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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Manantiales móviles de amor.
Homilía n29d029a, predicada en 20221229, con 18 min. y 46 seg. 
Transcripción:
Con el auxilio del Espíritu Santo. Tomemos algunas enseñanzas para nuestra vida de las lecturas que se han proclamado. Observamos que en los días de entre semana, durante el tiempo litúrgico de Navidad, oímos textos de la Primera Carta de San Juan. La Primera Carta de San Juan es como una meditación sobre la encarnación, sobre la verdad de la carne de Cristo. ¿Por qué esto es importante? Porque cuando tomamos en serio la carne de Cristo, es decir, la realidad de su cuerpo, tomamos en serio también su sufrimiento y por consiguiente, el amor que le llevó a padecer. Una tentación muy grande que se manifiesta también en nuestra época es la de reducir a Cristo como una especie de maestro espiritual que da claves para que uno viva bien, para que uno le saque provecho a esta vida, para que uno sea eficiente, tranquilo y feliz. Esa tentación tiene un nombre dentro de la historia de la Iglesia y dentro de la historia general de la humanidad, y se llama gnosticismo. El gnosticismo es en el caso de nuestra fe en Cristo. Es la reducción de Cristo a una especie de maestro que enseña cosas útiles para que uno viva mejor. Y por supuesto que Cristo enseña muchas cosas útiles para que vivamos mejor. Pero lo fundamental de Cristo está en el nombre que fue dicho desde antes de su concepción. Y ese nombre es Jesús, y ese nombre significa Salvador. Y nosotros fuimos salvados por el sacrificio de su carne. Fuimos salvados a través de ese camino espantoso, pero a la vez glorioso de su pasión. Entonces, la Primera carta de Juan está recordando cómo el amor que se ha manifestado en Jesucristo es un amor que pasa por actos concretos, tan concretos como son los actos de nuestro propio cuerpo. La carne de Cristo, la realidad de la carne de Cristo, de su cuerpo. Nos recuerda que también nuestra vida cristiana ha de manifestarse en la verdad de nuestros actos, en la verdad de nuestro cuerpo. Por eso escuchábamos en el texto de hoy que se dice, el que dice: Que está en él, que viva como él vivió. Es decir, que nuestra fe es una fe encarnada y es una fe que pasa como la vida de Cristo pasa también por su sufrimiento, para que en unión con él nosotros podamos darle la gloria al Padre y podamos ser útiles a nuestros hermanos. Así que esa es la razón por la que nosotros escuchamos la Primera carta de Juan. Como las lecturas de la Misa no son tan largas. Realmente yo recomiendo que antes de que termine el tiempo de Navidad, uno saque el tiempo para sentarse y leer, completa la Primera carta de Juan. Porque mi pequeña experiencia es que en estos sorbos que nos da la Iglesia en la Santa Misa, uno no alcanza a tener el cuadro completo, el Big Picture, como dicen, no alcanzamos a tener el cuadro completo. Necesitamos acercarnos a ese conjunto para ver cómo la Primera carta de Juan nos confronta con el misterio maravilloso de la encarnación y luego también nos confronta con la realidad de nuestra vida cristiana, que tiene que mostrarse en acciones, tiene que mostrarse en los actos, en los hechos. Esta Primera carta de Juan tiene entonces esa enseñanza fundamental: la verdad de la carne de Cristo y la verdad de lo que significa ser cristiano. Pero luego, por supuesto, hay muchas otras lecciones. Hoy, por ejemplo, hay dos que destacan. Primero, esto de que el amor es el mandamiento antiguo y es el mandamiento nuevo. Esas palabras no están de adorno. No son simplemente como una especie de poesía, aunque suenan muy bonito. El amor es mandamiento antiguo y es mandamiento nuevo. De las varias interpretaciones que tiene esa frase, una que me parece muy bella para compartir hoy, es que el amor solo existe si se renueva cada día. El amor no puede quedar como una noticia de algo que sucedió en un pasado. El amor solo existe amando, el amor solo existe renovándose cada día, podríamos decir cada instante. Esto vale para los distintos estados de vida. Así, por ejemplo, en el matrimonio, pues el amor ha de renovarse, no pueden quedarse solamente con que una vez se amaron o con que una vez se