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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los "Cánticos del Siervo", del libro del profeta Isaías, nos enseñan qué implica reocnocer a Dios como "Señor": quiere decir que nosotros somos sus "siervos" y que por ello debemos aprender qué es ser siervo de Dios. Hoy enfatizamos en que somos flechas de su aljaba: gente de su confianza, útil para su propósito y gloria.
Homilía msan027a, predicada en 20230404, con 29 min. y 51 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, cómo van las lecturas de estos días. Los Evangelios nos presentan acontecimientos que nos van acercando a la Pasión del Señor. Por ejemplo, el día de hoy se nos cuenta una escena propia de la última cena. El día de mañana el Evangelio nos va a contar de cómo Judas llega a la traición, como acuerda un precio con Jesús. El día siguiente, el jueves, pues, vamos a recordar la institución de la Eucaristía, lo propio el Jueves Santo entramos al Triduo Pascual. Entonces los Evangelios nos van llevando como de la mano hacia el misterio de la Pasión de Cristo. Ese es el caso de los Evangelios.
Ahora, qué pasa con la primera lectura. La primera lectura en estos días, lunes, martes y miércoles, es una lectura que está tomada del profeta Isaías. Concretamente son textos tomados de lo que se llaman los Cánticos del Siervo. Son unos textos poéticos muy bellos. Hoy leímos el segundo, porque el primero fue el que se escuchó ayer Lunes Santo, ayer era de Isaías, capítulo cuarenta y dos, hoy de Isaías, capítulo cuarenta y nueve, son Cánticos del Siervo. Esos Cánticos del Siervo tienen mucha belleza, tienen mucha profundidad y tienen mucho misterio. Misterio en el sentido de una fecundidad inagotable, es algo muy profundo.
En esta oportunidad, amigos, voy a centrar mi reflexión en la primera lectura. Me voy a ir, por consiguiente, al profeta Isaías capítulo cuarenta y nueve, a este segundo Cántico del Siervo mañana miércoles, se escuchará el tercer Cántico del Siervo, y el día viernes se escuchará el cuarto y último Cántico del Siervo, que es una descripción impresionante de la Pasión de Cristo en profecía. Esa es la primera lectura de estos días. La excepción la trae el Jueves Santo, porque el Jueves Santo la primera lectura se toma del éxodo por la relación con la Eucaristía. Entonces el jueves lo que vamos a tener es la cena pascual de los judíos en la primera lectura y luego en el Evangelio, la Cena de Cristo con sus apóstoles.
Entonces, en resumen, la primera lectura ¿cómo funciona? la primera lectura funciona como van los Cánticos del Siervo. Primera lectura entonces de Isaías capítulo cuarenta y dos, cuarenta y nueve. Vámonos aquí al miércoles, capítulo cincuenta de Isaías, tercer Cántico del Siervo. El jueves es la excepción, la lectura del Éxodo y el Viernes Santo tenemos los capítulos cincuenta y dos y cincuenta y tres, que son el cuarto Cántico del Siervo. ¿Qué es lo que tienen de profundo y qué es lo que tienen de hermoso estos cánticos?
Yo le pido aquí mientras estoy hablando, le pido al Espíritu Santo que me ayude para poder expresarme y no desdecir de esta hermosura. Y le pido a Dios y ustedes también mientras me escuchan, oren para pedirle a Dios que sus corazones reciban lo que Dios nos quiere mostrar a través de estas palabras. ¿Cuál es la clave? les cuento que yo por lo menos tardé muchos años en descubrir cuál era la clave de estos cánticos. Finalmente, creo que he podido entender algo, pues siempre he ayudado. Uno siempre se ayuda en la Iglesia Católica. La clave esta que todo el tiempo la Biblia nos habla del Señor. Dios es el Señor, Él es el Señor en cielos y tierra, Él es el Creador, Él es el Señor. Pero hagámonos esta pregunta y es una pregunta tan sencilla. Si Él es el Señor, ¿quiénes debemos ser nosotros? ahí es donde viene este en estos Cánticos. Si Él es el Señor, ¿cuál es la palabra que corresponde con Señor?, así como con la palabra Padre corresponde la palabra hijo. Así como con la palabra esposo corresponde la palabra esposa. Si una persona dijera yo soy el esposo, pues uno sabe que él es esposo porque tiene una esposa. Si alguien dice yo soy papá, es papá porque tiene un hijo. Si alguien es hijo, pues es hijo porque tiene un papá. Son palabras y se llaman correlativas. Si nosotros hablamos de padre, estamos hablando de hijos. Si nosotros hablamos de señor, ¿cuál es la palabra correlativa, correspondiente a la palabra Señor? es la palabra siervo.
