Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aunque la palabra sea antigua, ahora "amor" significa algo nuevo, desde que Cristo nos ha amado.

Homilía n29d022a, predicada en 20171229, con 14 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, estos días después de Navidad y antes de la fiesta del primero de enero, litúrgicamente se llama Santa María, Madre de Dios. Estos días, que son en total ocho, se conocen en nuestra Liturgia católica como una octava. Esta es la octava de Navidad. En la Liturgia actual de la Iglesia hay dos octavas que siguen a las grandes, a las más grandes celebraciones que tenemos. La más grande de todas es la Pascua. Entonces se celebra la Pascua y viene después una octava también ocho días de domingo a domingo. Esa es la octava de Pascua. En el caso de Navidad, celebramos el nacimiento de Cristo, el día veinticinco y luego tenemos ocho días que se completan el primero de enero. Esa es la octava de Navidad.

¿Para qué sirven estas octavas? Para hacerle como una caja de resonancia. A esa gran explosión de alegría. Para que esa música de cielo, esa alabanza maravillosa propia de la Pascua y propia de Navidad, resuene. Usted lo puede comparar con un instrumento musical. Los violines, las guitarras, las bandolas, las arpas. Todos estos instrumentos y muchos otros tienen cajas de resonancia. La guitarra suena como suena por las cuerdas, pero por la caja esa que tiene. Esa caja es la que permite que el sonido llegue con toda su fuerza y toda su belleza. Entonces la octava de Pascua es como una caja de resonancia que hacemos para que esa hermosa melodía que canta la resurrección de Cristo llegue lo mejor posible.

Lo mismo vale para esta octava de Navidad. ¿Qué encontramos en la octava de Navidad? Recordamos aquellos textos que son propios de la infancia de Cristo. Pero sucede una cosa para la mayor parte de la gente, la Navidad es un día o una noche y se limita al hecho de que el niño nació. En la liturgia nuestra. Tan bella la liturgia de la Iglesia Católica. La Navidad es más completa porque no celebramos únicamente un parto. Parto glorioso, bendito. Pero no celebramos solo el parto. Nosotros celebramos la entrada de Jesús a nuestra historia. El propósito de la octava de Navidad y de todo este tiempo litúrgico que se llama así Tiempo de Navidad es celebrar la entrada de Jesús.

Y lo mismo en la Pascua. En la Pascua no celebramos simplemente que el sepulcro está vacío y que Él venció a la muerte. También la Pascua tiene un tiempo de Pascua, un tiempo pascual. El tiempo de Navidad se celebra la entrada. El tiempo de Pascua celebra la salida. Por eso también el tiempo de Navidad tiene una preparación como el que está haciendo la cajita de resonancia, como el que está haciendo bellamente la guitarra. La preparación para el tiempo de Navidad se llama el tiempo de Adviento. La preparación para el tiempo de Pascua se llama el tiempo de Cuaresma. Fíjese usted cómo es de bella esta liturgia nuestra. Tenemos una Cuaresma que nos prepara para que haya una buena caja de resonancia, para luego celebrar el tiempo de Pascua.

Esos dos van juntos Cuaresma y Pascua. De manera que podamos celebrar apropiadamente lo mejor posible la salida de Cristo. Porque nos dice el apóstol San Pablo El que bajó solo, no subió solo. Al celebrar la salida de Cristo en la Pascua, celebramos que el universo entero va como cortejo triunfal de Cristo. Y ahí nosotros. Entonces, en esa pareja Cuaresma y Pascua, celebramos la salida Gloriosa y en la otra pareja. Adviento y Navidad, celebramos la entrada, entrada humilde. Adviento y Navidad es entrada humilde. Cuaresma y Pascua es salida gloriosa. Esos cuatro que he mencionado son los cuatro grandes tiempos litúrgicos o tiempos fuertes. Adviento y Navidad la entrada en humildad. Cuaresma y Pascua la salida en gloria.

