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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La magnitud del amor de Cristo se muestra en lo más duro de la traición que sufre.
Homilía msan010a, predicada en 20130326, con 15 min. y 32 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos. Cuando se trata del amor humano, es un fracaso amar sin ser amado. La persona que tiene interés en una pareja y tiene detalles de cariño, de gusto y de amor por esa persona, pero no encuentra correspondencia, se siente frustrado o se siente frustrada. Es un fracaso amar sin ser amado. Eso cuando se trata del amor humano, porque el amor humano se parece mucho a una transacción y el amor de la pareja, a pesar de toda la hermosura y la poesía que se le ponga tiene esa característica. Es un intercambio, yo te quiero y tú me quieres. Espero que tú seas fiel a mí, porque yo soy fiel a ti. Espero que tengas detalles conmigo, porque yo tengo detalles contigo. Esa es la ley del amor humano. Y si no se logra la correspondencia, la sensación que queda es devastadora, es una sensación de fracaso, es una decepción. Teniendo eso claro, preguntémonos, si sucede lo mismo en el amor de Dios. De inmediato nos damos cuenta que, puesto que Dios es infinito en su ser, en su poder, en su bondad, podemos decir que Dios derrocha su belleza, su amor, su ternura. Jesús mismo dice en el Sermón de la Montaña, que se encuentra en los Capítulos cinco, seis y siete del Evangelio según San Mateo que: Dios hace salir el sol sobre malos y buenos. Hace caer la lluvia sobre justos y pecadores. Eso hace suponer que una gran parte del amor que Dios envía no lo recibe de retorno. En la naturaleza tenemos una imagen impresionante de esto. Si pensamos, por ejemplo, en el Sol. Según los científicos, nuestro sol se encuentra a una distancia inmensa, muy difícil para nuestra mente entenderla. Son casi ciento cincuenta millones de kilómetros. Es muchísima distancia. La Luna se encuentra aproximadamente a un tercio de un kilómetro. Eso significa que hay que multiplicar, la distancia que separa la Tierra y a la Luna hay que multiplicarla por cuatrocientos cincuenta, para hacerse una idea de dónde se encuentra el Sol. Y desde esa distancia tan grande, el Sol está enviando cantidades colosales de luz y de calor, en todas las direcciones. Por favor, en este momento, piense usted en el sol. Piense en los ciento cincuenta millones de kilómetros y piense en lo que sería un pequeño puntito dentro de esa proporción. Y ese pequeño puntito sería el planeta Tierra. Y en ese planeta Tierra, nosotros recibiendo esa luz y recibiendo ese calor. Pero si nosotros nos imaginamos una esfera de ciento cincuenta millones de kilómetros de radio, toda la otra luz que sale del sol, ¿A dónde va a dar? Una proporción ínfima queda en los planetas de nuestro sistema solar. Pero la mayor parte, la inmensa mayoría de toda esa cantidad de luz se va al espacio infinito y no sabemos ni siquiera si exista alguna forma de vida que pueda conocer que esa luz existe, la luz que envió nuestro Sol. La proporción de todo ese amor que sale del Sol, la proporción que es recibida y que es apreciada, es ínfima, es minúscula, pero el sol sigue alumbrando haya quien lo agradezca o no lo haya, haya quien lo vea o no lo haya, haya quien lo cante y lo aprecie o no lo haya. Esa imagen del sol que, por decirlo de alguna manera, despilfarra esa cantidad de energía, se parece muchísimo a lo que sucede con Dios. El verdadero sol de nuestras vidas es Dios, y Dios pasa su vida infinita enviando mensajes de su amor, de su luz, de su bondad, de su calor a una cantidad de corazones que no lo aprecian, que no lo agradecen. Y sin embargo, según las palabras de Cristo en el Sermón de la Montaña, nuestro Padre del cielo, nuestro buen Dios no deja de amar. Así que nos damos cuenta que hay una gran diferencia entre lo que sucede en el amor humano y lo que sucede con el amor de Dios, porque en el amor humano la correspondencia es indispensable y si una persona está interesada en otra y no logra esa correspondencia, no solamente siente frustración o decepción, sino que fácilmente siente ira o dice bueno, puesto que no se pudo con esta persona, con este hombre o con esta mujer, pues entonces buscaré otra persona. Dios, en cambio, no es así. Dios no deja de enviar su amor y hay veces en que ese amor durante muchos años, no es apreciado, no es recibido, no es agradecido. Quizás después de mucho tiempo, una persona que no volteaba a mirar a Dios de repente se da cuenta que Dios lleva mucho tiempo amándolo