Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Tres enseñanzas sobre el misterio de Cristo: (1) ¡Cuidado con la gnosis, que se disfraza de tantas cosas! Lo esencial de nuestra fe no es una idea, ni un manual para vivir esta vida, sino la noticia de un acontecimiento, el sacrificio de Cristo, que por amor opera nuestra redención. (2) El amor cristiano es siempre un mandamiento "nuevo" porque la luz que nos da el Señor nos permite abrirnos cada vez más al misterio que es cada vida humana; y el abismo del propio ser de cada uno; y la profundidad inescrutable de la Palabra que hemos recibido. (3) En la vida del cristiano no hay alternativa real a "amar" o "aborrecer": el que no ama le está diciendo a Dios: "Sobra esta persona que hiciste." Por eso sólo existe la posibilidad de amar, que nos abre a la vida de Dios y nos hace canales de esa misma vida.

Homilía n29d020a, predicada en 20161229, con 14 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Durante el año litúrgico tenemos dos octavas, la de Pascua y la de Navidad. En otro tiempo había también otras, por ejemplo, una octava de Pentecostés, la cual hasta cierto punto echo de menos porque me parece que es muy grande Pentecostés para un solo día. En efecto, el propósito de las octavas litúrgicas es desplegar con mayor amplitud el misterio que contiene una festividad.

Así, por ejemplo, decir que Cristo ha resucitado se dice brevemente, pero tratar de asomarse a todo lo que ello implica toma tiempo y toma amor. Y por eso la Iglesia como esposa enamorada, toma amor y tiempo para reflexionar en la resurrección de Cristo, sobre todo en la octava que sigue a la Pascua y después en el tiempo pascual. Algo parecido acontece con la Encarnación. Todo el tema de Navidad está en la frase del prólogo de San Juan. La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos visto su gloria. Pero para que esa frase no pase por encima de nosotros sin dejar fruto, es necesario un tiempo y también se necesitan guías.

En la octava de Pascua, nos va guiando San Lucas con aquellos textos de los Hechos de los Apóstoles. Aquí, en cambio, en la octava de Navidad, nos encontramos con San Juan, que nos va guiando a través de su primera carta, que es como una meditación de la Encarnación, no solamente en la Santa Misa, sino por ahí en los tiempos de ocio que uno tenga, es bueno acercarse a la primera carta de Juan. No es un documento muy extenso y es una verdadera línea de meditación sobre la preciosura del misterio de la Encarnación.

Hoy, por ejemplo, tenemos un texto del capítulo segundo de esta primera carta de San Juan y hay unas tres enseñanzas que podemos tomar del texto que fue proclamado. Lo primero es el riesgo de la gnosis. Lo segundo es la novedad permanente del amor. Y lo tercero es la gran alternativa.

¿Cómo es el riesgo de la gnosis? Sucede que como el anuncio del Evangelio se dice a través de palabras, es decir, de una predicación, uno puede reducir el Evangelio a una serie de ideas, recomendaciones o luces que le ayudan a vivir mejor. La reducción del Evangelio a una especie de manual para vivir es muy peligrosa, precisamente porque es muy atrayente. Una vez que el Evangelio se reduce a unos tips, como se dice hoy, unas recomendaciones para vivir la vida. Pues esas recomendaciones entran en paralelo con la sabiduría milenaria de la India o de China, y en ese momento Cristo pasa de ser el Hijo único del Eterno Padre a ser un maestro más, un maestro que tiene cosas muy interesantes que decir, pero cuyas palabras son en todo comparables con lo que digan otros maestros. Precisamente eso es lo que hace la gnosis, incluso en los cursos y en las ofertas que hace ese movimiento hoy en día el movimiento gnóstico siempre se habla muy elogiosamente de Jesucristo. Jesucristo, el gran iluminado, Jesucristo, el gran Maestro. De modo que si un católico cae por ahí y tristemente llegan muchos, entonces empieza a oír todos esos elogios de Cristo y considera que eso es lo mismo que yo creo.

