Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La novedad del amor cristiano: (1) No depende de retribuición; (2) Hace mayor bien al que ama que al mismo amado; (3) Otorga inteligencia interior de la Escritura.

Homilía n29d011a, predicada en 20111229, con 17 min. y 54 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

En el día de Navidad oímos un texto del apóstol San Pablo en su carta a Tito. Ese texto sirvió de base para la meditación que el Papa Benedicto nos regaló con ocasión de esta Navidad. En una frase central del texto de San Pablo dice: Se ha manifestado la gracia de Dios, ha aparecido. Navidad no es simplemente nacimiento, navidad es manifestación. Se ha manifestado, el amor de Dios, ha aparecido en esta tierra un amor nuevo. Ese es el aspecto que desarrolla especialmente la primera lectura de hoy. El amor nuevo, el mandamiento nuevo. Entonces vamos a meditar sobre cuál es la novedad del amor que ha llegado con Cristo. ¿En dónde está lo nuevo? Para ser concretos, como creo que nos gusta a todos y para aprovechar mejor el tiempo dada la hora en que nos encontramos con sus respectivos peligros.

Vamos a ir a tres puntos sobre en qué consiste la novedad de este amor que Cristo trae. El Primer punto es, este amor es nuevo porque es un amor que no depende de la retribución. El amor que conocemos y que más o menos practicamos los seres humanos, es un amor que depende demasiado de la retribución. Quiero a los que me quieren, atiendo a los que me atienden o como decía Jesús invitó, pero esperando que me inviten. Incluso en el lenguaje popular, esta manera de pensar se expresa de varias formas. Yo me acuerdo de niño, un profesor o profesora que nos decía; por las buenas yo voy muy bien, por las malas ya verán ustedes. Es decir, el trato es recíproco. Está también expresado en la ley del Talión ojo por ojo, diente por diente. El ser humano lleva como inscrito en el corazón ese modo de pensar y es hasta cierto punto natural, porque parece provenir de una necesidad de justicia. Si me tratan mal, yo por qué voy a tratar bien. Pero Cristo trae una novedad. La novedad de un amor sin retribución.

Especialmente en el Sermón de la Montaña, se nota esta novedad. Dice Cristo el Padre celestial hace llover sobre malos y buenos, hace salir el sol sobre justos e injustos. Es decir, Dios mismo es el que marca la medida y la medida de Dios. No es como este es un campesino ateo, no va a amanecer en su finca. Como este es protestante, no le volverá a llover. Dios no obra de esa manera, Dios mantiene sus dones. Lo dirá después, San Pablo reflexionando sobre el destino del pueblo judío. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Los que estamos aquí somos todos mayorcitos y creo que todos tenemos la experiencia dolorosa de darle la espalda a Dios, pero también todos tenemos la experiencia hermosa de que Dios no nos dio la espalda cuando nosotros se la dimos a él. Ese es el estilo de Dios, y Cristo trae el estilo del cielo a la tierra. El estilo de Dios a los hombres, esa es la primera novedad.

Segunda novedad; El amor que ha traído Cristo es nuevo también. Porque si uno se arriesga, que uno no siempre se arriesga, si uno se arriesga a practicar ese estilo de amor, uno descubre, para sorpresa propia, que el beneficiado es uno. Esa generosidad, esa práctica de la gratuidad, hasta donde es posible para el corazón humano, trae una inmensa serenidad. De hecho, este hombre que nos está regalando sus meditaciones a la hora de la cena, el Papa Juan XXIII, tenía como frase muy querida la siguiente: La bondad ha hecho serena mi vida. Pablo VI dijo que la paz era fruto de la justicia. Pero creo que si le hubiéramos preguntado a Juan XXIII, siendo ambos grandes hombres, y para mí santos ambos. Yo creo que Juan XXIII hubiera dicho: La paz es fruto de la bondad. En el orden social, la paz ciertamente es fruto de la justicia.

Pero en el orden personal, si tú esperas a que llegue la justicia para tener paz, no vas a tener paz. Si uno se queda esperando a que el que me debe unas disculpas es que me las tiene que decir, pues ahí morirá envejecido y momificado con un rictus de amargura, porque eso no se va a dar. La vida está llena de injusticias de esa clase. Y si uno hace depender la paz de que todo sea en la debida contraprestación y en la perfecta proporción, y que a todo el que yo le sonrío doce segundos, me sonríe doce segundos o más, y a todo el que yo le regalo algo, también me regala algo y ojalá mejor. Si yo hago depender mi paz de la retribución, jamás tendré paz. Entonces el Papa Juan XXIII descubrió, que actuar como Dios trae paz, que la serenidad que proviene de un corazón generoso, jamás lo alcanza el corazón calculador. Y el corazón que está todo el tiempo mirando cómo me miran para ver si yo los miro, como creo que me miraron cuando yo los miré. Ese corazón calculador jamás tendrá paz. La paz no viene del cálculo.

La persona que está siempre midiendo hasta dónde debe llegar la sonrisa, quién es digno de que le sonría, quién es digno de que lo quiera, quién es digno de que lo sirva. Esa persona tiene el cerebro tan congestionado con esas cuentas que jamás tendrá paz. El que hace, en cambio, el experimento de amar un poco hasta donde es posible, a la manera de Dios, ese sí conoce la paz y ese sí conoce la alegría y ese sí ve multiplicarse el fruto. Son tres sorpresas que trae el amor. Primera sorpresa, Cristo vino a esta tierra a amar sin contraprestación. Segunda sorpresa, Si yo me arriesgo aunque sea un poquito a amar, así empiezo a experimentar dones sublimes como el don de una paz que nadie me puede quitar. Hay un tercer don, que viene con este amor, y es que este amor da la inteligencia interior de la palabra. Este amor permite entender por dentro la palabra.

