|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una raíz de la traición de Judas fue su deseo de sacar algo de Cristo, en su caso, unas monedas de plata; la única forma de librarnos de semejante tentación es buscar al Señor por ser Él quien es, y no desviar nuestra atención ni nuestro deseo ni a la derecha ni a la izquierda.
Homilía mcsa028a, predicada en 20220413, con 9 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Una manera provechosa de leer este texto del Evangelio, capítulo 26 de San Mateo, es darnos cuenta del peligro de querer sacar algo de Jesús. Observemos que Judas intenta precisamente eso, la pregunta de él es esa: ¿Yo qué gano en este negocio? ¿Yo qué saco de esto? Judas ya le había invertido bastante tiempo y seguramente mucho esfuerzo a seguir a Jesús, y él quiere sacar algo. De alguna manera, está buscando su cesantía, cómo hago para conseguir algo. Y ese es el peligro cuando queremos sacar algo de Jesucristo, nos olvidamos de Cristo y traicionamos a Cristo.
Conviene que apliquemos esta enseñanza a nuestra propia vida religiosa, sobre todo recordando el ejemplo de los grandes santos. Así, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino tuvo aquella experiencia mística de la cual hubo testigos, cuando un Cristo le habló y le dijo a Tomás: «Has escrito bien sobre mí. ¿Qué quieres?» Y respondió Tomás: «Nada, sino a ti mismo -Non nisi te, Domine- Nada, sino a ti mismo». Esa ha de ser la vida nuestra, porque cualquier cosa que queramos como pago, sea en términos de dinero, importancia, fama, poder o cualquier otra cosa, va a ocupar el lugar de Cristo, va a desplazar a Cristo. Y cuando desplazamos a Cristo, lo traicionamos. Por eso, nuestro trabajo es purificar la intención, día tras día repetir lo de Santo Tomás de Aquino: Nada busco, nada quiero sino a ti, Señor.
Que pueden venir otras cosas, sí. A veces nos aplauden, a veces nos critican, a veces estamos a gusto en un lugar, a veces nos cuesta estar en ese sitio. A veces estamos con la gente que nos cae bien, a veces estamos precisamente, con los que no nos quieren tanto, pero como el que mira en medio de la maleza, como el que mira en medio de esa espesura, nosotros apartamos todo eso, y día tras día centramos nuestra atención en Cristo, en Él, por Él hago lo que hago, por Él sufro lo que sufro, por Él llevo la vida que llevo. Este sencillo pensamiento, que debería resultarnos obvio, como religiosos que somos, este sencillo pensamiento es profundamente liberador.
Como vamos a ver en nuestras charlas, Dios lo permita, del día de hoy, lo que nos vuelve mediocres es enredarnos, es amarrarnos o a lo que creemos bueno o a lo que creemos malo. Hay que mirar a través de la espesura y detener el corazón solamente en Cristo, solamente en Él. Nuestra mirada puesta en Él. Lo demás es completamente secundario, incluyendo, repito, si nos quieren, no nos quieren, si hay muchos problemas o pocos, si todo fluye suavemente o hay grandes obstáculos, todo eso es secundario. Lo importante es Él. Un corazón enamorado de Cristo de esa manera, es un corazón que pronto vive la madurez. Cuando una persona se enreda demasiado con las circunstancias, incluyendo cómo me tratan, quién está a mi favor, quién me cae bien, quién me hace buena cara, reconocemos a esa persona como inmadura. La madurez cristiana depende toda de lo que estamos diciendo en esta reflexión. La madurez cristiana está siempre en poner a Cristo en el centro.
El libro del Deuteronomio dice: «No mires ni a izquierda ni a derecha. Tú sigue tu camino». Eso tiene que aplicarlo uno. También aplicamos lo que nos dice San Pablo en el capítulo 12 de la Carta a los Romanos. Procuramos estar en buenos términos con todos, pero no por una simple cortesía. No es un asunto de solamente relaciones humanas, sino que es que nosotros no queremos ser estorbo para nadie en su propio camino de Cristo. Somos afables, somos educados, somos bondadosos. Pero la razón principal de esa bondad, no es el egoísmo de cuidar una imagen o una propia conveniencia, sino que es que no queremos ser estorbo para nadie en su camino hacia Cristo. Yo no quiero ser un obstáculo para que tú te encuentres con el Señor. Por eso, mi manera de tratarte con cierta dulzura, con cierta afabilidad, con cierta cortesía, va mucho más allá de la cortesía, es que no quiero estorbarte. Quiero que tú te encuentres con el Señor y vivas con Él, así como yo quiero vivir con Él. Ahí está la madurez, esa es la madurez cristiana.
Por una parte, no me enredo con lo que aparezca a izquierda o derecha. Y, por otra parte, vivo con humildad, con sencillez, con afabilidad, ¿por qué? Porque no quiero estorbar a nadie. Porque quiero que todos se encuentren con Él. Porque quiero que todos vivamos para Él. Si no cumplimos esto, entonces empezamos a chocar unos con otros, se nos van los días, se nos van las fuerzas, se nos va la vida. Y es ahí donde caemos en la temida mediocridad. Que hoy se cumpla en nosotros lo que decimos en cada misa, levantar el corazón, y que nosotros podamos decir no solo en la hora de la Misa, sino en cada momento del día, lo tenemos levantado hacia el Señor.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|