Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lo propio del servidor de Dios: todos los días aprende

Homilía mcsa034a, predicada en 20260401, con 29 min. y 21 seg.

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Transcripción:

En la primera lectura de hoy, Miércoles Santo, tenemos el tercero de los cánticos del Siervo, el siervo de Dios. Recordemos que estos cánticos nos enseñan lo que significa servir a Dios. Recordemos también los números de los capítulos en que están estos cánticos, porque es bueno ir a la Biblia y leer el texto completo. Se encuentran en los capítulos 42, 49, 50, que fue el de hoy, y luego entre los capítulos 52 y 53, ahí está el cuarto cántico, que es el que se lee el Viernes Santo.

Así que hoy estamos con el tercer cántico. Y una manera de leer este texto tan hermoso, tan profundo, es mirarlo como una respuesta al problema del mal. ¿Qué hacemos con el mal? Qué hacemos con que hay males que cometemos, hay males que han caído sobre nosotros, hay mal en el mundo, ¿qué hacemos con eso? Algunas personas utilizan el hecho de la existencia del mal como un argumento contra Dios. El argumento de ellos es: -Y esto ya tiene muchos siglos. Si Dios es todopoderoso, si Dios todo lo sabe y si Dios es amor, ¿por qué hay mal en el mundo? Es uno de los ataques relativamente frecuentes cuando se trata de negar la existencia de Dios. Se puede hacer un argumento, se puede plantear un argumento, pero ese no va a ser nuestro ejercicio hoy.

Hoy queremos acercarnos a lo que nos enseña este pasaje del capítulo 50 de Isaías: «El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo». Una lengua de discípulo, una persona que habla como un discípulo. Una traducción más tradicional, dice: «Me ha dado lengua de iniciado», esa palabra es más precisa. Iniciado quiere decir el que se ha formado, el que va adelante en el discipulado. ¿Para qué te ha dado Dios esa formación? «Para saber decir al abatido una palabra de aliento». Lo primero que hay que hacer con el mal es aliviar a los que lo sufren, eso es lo primero que hay que hacer con el mal. Y cada uno tiene que preguntarse cómo puede vivir ese alivio, ¿a quién puedes aliviar tú? Cuando una persona no encuentra descanso, cuando no encuentra alivio, puede llegar a cometer cosas terribles, puede volverse cruel, puede volverse interesada, puede volverse violenta, puede atentar contra su vida.

Lo primero que hay que hacer con el mal no es buscar culpables, sino buscar alivio, y ese fue Jesús. Recordemos que en uno de los domingos de este año se leyó el texto de un ciego de nacimiento que fue curado por Jesús. Y los discípulos le preguntaban: «Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres para que haya nacido ciego?». Ellos estaban buscando un culpable, Jesús estaba buscando una respuesta, una solución, un alivio, un alivio, para poder decirle al abatido una palabra de aliento. Lo primero que hay que hacer con el mal es eso. Es impresionante cuando uno cae en cuenta de esto que estamos comentando, es impresionante darse cuenta que así obró Jesucristo. Antes de preguntar si este es judío o no judío, si es hombre, mujer, si se lo merece o no lo merece. Jesús extiende el bálsamo del consuelo, el bálsamo del alivio.

A veces lo primero que se nos ocurre con el mal, como ya dije, es buscar culpables. Otras veces uno quiere buscar explicaciones, explicaciones. Imagínate que una persona va donde el odontólogo o dentista, dicen en otras partes, con un dolor salvaje y el odontólogo dice: -Bueno, vamos a estudiar el tema del dolor. Yo estoy seguro que tú le dirías: -Mientras usted lo estudia, por favor haga algo por mí. La primera respuesta frente al dolor, frente al mal, frente al sufrimiento, es buscar el alivio.

