Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Análisis de la traición de Judas: decepción, desquite y codicia parecen haber preparado su corazón para la acción astuta y cruel del maligno en contra de Jesús, en quien el demonio veía un justo unido en todo al querer de Dios.

Homilía mcsa030a, predicada en 20230405, con 41 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Con la ayuda del Espíritu Santo, queremos hacer una reflexión sobre la traición de Judas, que es el tema central en el Evangelio de hoy. Y después, que nos siga auxiliando el Espíritu, queremos conectar con la primera lectura tomada del capítulo 50 de Isaías y que corresponde al tercero de los cánticos del siervo de Yahvé.

Empezamos por la traición de Judas, ha sido desde siempre un gran enigma. Enigma en el sentido de que nuestras preguntas difícilmente pueden encontrar una respuesta única y concluyente. La pregunta fundamental está en este simple enunciado ¿Por qué? Las respuestas son múltiples, parece haber por lo menos tres elementos que se conjugaron y que llevaron a este hecho tan doloroso, tan terrible. El primer elemento, según el parecer de muchos exégetas, es decepción. Sabemos que los apóstoles todos tenían una cierta imagen de lo que debía ser el Mesías, ellos esperaban una especie de reedición del tiempo del rey David. Ellos esperaban que volvieran los viejos y buenos tiempos, aquellos tiempos de David en que los enemigos estaban afuera y a raya, y la prosperidad y la seguridad llovían sobre Jerusalén y sobre todo el pueblo de Dios. Querían sentir que el mal estaba controlado y afuera, y que el bien era abundante y que se hacía presente en sus vidas.

Esto lo deseaba seguramente Judas, porque sabemos que lo deseaban los demás apóstoles, solamente por citar un texto, recordemos que en alguno de los pasajes, Cristo les habla claramente sobre cómo va a ser entregado, cómo va a ser torturado y cómo lo van a matar. Y comenta el evangelista: «Ellos no le entendían y les daba miedo preguntar». Por qué les daba miedo preguntar, sabiendo que en tantas otras ocasiones le habían hecho preguntas, ¿por qué esa pregunta no la querían hacer? Porque, como se dice popularmente en este país, no querían bajarse de la nube. Ellos tenían una ilusión, una imagen de Mesías y, por consiguiente, esa imagen era con la que querían quedarse.

Cuando Cristo empieza a romper con esa imagen, cuando Cristo empieza a obrar de un modo inexplicable, imposible de coincidir con esa imagen, se produce perplejidad y se produce frustración. Esto lo vivieron todos, por eso abandonaron al Señor. Cuando fueron a prender a Jesús en el huerto de Getsemaní, pues ellos esperaban una intervención potente de Cristo y de los cielos, de los ejércitos de los cielos, pero nada de eso sucedió. Ver a su líder, ver a su Maestro encadenado, entregarse, como dice después San Pedro: «Como oveja llevada al matadero», eso los deja completamente perplejos, y por qué no decirlo, decepcionados.

Pero estas decepciones venían desde antes, desde bastante antes, entonces, no profundicemos más en esa causa. Una posible causa, es una profunda decepción. Judas le había empeñado un tiempo de su vida, posiblemente dos o tres años, una cosa así, dos o tres años bien difíciles se los había empeñado a ese sueño y cuando su sueño no coincidió con Cristo, entró una profunda decepción. De la decepción podemos pasar a una segunda palabra que es más difícil de pronunciar en este contexto.

