Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Simeón es la imagen de la esperanza del Antiguo Testamento, que al fin alcanza su plenitud en Jesucristo. Así también la vida humana se llena de sentido en Aquel que ha venido para ser nuestra luz.

Homilía n29d009a, predicada en 20101229, con 9 min. y 27 seg.

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Transcripción:

El tiempo de Navidad, queridos hermanos, es un tiempo litúrgico relativamente corto. Va desde la Nochebuena que llamamos hasta la fiesta del bautismo del Señor. En el calendario litúrgico aquí en Colombia, esa fiesta del bautismo es el domingo después de la Epifanía, y la Epifanía es el domingo, inmediatamente después al primero de enero. Eso significa que en un año litúrgico como este en que nos encontramos, el tiempo de Navidad dura apenas unas dos semanas, pero en esas dos semanas hay tanto que disfrutar y hay tanto que aprender. Por ejemplo, disfrutar cómo Dios cumple sus promesas. Este hombre, Simeón, que aparece en el evangelio de hoy, podemos decir que es un representante de la esperanza de Israel.

El Antiguo Testamento había acabado en notas supremamente tristes. Es como una canción que hubiera acabado en pura melancolía. Y por eso qué hermoso ver en el evangelio de Lucas todos esos cánticos, todas esas escenas de júbilo. El papá de Juan Bautista, que se llamaba Zacarías, rompe su mudez y empieza a cantar. La Santísima Virgen, saludada por Isabel, entona también un himno de júbilo y de alabanza. Y hoy vemos a este buen hombre, a este anciano llamado Simeón, también alabando, cantando la misericordia de Dios. Hay ese contraste notable entre el final del Antiguo Testamento que tiene todas esas notas tristes y este comienzo del Nuevo Testamento, que está tan lleno de canto, de júbilo y de alabanza al Señor. Y podemos decir que Simeón es la prolongación de ese Antiguo Testamento. Podemos imaginar al Antiguo Testamento como extendiendo, como alargando sus brazos en la prolongada ancianidad de Simeón.

Y podemos decir que en esos brazos Simeón Dios estaba respondiendo a la esperanza de sus pequeñitos, de sus pobres. Porque después del destierro a Babilonia, los israelitas habían quedado reducidos a un pequeño resto. La palabra que se utiliza en hebreo para nombrar a ese resto es los anawim, los pobres de Yahvé, los pobrecillos, los pequeñitos, los que han aprendido a desconfiar de los poderes de este mundo, los que no se fían tampoco de sus propias fuerzas, sino que con vigor y con verdadera esperanza, ponen toda su confianza únicamente en Dios. Simeón es uno de esos anawin. Simeón es uno de esos pequeños, de esos que han puesto toda su esperanza en el Señor.

Y creo que la Iglesia, al presentarnos este ejemplo, nos está invitando a que también nosotros tengamos esa esperanza que consiste en dos cosas; Primera, no escandalizarnos ni dejarnos deprimir por las miserias de este mundo, ya se trate de grandes científicos que resultan ateos, de grandes políticos que resultan corruptos, de grandes filósofos que quedan confundidos, de grandes líderes que viven únicamente para sí mismos. Esta vida está llena de una soberana cuota de decepciones. Pero el cántico de Simeón nos invita a no poner nuestra alegría ni nuestra esperanza en la carne humana. Ver pasar los imperios de este mundo. Ver pasar la arrogancia de tantos discursos. Ver cómo suben y bajan las estrellas de la farándula mientras nosotros permanecemos firmemente anclados en nuestro Dios y Salvador. Eso nos enseña Simeón.

No andar uno poniendo su confianza en tanta gente, ni siquiera a veces, ni siquiera en la persona misma del sacerdote, porque el sacerdote también decepciona. Creo que cualquiera de nosotros, sacerdotes, si nuestra vida fuera examinada con una lupa suficientemente grande, seríamos motivo de decepción y de escándalo para otros. Así que este Simeón nos está enseñando que si queremos tener una esperanza indestructible y una paz que merezca la pena, tenemos que poner nuestra confianza únicamente en Dios.

Pero este Dios no nos va a fallar, este Dios va a ser nuestro descanso, este Dios va a ser la saciedad de nuestros anhelos, como también le pasó a Simeón. Simeón dice en su cántico, ahora puedes dejarme ir, irme en paz. Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador. Y en esas palabras está diciendo que el que pone su confianza en Dios encontrará respuesta a sus plegarias. El que pone su esperanza en el Señor no será defraudado. Es una gran lección que tenemos que aprovechar. Pero también podemos decir que Simeón nos da respuesta a una de esas grandes preguntas que tiene la raza humana. Y esa pregunta es el para qué de la vida. Lo que se llama el sentido de la vida. ¿Para qué hemos venido a esta tierra? Hay gente que no lo sabe, vive desorientada, malgasta su juventud y vive con amargura su vejez. ¿Para qué la vida? ¿Cuál es el sentido de la vida? Simeón lo responde con palabras sencillas al alcance de todos. Mis ojos han visto a tu Salvador.

Para eso hemos venido a esta tierra, para ver y conocer, para experimentar la salvación de Jesucristo. Así también dijo el mismo Cristo en el Capítulo Diecisiete de San Juan. Dijo nuestro Señor en su famosa oración sacerdotal. En esto consiste la vida eterna, le dice Cristo a su Padre celestial. En esto consiste la vida, en que te conozcan a ti, Padre, y a tu enviado Jesucristo. El sentido de la vida es ese. La vida tiene sentido cuando uno conoce a Jesucristo, la vida encuentra su gran, ¿para qué? Cuando uno abraza la salvación de Jesucristo, cuando la recibe, la disfruta, la agradece, la vive y también la participa a los demás. Esto es conocer al Señor. Y aquí encontramos la relación con la primera lectura, porque en la primera lectura el evangelista San Juan está criticando a aquellos que dicen que conocen a Dios porque tienen muchas teorías o filosofías en su cabeza. Él está, parece, disputando sin nombrarlos con los gnósticos de aquella época.

Y entonces dice San Juan que lo de conocer a Jesucristo no es asunto puramente de ideas, teorías, conjeturas, especulaciones o recuerdos. Lo de conocer a Jesucristo es vivir los misterios de Cristo, es pasar por aquello que Cristo encontró. Es hacer el camino con él y por tanto, es llevar una vida santa como la que llevó también él. Eso es conocer a Jesucristo, y ese es el sentido de la vida. Hemos venido a esta tierra para eso, para tener experiencia profunda, en cierto sentido intransferible, experiencia y evidencia irrebatible del amor de Dios manifestado en Cristo, hasta el punto de poder decir como San Pablo ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Hermanos, que este tiempo tan breve pero tan hermoso de Navidad, deje huella en nosotros. Esta no puede ser una Navidad más. Este tiene que ser el tiempo de encontrar a Jesús, de saber que en él está, como dijo Simeón, la saciedad de nuestros anhelos. En él está cumplida nuestra esperanza. A él la gloria por los siglos. Amén.

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