Pero lo esencial de Cristo, es decir, su sacrificio redentor y lo esencial del Evangelio, que es que nadie se salva a sí mismo ni siquiera por la brillantez de sus ideas. Eso es esencial, se pierde el valor precioso de la sangre de Cristo, se pierde. Por eso es tan importante seguir el consejo y la línea de Catalina de Siena cuando dice que la sangre es la única que constituye verdadera vida. La sangre de Cristo, la sangre del Cordero. Y ella misma murió invocando esa sangre de Cristo sobre ella y sobre el rostro de la Iglesia. Entonces, en la gnosis, Cristo se convierte en un maestro que tiene unas ideas interesantes, muy parecidas a las ideas de otros maestros que en realidad dijeron las cosas más claras. Entonces, mejor olvidémonos de Cristo. Esa es la tendencia del movimiento gnóstico. Esa es la tendencia de la Nueva Era y en eso ha caído mucha gente, porque repito, está todo tan embadurnado de azúcar, tienen tanta dulzura para hablar de Cristo que a uno se le olvida que le están negando el centro del misterio.

Ahí está el peligro gnóstico. Y ese peligro ya estaba en tiempos en los que escribió el apóstol Juan esta primera carta es decir, ya el Evangelio, se iba volviendo un sistema de ideas. Ojo con eso, no una noticia, no una noticia, porque lo esencial del Evangelio es ser noticia que apunta hacia un hecho fundamental. Murió por nosotros, como dice San Pablo en el capítulo segundo de la Carta a los Gálatas. Murió por mí. Ese es el dato, ese es el hecho. El Evangelio es un acontecimiento, no es una idea simplemente. Entonces eso ya sucedía en tiempos del apóstol Juan. Y por supuesto, esto tiene repercusiones morales. Porque si lo importante es únicamente tener una idea sobre quién es el logos, en el fondo no importa cómo yo viva. Entonces estos movimientos gnósticos siempre se caracterizaron o por el maltrato y desprecio a todo lo corporal, o por la exaltación de lo corporal como algo que no tiene ninguna trascendencia. De manera que entre el extremo del desprecio radical al matrimonio y la exaltación del placer físico, incluyendo orgías y barbaridades. La gnosis se debate entre esos dos extremos. Ese es el primer peligro. Y es uno de los temas centrales de esta primera carta que, repito, vale la pena meditar con atención.

El segundo tema que aparece es del mandamiento nuevo. Es el mandamiento nuevo y es el mandamiento antiguo. Y realmente la única explicación que uno encuentra por la que el autor de la carta dice que este mandamiento es nuevo, es porque ha llegado una luz mayor. Es decir, siempre se nos ha mandado amar, pero cuando llega una luz mayor, uno termina dándose cuenta de que en realidad no ama tanto como cree que ama. Es decir, una mayor luz lleva a una mayor intensidad en el amor y una mayor claridad sobre el mandamiento. Una mayor luz también significa que uno descubre con mejor claridad al prójimo. Yo pienso que esto se nota mucho en nuestra vida comunitaria como religiosos y se nota mucho en la vida matrimonial.

Yo pienso, por ejemplo, en el caso de mis papás, que alcanzaron a vivir cuarenta y nueve años y medio de matrimonio hasta el fallecimiento de mi madre. El amor es el lenguaje común que acompañó esos cuarenta y nueve y más años, casi cincuenta. Pero la frase yo amo a mi esposa dicha un día después de casados, un año después de casados, diez años después de casados, treinta años después de casados, cincuenta años después de casados es la misma frase. Y sin embargo, es una frase nueva. Porque a medida que se despliega el misterio de la vida humana frente a ese esposo, frente a esa esposa, el amor se va volviendo algo nuevo, porque en cierto sentido el misterio de la otra persona sólo entonces se nos va revelando.

Cuando mi madre estaba postrada en su cama después de la operación que le hicieron, de la que nunca se recuperó y de lo que eventualmente murió, cuando ella estaba ahí en su posición fetal, en su camita inconsciente, reducida a su mínima expresión, mientras nos dejaba a todos en un mar de incertidumbre, a su lado muchas veces de pie estaba el esposo, que muchos años atrás había prometido amarla en las buenas y en las malas y amar a ese pedacito de mujer ahí sobre esa cama, tiene un significado que es nuevo. Eso seguramente mi padre no se lo imaginaba cuando estaban recién casados. Entonces el amor se va volviendo nuevo a medida que nos vamos conociendo a nosotros mismos, con nuestras miserias. A medida que vamos conociendo las necesidades del prójimo y su propio misterio se despliega ante nuestros ojos. Y a medida que la luz del Espíritu esclarece el contenido de las palabras que nos ha dado Cristo.