y entonces empieza a agradecer. Pero ya Dios llevaba muchísimos años enviándole cartas de amor, enviándole mensajes de ternura que no encontraban ninguna respuesta. Un ejemplo muy notable que tenemos en la historia de la Iglesia es el de este hombre llamado Agustín. Lo conocemos como San Agustín, San Agustín de Hipona. Hipona era el nombre de la ciudad en la que él era obispo. Pero mucho antes de ser obispo, él duró mucho tiempo en que ni siquiera aceptaba el bautismo. San Agustín pasó cerca de treinta años de su vida indiferente al amor de Dios. Gracias a la misericordia divina y seguramente gracias a la intercesión de la mamá de él que se llamaba Mónica, eso cambió. Y Agustín un día se volvió hacia el sol de Dios. Y Agustín entonces dijo a Dios: Tarde te amé. Le dice que lo ha amado tarde porque Dios llevaba muchísimo tiempo amándolo, pero Agustín no respondía. Lo que tenemos hasta este momento en nuestra reflexión, hermanos, es esto que en el amor humano parece indispensable la correspondencia, pero que el amor de Dios es en otra proporción, es en otra dimensión, es otra cosa. Y ahora vamos a ver, en el caso de nuestro Señor Jesucristo, qué tipo de amor es el que brilla. La frase que atrapa mi atención en el Evangelio de hoy se encuentra hacia la mitad del texto que hemos leído. Dice este versículo: Y cuando Judas salió, dijo Jesús ya ha sido glorificado el Hijo del Hombre. ¿A qué salió Judas Iscariote? A vender a Jesús. Era la peor respuesta posible a tanta misericordia, a tanta gracia y amor, que el mismo Cristo le había dado a este discípulo, como le había dado amor y gracia y paciencia a los demás discípulos. Y la respuesta que da Judas a ese amor es traición. Un acto supremo de odio como respuesta a tantos actos supremos de amor de Cristo. Y ahí es donde tenemos que formular la pregunta ante la ingratitud espantosa de Judas, ante la respuesta tan negativa, tan opuesta, tan decepcionante del Iscariote, ¿Qué es lo que sucede en Jesucristo? La frase que dice Cristo es Ya ha sido glorificado el Hijo del Hombre. ¿Qué clase de gloria es esa? ¿Por qué dice el Señor que ha sido glorificado el Hijo del Hombre? Porque amando a Judas, amando al que le traiciona, amando al que le da la espalda, Jesús está derrochando esa luz, ese amor. Como el sol derrocha su esplendor en los espacios infinitos de la noche que no le responde. Podemos decir que la traición de Judas es la densa oscuridad que hace brillar con mayor fuerza el tamaño del amor de Cristo. Porque así como un médico se luce especialmente tratando a un enfermo grave, y así como un profesor luce su capacidad pedagógica, especialmente cuando los alumnos son malos o indisciplinados. Porque no es gran mérito enseñar a alumnos dóciles e inteligentes. De la misma manera, el redentor del género humano nunca luce más la calidad del amor que tiene que cuando ese amor aparece rechazado. Es como una paradoja, pero el fracaso, el que deberíamos mirar como fracaso más terrible de Cristo, que es el momento en que Judas le da la espalda, es también el momento en el que se luce Jesús.
El momento en el que muestra que su amor está muy por encima de lo que son las expectativas humanas, no solo en el amor de pareja, sino incluso en el amor de amigos. Porque qué amigo se aguanta que otro amigo le esté traicionando. Y por eso dice Cristo ha sido glorificado el Hijo del Hombre, porque la gloria del médico es lucirse, en el caso difícil del enfermo, la gloria del maestro es lucirse con los estudiantes lentos e indisciplinados, y la gloria del Redentor es amar hasta el extremo, incluso si ese amor es rechazado. Así que hoy, mis hermanos, a pesar de contemplar la traición de Judas, no debemos pensar que es un día triste. Debemos más bien pensar que ese mismo hecho permite que se luzca el amor de Jesús en una proporción infinita. Y bien se puede decir que hoy Cristo declara la divinidad del amor con que se entrega, y hoy podemos reconocer en este Cristo traicionado al mismo Dios al que tantas veces le hemos dado la espalda. ¿Cómo aplicar este texto a nosotros? Pues siguiendo el ejemplo de tantos que se han convertido como Francisco de Asís, como Paul Claudel, como Agustín de Hipona, como tantos que un día se han dado cuenta que han sido amados y que no han respondido al amor. Volvamos, hermanos, nuestra mirada a este Jesús y digámosle que ya que se ha lucido tanto, teniéndonos tanta paciencia, que ahora haga lucir la medicina de su cielo, curando nuestras rebeldías y sanando nuestras heridas. Amén.

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