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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Cántico de Simeón y el final de nuestra jornada, cada día.
Homilía n29d032a, predicada en 20251229, con 15 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, en el Evangelio según San Lucas encontramos tres preciosos cánticos. Tenemos el cántico de María cuando llega a la casa de Isabel. Tenemos el cántico de Zacarías, el papá de Juan Bautista, cuando nace su hijo y cuando le van a poner el nombre el día de su circuncisión. Ese es el segundo cántico de Zacarías. Y tenemos el cántico de Simeón, que es el que aparece en el Evangelio de hoy. Simeones este anciano que ha sido guiado por el Espíritu Santo para entrar en el templo cuando José y María llevan al niño, llevan al Mesías. El cántico de María y el cántico de Zacarías están ambos en el capítulo primero de San Lucas. El cántico de Simeón está en el capítulo segundo del mismo Evangelio. Estos cánticos, desde los primeros siglos de nuestra fe cristiana, han tenido una gran importancia. Por eso la Iglesia los utiliza todos los días de la siguiente manera. El cántico de Zacarías, que empieza diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Ese cántico de alabanza es muy apropiado para el comienzo del día y por eso, en la oración oficial de la mañana, que se llama Laudes, tenemos el cántico de Zacarías todos los días. Porque hay que saber, hermanos, para quienes no lo sepan, que nuestra Santa Iglesia tiene una oración que podemos llamar oficial, esa oración tiene como principales puntos de referencia Laudes en la mañana y vísperas en la tarde, como abriendo el día y cerrando el día. Entonces en la mañana tenemos el cántico de Zacarías. Cuando termina la jornada está la oración de Vísperas, y ahí tenemos el cántico de la Virgen María. Es muy apropiado porque es un canto donde se recuerda y se celebra la misericordia de Dios que es fiel. Y el cristiano está llamado a experimentar la fidelidad de Dios, a contemplarla y agradecerla cada día. Por eso, en vísperas tenemos el cántico de la Virgen María. Ese cántico nos inspira. Podemos decir que la Iglesia entera se une a la Virgen Santísima y así como ella contempló la misericordia de Dios su Salvador, nosotros al final de la jornada encontramos descanso, encontramos paz mirando junto con María cómo Dios nos va sosteniendo y nos va guiando todos los días. Con estas palabras también los estoy invitando a ustedes a que conozcan la liturgia de las Horas. Cada vez hay muchos más laicos que conocen y que viven la liturgia de las Horas y son grandes los bienes que reciben. Ya he dicho, es la oración oficial de la Iglesia. Pero además podemos afirmar que es toda una escuela de oración, ¿porque la llamó escuela de oración? porque la parte principal de la liturgia de las horas son los Salmos y los Salmos nos van enseñando cómo orar saliendo de nosotros mismos. Porque el gran peligro en la oración cristiana es que uno se quede solo dándole vueltas a las cosas que a uno le interesan o le preocupan. Así, por ejemplo, una persona que no tiene trabajo seguramente estará en su oración dándole vueltas al tema de su trabajo. Ayúdame, Señor, dame un empleo, por favor. Señor, necesito un trabajo. Yo quiero trabajar. Mírame con amor, Señor, tengo que trabajar. Y dele con su trabajo, lo cual es muy comprensible. Pero la liturgia de las Horas, aunque te da la oportunidad de que tengas unas intenciones personales con los Salmos y con las peticiones, te amplía la mirada para que mires otras cosas, para que veas que el plan de Dios es más grande y eso te hace mucho bien. Hemos dicho que el Evangelio de San Lucas tiene tres cánticos, que el de Zacarías va en la mañana en Laudes, el de la Virgen María va por la tarde, en vísperas. Y cuando entra el cántico de Simeón, ese lo proclamamos solo cantamos al final de la jornada, es decir, en la última oración del día. Esa última oración se llama completas. Y en esa oración, que es muy breve, tiene apenas un salmo o dos pasajes de dos salmos muy breves. Esa oración es la oración del descanso. Y ahí es donde entra el cántico de Simeón, el que hemos escuchado en el Evangelio de hoy. O sea que esos tres cánticos están todos los días en la oración oficial de la Iglesia. Es muy apropiado el cántico de Simeón para esa última plegaria, cuando ya llega el descanso de la noche. Porque precisamente el cántico de Simeón habla de un hombre cansado, pero un hombre cansado que encontró su descanso. Simeón, lo podemos describir como un hombre cansado, con el cansancio que entienden los que llevan una vida muy larga. Simeón era un anciano. Un anciano que buscaba mantenerse fiel. Y la fidelidad siempre requiere esfuerzo de nuestra parte. Según aquellas