Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cuando San Juan advierte del peligro de "odiar" o de "matar," nos advierte de la gravedad del pecado de no compartir los tesoros de gracia recibidos.

Homilía n29d016a, predicada en 20141229, con 14 min. y 4 seg.

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Transcripción:

Durante el Adviento tuvimos tres acompañantes y guías. El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Santísima Virgen María. En el tiempo de Navidad, que es tan breve, tenemos sobre todo un guía San Juan Evangelista. Es bueno saber que Él es el que nos está guiando para entender también el realce que tienen sus escritos en esta época del año.

Ustedes notarán que durante estos días de la octava de Navidad, la primera lectura está tomada de la primera carta de San Juan. Eso no es casualidad. Es que esta primera carta de Juan. En cierto sentido, es como un himno o una meditación o una predicación que tiene su centro y también su punto de partida en el misterio del Verbo hecho carne. Por eso tenemos a San Juan tan presente durante estos días, especialmente con su primera carta.

El texto de hoy, por ejemplo, está tomado del capítulo segundo y aquí aparece un tema que vale la pena examinarlo en el conjunto de la primera carta de San Juan. Es un hecho que llama la atención cómo este Evangelista habla a base de contrastes. Por ejemplo, la luz y las tinieblas, el amor y el odio o el aborrecer, el dar vida o el dar muerte. Es interesante, digo, porque eso nos recuerda que la vida humana tiene una espléndida libertad y una gravísima responsabilidad.

Hoy quiero aludir sobre todo a esa parte que puede parecer tan extraña. De lo que quiere decir este apóstol y evangelista con aquello de ser homicida, aborrecer al hermano. Son palabras muy fuertes. Por ejemplo, lo que aparece aquí. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Es una palabra muy fuerte en castellano la palabra aborrecer. Nosotros la utilizaríamos solamente para indicar un odio que va acompañado de desprecio. Es algo muy fuerte. Y cuando uno toma el verbo aborrecer en ese significado tan reteñido, lo más probable es que uno diga pues yo no aborrezco a nadie ¿usted a quién aborrece? no, a nadie. Yo no aborrezco a nadie. Hay gente que me cae mal, tal vez, pero aborrecer, aborrecer, que yo diga aborrezco, no. Y entonces puede perderse el sentido de la palabra que nos ha sido predicada cuando uno interpreta de esta manera porque fácilmente uno se declara inocente. Yo enemigos no tengo, yo no tengo problema con nadie yo no me meto con nadie y consiguientemente yo no, yo no aborrezco a nadie, yo no tengo enemigos.

¿Qué será lo que nos quiere decir San Juan con aquello de aborrecer al hermano? En otro pasaje dice que el que no ama a su hermano es un homicida. La palabra homicida también es muy fuerte. ¿Será que yo he pensado en matar a alguien? ¡Dios me libre! Yo no he pensado en matar a nadie. Esa palabra, ese texto, parece que no tendría nada que ver conmigo. Porque yo no quiero matar a nadie, porque yo no soy homicida en ese sentido.

La primera carta de San Juan tiene cinco capítulos y uno puede recorrer esos capítulos y darse cuenta que en ninguna parte el apóstol nos habla de acciones como acuchillar, disparar. Tampoco había pólvora disponible en esa época. Degollar, ahorcar, asfixiar, apedrear. Es decir que cuando San Juan nos habla de ser homicida, parece que él nos está refiriendo directamente o en primer lugar, al hecho de realizar una acción que le causa la muerte a otra persona. Que eso es lo que uno pensaría cuando oye la palabra homicida. Y cuando San Juan nos habla de aborrecer, probablemente tampoco se está refiriendo a ese odio reconcentrado, acompañado de desprecio, que es algo realmente escaso, diría yo, en la vida de la mayor parte de la gente. Tal vez cuando uno escucha o tiene cerca un caso de una persona cruel, un depravado que tortura, es una persona que tal vez causa esos sentimientos. Pero lo más probable es que San Juan no nos esté hablando de esa clase de sentimiento, ni tampoco de esa clase de acción, porque en ninguna parte hay el menor indicio de una descripción o de una sugerencia de esas acciones directas.