Pero hay algo que une profundamente a la entrada y a la salida. El amor, por amor, simplemente por amor, ha llegado Jesucristo a esta tierra. Con toda esa humildad que recordamos en los Evangelios de estos días. Y por amor. Por amor ha vencido Cristo al demonio, a la muerte, a las tinieblas, al pecado. De manera que unidos a Él en el amor, seamos también victoriosos con Él. Amor al llegar y amor al partir. Amor al llegar con tanta humildad como es en el pesebre. Amor al partir con tanto combate como vemos en la Cruz y con tanta gloria como vemos en la Resurrección. Por eso, en todos estos tiempos litúrgicos, lo que estamos celebrando es que hemos sido amados. Pero dice el Evangelista San Juan hasta el extremo. Eso es lo que celebramos, que Cristo ha redefinido el amor. Como una persona, que de repente conoce lo que es verdadera belleza.

En mi país tenemos dos costas. Yo soy colombiano, Costa Pacífica, Costa Atlántica. Pero por supuesto, la inmensa mayoría de la población no vive en las costas, sino vive en los llanos o en la selva, en las mesetas, en las montañas. Imagínese lo que siente una niña, un niño, cuando lo llevan a conocer el mar. Eso es impresionante. Voy a conocer el mar. Una cosa novedosa. Impactante. Bellísima. Transformante. Marca para siempre a la persona. A muchas personas. Entonces estos tiempos litúrgicos son para conocer el mar, para conocer el océano, ¿cúal océano? el océano del amor de Dios. Todo eso me ama Dios. Todo eso. Si, todo eso te ama Dios.

Eso es lo que nos dice la primera lectura de hoy. Que el mandamiento es antiguo, pero es nuevo. Antiguo porque de amor ya se hablaba en el Antiguo Testamento. Pero es nuevo porque el tamaño de amor que vemos en la entrada humilde, ese tamaño de amor que vemos también en la salida gloriosa, ha redefinido el amor. Cristo reventó el diccionario de la historia humana. Ahora amar, amar, es otra cosa. Para el que había conocido un arroyito, un charquito, lo llevan al océano. Ve ese mar espectacular como tiene este bello país que no se cansa uno de mirarlo. Y la persona dice no, ya no me devuelvo a los charcos de mi pueblo. Para andar viendo charcos, ya no, ya no me devuelvo. Eso es Cristo. Uno mira semejante océano de amor y uno dice, Señor Jesús me reventaste el diccionario. Ahora sí sé lo que es amar. Por eso Cristo cambia completamente la vida.

Estas mujeres que están aquí sentadas a mi derecha son testigos de eso. ¿Qué es una vocación contemplativa? Es el caso de una mujer que ha descubierto ese océano. Y dice frente a este amor, todo lo demás está bonito, lo que tú quieras, pero está demasiado pequeñito. Ya me hicieron una operación quirúrgica, me agrandaron el corazón. A escala oceánica, ya el corazón se me agrandó demasiado. Ya veo que toca, es vivir para ese amor. Pero lo mismo pasa con otras personas, no solo los que tienen vocación religiosa. Piense usted, por ejemplo, en el caso de una muchacha que tiene vocación para el matrimonio. ¿Le sirve o no le sirve a ella conocer el océano de amor de Cristo? Claro que le sirve, porque si esa chica se siente impactantemente amada por el Señor Jesús, impresionantemente amada. Cuando aparece por ahí cualquier desocupado a decirle dos o tres palabras bonitas, a tratar de envolverla, seducirla, convencerla, probablemente para aprovecharse de ella, esta chica que ha conocido el Amor con A mayúscula, que le venga por ahí cualquier tipo a creer que con dos o tres tonterías ya la tiene lista y se puede aprovechar de ella. Ella no se va a dejar porque ella ya tiene discernimiento, porque ella ya sabe lo que es amor de verdad. Y quien conoce el amor de verdad no se deja comprar con amores falsificados.

Por eso dice la primera lectura de hoy os escribo un mandamiento nuevo que es verdadero en Él y en vosotros. Ahí está hablando de ese océano. Las tinieblas pasan, dice aquí, y la luz verdadera brilla ya. Ya cuando brilla ese amor ya es muy difícil. Muy difícil que lo engañen a uno, muy difícil. Por eso Cristo revienta los diccionarios, redefine la vida entera y hace posible que nuestras vidas también se vuelvan nuevas con la novedad preciosa que Él ha traído. Esas, hermanos, esas son las grandezas que tiene celebrar y vivir nuestra liturgia. ¡Qué hermoso! Qué hermoso hacer nuestra esta liturgia, vivirla y contemplar ese océano bendito del Amor que Dios nos ha tenido.

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