Judas, como acabo de decir, le había invertido tiempo, energía, ilusión al proyecto Jesús de Nazaret. Queda decepcionado, hay una especie de rabia, hay una especie, una especie de rencor. Es decir, han jugado con mis sueños, es lo que él piensa, me han hecho trampa, he sido estafado, esto no es lo que yo quería. De manera que hay un toque, hay un cierto toque de rabia. Hay un cierto toque de rencor que se nota en la manera como Judas habla de Cristo en los últimos pasajes donde aparecen sus palabras. Observemos cómo no tiene dificultad en juzgar el comportamiento de Cristo cuando aquella mujer, María de Betania, derrama ese perfume, y Judas se considera autorizado para juzgar a Cristo, ¡qué desperdicio!, considera que eso no se debe hacer. Se ha erigido en juez de Cristo, considera que no solo está decepcionado, sino que tiene derecho a juzgar el comportamiento del Señor. Hay un toque, un cierto toque de rencor que, según algunos de los estudiosos, llega incluso a la rabia propia del que quiere desquitarse. Algo así, poniendo estas palabras que suenan tan horribles en nuestros oídos, algo así como si Judas dijera, ¿por qué me estafaste, por qué jugaste con mi ilusión? Entonces hay algo de decepción, hay algo de rabia y hay algo de interés.

Sabemos que Judas no tenía una intención, por lo menos en lo que describen los Evangelios, no tenía una intención pura, por lo menos al final de su servicio. ¿Por qué lo sabemos? Por lo que escuchábamos en el evangelio de hoy. Mira sus palabras: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». No se trata solo de desquitarse de Cristo, se trata de ganar algo en el proceso. O tal vez él pensaba recuperar algo por todo ese tiempo de trabajo. Los apóstoles eran interesados, observa la pregunta que hace Pedro, por supuesto, todo esto es antes de la Pasión y antes de Pentecostés. Pero observa la pregunta que hace Pedro en otro contexto: «Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?». O sea, ellos miraban su vida con Cristo como una especie de inversión, una inversión que debía producirles poder y una vida, pues claramente mejor que la que habían tenido.

Judas intenta recuperar su inversión, pero según nos advierte el evangelista San Juan no empezó a obrar así cuando llegaron estos días finales los de la Pasión. Fíjate lo que dice Juan, en otro contexto, en el de la mujer aquella de Betania, cuando Judas dice: «Se hubiera podido dar ese dinero a los pobres, comenta el evangelista, «no es que le interesaran los pobres, sino que como él era ladrón y era el que llevaba la bolsa, entonces pues él tomaba de lo que estaba ahí, él se quedaba con ese dinero». Podemos sintetizar esa raíz en la palabra codicia. Entonces, las tres palabras que resumen muchos estudios sobre Judas, las tres palabras son: por decepción, por desquite y por codicia. Decepción, desquite y codicia.

Y sobre esa base, que podemos llamar una base humana, hay otro aspecto que no debemos destacar, que no debemos dejar de destacar, la acción del maligno. El maligno detestaba a Jesucristo. Según la opinión de Santo Tomás y algún otro autor, el demonio no sabía que Cristo era el Hijo de Dios encarnado. Aunque utiliza la expresión: «Hijo de Dios, sabemos quién eres, el Hijo de Dios». La expresión «Hijo de Dios» aparece varias veces en el Antiguo Testamento, muy rara vez en singular. Aparece en singular referido al conjunto del pueblo de Dios, pero no es una expresión que esté ausente. Si usted mira, por ejemplo, en el capítulo segundo del Libro de la Sabiduría, se encuentra con algo muy interesante. Ese capítulo segundo describe los pensamientos de la gente inicua que persigue al que es justo y una de las expresiones que utilizan los inicuos en el libro de la Sabiduría, capítulo segundo es, esta gente los inicuos burlándose del justo, mira las palabras: «Él dice que es hijo de Dios». Según los estudiosos, el Libro de la Sabiduría fue escrito unos 50 años antes del nacimiento de Cristo.

O sea que la expresión «Hijo de Dios» no necesariamente quiere decir lo que significa para nosotros cuando lo aplicamos a Cristo, es decir, aquel que comparte la naturaleza del Padre y que se ha encarnado en las entrañas de María y es Dios verdadero y hombre verdadero. En la Biblia, quiero decir, en el Antiguo Testamento, la expresión «Hijo de Dios» indica una relación muy estrecha con Dios, como alguien en quien se realiza y que ayuda a que se realice el plan de Dios. O sea que cuando el demonio le decía a Cristo: «Sabemos quién eres, el Hijo de Dios», no necesariamente eso indica una comprensión de que Cristo era el Verbo de Dios encarnado.

