Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Cristo que nos ama con su voluntad real, que llega hasta el extremo de la cruz; es el mismo que cuestiona, inspira y sana nuestro corazón.

Homilía msan016a, predicada en 20170411, con 6 min. y 51 seg.

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Transcripción:

El Evangelio del día de hoy ha sido tomado del capítulo número trece de San Juan. Creo que la frase que más nos impacta es la que está al principio mismo del texto que fue proclamado Es Cristo quien asegura, uno de ustedes me va a traicionar. El mismo Evangelio de Juan nos ha indicado un par de veces cómo Cristo tiene un conocimiento profundo del corazón de la gente. Así, por ejemplo, al final del capítulo segundo dice Cristo no necesitaba que le dieran referencias de los demás, porque Él sabía lo que hay en el corazón.

Y también en la Última Cena, Cristo dice ¿no os he elegido a vosotros?, y sin embargo, uno de vosotros me va a traicionar. Es decir, Cristo tiene conciencia de esa traición que viene. Y esto nos conduce a uno de los grandes misterios de toda la Sagrada Escritura. Si Cristo tiene este conocimiento, si Cristo sabe que esta traición está a la puerta, ¿por qué elige a ese discípulo? Número uno y luego número dos. ¿Por qué si sabe que esa traición viene, no impide que esa traición suceda? ¿por qué elige al que lo puede traicionar? y luego ¿por qué permite que la traición suceda?

Este es un enigma tan grande que hay personas que han llegado a extremos sencillamente ridículos tratando de responder a esta clase de preguntas. Por ejemplo, hay personas que han dicho que Judas estaba simplemente cumpliendo su parte, más o menos como un actor dentro de una obra de teatro. Entonces a Judas le tocó hacer el papel malo. Pero eso era necesario para que la obra siguiera y para que se realizará la redención. Quienes piensan de esa manera rápidamente llegan a una conclusión y es que Judas no solamente sería inocente, sino que hasta cierto punto tendríamos que agradecerle, porque él, haciendo ese papel tan espantoso, fue el que permitió que siguiera adelante la obra de la redención.

Pero hay algo muy extraño en esa manera de hablar, y es que da toda la impresión de que en realidad no está actuando la voluntad humana ahí. Es decir, si una persona está representando un papel, tendríamos que decir que en realidad no quiere eso y por consiguiente, pues no es plenamente responsable de lo que está sucediendo. Pero esa manera de pensar es muy peligrosa, porque apenas afirmamos que Judas estaba representando un papel, tenemos que preguntarnos quién más estaba representando un papel. Entonces, los que azotaron a Cristo les tocó hacer el papel de azotarlo, y los que le pusieron la corona, y los que lo crucificaron también. Esos estaban representando papeles.

Todo es como una gran obra, como una gran pantomima y lo peor de todo, entonces el dolor mismo de Cristo y la sangre de Cristo no sería también algo como accesorio, algo que en realidad no está representando el amor que llega hasta el extremo, sino simplemente una especie de mensaje que inspira. No estaríamos hablando de eso. El camino de quienes pretenden ver en la decisión de Judas, solamente un requisito para que la obra siga adelante. Inevitablemente nos lleva a la negación de la redención. Si Judas estaba representando un papel. Todos estaban representando un papel, y si todos estaban representando un papel, entonces no hay por qué creer en la Pasión de Cristo más de lo que creemos en el Pato Donald o en el Hombre Araña. La realidad no puede ser esa. No puede ser que simplemente Judas representaba un papel.

Judas estaba actuando desde lo profundo de su propia convicción y de su propia voluntad a partir de unas ciertas condiciones y condicionamientos. Pero eso mismo nos pasa a todos. Todos obramos siempre con una serie de condicionamientos, pero eso no elimina completamente nuestra voluntad. Bien lo explica Santo Tomás de Aquino, el hecho de que haya límites a la libertad no quiere decir que no haya libertad. Todos tenemos márgenes dentro de los cuales somos libres. Puede haber condicionamientos psicológicos, condicionamientos familiares, afectivos, emocionales, neuronales, genéticos, políticos, económicos. Todos los que tú quieras. Pero una vez que quitas todos esos recortes, sí que hay un espacio, un espacio, aunque sea pequeño, aparentemente pequeño, un espacio de libertad. Y es en ese espacio de libertad donde se juega precisamente lo que va a suceder con cada uno de nosotros y en la medida en que es cierto y lo es, que Cristo es verdadero hombre como nosotros, entonces también es cierto que Cristo, dentro del margen de su libertad, con una voluntad plenamente humana, le ha dicho un sí, de obediencia dolorosa, difícil, pero cargado de amor, cargada de amor, una obediencia totalmente ungida por el amor para aceptar el plan de Dios. Eso es lo que nosotros creemos. Y eso sí que nos ilumina la realidad nuestra.

Porque ponerle cuidado a una obra de teatro donde el que es malo hace como que si es malo y el que es bueno hace como que sí es bueno. Eso, además de una distracción, no sirve para nada. Y eso es lo que ha hecho que algunos se pongan a escribir tonterías sobre la Pasión de Cristo y sobre la persona de Cristo en obras como el Caballo de Troya o en obras como por ejemplo El Código de Da Vinci. Esas obras dicen cualquier tontería sobre Cristo, porque para ellos Cristo es igual al Pato Donald o al Hombre Araña. Puedes decir lo que quieras de él porque es un personaje que representa distintas obras de teatro.

En cambio, el Cristo que nos ama con su voluntad real, el Cristo que llega hasta el extremo, es el Cristo que cuestiona mi corazón y es el Cristo que inspira mi corazón. Es el Cristo que sana mi corazón y ese es el que proclamamos en Semana Santa.

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