El último tema que aparece hoy es la diferencia, o mejor dicho, la gran alternativa. Si hemos estado atentos, nos damos cuenta que en este texto de la primera carta de Juan no se da ninguna otra posibilidad. O estás amando o estás aborreciendo. Ahí no se presenta un punto neutro. De lo único que se habla es del que ama a su hermano y del que aborrece a su hermano. Y ese lenguaje resulta un poco un poco fastidioso, tal vez, o rechina un poco porque nosotros vivimos en una sociedad que precisamente por su marca de individualismo pretende proponer un tercer camino que es Yo no me meto con usted, usted no se meta conmigo. Yo a usted lo respeto, usted respéteme, usted allá y yo acá.

Y resulta que la Biblia en general y este documento, la primera carta de Juan en particular, no admite ese tercer camino, ese camino de yo simplemente respeto y que me respeten. Eso no existe en la Biblia. Y la razón por la que no existe yo creo que hunde sus raíces en la historia nómada de este pueblo. Concretamente uno lo ve en el caso de las tiendas en el desierto, concretamente, uno lo ve en el hecho de acoger o no acoger a una persona. Suponte que tienes tu tienda allá en algún punto, en algún oasis o lo que sea en el desierto, y llega una persona que no conoces, una persona con gran necesidad por supuesto, recalentado del sol, insolado, enfermo, muerto de sed. Si tú a esa persona la recibes, pues te echas encima una gran carga porque hay que darle alimento y hay que darle bebida y hay que darle descanso, hay que amarlo, pero si no lo recibes, si tú le dices hoy no estamos recibiendo gente, lo mataste. Así de sencillo.

Entonces el desierto, el desierto acostumbra a esa lógica que es sí o no, o amas o aborreces. Ahí no hay punto medio. Yo no le puedo decir a la persona que toca el umbral de mi tienda en el desierto. Yo no le puedo decir yo a usted lo respeto, usted respéteme a mí. A ese lo maté, lo maté si no lo recibí. Entonces en la medida en que uno va percibiendo que toda vida humana en el fondo es peregrinar por este desierto. En la medida en que uno va descubriendo que en realidad todos somos necesitados y todos somos peregrinos. Uno va encontrando la inmensa sensatez del lenguaje de la primera carta de Juan. O amamos o aborrecemos. Ahí no hay ninguna otra alternativa.

Y por eso los santos han descubierto. Que es lo elemental que nos da el Evangelio. Han descubierto lo elemental. Y es que la única opción posible es amar y amar a todos. Amar a todos es salir al encuentro del hermano. Claro, amar, significa algo distinto en cada caso, porque cada uno necesita ser acogido de un modo distinto, pero por lo menos con el beneficio de una buena voluntad y de una oración. Todos tienen que caber en la tienda de nuestro corazón, todos tienen que caber, porque a la persona que yo saco de mi corazón la estoy sacando de mi vida. Es como si yo le dijera a Dios te equivocaste al crear esta persona. El mundo estaría muy bien sin fulanito de tal. Y hablar de ese modo es matar, eso es aborrecer. Cuando yo cancelo una persona de mi horizonte de intenciones y de mi horizonte de pensamiento, lo que estoy diciéndole a Dios es no había que crear, perfectamente se hubiera podido omitir la creación de ese señor o esa señora y no hubiera pasado absolutamente nada. Y eso es una terrible, eso es una terrible muestra de odio.

Bueno, estas son algunas de las lecciones que trae la primera carta de Juan. Densa, preciosa y como toda palabra, capaz de escrutarnos hasta lo más profundo de nuestro ser. Sigamos esta celebración recibiendo en su misma fuente, el amor, en la presencia de Cristo en su Santísima Eucaristía. Amén.

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