Qué argumento utiliza Santo Tomás para decir que el demonio ignoraba, no es el único, san Juan Crisóstomo también dice lo mismo, ¿cuál es el argumento de Santo Tomás para decir que el demonio no sabía que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios encarnado? Pues es muy sencillo, el demonio jamás se atreve a pelear contra Dios. Jamás, porque si una cosa tiene clara es que esa batalla la tiene perdida y la tiene perdida desde que se rebeló contra Dios. Entonces el demonio, si hubiera sabido que Jesús de Nazaret era el Dios encarnado, jamás se hubiera metido con Cristo. Esa es la interpretación que da Santo Tomás de aquel texto de la primera carta a los Corintios, donde dice Pablo: «Si hubieran sabido, si hubieran conocido al Rey de la gloria, jamás lo habrían crucificado».

Así que el demonio no sabía que Cristo era el Hijo del Dios vivo, es decir, que era el Mesías, como Dios encarnado, no sabía eso. Pero el demonio odiaba a Cristo con todas sus fuerzas y odiaba a Cristo porque veía en Cristo una vida inocente, y no solo una vida inocente, sino una vida que le robaba almas, le robaba corazones, le robaba lo que él creía que tenía ganado. Por ejemplo, caso impresionante el de María Magdalena, de la cual dice la Escritura: «Cristo expulsó siete demonios». Muy probablemente el número 7 se utiliza aquí en símbolo para indicar una plenitud demoníaca en esta mujer. Y esa mujer que parecía presa segura para el demonio y sus secuaces, fue arrancada del dominio de ellos por el ministerio y la autoridad de Jesús. Entonces el demonio no solamente detestaba el corazón inocente, el cuerpo puro, la mente luminosa de Cristo, sino que detestaba y odiaba que Cristo le quitara lo que él consideraba presas seguras, presas fijas. Por eso odiaba a Cristo.

Y como sabemos todos, y como hemos repasado en este retiro, pues el demonio ciertamente trata de afectar nuestra voluntad por modos ordinarios y extraordinarios. En resumen, Judas Iscariote fue pudriendo su corazón, fue dañando su corazón, se le fue dañando el corazón a medida que crecían tres hierbas venenosas en su alma, la decepción, el desquite y la codicia. Esas tres hierbas fueron creciendo en su corazón, y esas tres hierbas prepararon ese corazón para la acción del maligno que, utilizándolo como instrumento, consiguió lo que quería. El propósito del demonio no era simplemente hacer sufrir a Cristo, esto también hay que tenerlo claro. Por supuesto que el demonio en su odio quería destruir a Cristo, pero el verdadero propósito del demonio, que es lo que vamos a ver en la crucifixión, el verdadero, el más profundo propósito del demonio, era separar a Cristo de la voluntad del Padre. Es decir, que todas esas torturas, que todas esas traiciones en las cuales también estaba presente el demonio, todas esas torturas, todas esas traiciones, todas esas burlas, todo ese dolor, era para que Cristo llegara a una conclusión, me va demasiado mal siendo obediente a Dios, tengo que separarme de Él.

Apliquemos esto a nuestro caso, y después debemos conectar con la ayuda del Espíritu Santo con la primera lectura. Apliquemos a nuestro caso, tres hierbas venenosas crecían en el corazón de Judas. Primera, ¿cuál dijimos? La decepción. Segunda, el desquite. Y tercera, la codicia. Esas tres hierbas venenosas, esos tres venenos no se acabaron con la muerte de Judas, esos tres venenos también nos atacan a nosotros. Veamos cómo para estar prevenidos. La decepción, aquí yo le pido a Dios no solo que me ilumine y que los ilumine a ustedes, sino que le conceda poder a mis palabras. Porque, hermanos, les hablo con el corazón en la mano, veo en algunos de ustedes brotes de estas hierbas venenosas.

¿Cómo obra lo de la decepción en personas como nosotros? A través de una especie de melancolía, una especie de tristeza, una especie de sensación de que soy de Cristo y me va mal, soy de Cristo y me quedo solo, soy de Cristo y estoy triste, soy de Cristo y no consigo amigos, soy de Cristo y no tengo felicidad. Cuidado, cuidado, porque ese es el abono para la primera hierba venenosa, cuando tú empiezas a repetirte muchas veces, y esto ha pasado en Familia Espiritual, casi con palabras textuales lo dijo una persona de Familia Espiritual: -Si uno se pone a seguir todo lo que allá dicen de purezas y castidades y todas esas cosas, se quedará sin novio, se quedará sin novia. ¿Eso qué es? Semilla de decepción.

Semilla de decepción, lo que está tratando ese poder del pecado es que tú hagas estas cuentas: -Si yo trato de servir a Dios y me va mal, entonces ¿para qué sirvo a Dios? Si trato de servir a Dios y me la paso triste, y en cambio, son otros los que prosperan y los que avanzan, ¿de qué me sirve servir a Dios? Esta tentación de la decepción así descrita, a todos nos llega. Y cada uno mientras estoy hablando, piense si usted siente que hay una especie de tristeza pegajosa que luego se puede volver acedia, que es una especie de fastidio de lo espiritual y fastidio de lo divino, una cosa horrorosa, si usted siente que eso, que esa especie de tristeza pegajosa le llega a usted, tenga cuidado, ya puede haber los primeros brotes de la misma mata que envenenó el corazón de Judas, la decepción.

En esencia, es: -Trato de hacer las cosas bien y me va mal. Eso fue lo que sintió Judas. Este tipo, o sea, Jesús de Nazaret, no va para ninguna parte. Estoy perdiendo mi tiempo. Lo mismo siente uno a veces: -Estoy tratando de servir a Cristo y me quedo sin amigos. Estoy tratando de servir a Cristo y me quedo sin alegría. Estoy tratando de seguir a Cristo y se me dañan negocios que yo hubiera podido cerrar si yo no fuera tan escrupuloso y tan bobo. Ahí está la semilla de la decepción.

Pasemos a la otra semilla, la otra es el desquite. Cuando uno dice que Judas estaba, en cierto sentido, vengándose de Cristo por la desilusión, por la decepción, a uno eso le parece asqueroso. Pero yo te quiero contar cómo esa semilla también llega a nosotros. Yo lo he notado especialmente en las personas que, durante un tiempo, tuvieron una cierta intensidad en la vivencia de la fe y que después se apartan de ahí. Los ejemplos más duros que yo he conocido son de ex-religiosos, de ex-religiosas, y aunque el sacramento del orden nunca termina, hay que decirlo de ex-sacerdotes. Alguno de ustedes creo que les comentaba algo que me está pasando en redes sociales, y me lo comentaba alguien de Familia Espiritual también. Ustedes saben qué clase de cosas publico yo en redes sociales, varios de los temas que publico son polémicos, especialmente los que tienen que ver, ya saben ustedes con que, género, aborto y cosas parecidas.

Pues resulta que alguien me hacía ver de la burla y ataque constante que un cierto ex religioso, no de mi comunidad de otra comunidad, no les invito a que ustedes se pongan a investigar eso, alguien lo descubrió, es verdad, eso está pasando. Este fue un hombre que fue religioso de otra comunidad, o sea, no de la mía, y este hombre habla con odio de mí. En realidad, él no me odia a mí como tal, como persona, él detesta lo que yo predico, sobre todo en lo que tiene que ver con género, castidad, aborto, etcétera, casi cualquier cosa que yo predique al respecto. Es imposible no darse cuenta que este hombre que trató, en cierto momento, de vivir una consagración, este hombre que en cierto momento se ilusionó con la santidad, ha salido de la vida religiosa a desquitarse, a darle duro a su cuerpo, a abrir las compuertas del libertinaje y atraer a muchos otros a que hagan lo mismo.