En tiempos de mi muy amada Santa Catalina de Siena, existía un ilustre teólogo, reputado por altísimo en su ciencia. Sus clases eran un espectáculo. Se agolpaban los estudiantes para recibir de sus labios tanta sabiduría. Y este hombre sacerdote, él, aunque de labios para afuera, dijera que no le importaba ese reconocimiento humano. La verdad es que su corazón se había acostumbrado a esos aplausos, a esos elogios, a esas miradas de admiración o de aprobación. Este ilustrísimo profesor de teología oyó que en su misma ciudad había una humilde mujer sin letras, una consagrada, una virgen seglar llamada Catalina. Y esta tal Catalina hablaba de las cosas de Dios y tenía sus propios discípulos, los cuales muy pronto recibieron el mote despectivo de los encatalinados.

Aquella gente que se acercaba a Catalina y Catalina tenía en esa época unos veinte años de edad. No más de eso. Aquella gente, hombres, mujeres, jovencitas, señores. Aquellos que se acercaban a Catalina y quedaban prendados de la altura de su doctrina y seguían visitándola y pidiéndole consejo. Esos se arriesgaban a que les lanzaran el epíteto despectivo ya te encatalinaste. La santidad de esta mujer iba recorriendo los vericuetos de la antigua Siena y llegó necesariamente a los oídos del gran profesor de teología. Por supuesto, él había invertido no sólo tiempo y dinero, sino sobre todo esfuerzo en alcanzar esa altura intelectual. Al oír que una mujer, demasiado joven y sin ningún estudio, iba acumulando discípulos, sintió primero curiosidad y luego la despreció en el corazón. Pensó para sus adentros que se trataba de una histérica, o de una fanática o de una impostora. Y entonces sacó cuidadosamente de su apretada agenda un tiempo para ir a visitar a esta impostora, para hacerla quedar en ridículo y para que cesara ese espectáculo grotesco de la gente que iba a la casa del tintorero. Porque ese era el oficio al que se dedicaba el papá de Catalina. Mientras que este hombre había hecho sus estudios en los lugares más prestigiosos de la época. He aquí que la hija de un tintorero estaba dando clases de teología. Hasta dónde caerá este oficio. ¡Dios mío! Así que nuestro ilustre teólogo saca tiempo de su apretada agenda y una noche se aparece sin avisar en la casa de Jacobo Benincasa, tal era el apellido de este hombre, papá de Catalina.

Y efectivamente, aparece la muchachita, más bien de mediana estatura. Según declaración de los testigos de la época, no era muy bella, que es un modo cariñoso de decir que era fea. Lo cual le da esperanza a mucha gente. No digo más. Sus ojos eran grandes y hermosos. Eso dicen. Pero ella no era particularmente hermosa. Bueno, este hombre ve la muchachita que además tenía algunas costumbres exóticas. Muchas veces andaba descalza. Y además, cuando había una reunión, sobre todo con personajes como este ilustre teólogo, ella escogía sentarse directamente en el suelo. Todo eso le parecía exótico, exagerado, manipulador al gran teólogo. Pero se establece la conversación, él pregunta, y empieza a sorprenderse, pero ya no se sorprende de los pies descalzos o de que ella se siente en el suelo. Se sorprende de la calidad y profundidad de las respuestas. Entonces él empieza a subir el tono de la conversación y esta mujer no pierde el ritmo. No solo lo acompaña, sino que pronto lo pasa. Y el que llegó como gran profesor, después de un rato se siente discípulo y siente que es ella la que tiene mucho que enseñarle a él. Aquella noche, vencido en su amor propio, pero al mismo tiempo alegre por lo que ha encontrado. Sella la victoria de Catalina con estas palabras: Yo conozco la teología, pero conozco solo su corteza, el núcleo, la savia, la vena, la conoces tú. Ese es el verdadero conocimiento. Esa es la inteligencia interior.

Esa es la comprensión que Santo Tomás de Aquino llamaba por connaturalidad. Santo Tomás dice muy claramente. Hay dos modos de conocimiento. Hay un conocimiento que podemos llamar por objeto, por aprendizaje, por esfuerzo. Hay otro conocimiento que es por connaturalidad. La diferencia se nota bien en el tema de los idiomas. El primer idioma uno lo aprende de manera connatural. Cuando éramos bebés no nos llevaron a una academia para aprender español. Lo aprendimos por ósmosis. Seguramente un segundo idioma, si lo tenemos, lo hemos tenido que aprender de otra forma. Ahí está la diferencia entre los dos conocimientos. Lo mismo vale para la teología y para la ciencia de Dios. Hay un conocimiento que es el de la corteza, hay un conocimiento que es el de sentarse y tomar apuntes y es valioso, pero qué poco vale si no está el otro. Y el otro es conocimiento por connaturalidad y el conocimiento por connaturalidad solo se da conviviendo con Dios.

Es convivir con Cristo, es que te empiecen a suceder las cosas que le suceden a Cristo. Es acompañar a Cristo en su persecución, en su oración, en su soledad, también en su alegría. Ese es el conocimiento que da el amor. Y estas son las tres sorpresas del amor que Cristo trajo, un amor sin retribución que algunos se atreven a practicarlo y experimentan frutos deliciosos y que ese amor da un conocimiento por con naturalidad, conocimiento interior de la Palabra y del misterio divino.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM