Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Vivir la Semana Santa como un reencuentro con la propia vocación.

Homilía msan005a, predicada en 20010410, con 21 min. y 23 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de estos días, es decir, lunes, martes y miércoles, está tomada del profeta Isaías. Ya decíamos ayer, se trata de los cánticos del siervo, composiciones poéticas que a nosotros nos sirven para conocer el alma de Jesucristo. Porque el objetivo de la Semana Santa no es ver a un hombre despedazado como los que se ven en las masacres. El objetivo de la Semana Santa es ver un alma llena de amor. Hasta cierto punto puede decirse que a medida que el cuerpo de Cristo queda desnudo de ropa y queda vestido de sangre, medida que el cuerpo se abre hasta quedar traspasado por la lanza, se va viendo, por decirlo así, el alma de Cristo. Y a nosotros nos interesa eso, ver a Cristo por dentro. Y las lecturas de estos tres días nos ayudan. Están tomadas de Isaías, Capítulo Cuarenta y dos, Isaías Cuarenta y nueve, Isaías Cincuenta, Isaías Cincuenta y dos y de once Isaías Cuarenta y nueve.

Una descripción del siervo de Dios, que es una descripción de qué significa servir a Dios. Porque como también decíamos, el que le prestó el gran servicio a Dios, el gran servidor de Dios es Jesús. Él es el que sabe cómo servir a Dios. Recordemos lo que dijo Cristo una vez llegará un día les dijo a los discípulos en que quien os mate creerá que está sirviendo a Dios, que le está dando culto a Dios. O sea que uno puede equivocarse en el servicio de Dios, hasta esos extremos. Aprender a servir a Dios. ¿Cómo? Mirando al que sabe servir a Dios. Porque servir a Dios es hacer su voluntad. Y la voluntad de Dios es la que vemos plenamente cumplida en Jesucristo. Cristo tenía la voluntad de Dios, como dice el episodio aquel con la samaritana llegaron los discípulos del mercado y le insistían Maestro, come, y Jesús les decía, yo tengo un alimento que vosotros no conocéis. Y ellos se ponían a pensar ¿Será que alguien le trajo de comer? Y entonces Jesús, que ya sabía que los discípulos no se pescaban ni una, les aclaró, Mi alimento es hacer la voluntad del Padre.

Jesús tenía voluntad de Dios, se alimentaba de voluntad de Dios. La voluntad de Dios fue el sello de su vida. Esto lo dice la carta a los Hebreos cuando recuerda aquel salmo. Dice la carta a los Hebreos: Al entrar en este mundo, Cristo dice aquí estoy para hacer tu voluntad. O sea que Cristo es el verdadero servidor de Dios, el que puede contarnos qué es servir a Dios, o sea, cuál es la voluntad de Dios. Bueno, se pueden decir tantas cosas sobre este pasaje tan bello de Isaías. Isaías Capítulo Cuarenta y nueve, versículos del uno al seis, Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre. Hagamos una pequeña reflexión sobre este versículo. El profeta Jeremías tuvo una experiencia semejante, Antes de que te formaras, yo te elegí. Debe ser una cosa maravillosa sentir que la voz de Dios le dice a uno eso, es que yo te tengo escogido desde el vientre de tu madre. Hay profetas que han tenido esa experiencia. Pero también nosotros, porque Dios tiene un plan para cada uno de nosotros.

Y el dolor que siente uno en la conciencia cuando uno comete un pecado no es otra cosa sino sentir que uno se está apartando de lo que fue hecho. Imaginémonos, por ejemplo, que yo tomara una lavadora, una máquina lavadora y dijera como esta máquina tiene unos rodachines abajo, yo la voy a utilizar como un carro de mercado. Y me voy con mi lavadora arrastrándola al carro, a la plaza y llegó donde se echa la ropa, hecho el plátano y la yuca y la carne y el pescado y me devuelvo arrojando mi lavadora, todo el mundo diría, usted está loco, esa máquina no es para eso. Y desde luego, esa máquina con todos esos jugos de carne y de pescado pudriéndose allá y con esas frutas, se convierte en un asco. Muy pronto se echa a perder ese aparato que podría prestar un gran servicio. No sirve para eso, se lo tiró, le dañó, hombre. Duele ver que eso pasa. Cada cosa fue hecha con un determinado propósito. Si yo tomo este micrófono y me lo llevo a esa cancha y digo voy a jugar fútbol, entonces una pelota de fútbol y a jugar fútbol con el micrófono. ¿Cómo se le ocurre? Usted está loco. Cómo va a jugar fútbol con un micrófono, oye, quiero jugar fútbol con el micrófono. Claro. Después de tres o cuatro patadas, ese micrófono da lástima. Eso es lo que le pasa a la vida humana.