Entonces, cuál es la fuente, hermanos queridos, ¿cuál es la fuente de la belleza y la profundidad de estos textos que nos están contando qué significa ser siervo? es decir, ¿qué es lo que quiere decir que tú digas que Él es tu Señor? porque nosotros hablamos, Él es el Señor. Bendito sea el nombre del Señor. En el nombre del Señor. Sí. Si lo llamas tanto, Señor, llámate a ti, ¿cómo nos tenemos que llamar? siervos.
Pero un poquito por la mentalidad igualitaria que nos metió la Revolución Francesa. La palabra siervo y la palabra esclavo es una cosa muy horrible. Fíjese cómo aparece aquí. Dice aquí. Me dijo, Tú eres mi esclavo, Israel. Como yo no sé hebreo, es uno de los problemas que tengo. Hay gente que sí estudia, pero no los hebreo. Entonces, la palabra que aparece en griego en la Biblia de los setenta es doúlos, doúlos, es decir, la palabra para decir siervo, esclavo. Entonces él es mi Señor. Cada vez que tú digas ¡Alabado sea el Señor! eso tiene una contraparte, ¿eso qué significa? yo soy su siervo. Eso es lo que significa.
Y la gran pregunta que tenemos que hacernos es si estamos tan dispuestos. Óigame esto, si estamos tan dispuestos a llamarlo a Él, Señor, como estamos dispuestos a llamarnos nosotros siervos. Ahí es donde entra la belleza de estos textos. Pero hay más. Cuando nosotros nos ponemos a pensar que Él es el Señor y que nosotros somos sus siervos, nos damos cuenta que la mayor parte de nosotros hemos sido no solo, como dice una traducción de la Biblia, siervos inútiles, sino que nosotros realmente hemos sido malos siervos.
Y la Biblia en el Nuevo Testamento nos explica varias veces cuál es el problema del mal siervo. Lo explica San Pablo y lo explica a Cristo en dos o tres parábolas, la esencia de un mal siervo, como he sido yo, como hemos sido muchos de nosotros, está en esto. Dios te quiere administrador, eso es ser un buen siervo, el administrador. Y el mal siervo entonces, ¿cuál es? el que se cree dueño y que toma, por consiguiente el papel del Señor. ¿Qué es creerse dueño? creerse dueño es rechazar el Señorío de Dios y decir yo hago con mi cuerpo lo que yo quiera, yo hago con mi vida lo que yo quiera, yo hago con mis talentos lo que yo quiera. Yo hago con mi tiempo lo que yo quiera. Cada vez que decimos yo hago con mi cuerpo, con mi tiempo, con mi vida, con mis talentos, lo que yo quiera, en el fondo, ¿qué es lo que estamos diciendo? que no queremos que Dios sea el Señor ni queremos ser siervos. Ese es nuestro gran error en el lenguaje de Cristo. Esto significa que no queremos ser los arrendatarios de la viña.
Te acuerdas de esa parábola donde hay una viña que un señor le encomendó una viña a unos arrendatarios y luego mandó por los frutos y dijo bueno, manden, manden la cuota. Y como en esa época no existía Sudamericana, entonces ¿qué les tocó? pues llegaron allá los cobradores de parte del Señor y ¿qué les pasó? los maltrataron, los azotaron, los mataron ¿por qué? porque ya ellos se creían dueños, ya ellos se creían dueños, ya no eran señores. San Pablo lo enseña de una manera muy hermosa cuando dice Nosotros somos administradores. Y yo te digo una cosa, si tú quieres sacarle provecho a un retiro espiritual y salir con una actitud nueva, no solo ponerle un parchecito a tu vida, sino una actitud nueva en tu vida. Pocas cosas tienen tanto poder como empezaron a pensar soy administrador porque el dueño es él, el dueño es Él, el Señor es Él, yo soy su siervo, el dueño es Él. Entonces, si yo tengo salud, que la salud de algunos de nosotros ya no es perfecta, ya estamos un poquito así raspaditos, estamos un poquito abollados. Otros tienen una salud maravillosa, Dios los guarde. Pero si uno tiene la salud que tiene esa salud no es para que yo haga lo que se me dé la gana. Esa salud es lo que me da Dios para que yo administre. Dios me dio capacidad de estudiar, eso no es para que yo haga lo que se me dé la gana, es para ver cómo mi estudio va a servirle a los hermanos, cómo mi estudio le va a servir a la gloria de Dios. Yo tengo una profesión, soy ingeniero, soy abogado, soy médico. La profesión que tú tienes. Yo soy administrador de eso.
A mí me parece muy bello, como el Papa Francisco, hasta el cansancio nos dice, por ejemplo, a nosotros los sacerdotes, dejen de considerarse dueños del sacerdocio. Ustedes están para servir, ustedes están para estar a los pies de sus hermanos, para servir a los demás. Entonces lo que yo he recibido por misericordia de ser sacerdote, ¿para qué es? para servir. Entonces llevamos dos ideas. Primera idea que la palabra siervo es correlativa de la palabra Señor, y que cada vez que yo diga Él es mi Señor, estoy diciendo yo quiero ser su siervo. Eso incluye la salud que tienes, la edad que tienes. Yo a veces pienso si yo pudiera tener un poquito más de salud, un poquito más de fuerza, un poquito más de juventud, porque no crean, a veces uno también se cansa, uno también se agota. Y lo segundo que hemos visto es que la Biblia nos enseña que la mejor forma de ser siervos es creerse, saberse, considerarse ¿cuál fue la palabra? administrador. Me encanta que la gente está atenta, administrador. Todo lo que yo tengo. ¿Y qué tengo yo que administrar? hasta el último día de mi vida. Porque hasta el último día de mi vida le sirve a mi Señor, hasta el último día de mi vida ¿por qué? porque cuando uno vaya llegando, que algunos vamos más adelantados, cuando uno vaya llegando que la enfermedad, que las dolencias, que las carencias, que la soledad, que la muerte, tu manera de morir le sirve a Dios, ¿cómo va a ser? si tu manera de morir le sirve a Dios es decir, Cristo nos dio vida ¿dónde está? aquí está mi Señor. La imagen de mi Señor. Cristo nos dio vida hasta la última gota de su sangre. No es que la primera gota era importante y la última no. Cada una de las gotas preciosas de mi Señor y Salvador son redención. Cada una de las gotas de tu sangre, cada una de tus lágrimas. Hoy hemos visto muchas lágrimas, hoy varios hemos llorado y lo que hace falta y lo que hace falta. Pero que esas lágrimas sean diamantes preciosos y que le sirvan a Dios. Por eso el Tratado de las Lágrimas de Santa Catalina de Siena. Por eso la importancia de las lágrimas. Cuando usted le vaya a dar la lloradera que hay gente que le da la lloradera, usted tiene que pensar que estas lágrimas te sirvan, Señor, que no sean un homenaje al fracaso, que no sean un homenaje a la tristeza, que no diga mi enemigo lo he vencido. Dice un salmo que no diga mi enemigo lo he vencido. Cuando usted esté llorando, usted tiene que decir eso, que no diga mi enemigo lo he vencido.