Hermanos, ¿qué es eso? Si no es exactamente lo de Judas, es desquitarse del tiempo en el que yo fui cristiano, del tiempo en el que yo viví como cristiano. Porque lo peor del caso de este hombre, por quien también voy a orar en esta misa, lo peor del caso de este hombre es que él no ha dejado la Iglesia, se sigue presentando como un líder, como un líder laico que predica un evangelio humano, no ese evangelio inhumano de Fray Nelson, del padre Santiago Martín y de tantos otros que predicamos de esta manera. Él no deja la Iglesia, él quiere quedarse adentro para adentro empezar con su Evangelio y empezar a decir a la gente que el verdadero Evangelio es ese. Esas personas se están desquitando del sueño que se les murió, se están desquitando de los años en que, en un noviciado, lloraban de devoción queriendo ser santos. Pero como eso no funcionó, han salido del seminario, han salido de la comunidad a desquitarse de Cristo.

En menor medida esto aparece en otras partes. Ustedes se han preguntado, y yo sé que este comentario es muy antipático, pero ustedes me conocen y saben que no hay en mí una sola célula de antisemitismo. Ustedes se han preguntado ¿por qué tantos de los enemigos de la fe han salido de contexto cristiano y de contexto judío? Marx venía de origen judío, Freud venía de origen judío, Nietzsche venía de origen protestante, cristiano. ¿Qué están haciendo ellos si no es, desquitarse de la raíz? Maldecir la raíz judeo-cristiana de donde ellos mismos vienen, maldecir su pasado, tratar de patearlo y destruirlo, esa es la misma situación de Judas.

Todavía en menor grado, yo me acuerdo que hace muchos años, yo no había entrado siquiera a la vida religiosa, hace muchos años le escuché a un hombre que además era muy agradable como persona, muy simpático, y soltó esta frase que, aunque yo no estaba en mi mejor momento de amor a Dios, lo sentí como una cachetada, como un latigazo en el alma. Algo dijo alguien de la familia, es que fue hace tantos años esto que te burles de mí, esto fue hace tantos años, alguien de la familia en una reunión en que estábamos, no sé si fue la esposa, si fue una hija, pero alguien de la familia dijo sobre lo hermoso, sobre lo bueno que era asistir a misa cada día. Y este hombre dice con una sonrisa de suficiencia, dice: -Yo ya todas esas misas ya las asistí con los salesianos en mi infancia. Tenían costumbre los padres salesianos de hace mucho tiempo, llevar a los niños a misa prácticamente todos los días. Es una práctica pastoral que puede ser cuestionada, pero lo que quiero destacar es la displicencia de este hombre: -No pretendas que yo ame la misa. Yo ya asistí a las misas que tenía que asistir. Yo eso lo he oído también de otras personas. Esa es una semilla de desquite.

Semilla de desquite también está en algunas personas que han tenido la inmensa bendición de nacer en un hogar católico. Pero no cualquier hogar católico, un hogar con un papá que trata de practicar la fe, una mamá que trata de practicar la fe y, por consiguiente, como papá y mamá tratan de vivir la fe, pues los hijos se encuentran en un régimen de bastante, bastante fe, bastante oración, bastante Iglesia Católica, y hay un momento en el que a veces en la adolescencia, por ejemplo, en la juventud típicamente, le dan una patada a esa fe, como quien dice, me cansé de eso y empiezan a desquitarse y muchos de esos desquites terminan en gente alcoholizada, gente en unos desórdenes sexuales espantosos, embarazos a destiempo, abortos voluntarios y otras barbaridades. ¿Qué es eso, sino desquitarse de Cristo?

Esas semillas nos pueden llegar a nosotros. Por eso estoy predicando esto, porque esas semillas pueden llegarnos a nosotros y por eso, yo le suplico a Dios que a los padres de familia les dé mucha sabiduría, porque a veces es mejor, es mejor no presionar, no jalar tanto, no sea que por ese presionar queriendo hacer un bien, lo que se produce es que en un momento la persona entra en blasfemia, entre en herejía, entre en apostasía y mande a la porra todo.

