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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Niño perdido en el Templo.
Homilía n29d003a, predicada en 19981229, con 17 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Notamos cómo en estos misterios de la infancia de Cristo, misterios que el Santo Rosario llama gozosos. Siempre hay gotas de hiel, siempre hay un rastro de amargura. No fueron misterios de gozo completo. Sino más bien misterios, con esa incertidumbre que tiene el alba, cuando todavía quedan muchas sombras, muchas penumbras y donde es fácil confundirse. Así, por ejemplo, el misterio de la Anunciación, la declaración del amor de Dios, como me gusta llamarlo, tiene una inquietud, tiene una sombra. En efecto, nos dice la Escritura que José queda en incertidumbre. Podemos imaginar esa incertidumbre de José que casi le lleva a separarse de María. Como un gran dolor para él. Y ella, que de alguna manera quisiera explicar el milagro que ha sucedido, o no habló. O al hablar no podía infundir la perfecta credibilidad en el corazón de José. Aunque el mismo José no rechazará las palabras de María. Una cosa es aceptar los argumentos y otra cosa es convencerse. Esto lo sé yo por experiencia, porque alguna vez me ha sucedido, que hablando con personas de otras religiones o con personas ateas, aunque acepten los argumentos y aunque no tengan más que decir, tampoco creen. El hecho es que podemos suponer razonablemente, una pequeña pero bien profunda tormenta de sentimientos tanto en María como en José. No era fácil para ella explicar, no era fácil para su esposo entender. Y de este modo, esa maravilla de la declaración del amor de Dios queda, por decirlo así, amenazada. No significa que alguno de los dos hubiera pecado. No, pero sí significa que ese trance por el que hubieron de pasar, sí sirvió para que sus corazones tal vez temblarán, oraran más, se sintieran indigentes ante Dios. De manera que ese gozo no fue el gozo completo, sino que hubo siempre esa pequeña angustia. Y llega el momento del nacimiento. Y ahí se juntan varias angustias que las tenemos frescas por la liturgia de estos días. Empezar por el viaje hacia Belén en esas condiciones. Y luego el no poder encontrar posada. No necesariamente por el egoísmo o el rechazo de las personas. Muy fácilmente se ha interpretado eso de que no encontraban posada en términos de que les tiraban la puerta en la cara. Tampoco. Tampoco hay que llegar hasta allá. La afluencia, de judíos hacia Belén debió de ser inmensa. Y quienes conocen los hospedajes, entre comillas, los hospedajes de los pobres en el Medio Oriente, todavía en nuestro tiempo, como sería en aquellas épocas. Saben que en esos hospedajes no hay el mínimo de privacidad. Cuando a uno le hablan de una posada, uno se imagina como el cuartico de los casados, los cuartos de los solteros, ¿no? Muchas veces lo que había en estas posadas era un patio grande. Y entonces se amarraban en algún lugar cercano las bestias del camino. Y en esa especie de patio grande, en un revuelto y en una promiscuidad inmensa, pues se acomodaban como podían. Cuando Lucas dice: No había lugar para ellos en la posada. Una posible traducción era ninguno de esos lugares era para ellos, que es algo ligeramente distinto. Es decir, no era el lugar para un parto, no era el lugar, en medio de un patio con decenas de espectadores, así fueran respetuosos o pudorosos, era difícil. O sea que no hay que necesariamente atribuir a la maldad o al egoísmo de los hombres. Probablemente alguna familia hubiera podido estrecharse aún más, hubiera podido abrir algún algún campo. Pero es que Lucas no dice que ellos hubieran llegado donde ninguna familia, sino Lucas habla de la posada y dice que ese no era lugar para ellos. Sea lo que fuere. El hecho es que las angustias de ese día. Pues también de alguna manera son una nubecilla, son una sombra en el gozo inmenso del nacimiento. El nacimiento del Mesías, el nacimiento del Mesías, queda así como un gozo inmenso, pero ensombrecido, ensombrecido por esta angustia. Luego está la visita de los Magos. Y sabemos lo que sucede. Se les avisa, que Herodes persigue al niño para matarlo. O sea que está el reconocimiento del mundo pagano, pero está también la persecución. Antes, sin embargo, de esa visita, está esta visita al templo, el gozo de ofrecerle el primogénito a Dios. Las palabras maravillosas de Simeón y un oráculo: Una espada te atravesará el alma. Por completar esos misterios de la primera etapa de la vida de Jesucristo. Pues algo parecido podemos decir de Cristo a los doce años. Los niños antes de los doce años usualmente no acompañaban esas peregrinaciones por razones prácticas. No había servicio alguno de transporte, la caminada era fuerte, prolongada, sostenida. Primera vez que va al niño al templo. Para ellos, en esa mentalidad, ya esa ida del del niño al templo ya no era la ida de un niño. De alguna manera era como la entrada en la juventud y casi en la edad adulta, en una época en que mucha gente moría antes de los cuarenta años. Todas las edades estaban como corridas. No era extraño encontrar mamás a los trece años, no era extraño encontrar hombres casados a los dieciséis o diecisiete. De manera