Con esa introducción. Esa era la introducción de la homilía. Con esa introducción vamos a fijarnos en dos o tres versículos de este cántico. Yo quisiera, el sueño mío es ese, que uno pudiera tener unas homilías un poquito más largas, pero no se puede y todo tiene un límite. Entonces solo vamos a tomar dos o tres versículos de hoy, que son impactantes. Isaías, nos da un curso de lo que significa ser siervo. El curso está en Isaías cuarenta y dos, Isaías cuarenta y nueve, Isaías cincuenta e Isaías cincuenta y dos, cincuenta y tres. Aunque del cincuenta y dos solo es como el último versículo. Bueno, estamos en Isaías cuarenta y nueve, segundo Cántico. Repito estas frases, este par de versículos. Hizo de mi boca una espada afilada. Me escondió en la sombra de su mano. Ahí hay otras traducciones. Aquí dice la sombra. Otras traducciones dicen el equivalente al cuenco, al cuenco de la mano, o sea, como se recoge algo precioso. Hizo de mi boca una espada afilada me escondió en la sombra de su mano, me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba. Esos son los versículos que vamos a comentar brevemente para terminar esta homilía.
Una espada afilada. Ustedes que aman la Sagrada Escritura, cuando yo les digo espada afilada. ¿Eso por dónde te va sonando? la palabra de Dios, hizo de mi boca una espada afilada. Acuérdate que la carta a los Hebreos dice que la Palabra de Dios es como espada de doble filo que penetra. Hizo de mi boca una espada afilada. Entonces ahí conectamos con la Palabra de Dios. Me escondió en el cuenco de su mano, en la sombra de su mano, como algo precioso. Me hizo flecha bruñida, parecido a la espada, me guardó en su aljaba. Fíjate que en esos dos versículos, aquí es donde los exégetas que aman así la Escritura se llenan de amor, porque hay un paralelismo. La espada afilada va con la flecha bruñida, el cuenco de la mano va con la aljaba. Entonces la espada afilada y la flecha bruñida tienen que ver con tu impacto, con tu misión, con tu tarea. Una flecha que no tenga filo, una espada que no tenga filo no sirve de nada. Es tu misión. Y el cuenco o la sombra de tu mano y el ser guardado en la aljaba ¿qué es? lo que tú eres. Entonces de qué nos hablan estos dos versículos, de lo que tú eres y cómo tú eres precioso para Dios. Y por eso te tiene aquí y aquí, en el cuenco de su mano. Aquí te tiene el Señor. Como cuando las personas reciben la Sagrada Comunión con devoción, con amor, así como ese tesoro ahí está. Tú eres precioso para Él, así te tiene Él, te tiene Él en su aljaba en aquellos tiempos, pues imagínate lo que era para un guerrero tener su aljaba llena de buenas flechas. Dios cuenta contigo. Tú eres precioso para Él. Eso es lo que nos está diciendo. Pero también nos dice que nosotros somos espada afilada y flecha bruñida. Y ahí vamos a terminar, que esa es la parte de la misión. El cuenco de la mano y la aljaba indican el ser, lo que tú eres. Y la espada afilada y la flecha bruñida indican lo que tú haces, lo que tú estás llamado a hacer.