Pero hay otra idea muy profunda aquí. Este hombre, nos dice que ha recibido una formación, tiene lengua de iniciado. O sea, tiene palabra de discípulo, de discípulo formado. ¿Para qué me ha formado Dios? ¿Para qué uno estudia? Hay personas a las que les gusta el estudio. Hay gente a la que no le gusta tanto estudiar, pero conocer, conocer es agradable, es bonito, pero ¿para qué conoces, para qué estudias?, aquí hay una respuesta: «Me ha dado lengua de discípulo formado para decir al abatido una palabra de aliento». Si tu formación no te vuelve más caritativo, probablemente es una expresión de egoísmo, una expresión de gula espiritual o intelectual. En la Edad Media hubo un monje que estudiaba muchísimo, muchísimo, fue famoso y la gente lo llamaba Petrus. Como ustedes ya pueden intuir que significaba eso, era el come-libros. Yo no sé si él era bueno, además de ser un buen intelectual, pero la enseñanza es, si estás estudiando, si te estás formando, si conoces doctores de la Iglesia y estudios profundos de catecismos y de biblias, que sea para esto, para llevar alivio.

Cuando Jesús definió su misión en Lucas capítulo cuatro, dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, ¿para qué? Para llevar la buena noticia a los pobres. Para liberar a los cautivos, para dar la vista a los ciegos, para anunciar un año de gracia del Señor». A nosotros los dominicos, muchas veces nos critican porque nos volvemos demasiado intelectuales. Y hay el peligro de convertir el estudio en un fin. No, el estudio no es un fin, el estudio es para amar más a Dios, para adorarlo más y para llevarle un poco de alivio, hay mucho dolor en este mundo.

«Cada mañana, dice, me espabila el oído, o sea me despierta el oído, para que escuche como los discípulos». Esto es lo propio del servidor de Dios, todos los días se aprende, todos los días crece. Qué peligro cuando uno deja de aprender, es una cosa automática, uno deja de aprender y se llena de arrogancia y empieza a creer que lo que ya sabe, eso es lo más importante y eso es lo único. Hay que crecer, un hombre tan grande como San Agustín tiene esa frase impactante: «¡Ay de mí, que ni siquiera sé cuánto ignoro!». Agustín se declaró discípulo hasta el día de su muerte.

«El Señor Dios me abrió el oído. Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban las mejillas, a los que mesaban mi barba». Bueno, aquí hay un tema que lo anunciábamos ya esta mañana y es aquello de «yo no resistí». Y uno se queda preguntando, qué fue lo que él no resistió, o mejor dicho, a qué fue lo que no le puso resistencia, a la palabra que Dios le daba o al ataque que venía. Porque ahí está la segunda parte de esta predicación. La primera parte, estamos con el gran tema del problema del mal. La primera parte es que el mal se ataca aliviándolo, lo primero es buscar qué podemos hacer para aliviar el dolor, el sufrimiento de tantas personas y tenemos que ser útiles en eso.

Pero ahora viene el segundo punto. Y ¿qué pasa cuando me atacan a mí? ¿Qué pasa cuando me humillan? ¿Qué pasa cuando me excluyen? ¿Qué pasa cuando me maltratan? Y ahí es donde aparece esta frase: «El Señor Dios me abrió el oído. Yo no resistí ni me eché atrás». ¿A qué se refiere? Uno puede pensar que se refiere a que no se resistió al poder de la palabra, o sea que aceptó, que realmente acogió la Palabra. Pero también parece que significa que no resistió el ataque que venía contra él, y esta es la parte más misteriosa de este cántico, y es la parte más misteriosa de la Pasión de Cristo. ¿Por qué esa especie de pasividad de Cristo cuando lo atacan? Uno podría pensar que eso no es responder al mal. Y uno podría pensar que la respuesta al mal está en buscar la justicia y buscar la justicia es, pues que no me hagan un daño, que no, que no es justo. Yo tengo que luchar por mis derechos. Yo tengo que luchar por lo que es justo. Yo no debo dejarme de nadie. No estoy diciendo que tengo que oprimir a otras personas, pero yo tampoco me tengo que dejar. Eso suena razonable.

