|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El desaliento último
Homilía msan001a, predicada en 19960402, con 13 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Las lecturas de este día, nos presentan por decirlo así, la frustración final, el desaliento último. Jesús no hizo ninguna empresa, no construyó ninguna fábrica, no tuvo un hogar, no dejó descendencia alguna en hijos. ¿Por qué? Porque todo su tiempo y todo su amor, porque todo su pensamiento y toda su voluntad, porque todas sus fuerzas estuvieron empeñadas solo en una, en una cosa. La llegada del Reino de Dios. Que Dios empiece a reinar, que podamos descubrirlo como Padre y descubrirnos como hermanos. ¿Qué son sus milagros? Señales del Reino, ¿Que son sus parábolas? Palabras del Reino. Que es su humildad, su trabajo, su continuo trasegar, su esfuerzo ante las multitudes o ante personas particulares. Su oración de la noche y su labor del día, qué es , qué anunciar que Dios reina. Anunciarlo en las plazas, en las calles, en los campos, en las veredas, decírselo a todos, especialmente a los más pobres. Consolar a todos, especialmente a los más pecadores. Sanar a todos, especialmente a los más enfermos. Liberar a todos, especialmente a los más oprimidos. Esta ha sido la vida de Jesús. Digo más, esta ha sido toda la vida de Jesús, es decir, no hizo más. Carteles por favor la dimensión de estas palabras. Jesús no hizo nada más, solo eso. Has conocido a una de esas personas que viven solo para su empresa. Uno podría quizás dar nombres, uno piensa en Microsoft Corporation y eso tiene un nombre propio, Bill Gates. Otros han dado su apellido a inmensas instituciones como la Fundación Rockefeller, y esa vida fueron ellos. Ruedan por las calles de nuestra ciudad autos que llevan el apellido de un hombre Ford, Henry Ford. Ellos le dieron su vida a eso, y la vida de ellos, de alguna manera sigue circulando en calles, en empresas, en publicaciones. Otros prefirieron la de la ciencia, el arte o una estirpe, una dinastía. Jesús no tiene dinastía, no tiene espíritu, no tiene empresa. Jesús no tiene nada sino la voluntad del Padre, el deseo quemante, el deseo absoluto, como solo puede existir una vez en la historia humana. El deseo absoluto de que Dios reine, de que aparezca la gloria de Dios, de que su nombre sea declarado santo y glorificado por todos. Este es Jesucristo. Nadie se ha consagrado tanto a su tarea como este Jesús que empezó a anunciar el Reino ya en su manera de ser concebido, en la pobreza de su nacimiento, en el ocultamiento de su infancia, en la obediencia de su juventud, en la humillación de su bautismo, en la largueza de su generosidad, en la bondad de sus palabras, en las maravillas de sus signos. Hay alguien pregunto ¿Que tenga semejante coherencia? Ni Henry Ford ni Bill Gates nacieron siendo lo que son. En cambio este, que es el Mesías, el ungido de Dios desde el vientre materno, está anunciando, contando y cantando que Dios es bueno, que hay gracia, que hay vida, que hay perdón. Este es Jesucristo y lo que vamos a presenciar en esta Semana Santa y que está apareciendo ya y que se ha dicho ya en las lecturas de hoy, es como este único proyecto que es, por así decirlo, la esposa y el hijo y la empresa y el todo de Jesús. Este único proyecto del Reino se resquebraja. De arriba abajo ha aparecido una grieta. Jesús, que parece tan fuerte en todo el Evangelio, se conmueve y él mismo parece quebrarse cuando dice: Uno de vosotros me va a traicionar. Ha llegado el veneno, ha llegado la cizaña hasta ese reducido grupo al que Jesús se le ha dedicado de modo especial. En más de una oportunidad se retiró con ellos solos y dejó las multitudes, aunque hubiera todavía endemoniados por liberar, pecadores por perdonar, enfermos por sanar. Dejó de lado esas multitudes para dedicarse a este puñado de hombres, para decirles a ellos, de una manera si se quiere más particular, más incisiva, más clara, para decirles a ellos las dimensiones, la longitud y la anchura, la profundidad y la belleza de lo que significa que Dios reine. Sea literalmente, se ha gastado, se ha quemado por ellos. Uno de vosotros me va a traicionar, dice Cristo. Esto significa que al mejor médico se le va a morir ese enfermo, que el mejor maestro no pudo ponerse discípulo. Esto significa que el mejor abogado no pudo defender esa causa. Esto significa que a un Dios tan bueno siempre se le puede oponer una malicia tan grande. Yo no me atrevo aquí a decir, ni me corresponde a mí decir cuál es el destino eterno de ese hombre. A esto no me llama la Iglesia, ni la Iglesia tiene que declarar eso. Gracias a Dios, la Iglesia tiene