Entonces, ¿cómo debemos entender estos textos y en qué sentido nos afectan a nosotros? Pues es que ponte en la situación de una epidemia y de una persona que tiene un depósito de vacunas. Lamentablemente esta es una realidad en algunas partes del mundo y se siguen buscando vacunas, como por ejemplo con la epidemia del ébola. Entonces hagamos el relato aludiendo al ébola. Imagínate que un laboratorio de cierto país ha encontrado una vacuna efectiva, mucho más allá del noventa y nueve por ciento y han encontrado un remedio. Un medicamento que contrarresta esta espantosa enfermedad que ya ha aclamado miles de vidas. Tienen la vacuna y sobre todo, tienen el remedio. Tienen el medicamento que contrarresta. Pero no lo dan, no lo venden, lo retienen, lo esconden. La gente se sigue contagiando, la epidemia crece y esta gente ni siquiera dice que ya tiene ese remedio, mucho menos lo reparte.

Fíjate que estaríamos hablando aquí de una omisión. Esto es lo que se llama un pecado de omisión. No se está causando la muerte directamente a través de un puñal, una lanza, un disparo, pero se está produciendo la muerte. Si tú tienes la luz y la escondes, si tú tienes el remedio y no lo distribuyes, si tú no compartes el tesoro que has recibido, entonces eres culpable por omisión. Imagínate el día en el que se destapara ante los medios de comunicación que un cierto país había logrado desarrollar esa vacuna casi milagrosa, ese remedio fantástico. Pero no lo contaban al mundo mientras seguían cayendo uno tras otro las víctimas del ébola. Imagínate el sentimiento que tendría la opinión pública mundial hacia ese país y hacia ese laboratorio y hacia esa gente.

Parece que esa es la clave para entender estas expresiones de San Juan. Si yo tengo el verdadero conocimiento, si yo tengo la experiencia, si yo conozco cuál es el Dios que ama, salva, perdona, redime, reconstruye. Y ese tesoro no se ve en mi vida, no se ve en mis palabras, no lo comparto entonces con mis hermanos. Yo soy culpable ¿de qué? de aborrecer a mis hermanos. Ah, no, yo no los aborrecí, yo no les hice nada. Ese es el problema. Que pudiendo no hiciste. Ese es el problema. Dice aquí quien guarda su palabra. El amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió Él.

El mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Las tinieblas pasan, la luz verdadera brilla ya. Quién dice que está en la luz y aborrece a su hermano. Está aún en las tinieblas. Si tu vida, si tus palabras y tu testimonio no irradia el amor que ha llegado a su plenitud en ti, ese es un genuino acto de odio. Porque tú serías como aquella persona que retiene en su puño la vacuna. Retiene en su puño el remedio mientras ve morir a los otros. ¿Qué palabras utilizarías tú para una persona que tiene en su mano el remedio y ve cómo los otros se agravan, agonizan y mueren? Tú tendrías que decir que esa persona es como un psicópata. Esa persona es un enemigo de la humanidad. Ese hombre parece que está lleno de odio hacia la gente ¿por qué hace eso? Y sin duda, a esa persona la llamaríamos homicida. Ese es un homicida.

Entonces ¿qué es lo que está haciendo San Juan? Sacar las consecuencias del misterio de la encarnación. Pero en nosotros. Dice aquí, quien dice que permanece en Él debe vivir como vivió Él. Esas son las consecuencias del misterio de la Encarnación. Es llenarse de una experiencia de amor, pero no retenerla, sino permitir que brille en nosotros a través de lo que somos, hacemos, decimos, expresamos. Eso es ser cristiano. Y por eso estas hermosas enseñanzas de San Juan no son ni más ni menos que lecciones de vida cristiana.

Si quieres saber qué es ser cristiano, mira esto. De esto se trata. Y si tú has conocido la salvación y no la compartes, no te engañes más. No digas que estás en la luz. No basta con tener ideas claras, no basta con que yo sé mucho, con que yo entiendo mucho, con que yo tengo mucha doctrina. No basta. Es necesario que tu luz, que el amor que has recibido brote de ti. Porque quien dice que permanece en el Señor debe vivir como Él vivió.

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