maravilla, no es esa la Virgen, María es aquella que escogió para complemento de su vida a un hombre.
No consta por ninguna parte que hubiera habido presiones. Si hay un matrimonio del que hay que decir que hubo verdadera libertad, fue en este de José y María. Tanta libertad que José en un momento dado pensó la posibilidad de repudiarla en secreto. Ahí no había obligación. Entonces, ¿quién es esta María? esta María es una mujer que por opción libre y santa de cara a Dios, ha querido compartir su vida, su historia y su amor con un hombre. Y ese hombre es José. Entonces María le participa a su niño, a José, de la misma manera que le había participado muchas otras alegrías y muchas otras tristezas, y muchas otras esperanzas y muchos otros sueños. O si no, qué clase de relación podía haber entre ellos, María le participa su niño a José porque le había participado su vida. Porque le había participado su vida. La casa de Nazaret es una casa, es una casa, es una casa lo digo tres veces.
Con eso estoy diciendo, no era un convento, la casa de María y de José era una casa, una casa donde una mujer ha querido compartir su vida, sus esperanzas, sus sueños, sus tristezas con un hombre. Y cuando Dios obró en ella por gracia del Espíritu, este milagro de la encarnación, ella encontró por obra de Dios. Y de aquel ángel que habló en sueños, encontró que también eso también, eso también ese niño lo podía compartir absolutamente con su amado, absolutamente con su esposo, y lo compartió con él y José, evidentemente, José evidentemente es un hombre que ha querido vivir y movido por la gracia de Dios, inspirado por el Espíritu, José ha querido vivir su única vida, porque no hay más, José es un hombre que ha querido vivir su única vida en compañía de esta mujer y ha querido compartirlo todo con ella. Su historia, su vida, ha querido protegerla, ha querido acompañarla, ha querido aconsejarla, ¿aconsejarla? No es ella la madre del buen consejo, pues sí. Pero si ya hemos admitido que Jesús aprendió! No vamos ahora a decir que la Virgen no necesitaba aprender nada. José es un hombre que se porta como verdadero esposo y jefe de hogar hasta el punto de levantarlos una noche y decirles ¡a Egipto, a Egipto!, empaque hija porque vamos rumbo a Egipto. ¿Y por qué otra vez tú con tus historias? es un sueño, es un sueño María he tenido un sueño y he de creerlo, vámonos, vámonos a Egipto y emprenden el camino. Algunas personas temen a una predicación llamémosla tan humana como ésta, temen a un José que estaba enamorado de María, a un José que le daba consejos a ella. Yo no sé cómo se llamarían entre ellos los novios y los esposos suelen cambiarse los nombres, conozco unos que se llaman pito y pita, se llaman entre ellos, otros se llaman amor y corazón y así sucesivamente. Yo no sé si ellos se cambiaron el nombre, pero yo no creo que ella le dijera San José, yo no creo que él le dijera Virgen, no creo que ese fuera el tratamiento.
Entrar en el misterio de este hogar asusta a algunas personas porque en este hogar Dios se nos vuelve tan pobre, se nos vuelve tan manualistas, tan humanos, se nos vuelve tan pequeño y nosotros quisiéramos un Dios que no fuera así, porque si Dios es así, está tan cerca de nosotros que nos va a cambiar. Si Dios es así, se parece tanto a mí que se va a meter conmigo. Si Dios es así, ya no tengo disculpa para esconderme de él. Pues bien, Dios es así. Dios es así y María no lo sabía desde el principio, afortunadamente para nosotros tenía esa virtud de aplicar lo que llaman los filósofos de este siglo, el poder quitar como principio hermenéutico, quitar todo prejuicio. ¡Ay, María! danos esos ojos tuyos y danos ese corazón tuyo, que no le ponga condiciones a Dios, que no le diga a Dios como tiene que ser, que deje crecer a Dios.
Porque te cuento una cosa, este misterio del crecimiento de Dios no es una cosa que se quede en el pasado, no es una historia que se quede solo para ese niño, ¿qué es lo que quiere realizar Dios en nuestra vida cristiana si no es eso? Ahorita en Navidad no lo dijeron ni lo predicaron muchos de ustedes allá en las novenas, cuando usted le tocaba hacer una reflexión, no decía usted, por ejemplo vamos a que el Niño Jesús nazca en nuestros corazones, que nazca, que nazca. Y yo te estoy diciendo hoy que crezca ya que nació ahora que crezca, que nazca pues ahora que crezca, ahora déjelo que crezca, para mí tengo, como le he comentado alguna vez en una predicación a una religiosa, que ese afán de los villancicos de dormir al niño, que se duerman y dormir. El niño no ha nacido. Que se duerma. Que se duerma. Ese afán de dormir al niño es para que no crezca. Déjelo despierto y déjelo que crezca y déjelo que se adueñe de usted. No tema a un Dios que es de esa manera humana y así no temerá que su vida de repente resulte divina. Bendito sea el Señor en estos misterios, Bendito sea en la realidad de su encarnación. Bendito sea en el misterio de esta mujer tan llena de amor por su Hijo, tan llena de amor por su Esposo. Y bendito sea su Esposo, al que Dios le confió los tesoros más grandes del universo. Honor y alabanza a Dios por los siglos. Amén.

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