La tercera raíz amarga es la codicia, y en este sentido, el discernimiento es tan difícil. Cuando he tenido que reflexionar y orar sobre aquello que dijo San Pedro, la frase que ya cité: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?» Como él pues es modelo de seguimiento de Cristo y por eso tiene tanto que decirnos a los religiosos, pero además, pues es modelo de vida sacerdotal, de pastor en el nombre de Cristo y por eso es modelo para nosotros los sacerdotes. Yo medito mucho en eso de Cristo y muchas veces me pregunto ¿cuáles son mis intereses? Los míos. Lo mismo que en el caso de las otras dos semillas amargas que he comentado, uno puede pensar no, pero ¿yo qué interés voy a tener? ¿Que no, que no?

La única manera, y esta frase no es bonita de escuchar, pero es cierta, la única manera de saber qué tan desinteresado eres en el servicio a Cristo y en el amor a Cristo, la única manera es examínate cómo obras tú en tiempos de desierto y en tiempos de oposición. Si cuando tú tratas de dar lo mejor de ti, el mundo te responde con una muralla de hielo, ¿qué pasa contigo? Si cuando tú sirves a una persona, esa persona ni siquiera agradece, ¿qué pasa contigo? ¿Cómo eres tú cuando no te agradecen, cuando no te quieren, cuando no te aplauden? ¿Cómo eres tú cuando la gente no aprecia lo que tú haces? Por eso hay un gran peligro cuando la gente lo quiere a uno, y mucha gente lo abraza a uno, como me sucede a mí, que hay mucha gente que es muy amorosa conmigo, así como uno también aguanta los otros insultos, ¿no? Pero mucho cuidado, mucho cuidado porque uno se puede acostumbrar al coro de admiradores, al coro de aprobadores, uno se puede acostumbrar al ambiente donde todo es bien recibido. Hay que tener mucho cuidado con eso.

¿Cómo soy yo cuando mi familia me dice que soy un tonto? ¿Cómo soy yo cuando se burlan de Cristo? ¿Cómo soy yo cuando reciben con indiferencia la alegría que yo tengo porque el Señor resucitó? ¿Cómo soy yo en esos momentos? ¿Cómo soy yo? Ahí es donde aparecen las codicias de uno, cuando no hay aplauso, cuando no hay agradecimiento. Y por eso, para vacunarse en contra de eso es necesario practicar la penitencia secreta, es necesario practicar renuncias secretas. Uno no puede evitar que mucha gente lo quiera a uno y eso se agradece y eso también es regalo de Dios. Pero uno tiene que practicar penitencia secreta, uno tiene que practicar mortificación secreta. ¿Por qué? Porque en ese esfuerzo de mortificación y de penitencia que nadie ve, sino únicamente tu Padre, que está en lo escondido, como decía Cristo, ahí es donde el corazón se va acrisolando y acrisolando. Y a pesar de que seas popular o muy querido por muchos, no vas a caer, no vas a caer en la codicia.

Son tantos los trucos de la mente humana, hermanos, si yo les contara, si yo les hiciera una lista de cuántas veces Cristo, Jesucristo el Señor me ha regañado a mí. Casi podría decir con palabras específicas, me ha regañado a mí y me ha dicho: -Lo que tú haces, lo haces por interés. La primera vez que el Señor me habló de esa manera, fue hace ya bastantes años, yo creo que alguno le conté, y me mostraba el Señor, porque yo quedé como decepcionado de eso que uno da y como que espera recibir, pero como que no llega y Cristo, tomen estas palabras como quieran, pero es como si me hubiera hablado en el corazón, me dijo: -No estaba en el contrato, no estaba en tu contrato que te pagaran eso. Es decir, revisa tu contrato, tu contrato en las palabras entre Cristo y yo significa la alianza que tenemos tú y yo, en la alianza que Él tiene conmigo y en la alianza que yo tengo con Él no está que la gente tiene que pagarme con nada, con nada, ni con cariño, ni con dinero, ni con aplauso, ni con agradecimiento, ni con nada. Entonces, varias veces, pero es que es casi como si lo pudiera oír con estos oídos, varias veces he sentido la voz de Cristo que me dice: -Acuérdate que eso no estaba en tu contrato, no estaba en nuestro contrato. Eso es importante recordarlo.

