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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lectio Divina sobre el Segundo canto del Siervo de Yahveh, en clave vocacional.
Homilía msan012a, predicada en 20140415, con 26 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, les invito a que reflexionemos sobre la primera lectura. Está tomada del profeta Isaías. Corresponde a uno de los llamados: Cánticos del siervo, el libro de Isaías, que es el más largo de toda la Biblia, tiene unas cuatro composiciones en forma de poesía hebrea. Composiciones en las que aparece un personaje llamado, El Siervo de Dios o el Siervo de Yahvé. Uno se queda sin saber exactamente quién es el siervo de Yahvé. A veces parece que se trata de un pueblo. A veces parece que se trata de una persona específica, otras veces parece que se trata del destino que han llevado los hombres de Dios. Es posible que todas estas interpretaciones tengan algo de verdad. Para nosotros lo más importante es aprender a reconocernos en esos textos. Porque si se trata del siervo de Dios, qué otra cosa queremos ser nosotros sino gente que reconoce a Dios como Señor. Y por supuesto que reconocer a Dios como Señor es lo mismo que reconocernos nosotros servidores por amor de ese Dios. Así que tengamos presente que estos textos de Isaías se pueden aplicar a distintas personas o grupos humanos. Quizás es el pueblo judío en su sufrimiento, quizás es el destino de los profetas, quizás la mejor aplicación exegética es mirar a Cristo en estos textos de Isaías. Así hicieron los primeros cristianos. O tal vez debemos nosotros también identificarnos con esas palabras. Es posible que el Espíritu Santo haya querido dejar suavemente esa ambigüedad. Esa multiplicidad de interpretaciones, no es un error de la Biblia, más bien es una muestra de la fecundidad que tiene la Palabra de Dios. En este caso, hermanos, quisiera que tomáramos el texto de hoy, Capítulo Cuarenta y nueve de Isaías, y lo relacionáramos con el tema de la vocación. Porque Jesucristo es llamado por la voz del Padre, porque el pueblo judío es llamado por el Dios providente, y cada uno de nosotros ha sido llamado por su propio nombre. La verdad es que cada uno de nosotros tiene una tarea única que cumplir. Así como es único e irrepetible nuestro camino. Y así como es único el amor que Dios nos tiene. Desde esta clave vocacional, miremos el texto de Isaías. Podemos distinguir cuatro momentos: el pasado lejano, el pasado próximo, el presente y el futuro. Hay una flecha temporal que atraviesa el texto, él empieza evocando su pasado más lejano. Estaba yo en el vientre y el Señor me llamó. Este personaje dirige su mirada a lo más remoto que puede aludir sobre sí mismo. Es el pasado lejano. Luego hace una referencia a un pasado más cercano. Dice: Yo pensaba ese tiempo pasado es un pretérito imperfecto que está indicando una temporada, un periodo que ya ha quedado superado, pero que fue una porción de su vida. Yo pensaba en vano me he cansado en viento y en nada he agotado mis fuerzas. Ese es el pasado próximo. Una crisis, podemos decir, una crisis de fe, una crisis en la esperanza, una crisis en la vocación. Esa crisis quedó resuelta, por eso dice, en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Se ve que pasó por un tiempo malo, pero está superado. Entonces viene el tercer punto, el presente. Ahora habla el Señor que desde el vientre me formó. Mi Dios fue mi fuerza, y viene la palabra de Dios que bendice el presente de este hombre. Es poco que seas mi siervo, te hago luz de las naciones. Es la intervención de Dios en el hoy y ese hoy, ese presente, deja vislumbrar un futuro que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. Se ve en mis hermanos que el texto está construido como una flecha que parte del pasado remoto y que mira al futuro, al futuro remoto. Esto es muy propio del pensamiento semita. Para los israelitas, el tiempo no es un círculo en el que siempre se repite lo mismo. El eterno retorno es un mito griego y pagano. Para el hebreo el tiempo es una flecha y es la intervención de Dios la que le da una dirección a la vida y porque le da una dirección, le da también un sentido y le da una esperanza y le da una expectativa. Y por eso el tiempo en la Biblia se mueve desde la figura hacia la realidad, desde la promesa hacia el cumplimiento, desde la expectativa a la alegría del encuentro, desde el hambre hacia el alimento. Cuatro momentos entonces pasado, lejano, pasado, próximo, presente y futuro. ¿Cómo llega este hombre a convencerse de que Dios lo había llamado desde el vientre? Una mentalidad positivista sólo podría responder poniendo micrófonos en el vientre de aquella mujer. Evidentemente él no se refiere a eso. Sentirse llamado desde el vientre materno es entender que la propia vida no puede tener otro desenlace, no puede tener otra plenitud, no puede tener otro camino, sino el que Dios ha marcado con su Palabra y con su promesa. Nosotros no hablamos exactamente cómo estos hebreos, pero hay una expresión que utilizamos en nuestra lengua castellana y que equivale a lo que dice este hombre cuando alude al vientre de su mamá. Es como cuando uno dice en nuestra lengua, tal persona nació para eso. No queremos decir con esa expresión que en el periodo de vida intrauterina, ya estaban las primeras señales del pintor que iba a llegar a ser, o del matemático que iba a llegar a ser, o del filósofo teólogo que iba a llegar a ser, sino más bien es un ejercicio de recoger las señales y el sentido de toda una historia, o como a veces se dice en nuestro tiempo, es el ejercicio de conectar eventos, de conectar los puntos. Cuando uno mira y conecta puntos, entonces saca conclusiones de ese género. Otro ejemplo parecido es el que está en el lenguaje de la gente enamorada. Es que yo nací para ti. Evidentemente esa palabra no quiere decir que desde que estaba en el tiempo de los pañales y las vacunas ya estaba susurrando el nombre del amado o de la amada. Ese no es el significado de esa frase. Más bien esa frase quiere decir, A lo largo de mi vida, las cosas que me han sucedido adquieren un sentido cuando yo me encuentro contigo. Y encontrarme contigo y saber que tú existes en mi vida me ayuda a dar un significado a todos esos puntos, a todos esos eventos, es el lenguaje de conectar los puntos. Esa recapitulación memoriosa de lo que uno ha sido y ha vivido es lo mismo que hace el profeta. Es lo mismo que hace el siervo de Dios. Y es lo mismo que estamos llamados a hacer nosotros. Es el ejercicio de recoger las señales, las cartitas de amor que Dios nos ha ido dejando a lo largo de nuestra vida. Y cuando recoges esas señales, empiezas a ver que desde el principio él tenía un plan para ti. Que desde el principio él quería algo contigo. Y ese descubrimiento luego se dispara al origen. Y es cuando el profeta dice: Desde el vientre materno Dios me llamó. Como diciendo ahora comprendo que todo en mi vida adquiere su lugar. En el momento en el que yo descubro mi vocación hacia Dios. Esto quiere decir que ser llamado desde el vientre materno no es el privilegio de unos pocos. Esta expresión aparece en el caso del siervo de Yahvé y aparece en el caso de Jeremías en el Capítulo Primero de su libro se cuenta y aparece también en el caso de Juan Bautista, bendecido en el vientre de Isabel. Pero la manera correcta, parece de interpretar esas expresiones es reconociendo las señales, lo que he llamado las cartitas de amor que Dios ha ido poniendo en mi vida. Si uno lee esas cartas, si uno ve esas señales que seguramente están dispersas en muchos años de la vida de uno, entonces uno percibe un mensaje. Ese mensaje fue el que percibió este profeta cuando dijo de verdad que yo nací para esto o sea, yo no serviría para otra cosa. Y qué agradable es encontrar a una persona cuando ha hallado su vocación. Yo creo que todos hemos conocido personas así. Hemos conocido, por ejemplo, cantantes o médicos, filósofos, escritores, que uno dice es que nació para eso, es que no servía para otra cosa. Y qué agradable es encontrar a una persona que ha encontrado su vocación, porque esa persona nos ayuda también a dibujar nuestro propio mundo y a ubicarnos en el conjunto de realidades y de historias que se entrecruzan sobre esta tierra. Entonces, este ejercicio tenemos que hacerlo todos. Todos tenemos que recuperar, tenemos que recopilar las señales del amor de Dios hasta poder decir para esto nací. Obsérvese, hermanos, que el tema de la vocación no es un tema de una visión sobrenatural, como un flash que aparece de repente en el firmamento. Creo que a veces se imagina, la gente imagina el tema de la vocación como una especie de letrero de neón que sale en el firmamento y de repente Dios dice: Tú sí, tú, tú, exactamente tú, a ti te quiero para esto o para esto otro. Parece que Dios no obra de ese modo. Es más una historia de recopilación de significados que nos va llevando a una lectura progresiva, acumulativa, que tiende en una determinada dirección. El hecho de que uno conozca esa dirección no le exime de pasar por momentos difíciles. Y eso es lo que nos presenta en su pasado próximo, este profeta. Se ve que tuvo un momento, tuvo una época muy complicada y la complicación se describe sucintamente con estas palabras: Yo pensaba en vano me he cansado en viento y en nada he gastado mis fuerzas. Es una crisis que se refiere al sentido, al sentido de la vida. Es la crisis que experimenta todo aquel que está luchando contra sus propios defectos y sin embargo, nota que recae varias veces en los mismos. Es también la crisis que experimenta aquel que trata de hacer el bien a otros y se encuentra con una muralla de ingratitud y de indiferencia. Es también la crisis de aquel que intenta alcanzar la sabiduría y un día se encuentra más confundido que cualquiera. Es decir, que hay muchos modos de llegar a esa crisis, pero es siempre una crisis de sentido. En realidad, qué estoy haciendo con mi vida. Un padre de familia puede pasar por esa crisis, sobre todo cuando ve que los hijos no salen adelante o toman malas decisiones o quedan empantanados en los mismos problemas una y otra vez. Fácilmente el Papá, a pesar de estar convencido de que su vocación es de papá, queda con esa sensación de seguro es una crisis que llega también al sacerdote o al predicador. Muchas veces es desalentador trabajar en la evangelización y encontrar que lo mejor de nuestros esfuerzos no solamente no es reconocido, sino que es burlado. Yo me pongo a pensar en una figura para mí tan grande, tan notable como el Papa Benedicto, un verdadero pozo de sabiduría que en los breves años de su pontificado nos regaló tantas enseñanzas. Dale una visita a la página web del Vaticano, entra a la sección de Benedicto. Mira nada más sus catequesis, ahí hay tesoros. Tesoros que van a alimentar a la Iglesia por décadas o yo no sé si por siglos. Ya varios han comparado al Papa Benedicto con los antiguos padres de la Iglesia y dicen que Benedicto está a la altura de los grandes. Pero durante sus cinco años de pontificado los medios de comunicación no sabían hablar de otra cosa, sino de los curas pederastas y los curas pederastas y los curas pederastas. Cómo tuvo que haber sido de desalentador y de frustrante para este hombre sabio, humilde y caritativo, estar ofreciendo ese pan del cielo con una predicación sabía, diáfana, y encontrarse con que lo único que le interesa al mundo es seguir levantando el índice acusador contra la Iglesia para repetir lo mismo y para obligar al Papa que una y otra y otra vez esté diciendo perdónennos, perdónennos, perdónennos, como si a eso tuviera que reducirse el discurso del sucesor de Pedro. Así que somos muchos, yo creo, los que hemos pasado o podemos pasar por esta clase de crisis. Es la crisis que este hombre, el siervo de Yahvé, tiene en su pasado próximo. Él dice con sinceridad lo que ha vivido. A la figura de Cristo podemos aplicarle ese mismo texto. En los evangelios hay señales tan claras de la decepción profunda que Cristo siente con sus propios discípulos. Una vez les dice Cristo, solamente por citar un ejemplo, una vez les dice Cristo: Cuidaos de la levadura de los fariseos. Y empiezan a conversar entre ellos, eso lo dice porque no trajimos pan. No le entendían, no entendían ni poquito. Y Jesús en ese pasaje termina diciendo yo diría que con visible enojo: Tan torpe sois. Eso se parece a lo que muestra aquí el profeta. Es una sensación de que en muchos momentos Cristo se quedaba hablando solo. Lo mismo en la hora de Getsemaní: Oigan, ni siquiera me han podido acompañar una hora en la oración, tres años a mi lado, o el tiempo que haya sido tres años conmigo. Y no cuento con nadie, no hay nadie que rece. Es una sensación profunda, de vacío, de frustración. Es en ese contexto en el que Cristo dice: Mi alma está triste hasta la muerte. Y el mismo tono tiene Cristo en la Última Cena, cuando no abunda demasiado en sus discursos, a pesar de ser largos, sino que dice a sus discípulos: Yo todavía tengo mucho más que contarles, pero ustedes no pueden ahora con eso. Es decir, ya ni siquiera hizo el esfuerzo de ponerse a contarles más parábolas o más explicaciones. Le dejó esa tarea al Espíritu Santo. La crisis queda superada. Sin embargo, en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. ¿Cómo logró salir de esa crisis? Pues parece que gracias a aquello que el apóstol San Pablo describe en la Carta a los Romanos. La famosa teología de las arras, Dios es compasivo y nos da adelantos, nos da esto que se ofrece en los banquetes que nos dan una entradita, nos dan un aperitivo. Dios en su compasión, no nos deja demasiado tiempo en la desolación, sino que suelta unas gotitas de consolación, unas arras que nos hacen ver que no estamos perdiendo del todo el tiempo. Y con esas gotas de consolación podemos refrescarnos y entender que Dios algo bueno tiene preparado, así no sepamos exactamente qué. Viene el presente. Ahora habla el Señor y lo que le dice el Señor a este que ha pasado por la prueba, a este que ha tenido que enfrentar lo que San Juan de la Cruz llama la noche oscura. Lo que le dice el Señor a este siervo es; ya que te graduaste en la materia más difícil y la materia más difícil se llama dolor en el absurdo, ya que te graduaste de esa materia. Entonces ahora vámonos al posgrado. Ya que terminaste esa etapa, vamos a la siguiente etapa y la siguiente etapa es poco es que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob. Te hago luz de las naciones. En efecto, mis hermanos, el que ha pasado por la noche y la ha vencido, se convierte él mismo en luz. El que ha vencido a la noche ilumina. El que ha pasado por el desierto tiene agua para ofrecer. El que ha superado el hambre tiene pan para repartir y por eso este siervo se convierte en luz de las naciones. Expresión que la Iglesia hizo suya en la Constitución, quizás más importante del Concilio Vaticano, Segundo Lumen Gentium, Luz de las naciones. Pero fíjate cuál es el precio para ser luz de las naciones. Hay que pasar por el Viernes Santo para verdaderamente tener luz de Pascua. Hay que pasar por la noche de la cruz para que luego la palabra de la gloria tenga significado. Y entonces se abre un futuro. Un futuro que, aunque está lejano, no está demasiado distante. Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. Es que, mis hermanos, efectivamente, hay algo universal en cada persona que ha pasado por el dolor y lo ha vencido. Hay algo, hay una lección que nos alcanza y nos alimenta a todos los demás. Puede decirse, según la frase aquella de Elizabeth Leseur: Cada alma que se eleva eleva al mundo, y cada persona que vence su propia tentación y cada persona que vence la noche, es una persona que nos enseña a los demás a caminar en la luz. Que este sea también nuestro camino vocacional, porque yo necesito, hermano, que tú me ayudes a iluminar mi camino. Y tal vez tú necesitas que yo no me apague, sino que también ofrezca algo de la luz que he recibido. Solamente así podremos cumplir lo que dice San Pablo, nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Nosotros somos hijos de la luz, somos hijos del día.

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