Pero es que este cántico y esta palabra del Señor y la Pasión misma de Cristo van más allá. Que Dios me ayude a poder expresarme. Tú puedes buscar y debes buscar la justicia, pero es como si la Palabra nos dijera busca sí, busca la justicia, pero ten en cuenta que en esta vida nunca vas a encontrar justicia perfecta, porque la justicia la van a administrar seres humanos, y los seres humanos a veces son imparciales y son correctos, pero muchas veces son parcializados y son corruptos y son injustos.

Hace poco me comentaban de un problema legal en el que están unos amigos aquí en Colombia. Ellos tienen unas tierras que son útiles como canteras para sacar material y material que vale mucho dinero, pero para la explotación de esas tierras de manera legal. Si no es legal, pues se lo cierran y los multan. Para explotar esa tierra de manera legal se necesitan varios permisos, un permiso del municipio, un permiso de una cierta, un cierto instituto que existe aquí en Colombia, que no lo vamos a explicar ahora y que tiene que ver con la administración de Recursos Naturales, la famosa CAR. Y tiene que aparecer también la opinión de un juez, porque el caso ya está en discusión. ¿Cuál es el problema? Hasta donde yo entiendo, estos amigos queridos, ellos tienen, en realidad tienen todo el derecho de hacer lo que quieren hacer, pero no los dejan. Y el problema está en que el juez se deja sobornar y el municipio se deja sobornar, y los del instituto ese, algunos por lo menos se dejan sobornar.

Entonces, sí uno tiene que luchar por la justicia y uno tiene que hacer valer sus derechos, pero entiende que la justicia humana es imperfecta y tienes que ir un paso más allá y tienes que prepararte para vivir en un mundo en el que habrá injusticia. Y entonces, cuando tú ya asumes que de verdad va a haber injusticia en el mundo y que esa injusticia te va a tocar a ti, entonces ahí es donde se llega a ese nivel altísimo al que nos conduce este cántico y al que nos lleva sobre todo la Pasión de Cristo. Yo te exhorto, yo te invito a que tú luches por lo que es justo, como estos amigos siguen dando su pelea y contratan abogados y están buscando. Pero un amigo de ellos me decía, ese caso se va a perder y se va a perder, no porque ellos no tengan razón, sino porque hay corrupción. Y como hay corrupción la gente se vende. Claro, evidentemente lo que quieren es impedirles esa explotación. Explotación que sería lícita a menos que ellos paguen también una suma descomunal, o sea, a menos que ellos sobornen también.

Entonces tú puedes luchar por la justicia y debes luchar por la justicia. Pero ten presente que justicia perfecta no vas a encontrar en esta tierra y que, por consiguiente, la injusticia va a llegar a tu vida. Y eso sucede en un nivel grande, en un nivel macro, y eso sucede también en el nivel micro. Hay injusticias por las que hay que luchar en las familias. Y yo te invito a que luches para solucionar lo que es injusto en la familia, por ejemplo, la violencia, hay que luchar en contra de eso. No podemos tolerar la violencia ni contra los niños, especialmente, ni contra los niños ni contra las mujeres. Hay que dar esa pelea. El problema está en que las maneras de ser crueles y las maneras de ser injustos en una casa no están todas en el Código Penal. Hay maneras horribles de torturar a una persona sin que la ley pueda meterse.

O sea, el dolor te va a llegar, la injusticia te va a llegar. Eso suena pesimista, pero yo no sé si hay que llamarlo pesimista o hay que llamarlo realista. Yo no te estoy llamando a que sea resignado, te repito, hay que buscar los medios. Por ejemplo, aquella gente está buscando abogados y hay que buscar especialistas y psicólogos. Y sí, ayúdate y da la pelea, pero ten presente que no todo se logra, no todo se logra y que hay un momento en el que lo injusto y lo cruel va a llegar también a tu corazón, mientras tú sigues luchando, va a llegar también a tu corazón. Por ejemplo, tú no puedes obligar a una persona a que te quiera, no puedes obligarla. Y lamentablemente, mucha de la crueldad que yo como sacerdote veo, no es solamente la crueldad de los políticos terribles y las guerras que hay y que este presidente hizo y que el otro respondió y que los terroristas y que los guerrilleros.