Entonces, ¿cuál es la importancia de esa espada afilada, de esa flecha bruñida? yo creo que lo podemos recordar con un solo ejemplo de la Sagrada Escritura. Y ese ejemplo es del primero de los mártires, San Esteban ¿qué le pasó a San Esteban? Fíjate lo que nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles. Le daba el Espíritu Santo una sabiduría a la que nadie podía responder. Muchas veces muchos de nosotros hemos sufrido, muchos de nosotros hemos sufrido porque hay gente a la que amamos y ya no sabemos ni cómo hablarle. Sabes ¿por qué? en parte es la dureza de ellos, pero en parte es que nosotros somos flechas sin pulir. Nosotros somos espadas sin filo, espada sin filo. Dios le da a sus siervos una eficacia sobrenatural, como la que tiene una espada afilada, como la que tiene una flecha perfecta que llega donde tiene que llega. Fíjate cómo sucede así con los santos. Recordemos aquí siempre es bueno recordar a los santos. Recordemos aquí como con una flecha con un flechazo San Ignacio de Loyola se ganó a uno de los más grandes santos que tiene la Iglesia, patrono de las Misiones San Francisco Javier ¿cuál fue el flechazo? en alguna ocasión le dijo San Ignacio a Francisco Javier la frase del Evangelio porque Francisco Javier venía de muy buena familia. Él era de Navarra, España, familia acomodada, mucha cultura, muchos estudios. Y San Ignacio vio el momento, preparó la flecha y le disparó. Y le dijo Francisco, Francisco Javier, ¿y de qué vale ganar el mundo entero si pierdes tu alma? herido, herido de amor por Cristo. Ignacio, que tenía una capacidad de observación impresionante, se dio cuenta que la flecha había llegado donde tenía que llegar. Y como decía mi papá de los boxeadores, después se dedicó a golpear en la ceja herida. Entonces se lo volvía a encontrar. Francisco ¿de qué vale ganar el mundo entero si pierdes tu alma?. Y cada vez que le decía era flecha bruñida. Francisco Javier no pudo resistirse a eso, entonces ¿qué hizo? dijo yo dejo todo. Y se unió al pequeño grupo. Al pequeñito grupo de esa primera y santísima generación de jesuitas. Tenemos que orar siempre mucho por la compañía de Jesús, porque Dios le ha dado tanta santidad a esa comunidad. Entonces esa es una flecha bruñida.
Les cuento otra historia porque las historias de los santos son preciosas. Mire esta otra, hablemos de una santa por ejemplo, Catalina de Siena. Estaba el Papa con dudas y con unas vacilaciones, que si me devuelvo a Roma, que si no me devuelvo a Roma. Porque acuérdese que el Papa estaba viviendo en Aviñón. Lo cual era el principio de todos los desórdenes. Porque si el Papa no vive en su propia sede, entonces usted sabe que hay que liderar por el ejemplo, entonces los obispos no vivían en sus sedes y los párrocos no vivían en sus parroquias y nadie se dedicaba a lo suyo o sea, eso fue una tragedia. Los años de Aviñón fueron una tragedia en la historia de la Iglesia. El Papa llegó hasta Génova. Aviñón queda, pues, hacia el sur de Francia. El Papa llegó hasta Génova, Italia, obviamente, y estaba queriendo regresar a Roma pero con esas dudas y vacilaciones. Y esta historia ya la han oído varias veces ustedes. El Papa, en esa vacilación se puso sotana de simple sacerdote y se fue a visitar a Catalina, que estaba en esa misma ciudad. A mí esta me parece de las escenas más conmovedoras. Edad de Catalina en ese momento, veintinueve treinta años de edad tenía Catalina. Era una señorita de veintinueve años y el Papa fue a buscarla y le pregunta el Papa a esta mujer. Por eso, cuando a mí me vienen a hablar las feministas de que vamos a empoderarnos, yo digo ay, si conocieran a Catalina, esa sí es una empoderada, una mujer que fue consultada por un Papa en esas circunstancias. Entonces llega el Papa y le comenta como un amigo le cuenta a su amiga, como un hijo le cuenta la mamá, le pregunta a Catalina ¿y entonces qué hago? y viene ese poder del Espíritu Santo sobre Catalina, una luz que fue completamente sobrenatural. Dios le reveló algo que el Papa había hecho y entonces le dijo Catalina al Papa haz lo que tú le prometiste cuando aceptaste ser Papa, tú le prometiste en secreto que ibas a volver a Roma. Y este hombre que había hecho ese voto en secreto. Preguntó con tono un poco boyacense, sumerce ¿cómo sabe eso? Catalina le respondió. Bueno, ya, esa es la parte mía. Catalina le respondió eso no importa ni cómo sé ni cómo no sé, usted sabe lo que prometió, cúmplalo. Así empezó la renovación de la Iglesia Católica. En esa conversación entre el Papa y una chica de veintinueve años, para que se sepa lo que puede hacer Dios a través de una mujer. O sea ¿qué fue lo que disparó Catalina ahí? un flechazo. Pero es que cuando es de Dios, llega, llega donde es.
