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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El pecado puede llegar a lo más sagrado. Sin embargo, ni la peor traición detuvo el triunfo del amor de Dios en Cristo. Mantengámonos humildes y vigilantes para permanecer en obediencia al Señor.
Homilía msan029a, predicada en 20250415, con 7 min. y 26 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, el Evangelio de hoy nos invita a reflexionar en una frase que estoy seguro impacta profundamente nuestro corazón creyente. Dice Cristo en el momento de la Última Cena uno de ustedes me va a traicionar. Uno de ustedes me va a entregar. Hay tres puntos que quisiera comentar, que quisiera que reflexionáramos frente a estas palabras tan dolorosas y tan solemnes de Cristo nuestro Señor.
Primero es necesario que sintamos el dolor de ver cómo la traición, es decir, el pecado en su forma más perversa, más oscura, más diabólica. Ha llegado hasta el círculo más íntimo de Cristo. Hay un poder de penetración del pecado, un poder que ha logrado abrirse camino hasta llegar a ese recinto, hasta llegar a ese círculo. El más cercano, el más íntimo de nuestro Señor. Ahí, ahí logró entrar el pecado. Y esto tiene que hacernos reflexionar profundamente, porque si nosotros miramos la historia de la Iglesia, encontramos que la escena que presenciamos en el Evangelio de hoy se ha repetido muchas veces ¿en qué sentido? en el sentido de ver cómo el pecado penetra hasta los círculos más íntimos de la fe cristiana y de la Santa Iglesia.
Cuando nosotros pensamos en las inmoralidades y en las incoherencias que han tenido algunos Papas, cuando nosotros pensamos en los abusos físicos, espirituales o de conciencia que han sucedido en el contexto del ministerio sacerdotal. Cuando nosotros pensamos en la corrupción que ha entrado en algunas curias diocesanas, en algunos seminarios ¿qué debemos pensar, hermanos? Sino que se repite una y otra vez la escena de este Evangelio. Es decir, que el pecado se las arregla para penetrar hasta lo que parece más cercano al Señor, lo que parece más sagrado, lo que indudablemente tendría que hablar solamente el lenguaje de Dios.
Pero esta constatación, hermanos, y aquí pasamos al segundo punto. Esta constatación no debe dejarnos sumidos simplemente en la tristeza. Darnos cuenta de que el pecado tiene esa astucia y ese poder de penetración. En ningún momento debe convertirse como en una especie de homenaje de nuestra admiración hacia el pecado mismo, como si dijéramos ¡Oh, qué poderoso eres Pecado!, no. Aquí viene el segundo punto este Cristo no ha sido tomado por sorpresa, y lo que es más admirable, sabiendo lo que se le venía encima y sabiendo la fragilidad de la voluntad de los demás apóstoles, Cristo permanece fiel al Padre y Cristo permanece amándonos con amor de hermano, con amor, de Redentor, con amor perseverante. O sea que si por una parte constatamos la oscuridad y la astucia y el poder de penetración del pecado, eso no nos derriba en nuestra fe, porque estamos convencidos de que más poderoso, más fuerte, más grande es el amor, el amor de Cristo, que por encima de la traición, que por encima de la debilidad y de la inconstancia de sus apóstoles, Él permanece fiel. Y esa lección la tenemos que sacar también de este Evangelio. Es decir, ni siquiera la más asquerosa de las traiciones logró frenar la victoria del amor de Dios manifiesto en Cristo.
El tercer y último punto tiene que ser la revisión de nuestro propio corazón. Para mí es inevitable en este día recordar una frase de un gran santo caracterizado por la alegría y por unos dones carismáticos absolutamente maravillosos. Estoy hablando de San Felipe Neri en el siglo dieciséis. Este sacerdote gran predicador, un auténtico líder espiritual en la ciudad de Roma. Un hombre que derramó tantísima bondad, que dio tanto testimonio. Sin embargo, mira esta frase. Sostenme, Señor, porque puedo traicionarte peor que Judas. Puedo traicionarte peor que Judas. Por eso también nos dice el apóstol San Pablo en la carta a los Romanos. El que esté de pie, mire, no caiga. Nuestra actitud tiene que permanecer en la vigilancia, en la humildad, en limpiar una y otra vez nuestro corazón y en buscar con todas nuestras fuerzas servir al Señor con fidelidad, servirlo con humildad y servirlo vigilando. Porque el mismo Cristo nos dijo velad y orad, el Espíritu está pronto, pero la carne es débil. Así que esa es la tercera parte de nuestra enseñanza.
La primera parte es el poder del pecado, para que no nos escandalicemos cuando veamos que incluso en los lugares más sagrados logra meter su pezuña, logra meter su garra, el enemigo. Segundo, admirar la constancia del amor de Dios, al que nada toma por sorpresa y que permanece fiel a su designio de salvación. Y lo tercero, revisarnos, vigilar sobre nosotros mismos, caminar en la humildad. Caminar en la sencillez. Caminar en la vigilancia. Amén.

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