por misión anunciar este mismo Reino de Cristo. Y alguna vez declara que el Evangelio se realizó de tal modo en la vida de una persona que esa persona podemos creer se encuentra gozando del cielo. Eso es lo que llamamos la beatificación y después la canonización. Pero no le corresponde a la Iglesia declarar la condenación eterna de nadie, mucho menos me toca a mí. Sin embargo, los acontecimientos hablan y gritan. Judas comió el pan untado en salsa, miró por última vez a su maestro y se retiró, era de noche. Ese profundo fracaso, esa noche que no está solo en el atardecer de Jerusalén, sino que está sobre todo en el ocaso de la vida de Cristo. Esa noche que no significa solamente el frío y la lejanía del sol, sino ante todo el helado de corazón humano que puede resistirse a Dios. Esa noche se la tuvo que beber de un zorro de nuestro Señor. Esa fue la noche que le ofreció Judas, y en Judas toda la ingratitud y la traición humana a Cristo. Así como Cristo le daba pan untado en salsa y le daba alimento a Judas. Judas tenía también, y en él nuestras traiciones y pecados, tenía también qué darle a Jesucristo. Y ese es el cáliz que dado por Judas. Pero antes de Judas, dado por Dios para redención nuestra, tendrá que beber Cristo. Ese es el cáliz que le hará llorar y sudar sangre en Getsemaní, era de noche. Es la noche del profundo desaliento. Es la noche en la que vemos derrumbarse a este hombre. Pensemos en el mejor artista ¿Qué sentiría un Leonardo da Vinci que tomáramos alguna de sus preciosas obras? Una sola y la destruyéramos ante sus ojos. Qué tristeza, qué lamento, qué gritos no daría ese hombre. Pensemos en el más amoroso padre de familia que viera unos con horror cómo torturan y asesinan a su hijo. Pensemos en el poeta o en el empresario. Pensemos en el comerciante o en el abogado que ve deshacerse la obra de su vida. Eso, infinitamente más que eso, es lo que le va a suceder a Cristo en esta noche. Esta noche que hiela hasta lo profundo de sus huesos. Era realmente de noche, y por eso hemos escuchado el Capítulo Cuarenta y nueve del profeta Isaías, donde se habla de un personaje misterioso que nunca terminaremos de saber si es el pueblo judío en su conjunto, si es Jesús como representante de ese pueblo o si acaso es cada uno de nosotros cuando llega a esa situación. Hemos escuchado ese Capítulo Cuarenta y nueve de Isaías, donde se nos habla de ese siervo de Yahvé que dice para sus adentros: Yo pensaba en viento, y en nada he gastado mis fuerzas. Es el absoluto desaliento, es la profunda congoja, es la terrible angustia del hombre que sabe que tiene que despedirse de la vida, pero que en el caso de Jesús se va de una vida que no disfrutó, se va de una vida que no gastó en sí mismo, sino en los demás. Porque, como dicen de manera perfecta los padres de la Iglesia, todo lo que recibió de nosotros, por nosotros lo gastó. Cuerpo tuvo para ofrecerlo por nosotros, días tuvo para gastarlos en nuestro servicio, ojos y boca y manos tuvo para que se le quemaran por el sol, para que se le cansaran bendiciendo y sanando enfermos, nada tuvo Cristo que no entregará por nosotros. Pues bien, este Cristo que tiene que despedirse así de esta vida, puedes apropiarte de modo infinito y singular las palabras de Isaías en viento y en nada he gastado mis fuerzas, y comprando su propio drama, él no va como un enamorado enceguecido va con el realismo del hombre que sabe qué pasos va marcando la providencia de Dios en su vida. Se ofrece Pedro, yo no te voy a dejar. Se ofrecen los discípulos, yo nunca renegaré de ti. Jesús sabe con realismo que ese cáliz y esa noche solo la puede soportar y solo la puedo beber Él, y que quedará infinita y definitivamente solo. Pero desde esa soledad de la Cruz y desde ese sepulcro podrá seguir recitando el cántico de Isaías. En realidad, mi derecho lo llevaba el Señor. En realidad, mi salario lo tenía mi Redentor. Sí. Nada recibió de nosotros que no diera por nosotros. Pero de Dios recibió la gloria y por eso dice: Ha llegado la hora, glorifícame Padre. Glorifícame Padre significa, No le cobro un peso al mundo, no le pido nada, ni a ustedes ni a nadie. Mi gloria, mi salario, mi redención, solo la tiene Dios. Y con esa convicción y con ese amor y esa oración, lo veremos morir en la Cruz y resucitar para paz nuestra y para gloria del Padre. Hermanos, acerquémonos a este altar para alimentarnos de esos misterios y pidamos de Cristo que también nosotros seamos gloria del Padre, y que no le pidamos al mundo lo que el mundo no podrá darnos. Sepamos esperarlo de Dios. Así nos lo enseña Cristo. Amen.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|