Nosotros no fuimos hechos para el pecado y la tristeza que uno siente cuando ve pecado en la vida de uno, eso da tristeza. Oiga, yo no fui hecho para esto, yo no fui hecho para esto. Una vez un hombre que había participado en una terrible masacre, despedazando vivos a seres humanos, se aburrió de tanta sangre. Lleno de desespero, desertó de su grupo, de ese grupo armado en el que estaba, se fue de ahí. Lleva años en tratamiento psiquiátrico se despierta por las noches gritando con escenas horripilantes de pedazos de cadáveres tirando sangre. Yo no fui hecho para eso, Dios no me dio unas manos para que yo hiciera lo que hice, para eso no son mis manos. Ese es el dolor que uno siente. Y lo que uno se encuentra como sacerdote, muchas veces. Ese dolor casi infinito que tiene la mujer que ha abortado, Dios no me dio mi vientre para que fuera un sepulcro, sino una cuna. Yo hice de mi matriz un sepulcro, Dios no me hizo para eso. Dios no me dio una fuerza de vida, Dios no me dio esas células de vida, Dios no me dio esa matriz para que yo hiciera lo que hice. Esto es mucho más grave que coger a patadas un micrófono. Es mucho más grave que echarle unas libras de carne a una lavadora. El pecado es el dolor de eso, estoy metido en lo que no es, esta no es mi vida, esta no es mi vida, mi vida es otra. Ese es el dolor que siente una persona cuando se despierta de su borrachera y ve que se acaba de gastar el dinero del mercado de los hijos. Y ve la mirada de la niña pequeña que todavía no sabe hablar pero ya le reprocha ¿Por qué te comiste mi dinero? ¿Por qué no me diste? ¿Por qué no me amas? Y ese hombre siente en su corazón: Soy un desgraciado. ¿Por qué hice esto? ¿Por qué me porte así? ¿Por qué hago estas cosas? ¿Por qué el pecado? Es esto el pecado es apartarte del plan de Dios.

La próxima vez que sienta tentación de algún pecado, usted ya siente lo mismo que yo. Acuérdese de una lavadora llena de pescado y de sangre y de frutas, y acuérdese de un micrófono agarrado a patadas en una cancha. El micrófono no se hizo para eso. Usted no se hizo para el pecado. ¿Qué quiere decir esto? Que en cada uno de nosotros hay una vocación. En cada uno de nosotros, cada uno de nosotros tiene una vocación alguna. Casi siempre asociamos vocación con la vocación religiosa. Por ejemplo, nos acompañan estas hermanas, aquellos frailes, ellos tienen vocación. Sí, seguramente que sí. Bendito sea Dios. Pero la vocación es para todos. ¿Tú para qué viniste? ¿Tú para qué estás? ¿Qué estaba pensando Cristo cuando tú naciste? ¿Qué soñaba Cristo cuando tú fuiste bautizado? ¿Qué soñaba Cristo? Porque si tu vocación es una vocación de servicio y una vocación de amor, mientras no sirvas, mientras no ames, vas a estar con esa tristeza, con ese desasosiego, con esa angustia, con ese no hallarte en ninguna parte y buscar por todos lados. Está fuera de tu sitio, fuera de su sitio. Dice el refrán como gallina criando patos, fuera de su sitio en una tarea que no le corresponde, en una vida que no entiende.

Hay que pedirle a Dios, Señor tú me llamaste. Vocación, viene de llamar Vocare. Vocare con V pequeña en latín. Es eso llamar, tú me llamaste ¿A qué me llamaste? ¿Cuál es tu llamado para mí? ¿Señor cuál es tu llamado? ¿Tú qué estabas pensando cuando me creaste, Señor? Encontrar la vocación es encontrar la alegría, encontrar la vocación es encontrar la paz. Es encontrar gente que le estaba huyendo a la vocación religiosa. Pero de pronto, Dios como que se las arregló, se las arregló y los trajo porque esa era su verdadera vocación. Una de esas personas yo. Yo, yo no fui hueso fácil de roer, Dios me había llamado. Yo me estaba haciendo como el loco y dedicándome a otras cosas y me iba por otro lado. Y Dios se valió de muchas cositas, sobre todo de la presencia de su Santísima Madre la Virgen María y a través de la Santísima Virgen. Dios me dijo mire usted, si me deja de dar vueltecitas, venga para acá. Y ahí estoy encontrando mi vida, mi alegría, mi realización y me siento feliz y quiero ser cada día mejor en lo que Dios me ha puesto.

También se da el caso contrario, un amigo mío andaba con frailes para arriba y para abajo y quería ser fraile y trataba de ser fraile y hablábamos mucho. Y entonces yo le dije un día, pero ya convencido y además un poco harto de la cosa, le dije mire, yo no creo que usted tenga vocación para este asunto. El hombre se sintió echado, no como así. Si yo quiero el convento, si a mí me gustan los frailes y yo, nos pusimos a hablar, a hablar, y el hombre se fue dando cuenta de muchas cosas. Hoy, gracias a Dios, me agradece a mí. Bueno, yo no sé que hiciera gran cosa, me agradece a mí. Está felizmente casado y está feliz, y fue allá cuando se consiguió la novia de sus sueños. La primera persona en la que pensó no fue ni la suegra ni la mamá, sino Fray Nelson. Y se fue a allá en el convento mire, vengo a presentarle mi novia, esta es la mujer que yo estaba esperando con esta mujer que me voy a entender. Y efectivamente, una pareja hermosa. Ese era el camino de esta persona. Dios tiene un llamado, un llamado para nosotros.

