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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Primera Carta de Juan ofrece criterios claros para que uno vea la fe desde lo concreto y desde la vida.
Homilía n29d013a, predicada en 20121229, con 7 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Comentemos un poco cómo funcionan, entre comillas, las lecturas de estos días. Nos encontramos en lo que se llama la octava de Navidad, que es como un eco de la gran celebración del nacimiento de Cristo. Y en la octava de Navidad los Evangelios están tomados de los capítulos primero y segundo de San Mateo y primero y segundo de San Lucas. A ese conjunto de textos se le suele llamar los Evangelios de la infancia. Los dos primeros capítulos de Mateo y los dos primeros de Lucas.
Por cierto, el Papa Benedicto acaba de publicar una obra que es la tercera parte de su estudio sobre Jesús de Nazaret. Y lo que estudia el Papa en ese libro es exactamente los Evangelios de la infancia. Es decir, una vez más. Primeros dos capítulos de Mateo y primeros dos de Lucas.
¿Y qué pasa con la primera lectura? La primera lectura, durante estos días está tomada de la primera carta de Juan. Aunque eso tiene sus excepciones, porque hay varias celebraciones de santos, como por ejemplo San Esteban. Pero digamos que el hilo conductor en la octava de Navidad lo da la primera carta de Juan. Y por eso la lectura que tuvimos hoy. De hecho, esta primera carta de Juan va a seguir acompañando en lo que se llama el tiempo de Navidad, es decir, hasta un poco después de la celebración de los Reyes Magos, la Epifanía.
La pregunta es ¿por qué la primera carta de Juan? Hoy tenemos tres razones que están ahí en el texto que hemos oído. Podemos decir que la primera carta de Juan es una manera de concretar la fe. Concretar el cristianismo. Porque existe siempre el peligro de que la fe se vuelva una cosa que uno maneja muy cómodamente porque es muy interna, es privada, es mi corazón, es mi alma, son mis intenciones, es mi yo. Y esa tendencia a internalizar la fe y a considerar la fe como una especie de fenómeno privado en el cual nadie puede entrar.
Esa tendencia ya existía en el siglo primero. Esa tendencia, entre otros nombres, se llama gnosticismo. Porque resulta que cuando se habla de un conocimiento, pues el conocimiento es una cosa que está adentro de uno, el conocimiento es una cosa que no se puede ver inmediatamente. Lo que una persona conoce, pues no se puede ver, no es visible. En cambio, ¿qué es lo que sí se puede ver? Lo que sí se puede ver es el comportamiento de la persona. Entonces, cuando se enfatiza demasiado el aspecto de conocimiento, cuando se enfatiza demasiado la gnosis. Entonces no importa cómo yo viva, no importa cómo yo trate a los demás y no importa lo que Cristo haya hecho, sino simplemente yo soy muy espiritual. Yo soy una persona que tiene gran conocimiento y con eso me basta. Esa religión interna, subjetiva, que por consiguiente se vuelve relativista, pulula en nuestro tiempo.
Ese tipo de espiritualidad está en la base de lo que ha señalado varias veces el Papa como relativismo. La gente se considera buenas personas, se consideran muy espirituales, pero su espiritualidad no tiene ningún criterio objetivo de medida. Simplemente yo soy espiritual porque yo sé cómo rezo. Yo me las arreglo con Dios. Yo tengo mis experiencias. Yo hago mi meditación, yo hago mi yoga. Y entonces cada uno se recluye en su ámbito privado y después resulta que la fe nadie la puede evaluar.
Pues la primera carta de Juan es lo contrario. La primera carta de Juan lo que dice es que la fe si se puede evaluar. Que la vida cristiana sí se puede conocer y que hay criterios concretos para la vida cristiana. Y los tres que aparecen hoy son.
Primero, ¿cómo vivió Jesús? Por eso dice quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió Él. Es decir, Cristo no es un fantasma, no es una fábula. Cristo tuvo acciones, comportamientos concretos y uno tiene que asemejarse a esos comportamientos, porque si no, uno está diciéndose mentiras y le está diciendo mentiras a los demás. Por eso es fascinante esta primera carta de Juan, porque lo concreta a uno. Si usted está viviendo la sinceridad, la oración, la misericordia, la pureza, la generosidad de Cristo, entonces usted puede decir mi fe es verdadera. Si usted no está viviendo eso, deje de engañarse.
Otro criterio que dice aquí los mandamientos. Quien dice yo le conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. Entonces yo tengo gran conocimiento de Cristo. Yo me sé la Biblia de memoria o yo conozco muchas tradiciones espirituales, pero vivo como se me dé la gana. Se equivoca, señor. Usted tiene un criterio, los mandamientos.
Y el tercer criterio que nos da el texto de hoy es el amor a los hermanos. Quien aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Esa partícula aún es interesante porque está mostrando que la persona no ha avanzado en su proceso de conversión. La persona no ha empezado la vida cristiana. Cuando aquí se dice aborrece a su hermano, significa que cualquier persona que esté dentro de esto que la primera carta de Juan llama aborrecer. De inmediato descalifica nuestra vida cristiana con que haya una persona de la cual uno se desinterese. Eso es aborrecer. Aborrecer no necesariamente es desear el mal, aborrecer es desechar. Cualquier persona que yo deseche de mi vida por cualquier razón. Ya está hablando mal o está denunciando la falta de vida cristiana que tengo.
Entonces quedémonos con eso. Quedémonos con esa certeza de que tenemos que concretar nuestra fe. Tenemos que dejar de decirnos mentiras y tenemos que buscar en los mandamientos. Tenemos que buscar en la vida real y concreta que llevó Jesús y tenemos que buscar en nuestra actitud de interés por los demás, de interés por su salvación y por la gloria de Dios en ellos. Ahí tenemos que buscar si tenemos fe.
La fe se puede medir, la fe se puede conocer. Y por eso esta primera carta de Juan, en el fondo, como lo han dicho varios autores, es como una especie de himno a la Encarnación de Cristo. En el fondo lo que está diciendo es que la Encarnación es real, Cristo se encarnó, su carne es real y entró en nuestra historia. Y de esa misma manera nuestra historia tiene que hablar de Dios.

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