palabras famosas de San Agustín el que te salvó sin ti, el que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Por eso todos tenemos la lucha cotidiana, la lucha de la oración, la lucha de la fidelidad, la lucha de evitar el pecado. Y por eso es muy posible que nosotros terminado todo trabajo y cuando ya vamos a descansar, necesitemos de las palabras de Simeón que hablan de descanso. La traducción usual en español es la que hemos escuchado: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Así tiene uno que despedir la jornada apoyándose en las palabras de Simeón: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Efectivamente, como también oímos hoy, Simeón había recibido una promesa. La promesa que le había hecho el Espíritu Santo era: Tú no vas a morir sin ver al Mesías. Y por eso Simeón, sin duda esforzándose, prolongaba su esperanza. Y día tras día se esforzaba en mantenerse fiel a Dios, aguardando el cumplimiento de la promesa. Hasta que por fin, el mismo Espíritu Santo que le había prometido le dijo: Hoy se cumple. Y entonces Simeón fue guiado por el Espíritu Santo. Fue a una cita de amor. Porque el Espíritu Santo nos pone citas de amor. Entonces fue guiado por el Espíritu Santo al templo. Y cuando vio a Jesús y entendió por obra del Espíritu que ese era el Mesías. Encontró su descanso. Esa tiene que ser la vida del cristiano. Cada día tenemos que encontrar nuestro trabajo en ser fieles al Señor y nuestro descanso en ver que el Señor es fiel. Ambas cosas. Repito eso porque me parece importante guardarlo en nuestra memoria. Cada día nuestro trabajo es ser fiel al Señor, fieles al Señor y cada día nuestro descanso es ver que el Señor es fiel. Y eso es lo que trae el cántico de Simeón. Puedes dejar a tu siervo irse en paz. En nuestra Iglesia Católica, desde hace muchísimos siglos, se asocia el descanso de la noche con una especie de experiencia de la muerte. Porque finalmente, cuando vamos a dormir, pues nos despedimos de todo. Usualmente tenemos la esperanza y tenemos el deseo de ver un nuevo amanecer, aunque hay que saber que todas las noches hay gente que se acostó y no amaneció. Pero uno tiene siempre la esperanza de ver un nuevo amanecer. Solo Dios sabe si va a venir ese nuevo amanecer. Y por eso, cuando vamos a descansar toca despedirse de todo. Despedirse de todo. Saber que Dios es fiel y encontrar nuestro descanso en Jesús. Eso es lo que trae el cántico de Simeón. Repito, despedirse de todo. Ninguna preocupación tiene que estar por encima de la certeza de que Dios es fiel. Segundo, recordar esa fidelidad divina. Y tercero, pues, saber que en él está nuestra única esperanza. El cántico dice: Mis ojos han visto a tu Salvador. Y por eso, cuando termine el día, uno tiene que hacer esta pregunta ¿En dónde he visto a Jesús hoy? Simeón dijo esas palabras porque había visto al niño Jesús, el Mesías. Pero uno tiene que hacerse esa pregunta. Eso ha de ser parte de nuestro examen de conciencia de cada día. ¿hoy dónde vivía Jesús? Tal vez lo vi en la persona de un enfermo. Tal vez en un espectáculo maravilloso de nuestra naturaleza, como puede ser un hermoso atardecer. Tal vez me encontré con Jesús en la palabra Divina. Tal vez me encontré con Jesús en el amor de mi familia. Tal vez me encontré con Jesús porque pude comulgar y recibiendo a Jesucristo en la Eucaristía. Ahí lo pude reconocer. Entonces uno tiene que preguntarse cada día ¿hoy dónde vi a Jesús? Ese ejercicio es muy bueno. Es un ejercicio espiritual muy bueno, porque cuando tú empiezas a hacerte esa pregunta todos los días, o mejor dicho, todas las noches, cuando vas a descansar con esa pregunta, tú estás educando tus ojos. De manera que si hoy estuviste distraído y como que no viste al Señor por ninguna parte, mañana estés más despierto, estés más despierta para ver a Jesús. Dice Simeón: Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. De esa manera discreta, este cántico nos invita a pensar que Jesús es para todos y a suplicar por la perfecta conversión del pueblo judío. Hermanos, sigamos esta celebración eucarística. Sigamos con gratitud. ¡Qué hermosa es nuestra fe católica! ¡Qué hermoso es creer en Dios! ¡Qué hermoso es apoyarnos en Él! ¡Qué hermoso entender que a través de su Santa Iglesia, Dios nos alimenta, nos guía, nos corrige y nos va preparando para nuestra casa eterna! porque la casa que tenemos en esta tierra no es eterna. Todos tendremos que dejar la casa, todos. Un día tendremos que salir de esta vida. Entonces la Iglesia nos va guiando, nos va alimentando, nos va educando, nos va preparando para la casa eterna. Vivamos en esa clave de santidad, de amor a Dios, de confianza en Él y de alabanza a su Santo Nombre. Amén.

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