Y ¿cuál es el error nuestro? un error que yo he cometido muchas veces. Persona que se dio cuenta del error que cometí, a pesar de mis buenas intenciones, fue mi madre. Que Dios la tenga en su gloria. Mi mamá me veía sufrir, ustedes saben que las mamás lo ven a uno sufrir, me veía sufrir, me veía flaco y desmejorado. Y mi mamá oiga, lo que son las mamás. Y entonces mi mamá dijo lo siguiente. Porque yo siempre le pedía oración a ella. Cuando iba para un retiro, iba para una misión que ahora me toca ir al Paraguay y ella redoblaba oración inmediatamente. Pero sabes lo que me decía mi mamá. Ella empezó a orar con este texto ¿cuál era la manera como ella lo aplicaba?. Que tus palabras puedan llegar. Porque ella se daba cuenta que si yo me esforzaba mucho y si yo hacía de todo y me cansaba y me fatigaba pero si no tenía la flecha bruñida, si no tenía el filo de Dios, se gasta y se gasta uno y uno pelea con la gente y uno discute con la gente y entonces yo tratando de convertir aquí a Roberto y le digo y le digo y le digo y al final resultamos usted y yo de pelea y no logré nada ¿por qué? porque me falta la flecha bruñida. Catalina dijo eso y llegó profundamente.
Y el último santo que les voy a mencionar, que todos lo conocen y lo quieren, es nuestro Padre Pío. Porque es que San Pío de Pietrelcina no era un flechazo, es que ese hombre era todos los días muchas flechas. Prácticamente cada persona que se iba a confesar con él era impresionante este hombre en la confesión y la gente llegaba. Y cuáles eran los flechazos más conocidos, populares e impactantes de San Pío de Pietrelcina. Cuando la gente iba a confesar y por mala preparación, o por orgullo o por vergüenza, no decía algún pecado. Y este hombre que tenía de todo menos de diplomático, ustedes saben que él no tenía nada diplomático. El Padre Pío no era nada diplomático. Por eso algunos dicen que era santandereano. No se ha demostrado. Pero el tipo era una cosa seria. El Padre Pío, que parece que era santandereano. Él les decía así a la gente de frente. Entonces la gente se confesaba. Padre, me quiero confesar de unas mentiritas que dije, pero yo creo que eso ni mentiras sera y quiero confesarme de un mal genio, pero es que me sacan realmente el mal genio y yo no quiero disgustar. Usted sabe la gente que se confiesa mal y que no hace sino disculparse de todo. Y después de que terminaban su pésima confesión, le decía el Padre Pío. Bueno, y no vas a consultar la revista pornográfica que estuviste viendo y no vas a consultar cuando engañaste a tu novia en tal año. Y entonces la gente sentía la flecha bruñida.
Hermanos, nosotros no seremos eficaces en el apostolado si no somos flecha bruñida. Ya puede uno cansarse. Eso fue lo que vio mi mamá en mí. Entonces mi mamá se compadeció de mí y entonces dijo voy a orar para que tus palabras lleguen, cada cosa que yo le decía, voy a orar para que tus palabras lleguen. Esa era la manera como ella interpretaba esto. Y hasta el último año de su vida, mientras ella tuvo conciencia, porque ya después entró en ese coma y se murió. Pero cuando ella tuvo conciencia, sus últimas palabras para conmigo siempre fueron. Voy a orar para que tus palabras lleguen. Porque ella sabía que si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Ella sabía que si no hay flecha bruñida, uno se puede agotar y no logra nada. Necesitamos que Dios nos afile, necesitamos que Dios nos dé la unción. Y mi mamá lo entendió primero que mucha gente y primero que yo. Mi mamá lo entendió y se puso a rezar así y con esas palabras se fue para la eternidad. Que Dios la tenga en su gloria.
Tenemos que pedirle al Señor que nosotros seamos realmente flecha bruñida. Pero para eso, que no se nos olvide la otra parte, que Él nos tiene en el cuenco de la mano, que Él nos tiene en su aljaba, que Él nos ama entrañablemente, que somos importantes y somos valiosos para Él. Amén. Amén. Amén.

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