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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestra vida cristiana es verdadera si vivimos y cumplimos los mandamientos, y si servimos amorosamente al prójimo.
Homilía n29d017a, predicada en 20151229, con 5 min. y 10 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada de la primera carta de Juan en el capítulo segundo. Es bueno recordar que esta primera carta de Juan nos acompaña durante el tiempo de Navidad. El tiempo de Navidad va desde la noche de Navidad hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Porque en realidad, lo que celebramos durante este tiempo litúrgico es la entrada de nuestro Señor Jesucristo desde la humildad y la caridad en nuestra historia humana. Y por eso también la vida oculta y humilde de Nazaret de algún modo es parte de esa entrada humilde y amorosa. Y por eso es parte del tiempo de Navidad.
Durante esos días que van, repito, desde la Navidad hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Algo así como el segundo domingo de enero. Durante esos días leemos porciones bastante generosas de la primera carta del apóstol San Juan. Esa primera carta podemos decir que toda ella es como una meditación sobre el misterio de la Encarnación. Y en ese sentido es lectura tremendamente oportuna para este tiempo. Incluso me atrevo a sugerir que no te quedes solamente con las porciones, aunque sean generosas de estos textos, aprovecha, saca un rato para leer en su conjunto para meditar en tu corazón esta primera carta de San Juan. Tiene cinco capítulos. El texto de hoy, repito, fue tomado del segundo capítulo y el texto de hoy es una buena ocasión para reflexionar en uno de los elementos más interesantes de esta primera carta de Juan.
Utilizando un lenguaje más bien moderno, podríamos decir que ese elemento es la verificabilidad. La vida cristiana ha de ser verificable. ¿Qué llamamos nosotros verificar? Verificar es ver si algo es cierto. Verum facere es el origen del verbo verificar, hacer cierto, descubrir si es cierto, llegar a la certeza, llegar a la verdad. Eso es lo propio del verbo verificar. Y el verbo verificar es el que nos interesa en este caso, porque según parece, uno de los problemas que aborda la primera carta de Juan es el de aquellas personas que quieren reducir la fe a una descripción completamente personal y subjetiva. Yo tengo a Cristo en mi corazón. Yo lo conozco. Yo estoy en la luz. La pregunta que subyace en la argumentación de la primera carta de Juan es ¿y eso cómo lo sabemos? Tú dices que tienes a Cristo, tú dices que eres de Cristo, tú dices que estás en la luz de Cristo ¿eso cómo lo sabemos? ¿eso cómo lo verificamos? Y el texto de hoy nos da dos criterios muy claros.
El primer criterio, pésele a quien le pese, porque hay gente que se siente incómoda con este lenguaje. Se llama los mandamientos. ¿Estás cumpliendo lo que Dios dice? Así de sencillo. ¿Lo estás viviendo? ¿Lo estás cumpliendo? Segundo, ¿dónde está tu servicio de amor al prójimo? Entonces, la relación con el prójimo y la práctica de los mandamientos es un lenguaje que saca de la pura subjetividad y de lo que yo diga de mí. No, no basta lo que tú digas de ti o lo que yo diga de mí. La vida cristiana es verificable y esta verificabilidad es la que hace que nosotros no seamos una colección de ilusos, sino un cuerpo, un verdadero cuerpo, eso es la Iglesia. En donde hay razón, de una legítima autoridad, porque hay razón, de un legítimo cuestionamiento.
La vida cristiana no se reduce a impresiones, sensaciones, sentimientos. La idea que yo tengo de mí. ¿Tú crees eso? Pero yo creo esto. Ese no es el cristianismo. El cristianismo es verificable y en esa verificabilidad encontramos la verdad misma de Cristo.

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