Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Significado de la Octava de Navidad, e importancia de la Primera Carta de Juan como enseñanza sobre la Encarnación.

Homilía n29d012a, predicada en 20121229, con 5 min. y 4 seg.

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Transcripción:

Las grandes celebraciones de nuestra Iglesia Católica son ante todo la Pascua y Navidad. En ese orden. En la Pascua celebramos aquel sacrificio de amor y obediencia que pasando por el extremo del dolor y por lo que parece un fracaso espantoso, llevó a Cristo a la gloria de la resurrección y le hizo abogado nuestro, redentor nuestro. De modo que en su sangre tenemos certeza de que Dios puede y quiere perdonar nuestros pecados. Esa es la Pascua. Es la celebración más importante de todas. La Pascua, por eso va precedida de un tiempo que se llama Cuaresma, y por eso también la Pascua se prolonga durante cincuenta días en lo que se llama el tiempo pascual hasta llegar a Pentecostés. De manera que la efusión del Espíritu que celebramos en Pentecostés, haga realidad en nosotros la misma Pascua del Señor.

Bueno, esa es la celebración principal, es el corazón de nuestra fe, es lo primero que celebraron los cristianos. Es el eje vertebral de todo lo que creemos. Es también lo que se renueva, lo que renovamos como celebración cada domingo. Porque el domingo existe precisamente para que la memoria de la Pascua del Señor nunca se aparte de nosotros. Después de la Pascua, que en cierto sentido es celebración de la partida victoriosa de Cristo, tenemos otra celebración que le sigue en importancia. Esa es la Navidad. Y en la Navidad celebramos la llegada de Cristo a esta tierra. Si la Pascua es la salida de Cristo, la Navidad es la llegada de Cristo. Llegada que implica que ahora el Señor, precisamente por este misterio de su encarnación, tiene una naturaleza en la cual puede padecer por nosotros, porque en su naturaleza divina nada podía padecer.

Dios, en cierto sentido, es inalcanzable para lo que nosotros conocemos como dolor. No significa que no le interese lo que a nosotros nos sucede, sino significa que desde aquella eternidad en que Dios es cada una de las contingencias, cada una de las circunstancias de nuestra vida, viene a ser solamente una parte de un todo mucho mayor que se integra en el misterio de su propio amor. O sea que el padecer como nosotros lo conocemos, un padecer que está lleno de incertidumbre y un padecer que dilata el tiempo, porque eso es lo que siente la persona que sufre. Eso no puede existir en Dios. Entonces, para poder padecer por nosotros, asumió esta naturaleza nuestra. Y ese es el misterio de la Navidad. Por eso celebramos Navidad.

Pues bien, tanto la Pascua como Navidad en el actual calendario litúrgico de la Iglesia, se prolongan en lo que se llama una octava. Es decir, son ocho días a lo largo de los cuales se contempla de un modo detenido, sabroso, meditado. Se contempla un misterio. En el caso de la Pascua, la resurrección del Señor. En el caso de Navidad, la presencia del Verbo encarnado en nuestra historia, en nuestra tierra. Y estamos entonces en la octava de Navidad que va desde el 25 de diciembre hasta el 01 de enero. Esa es la octava de Navidad. Y aunque parezca increíble, en esos pocos días hay tanto para aprender que necesitamos un maestro especial, ese maestro que nos acompaña durante esos días es el evangelista Juan a través de su primera carta fundamentalmente.

O sea que si tú quieres una lectura que te ayude a profundizar el misterio del amor de Cristo que se ha hecho Dios con nosotros, pues la Primera carta de Juan es la que nos puede servir y es la que tenemos durante estos días. Por ejemplo, hoy el Capítulo Segundo, que de una manera tan clara nos dice mire, el que dice que conoce a Cristo tiene que vivir como Cristo, tiene que amar como Cristo. Las cosas no pueden quedarse en fórmulas de pensamiento, en palabras, en buenas intenciones. Tiene que verse en la realidad de los hechos. Bueno, que esta octava de Navidad nos lleve a amar más el misterio de Navidad y sobre todo nos lleve a ser Navidad para otros. Presencia de Dios, presencia bendita y amable de Dios para nuestros hermanos. Amén.

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