gustaron, necesitan hacer camino a través de detalles compañía, escucha, ternura, caricia, de manera que su amor vaya creciendo, así como ellos van creciendo. Para nosotros los consagrados, vale lo mismo. Y es interesante preguntarse uno cómo se está renovando hacerse esta pregunta ¿Cómo se está renovando mi amor? si es que se está renovando. Cuando el amor se renueva tiene siempre detalles nuevos. Ahora que estamos a punto de terminar este año, esa es una pregunta muy buena. ¿Qué detalles nuevos de amor tuve para con Jesús en este año? ¿Cuál fue la señal nueva en este año de que él es mi amor, de que él es el centro de mi vida? Esas preguntas son muy útiles porque es parte de la condición humana herida por el pecado original que nosotros vayamos decayendo sin darnos cuenta. La puerta más ancha del mundo entero es la que conduce a la mediocridad. Uno no se da cuenta en qué momento el amor se volvió tibio. Uno no se da cuenta en qué momento uno se volvió indiferente. A uno se le olvida cuándo uno dejó de llorar de emoción, porque Cristo me ama y Cristo empieza a ser parte de una especie de paisaje, paisaje de mi vida, pero ya no es el protagonista. Por eso es interesante esa frase; El amor es antiguo, pero el amor es nuevo y solo existe nuevo. Como decía un predicador, sucede lo mismo con el viento. El viento solo existe soplando. Tú no puedes tener un viento quieto. El fuego solo existe quemando. Decía Santo Tomás de Aquino: El ser de los vivos es vivir. Una frase de esas metafísicas profundas: El ser de los vivos es vivir. El viento solo existe soplando, el fuego solo existe quemando, el amor solo existe amando. Ese pensamiento es bello. Y nos deja una reflexión que creo que es especialmente útil cuando se va cerrando un ciclo, por ejemplo, al terminar el año. La última reflexión que quiero compartirles de estas lecturas tan ricas en contenido es el tema de amar y aborrecer. Resulta que nosotros, en el mundo en el que vivimos, tenemos como tres posibilidades en la relación con las personas. Mejor dicho, nos imaginamos que tenemos tres posibilidades, amar, odiar o ser indiferentes. Como creo que dicen algunos millennials, por lo menos así les escucho normal. Esa palabra me produce un fastidio tan grande a mí. ¡Normal! Entonces nosotros creemos que amamos, aborrecemos o normal. Pero resulta que la Primera carta de Juan nos dice, que no existe el normal. No existe el normal de las cosas que van a quedar como herencia de este pontificado. Cosas buenas, quiero decir. Está, el rechazo absoluto, podríamos decir el fastidio y la denuncia que hace el Papa Francisco con tanta frecuencia con respecto a la indiferencia. Básicamente lo que nos dice el Papa en muchos tonos y de muchas maneras, es que no existe la indiferencia. Que la indiferencia ya es una forma de odiar. Solo existe amar o aborrecer. Y eso es lo que tiene este texto de hoy. Yo no sé si ustedes sintieron, yo por lo menos sentí una bofetada al escuchar esto. El que no ama a su hermano, aborrece a su hermano. De una vez salta del amor al aborrecimiento. No dice que el que ama a su hermano sea decente, buena persona. No dice, el que no ama a su hermano ya lo aborrece. Si no amas, ya estás aborreciendo. Es terrible eso. Y este tema es tan interesante, tiene que ver con algunas cosas que hemos visto en nuestro curso. Porque en la medida en que ha desaparecido la ética cristiana del ámbito público ha sido reemplazada por el ser decente. Lo que pasa es que en español ese decente no dice lo que dice en otras lenguas. Decía en alguna red social, decía una científica a la que yo sigo, ella es astrofísica. Una mujer interesantísima, norteamericana y entonces en algún momento decía algo como esto. I only want to be a person that person. Eso no se traduce exactamente en español con ser una persona decente. Pero la idea es que ser una persona decente, hasta donde yo entiendo, es decent. Ser una persona decente es algo así como que yo no maltrato a nadie, respeto los derechos de los demás, espero que también los demás me respeten. Entonces, en la medida en que la fe cristiana desaparece del ámbito público, el ideal humanista que se plantea es el de ser decent persons, ser simplemente gente decente. No te hago ningún