Pero el problema nuestro es que no le preguntamos a Dios. Hay que preguntarle a Dios y hacer tu tío, orar, decirle ¿Señor, tú qué quieres de mí? Porque lo que tú hayas pensado para mí es muy bello, es muy bueno. Tú no piensas bobadas, tú no piensas como enemigo mío, tú piensas como mi mejor amigo. Además, hay que tener en cuenta que la vocación no se acaba. Con decir me casé o con decir entré al seminario, entré a un convento, ahí no acaba la vocación. Dios sigue llamando.

Me gusta recordar tanto el caso de Teresa de Jesús, la famosa Santa Doctora de la Iglesia mujer de Dios. Teresa de Jesús llevaba yo no sé cuántos años de monja y era una monja buena, o por lo menos no era mala. Y ahí está, en el convento. Un día Dios la llamó, una segunda llamada, una llamada dentro de la llamada. Dios la llamó de nuevo a ella. Oye, es que yo no te quiero religiosa, es que yo te quiero Santa. ¿Qué? ¿Qué? Santa, te quiero Santa, y le mostró cuánto la había amado. Y Teresa sintió que se derrumbaba por dentro, que se agrietaba, y sintió que le entraba un diluvio de amor. Y sintió que de ahí en adelante era como una persona nueva. Y la oración ya no fue rutina para ella. Todo adquirió sentido, color, belleza y se dedicó seriamente a Dios. Dios le hizo un nuevo llamado.

Lo mismo pasa con la persona casada, ya me casé, ya se acabó mi vocación, ¿no? Cada hijo trae sus preguntas de parte de Dios y cuando se van los hijos también surge un compromiso. Y cuando llega la viudez también hay un compromiso. Cuántas veces en la Iglesia hay personas casadas que descubren me casé, pero eso no significa que no puedo servir en la Iglesia al revés. Ahora, desde la gracia propia del matrimonio, entiendo muchas cosas y quiero servir más. Y dentro de su vocación matrimonial encuentran caminos de servir mejor a la Iglesia de usted.

Por eso, mis amigos, por eso este es un día muy bello para decirle a Dios Señor, yo quiero encontrar tu voz. Digamos mejor eso, no digamos quiero encontrar mi vocación. Digamos mejor; Yo quiero encontrar tu voz, porque tu voz es mi vocación. Pero es más bonito decir tu voz. Quiero encontrar tu voz, Señor. ¿Qué me estás diciendo? ¿Qué quieres de mí en este momento? ¿Qué esperas de mí? Cuántas veces a través de personas humildes, descuidadas, olvidadas, desechadas, Dios da grandes mensajes. En aquella región del sur de Francia, una niña campesinita una campesinita. Un día estaba por el campo y se le apareció una señora vestida de blanco con una cinta azul. Y esta niñita, que se llamaba Bernardita, recibió a través de unas visiones. Recibió un encargo de la Virgen. Quiero que se haga aquí un santuario, porque se va a mostrar la misericordia en este lugar. Y era una muchachita. Perdóneme que la señal era como de la edad suya. Así como usted, así era la niña. La vocación, la vocación. ¿Qué querrá Dios de mí? Hay que preguntárselo. Y hay que decirle, como Samuel, aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Tengo pocos años, tengo muchos años, tengo muchos estudios, tengo pocos estudios, tengo poca plata, tengo mucha plata, tengo mucho cansancio, tengo poco cansancio. La inteligencia me marcha muy bien, la inteligencia me marcha regular. No importa. Tú tienes un plan para mí, señor. Y yo quiero encontrar mi vocación, yo quiero encontrar cuál es tu camino, ¿A qué me llamaste? Quiero estar contigo, quiero vivir contigo. Hoy Jesús, el siervo perfecto de Dios, nos invita a que vivamos esta Semana Santa como un reencuentro con la vocación. Porque cuando uno se convierte, lo que uno llama la conversión no es inventarse una vida rara, convertirse en el fondo, en el fondo, es encontrar lo que Dios pensó desde el principio, eso es convertirse. El día de Teresa de Jesús dejó su mediocridad porque era una monja mediocre, cuando dejó su mediocridad y se resolvió a ser de Dios totalmente. Ese día que inventó una vida rara. No, ese día encontró lo que vio desde el primer día de su existencia estaba pensando, para eso que estaba pensando. Qué bueno que volviste, qué bueno que encontraste por fin mi palabra.

Vamos a vivir esta Semana Santa así. La Semana Santa no es una cantidad de rezos y de ritos. La Semana Santa es a través de los rezos y a través de los ritos y a través de la palabra encontrar la voz de Dios. ¿Qué fue lo primero que tú pensaste para mí? ¿Qué es lo que yo no he querido oírte, Señor? ¿Qué es lo que yo no he atendido? Eso quiero recibir en esta Semana Santa, para gloria tuya.

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