Yo veo muchísima violencia en los hogares, y es una violencia de bajo voltaje, pero que va quemando a la gente, la va destruyendo. Y en este retiro y en los testimonios que ustedes han oído, saben que eso es cierto, y no hay ninguna ley que diga usted como papá tiene que ser tierno con sus hijos. Ninguna ley dice eso. Pero si un papá no es tierno, si un papá no es cercano, si un papá no es respetuoso, puede destruir el corazón y la psicología de los hijos y de la esposa. Y hay mujeres que tienen también una tremenda capacidad, son auténticos monstruos que saben cómo humillar, cómo destruir al varón, porque el varón también tiene sus necesidades y saben qué palabras decirle y cómo acabarlo y cómo mantenerlo bien abajo.

Entonces el dolor va a llegar, la herida va a llegar, ¿qué vamos a hacer cuando llegue? No es que nos resignemos, lo digo por última vez, sino que aún dando la pelea hay cosas que no se van a lograr. Yo lo miro, por darles un último ejemplo. Yo lo miro, por ejemplo, con los abuelitos. Hay tantos abuelitos que sufren una soledad terrible, pero no hay ninguna ley en ningún país que yo conozca, ninguna ley que diga: -Si un nieto no llama a su abuelo por lo menos una vez cada dos meses se le pondrá una multa. Ningún país dice eso y hay muchos abuelitos y abuelitas que están en una tristeza inmensa y se están muriendo por dentro y no hay ninguna ley que apoye eso.

Entonces hay un momento en el que el dolor entra, el dolor de un accidente, el dolor de una enfermedad o el dolor de una injusticia, que es de lo que habla Isaías 50, ¿qué hay que hacer ahí, frente a ese dolor qué hay que hacer? Y las alternativas no son bonitas, las que ofrece el mundo, ¿qué ofrece el mundo? Que uno se vuelva también violento. Y eso pasa en los matrimonios: -Tú me maltratas y me humillas. Espera que yo también sé cómo destruirte a ti. Y empiezan a despedazarse, y como están tan cerquita, pues lo logran. Esa es una manera de volverse uno también violento o volverse uno también humillante, volverse uno cruel, eso también existe. Otras personas se llenan de amargura y se hunden en la depresión, otras personas se vuelven cínicas, otras personas se ahogan en los vicios tratando de olvidarse de ese dolor que tienen. Y por eso hay tanta gente hoy, digo yo, tanta gente que se está metiendo en toda clase de vicios, están tratando de olvidar eso.

¿Qué dice la Palabra de Dios frente a eso? «El Señor Dios me ayuda». Esa es la respuesta que da. Es decir, hay que aprender a tener la fuente adentro. Tu paz no puede depender de las circunstancias. Tu alegría no puede depender de las circunstancias. Tu deseo de ser bueno no puede depender de las circunstancias, porque las circunstancias algún tiempo pueden ser buenas, por ejemplo, estás en un país que te gusta, donde hay un buen gobierno, estás en un matrimonio donde eres feliz, tienes una familia llena de amor. Algunas veces las cosas serán muy buenas y otras veces van a ser muy malas. Entonces, la enseñanza que nos da este cántico es que tú no puedes hacer depender tu paz, tu alegría y tu deseo de bondad, no lo puedes hacer depender de lo de fuera. Y eso lo vivió Cristo, y esa es la Pasión de Cristo. Lo rodearon de odio, lo rodearon de crueldad, lo rodearon de abandono y de injusticia, y ¿qué salía de Él? Lo que escuchamos en las Siete Palabras. ¿Por qué Cristo podía hacer eso? Porque Cristo tenía la fuente adentro. Y en el capítulo cuarto de San Juan, Cristo dice eso dice: «Yo te voy a dar agua, que se te va a volver un manantial adentro». Esa es la clave.

