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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los seres humanos necesitamos experimentar el amor de gracia, de regalo.
Homilía n29d005a, predicada en 19991229, con 21 min. y 30 seg. 
Transcripción:
El evangelista Lucas nos cuenta una serie de detalles de la infancia de Jesucristo que solo están en su evangelio y que por eso resultan particularmente preciosos para nosotros. Por ejemplo, esta escena de la presentación de Jesús en el templo, se pueden hacer muchas reflexiones sobre ese momento. Yo hoy quisiera compartir con ustedes unos pensamientos sobre la figura de Simeón. Simeón, un hombre justo y piadoso, un hombre que esperaba el consuelo de Israel, un hombre relacionado con el Espíritu Santo. Tres relaciones, tres momentos de la obra del Espíritu se mencionan. Simeón. El Espíritu moraba en él, el Espíritu le había dado un oráculo, una promesa, y el Espíritu lo condujo ese día al templo. Un hombre del Espíritu, podríamos decir, Simeón. Pues bien, Simeón toma a Jesús en brazos y dice ese cántico que la Iglesia Católica lo ha tomado para la oración de la noche. Ese cántico se dice en las completas. La última oración, antes de entregarnos al descanso de la noche, según la liturgia de las Horas. Lo que quiero destacar de Simeón es que es un hombre que espera, que aguarda y que descansa. Un hombre que espera, que resiste y que finalmente encuentra su descanso. Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Cuando descansó Simeón, cuando pudo tomar a Jesús, el Mesías en sus brazos. El primer punto de esta meditación es ese, nuestro descanso en la carne de Cristo. Es algo maravilloso. Santo Tomás de Aquino analiza los movimientos del corazón humano. ¿Qué hace que una persona se ponga en movimiento? ¿Por qué estas paredes, estas bancas están ahí, no cambian, no evolucionan, no se mueven? ¿Por qué los animales siguen repitiendo su propio ciclo? Los pájaros hacen obras maravillosas en sus nidos, pero desde hace miles de años se están haciendo los mismos nidos. ¿Qué hace que las cosas cambien? ¿Qué pone en movimiento? Ese análisis es precioso. Y Santo Tomás dice que todo movimiento depende de un amor. Solo el amor pone en movimiento. Y en los distintos tipos de amor producen distintos tipos de movimiento. Cada amor tiene su propio descanso. Por ejemplo, una persona que tiene hambre se pone en movimiento hacia las tres de la mañana, asalta la nevera, se ha puesto en movimiento. Encuentra lo que buscaba, sacia su apetito y que siente descanso. Ya no sale a buscar otra nevera. No, basta eso, su apetito ha sido saciado. El deseo sexual es algo semejante. El hombre busca la mujer, la mujer desea al hombre, se encuentran, se aman intensamente y se produce en condiciones favorables las propias de un amor verdaderamente humano. Se produce una sensación de satisfacción, de descanso, de reposo. Se ha logrado lo que se quería. Lo mismo podríamos decir de la sed o del descanso mismo. Llegamos agotados del trabajo y entonces como que le salen palabras a la camita. Recuéstate, ven, ven a mis brazos. Y entonces nos tendemos cuan largos y anchos somos y sentimos el descanso. Esto era lo que yo quería. Todos estos ejemplos provienen de la vida natural el alimento, el sexo, la sed, el sueño. Pero hay algo maravilloso en Simeón. Simeón tenía un impulso así, pero nada se lo podía saciar. Nada. Seguramente él comía, seguramente bebía, descansaba, seguramente tenía su esposa, seguramente. Seguramente muchas cosas. Pero nada de eso le producía descanso. ¡Qué maravilloso esto! Un género de amor, un tipo de hambre. Un movimiento que solo se detiene cuando encuentra a Jesucristo. Ahora te encontré y puedo descansar. Ahora te encontré, tú eres mi descanso. Fíjate cómo es Lucas, tres veces nos ha dicho que Simeón estaba unido, relacionado, poseído por el espíritu. Esa es la obra del espíritu. San Pablo hace muchos contrastes en sus escritos. Entre el amor que proviene del Espíritu y la mentalidad que nace del Espíritu y el amor que proviene de la carne y la mentalidad que proviene de la carne. La idea es que el amor que proviene del Espíritu y el movimiento que produce el espíritu y la saciedad y el descanso que trae el Espíritu apuntan hacia Jesucristo. Nosotros, en nuestra comunidad dominicana recordamos a una niñita. Una terciaria dominica que murió siendo niña, Imelda Lambertini, aquella que murió el día de su primera comunión. A ella le sucedió lo que cuenta aquí la Escritura. En esta niñita el Espíritu Santo empezó a obrar y a obrar y a obrar de tal manera que ella sintió todo, todo, todo su amor, todo su anhelo en Jesucristo. Y el día que ella comulgó, sintió que todo estaba completo, perdió todo impulso hacia esta vida y se despidió de ella, murió. ¡Qué amor! Eso quedó tan grabado en la iglesia que acuérdate, hay