que llegar a los doce años era prácticamente ser un adulto. Y con ese sentido va Jesús al templo y las palabras que él le dice a María, cuando la pérdida en el templo no son las palabras de un niño, son las palabras de un adulto que ya sabe para qué es su vida. De manera que de pronto nos toca cambiar el enunciado de ese misterio del Rosario. Porque precisamente el sentido de ese pasaje de Lucas no es hablarnos de un niño extraviado, sino hablarnos de un joven que toma decisiones, de alguien que sabe cuál es el rumbo de su vida. Es la entrada de Jesús, de alguna manera, en el mundo de los adultos. Y lo maravilloso precisamente, es que ese adulto, ese que ya sabe cuál es su vida, vive en obediencia, en Nazaret. La obediencia del niño no tiene mucho mérito. Quien haya visto a un niño caminando de la mano de la mamá, sabe que esa obediencia no tiene mucho mérito. Al niño, simplemente no se le ocurre para dónde más coger. Si hay una escena particularmente graciosa, graciosa pero que también le causa a uno un poco de impacto en el corazón, es ver a una mamá afanada llevando a un niño pequeño. El niño queda reducido poco más que a un bultico que camina y va en volandas, pero sabe que tiene que correr. La mamá va apenas caminando rápido, pero él tiene que correr cuanto puede porque si se le pierde la mamá se le perdió todo y estallará en llanto. Esa no es obediencia. Esa no es obediencia. Por eso una vez se perdió un niño pequeñito en un supermercado y entonces le decía a una de las cajeras, señora, usted no ha visto a una mujer como mi mamá sin un niñito como yo, esa no es obediencia. La obediencia es cuando una persona tiene su voluntad, cuando ya se ha constituido su voluntad, y así constituida, se resuelve a seguir otra voluntad. Lo que nos muestra ese pasaje de Lucas no es al Niño Jesús que se les perdió en el centro comercial de Jerusalén, No, es el joven Jesús, así se hable ahí de doce años, dentro de esa cultura, dentro de ese ambiente, en esas circunstancias y con esos dolores que ha vivido, es un joven. El joven Jesús, que ya ve constituida su voluntad. Y lo admirable precisamente, es que esa voluntad él la pone en el camino del servicio, de la obediencia, del silencio. Eso es, lo admirable. De aquí lo ridículas las especulaciones de los que dicen Bueno, ¿Y qué hizo Jesús entre los doce y los treinta años? Esa pregunta hay que hacérsela en una cultura como la nuestra, un niño de doce años, pues es un ser que no puede valerse, que no tiene mucha claridad. Realmente a los doce años aquí es un niño, pero Jesús a los doce, insisto, no es un niño, es un joven. Y si su camino hubiera sido el matrimonio. Seguramente los papás ya a esa edad estarían pensando con quién se iba a casar ese joven. Como María, que sabemos que por esas edades, por esas edades, vino a acordarse el matrimonio o la unión con José. Así pues, los que hablan de qué hizo Jesús entre los doce y los treinta años están pensando en los niños de hoy. Claro, ¿A los doce años que está haciendo un niño? pues sabe ir al colegio y sabe hacer tareas. ¿Y a los treinta años qué hace una persona? Tiene una profesión, tiene una cuenta de ahorros, tiene un carro, tiene lo que sea, es independiente. Es demasiada la diferencia. Pero en el caso de Jesús eso no era así. En el caso de Jesús podemos estar ciertos de que lo que nos quiere enseñar Lucas es que cuando Jesús ya entró en el mundo de los adultos, cuando Jesús tuvo constituida su voluntad, vivió en la obediencia, la humildad y el silencio. Nótese este detalle dice Jesús: No sabíais que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre. Así dice Jesús. Y luego se va con ellos a Nazaret. O sea que él reconoce la obra y la presencia de su Padre precisamente ahí, en ese hogar y particularmente en la persona de José. Lo cual nos habla bastante bien de la santidad de José. Bueno, he dicho esa explicación sobre ese pasaje, pero lo que yo quiero destacar sobre todo es cómo, cuando Jesús entra en el mundo adulto. Cuando Jesús se hace una persona hecha y derecha, que es una alegría para José como papá, para María, como mamá, cuando llega eso se les pierde. Todos estos misterios de la encarnación de Cristo, son como alegrías que tienen gotas de amargura. Y es curioso porque los misterios del final de la vida de Cristo son amarguras que tienen destellos de gloria. Parece que la vida de Jesús nunca fue, llamémoslo así, como plana, tristezas, tristezas, negrura, oscuridad y sin sentido. ¿No? Eso no fue. Tampoco fue gozo pleno, total, absoluto. Tampoco al principio de la vida, gozos inmensos pero salpicados de dolor. Y al final de la vida, amarguras inmensas pero salpicadas de gloria y de dicha. También en la cruz, que es tan oscura, se puede ver luz, así como también en la Navidad, que es tan luminosa, se puede percibir la sombra, la tiniebla, la angustia y el dolor. Solo al final, solo pasada la Pascua, llegará una alegría, llegará un triunfo, llegará un gozo que ya no tenga sombra alguna. Y entonces la Navidad será completa y entonces la alegría será plena. Y entonces podremos nosotros cantar con la plenitud de gozo, con la plenitud de alegría de los ángeles en el cielo.

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