Si tú hoy te sientes amada, súper amada de tu esposo, te felicito y me alegro contigo. Eso puede cambiar, la gente se enferma, la gente cambia, la gente se muere, la gente peca. Entonces agradece lo que tienes, pero cuida que la fuente esté dentro. Porque la vida cambia, las circunstancias cambian y tú no puedes poner tu valor únicamente en lo que esté afuera, porque hay muchos engaños y hay muchos accidentes y hay mucho pecado. Aprender a vivir con la fuente adentro, eso es ser un iniciado, ser un verdadero discípulo. Como ustedes se dan cuenta, esto se parece mucho a una de las predicaciones que hemos tenido aquí, la de la idolatría. Tú no puedes hacer depender las tres cosas que te dije, ni tu paz, ni tu alegría, ni tu deseo de ser bueno, eso no puede depender de lo de fuera. Eso es ser cristiano, eso es tomar en serio la fe. El Señor me ayuda y por eso, más allá de lo que viene de fuera, el verdadero cristiano por dentro se fortalece.

Último punto, que es muy, muy hermoso, y que en el fondo ya está dicho. Aprender a sostenerse en Dios. Miramos a la gente, amamos a la gente y hay gente que nos ama. Creo que los que estamos aquí, todos podemos decir de alguien en esta tierra y eso es muy lindo, yo sé que tal persona me quiere, me ama, eso es muy lindo. Pero el que me sostiene es Dios, mira estas palabras: Mi defensor está cerca. Mi defensor está cerca. El Señor Dios me ayuda. ¿Quién me condenará? Es aprender a sostenerse en Dios.

Resumen entonces, hemos aprendido tres cosas sobre el tema del mal. Primero, que antes que cualquier teoría o búsqueda de culpables frente al mal, mira qué puedes aliviar tú. Y eso vale para todo, eso vale para tu esposo, eso vale para tus hijos, eso vale para tus amigas, eso vale para tu país. ¿Qué puedo hacer yo para aliviar el mal? Segundo, como más allá de toda lucha por la justicia, el mal también me va a salpicar a mí y me va a doler, yo tengo que aprender a tener la fuente adentro. Y tercero, es el Señor el que no va a fallar. Es el Señor el que va a permanecer.

Alguien podría pensar que esta actitud, no sé, como que nos vuelve un poco arrogantes o demasiado independientes. Al contrario, permítanme que dedique estos últimos minutos a los matrimonios y a la familia. Te voy a decir esto, cuanto más afianzado estés tú en Dios, y cuanto más sientas que Él es tu paz, tu alegría, tu consuelo, la fuente de tu amor, mejor esposo vas a ser, mejor esposa vas a hacer, porque dejas de exigirle a la otra persona que te dé lo que en realidad solo Dios te puede dar. Una manera de decir este pensamiento es: nadie sabe acompañar mejor que el que sabe estar solo. Y eso es prepararse, una mujer que se prepara de esa manera, es una mujer que sabe lo que puede esperar de ese señor llamado esposo. Si es un esposo, no más, no menos, un esposo, no es un ángel, no es Dios, es un esposo. Y eso fue básicamente lo que me conseguí, eso fue lo que me conseguí. Entonces uno no idealiza a la gente, ni al esposo, ni a la esposa, ni a los amigos, ni a los hijos. Las mamás tienden a idealizar a los hijos. Todas las mamás de todos los países que yo he conocido se llevan la mano al pecho y dicen: -No porque sea mi hijo. Cuanto menos idealices, y cuanto más te apoyes en Dios, mejor hijo vas a ser, mejor esposo vas a ser, mejor abuelito vas a ser, mejor padrino vas a ser.

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