una invocación al Santísimo que dice eso Jesús Sacramentado, mi dulce amor y consuelo. ¿Quién te amará tanto que de amor muriera? Ese es el amor que da el Espíritu, un amor que nos pone en movimiento hacia Jesucristo y que hace que nada nos haga descansar, sino Jesucristo. Mira, tienes amigos, amigas que bien, pero no está ahí mi descanso, tienes salud, tienes una casa, tienes unos hijos, tienes una esposa, tienes alimento, bellísimo, todo bellísimo, gracias. Pero no me sacia, no me sacia. Hay algo en mí que no se sacia, hay algo que me atrae, hay algo que me mueve más allá, más allá. Esos patriarcas, empezando por Abraham, fueron gente en la que estaba obrando ya este mismo espíritu. Pensemos, por ejemplo, en él, en Abraham, un hombre que tenía lo que se podía aspirar en ese momento a tener cada cultura y cada época de la humanidad tiene como su modelo, por así decirlo, de lo que significa ser feliz. Para nosotros, la felicidad natural, llamémoslo así. La felicidad normal hoy supone ciertas cosas una vivienda, un carro, un sistema de salud prepagada, eh, unos hijos que estén desarrollándose, que estén creciendo, que se estén educando donde se quiere. En tiempos de Abraham la felicidad constaba de otras cosas tener muchos camellos, tener ovejas, tener criados. Abraham es el hombre que tenía todo eso y que sin embargo, y que sin embargo tiene oídos para una voz. Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que yo te mostraré. Y Abraham se pone en camino. Cualquiera diría Abraham, no seas loco si lo tienes todo. Y él dice: No, no, hay algo en mí que no, que no, hay algo que me pone en movimiento. El Espíritu Santo puso en movimiento a la historia humana hasta llevarnos hacia Jesucristo. Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Mis ojos han visto a tu Salvador. Mis ojos han visto a tu Salvador. El que tú me das. El que tú me das. La salvación que tú me das. El alimento que tú me das. Quiero terminar con una pequeña reflexión sobre ese punto. Las cosas que producen la felicidad natural son todas cosas que provienen de un intercambio, de un negocio, de una conquista, incluso en el amor humano. Ustedes ya conocen ese apunte, ¿no? ¿En qué consiste un noviazgo? En que un hombre persigue a una mujer, hasta que ella lo atrapa. De manera que, de modo que incluso en el plano humano todo es conquista. Aquí varias parejas, algunas de ellas incompletas por lo que estoy viendo. Pero si preguntáramos a cada pareja, ahí hubo un proceso de conquista. Decía nuestro amigo Chesterton que el primer deber del hombre enamorado es ponerse en ridículo. Si un hombre no quiere pasar por el ridículo, nunca logrará nada, porque precisamente la mujer sabe hasta dónde está interesado el hombre, viendo qué tipo de monerías es capaz de hacer. Un hombre que sea demasiado sensato, que no arriesgue nada, que no apueste nada, ese es un hombre que puede ser un gran amigo, un gran consejero, un gran socio, un gran prestamista o lo que sea. Pero no va a ser la pareja de mi vida. De modo que ha habido un esfuerzo de parte y parte cada uno. ¿no? Por eso dicen algunos muchachos. No sé si ese lenguaje ya ustedes lo conocieron, dicen no, ya le puso la artillería pesada. Cuando ya la persona entra con toda, con todo su esfuerzo, a lograr su cometido, toda esa felicidad natural es una felicidad conquistada. Es lo que yo quiero decir la felicidad conquistada. Un día la persona se monta en su automóvil el modelo que quería y que le ha costado y siente la satisfacción. Este era el carro que yo quería y esta es la causa por la que yo he trabajado. Yo quería un día sentirme vestido así como estoy. Quería estos zapatos, quería. Todo ha sido conquista. No cabe duda de que esa es una felicidad humana, trabajar por algo y conseguirlo. Eso produce una gran satisfacción, no lo vamos a negar. Y creo que todos, de una o de otra manera, hemos tenido que hacer sacrificios en nuestro propio camino de vida hasta lograr ciertas metas u objetivos. Pero aquí se habla de otra lógica. Mis ojos han visto, a aquel a quien has presentado ante todos los pueblos, el que tú has regalado, el que tú has ofrecido. Es una lógica diferente. Qué dentro de mi vida. Qué dentro de mi vida. No me lo tengo que ganar. Después de tratar durante algunos años a las parejas, a parejas de muy diversa condición, parejas en muy buena salud afectiva, parejas destrozadas, parejas separadas, parejas, parejas y parejas disparejas. Después de muchos años en eso, yo he sacado algunas conclusiones. Por ejemplo, he visto que con el paso de los años hay una necesidad profunda que surge en los corazones, no por razones religiosas, sino porque así está hecho el corazón humano. Yo lo formularía con esta pregunta ¿Qué tanto de amor puedo recibir sin tener que ganármelo? ¿Cuál es el amor que es para mí sin que yo tenga que dar algo? Esa pregunta