Entonces hay que practicar penitencia, hay que llevar una vida de humildad y hay que estar vigilantes para que estas tres semillas amargas no caigan en nuestro corazón. Porque si estas semillas, la semilla de la decepción, la semilla del desquite o la semilla de la codicia, caen en tu corazón, antes de que tú te des cuenta puedes volverte un juguete del enemigo que te utilizará dentro de la Iglesia para destruir. Por eso yo tengo mucho temor de Dios y le pido que acreciente en mi todos los días, el temor de Dios, porque tengo dudas de lo que a veces pasa con algunos hermanos servidores, tanto laicos como sacerdotes, a los que veo flaquear en la fidelidad al Evangelio como es, con sus dulzuras y con sus aristas incómodas. Pidamos al Señor que purifique así nuestro corazón para no ser instrumentos del enemigo.

Pero nos falta ver qué tiene que ver con la primera lectura, así que no se animen tanto. Estamos viendo qué pasa con la primera lectura. La primera lectura nos dice algo que es clave: «Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, y luego dice, me espabila el oído para que escuche como los iniciados». Esa palabra, iniciado es muy difícil de traducir, pero básicamente el iniciado es el que ha completado su formación fundamental, el que ha encontrado el fundamento y se ha apoyado en el fundamento, ese es el iniciado. ¿Por qué esto es muy importante? Porque en el camino de la iniciación, es decir, en el camino de la formación cristiana básica, es donde uno va aprendiendo a sintonizar con Cristo, a sintonizar con el corazón de Cristo y, por lo tanto, a vigilar para que no entren las semillas amargas de la decepción, del desquite y de la codicia. Es decir, es en la formación, en el camino del discipulado es la palabra que estoy buscando, es en el camino del discipulado donde uno va aprendiendo cómo es la lógica de Cristo, o como hablo yo con mi Señor: ¿cuál es el contrato que tú y yo tenemos?

Es en el camino del discipulado, es en el camino de la formación donde uno va sintonizando su corazón con el de Cristo para entenderle la lógica. Porque oír la Palabra de Cristo no es lo mismo que entender la Palabra de Cristo. Por eso, nos dice el Evangelio de Juan que en una de las discusiones que tuvo nuestro Señor con algunos judíos, les decía: «Mis palabras no entran en ustedes. Mis palabras no entran en ustedes». Cristo les hablaba, Cristo les hablaba, sí les hablaba y ellos tenían oídos físicos, pero la Palabra no entraba en el corazón. Entonces, ¿qué es la iniciación? Es el discipulado, es el camino de declararse discípulo.

Y yo hoy les voy a pedir que todos nos declaremos discípulos: -Yo soy discípulo tuyo, yo quiero aprender de ti, porque si no estoy en escuela de discipulado, estoy en escuela de traición. Más claro no te lo puedo decir. El católico que no está en escuela de discipulado, está en escuela de Iscariote, está en escuela de traición. Nada más peligroso que el católico que se dejó llenar de decepción, de desquite, de codicia. Nada más peligroso que un Marx, que un Freud, que un Nietzsche y tantos otros, nada más peligroso. El refrán popular dice: No hay cuña que más apriete que la del mismo palo. Por eso tenemos que caminar en la humildad, por eso tenemos que caminar en la oración, por eso tenemos que caminar en la penitencia, por eso tenemos que caminar en la obediencia y la docilidad, porque necesitamos, necesitamos caminar en el discipulado. Hermanos, sé que son palabras que suenan incluso bruscas para algunos, pero es mi deber y es mi amoroso deber decirlas. El que no esté en la escuela del discipulado ya lo matricularon en la escuela de la traición.

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