daño, tú no me hagas ningún daño a mí, te respeto, tú me respetas y ya está. Pero lo que nos dice la Primera carta de Juan es que eso no existe, que esa es una ilusión, que eso no existe, que no cabe la indiferencia, que ninguna persona puede ser indiferente para nosotros. El Papa San Juan Pablo II en su carta Reconciliación y Penitencia, dice una cosa parecida, refiriéndose a aquella palabra que está en el Capítulo Cuarto del libro del Génesis, lo que dice Caín Dios le pregunta a Caín ¿Dónde está tu hermano? Y Caín responde: Soy acaso guardián de mi hermano. Y entonces el Papa Juan Pablo II se mete en ese diálogo entre Dios y Caín, y le responde a Caín y le dice: Sí, sí, tú eres guardián de tu hermano. Nadie puede serte indiferente, de nadie puedes olvidarte, de nadie. Es decir, lo que nos presenta hoy la Primera carta de Juan. O estás amando o estás aborreciendo. Como esto es tan supremamente raro para nuestros oídos, porque nosotros hemos crecido en un mundo donde lo que se espera de uno es que uno sea una decent person, entonces hay que recordar lo que sucede en el desierto. Esa fue una explicación muy bonita que escuché hace unos años. Si tú tienes, por ejemplo tu tienda de campaña y tus rebaños y tu gente, acampaste en un cierto punto del desierto y llega una persona hasta donde tú estás, tú solo tienes dos posibilidades: o lo acoges y lo salvas, o lo despides y lo matas. Es decir, o amas o aborreces. No cabe ser una decent person, cuando llega alguien a tu tienda de campaña en el desierto, tu única posibilidad es o lo ayudas o lo matas. Porque si tu llegas a despedir a una persona que llega a tu tienda en el desierto, si tu llegas a despedir a esa persona, la envías derecho a la muerte. Entonces esta primera carta de Juan está escrita desde esa perspectiva semítica. Nadie es indiferente para mí. ¡Pero qué tarea tan dura la que tiene el Papa! Cuando nos habla en contra de la indiferencia, porque nosotros vivimos en el imperio de la indiferencia y cada vez más la indiferencia de no saber y no importarme quién es mi vecino, la indiferencia de no saber y no importarme con quién voy en el transporte público, la indiferencia de no saber y no importarme, quién está en el centro comercial o en cualquier otro sitio. Pues aunque parezca una locura, nosotros estamos llamados a amarlos a todos. A todos. A los que no nos miran, a los que nos consideran irrelevantes, a los que nos miran con indiferencia o nos miran con rabia. Estamos llamados a amarlos a todos. Nosotros amigos queridos, nosotros somos manantiales móviles de amor. Eso es ser cristiano. Si tú no eres un manantial móvil de amor, ya fuiste infiel al Señor. Bueno, hay gente que ha tratado de vivir esto. Yo le escuchaba, por ejemplo, a mi mamá por allá en los últimos años de su vida, ella se volvió un poco más expresiva. Y contaba cosas, por lo menos a mí. No sé si era lo mismo con mis hermanos y ya contaba cosas de lo que estaba haciendo Dios en su corazón y una cosa que ella hacía, por ejemplo, en el transporte público, por ejemplo un bus. Ella oraba por la gente que estaba ahí. Y especialmente si veía a alguien que por algún motivo le podía producir preocupación o tristeza. Por ejemplo, una persona que se ve que está drogada o que está muy triste, redoblaba su oración por esa persona. Gente que nunca supo que recibió una oración de mi madre, o sea, mi mamá trató en los últimos años de su vida, especialmente ella trató de volverse un manantial móvil de amor. Que donde yo vaya alguien quede salpicado. Que donde yo vaya alguien pueda recibir unas gotas de amor, aunque solo sea a través de una oración. No es fácil de entenderlo, no es fácil de vivirlo. Pero cuando el Espíritu Santo va llegando a nosotros, se convierte no en un imperativo, sino como en una especie de invitación continua. De Jesús, nos dice el Capítulo Sexto de San Lucas. De Jesús salía una fuerza, él era un manantial móvil de amor. De él salía una fuerza que iba sanando a la gente. Pues nosotros estamos llamados a ser también esos manantiales móviles. Por supuesto, la fuente no proviene de nosotros, la fuente proviene solamente de él. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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