que da como para toda una reflexión en parejas, en matrimonios, en familias. Esa pregunta es vital. Mi pequeña experiencia sacerdotal es que de la manera como se responde a esa pregunta, depende si la pareja dura o no, porque el corazón humano siente gozo de conquistar ciertos espacios, ¿no? Siente gozo el hombre de lograr a la mujer que le gustaba, que quería. La tengo, la tengo cerca, la puedo abrazar. Es mi esposa, es mi novia. Ella también tiene su propia alegría, se ha fijado en mí. Lo muevo. Esto produce alegría. Pero pasando el tiempo, No basta esa alegría. ¿Qué parte de amor puedo yo recibir sin tener que comprarlo, sin tener que dar nada a cambio? Y por eso, después de un tiempo de matrimonio, la supervivencia del matrimonio mismo está en que cada uno tenga la inteligencia de aportar aquellos detalles que le hagan sentir a la otra persona que no tiene que comprar todo. Porque si la pareja está tensa en ese sentir que todo tiene que comprarlo. Normalmente se echa a perder la intimidad. Es muy difícil, muy difícil. Una persona que siente que tiene que conseguir todo, que hacer méritos para todo, que sí se portó bien, entonces sí hay, y si no se portó bien. Estoy muy cansado o muy cansada. Ese sentir, esa exigencia, sentir esa tensión, va produciendo una sensación de humillación y de soledad en el afecto. Esta es una manera de decir que el corazón humano, aunque disfruta conquistando y ganándose las cosas, el corazón humano necesita de un amor que sea gratis, de un amor que sea gratis. Como normalmente y comúnmente hay muchisisisimo más afecto, mayor capacidad de dar y de recibir afecto. En la mujer es casi siempre la mujer la primera que percibe eso. Y por eso el hombre puede hacer muy feliz a la mujer con muchas cosas muy sencillas, muy sencillas. Ese detalle inesperado, esa sorpresa grata, ese cariño que no se esperaba todo ese tipo de cosas, de detalles que nosotros los hombres a veces ni siquiera consideramos, son supremamente valiosos para la salud de una pareja, porque cuando llega ese detalle, entonces ella siente ¿De veras me ama? ¿De verdad me ama? O sea, no me está utilizando, no está haciendo un negocio conmigo. Yo no soy una inversión más. Decía una vez una muchacha casi histérica: Es que yo no soy una inversión suya. Yo no soy otro negocio que usted hizo. Esos detalles, ese tipo de regalo. ¿Y por qué eso gusta tanto? Yo encuentro la explicación en el Evangelio de San Lucas porque el corazón humano reclama una cosa que se llama gracia, gracia. Algo que llegue como puro regalo, como puro regalo. Simeón había trabajado muchas cosas y Simeón fue casado. Yo no sé si Simeón fue casado. Pero Simeón fue casado; seguro que tuvo que conquistar no a la novia, porque en esa época no se conquistaba la novia, sino a los papás de la novia. Pero bueno. Y tuvo que ganarse muchas cosas. Pero hubo una cosa que no tuvo que ganársela ya él llevaba años luchando por muchas cosas y aquí encontró un regalo. Es la salvación y es la salvación que tú das, que tú regalas. El gozo más puro, el gozo más grande está en eso, está en eso. Y por eso cuando uno habla con esas parejas que van creciendo, que van madurando, por qué no decir lo que van envejeciendo juntas, como les pasa a ustedes. Entonces, cuando uno se encuentra con esas parejas, invariablemente dicen ya cuando son de edad avanzada ya se van desempeñando. Dicen ahora tal vez hay menos pasión, hay menos curiosidad, hay menos, pero ahora hay más amor, hay más amor. Entonces los programas cambian. ¿No? Los programas cambian ya son otros programas menos emocionantes, vertiginosos y acelerados que los de otras edades. Pero ¿Qué es lo que ha cambiado? La sensación de que es un regalo, de que el amor es un regalo Bueno. Recogiendo nuestras enseñanzas del día de hoy, lo que estamos diciendo es, en primer lugar, una alabanza para la acción del Espíritu Santo que toma el corazón y le produce un hambre que no se las hace a nadie, sino Cristo. Bienaventurado el que tenga esa hambre. Y segundo pensamiento en el corazón humano hay una necesidad y una posibilidad de experimentar el amor de gracia. El amor que no es conquista, ni negocio, ni transacción, ni intercambio, ni trueque. El amor que es puro regalo, me ama porque me ama. Y eso, eso puede frenar la caída del mundo. Cuando una persona siente eso, le cambia la vida. Eso le cambia la vida. Yo he conocido dos. Si no son tres casos de personas ya dispuestas a suicidarse, que se han detenido porque les llegó la noticia de un amor así. Mis hermanos, sigamos nuestra celebración. Digámosle a Cristo Jesús que nos envíe ese espíritu, que nos dé hambre de Cristo Jesús y que con esa percepción de la gracia nosotros también nos llenemos de gracia y de regalo, y seamos regalos y gracias para nuestros hermanos. Amén.

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