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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús, el maltratado, el excluido es también quien tiene la potencia y la gracia de Dios. El Señor a través de estas paradojas va llevando a cabo su plan de salvación.
Homilía mcsa027a, predicada en 20220413, con 6 min. y 12 seg. 
Transcripción:
Hermanos, este año estamos haciendo nuestras meditaciones de Semana Santa basándonos en la primera lectura de la Santa Misa. Lunes, martes y miércoles tenemos textos de Isaías. El lunes era del capítulo 42, el martes capítulo 49, hoy Miércoles Santo es del capítulo 50 y el cuarto cántico, porque son cuatro, el cuarto cántico va a ser el día viernes y va a cobijar la parte final del capítulo 52 y una porción generosa del capítulo 53, todo esto está en Isaías. Estos textos nos interesan mucho por muchas razones, tienen un valor poético y un valor confesional, es decir, de proclamación de la fe, que es muy significativo. Pero es que además, ¿sabes una cosa? Estos textos también nos están presentando la primera lectura, podríamos decir, la primera interpretación que la comunidad cristiana pudo darle a la Pasión de Cristo.
Caigamos en cuenta de una cosa, hacerse cargo de la Pasión de Cristo, es decir, tratar de entender cómo es posible que el hombre que predica con una elocuencia sin comparación, tanto que la gente decía: nadie ha hablado como él. Ese hombre que realizaba milagros completamente asombrosos, tanto que la gente decía: todo lo ha hecho bien, hace ver a los ciegos, hace hablar a los mudos. Ese hombre que doblegó y que venció el poder de Satanás tantas veces, expulsando demonios con la sola fuerza de su mandato, de su palabra. Entender que ese hombre que, hasta cierto punto, en nuestro lenguaje es como un súper hombre. Oye, que ese hombre es maltratado, que ese hombre es despreciado, que es humillado, que Él permite esa humillación, ojo con eso, que Él permite esa humillación, es algo muy difícil de comprender, por ejemplo eso, porque Él permite esa humillación, porque Él se deja maltratar.
Hay un salmo que dice: «Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian». Esa gloria impresionante de Dios, no había que esperarla precisamente del Ungido de Dios. Entonces, para tratar de comprender qué era lo que estaba pasando en la Pasión de Cristo, aquellos primeros cristianos apelaron, pues a lo que tenían, es decir, a la Escritura, y muy concretamente, estos cánticos del siervo de Dios les dieron grandes luces. Porque este siervo de Dios o siervo de Yahvé, como hemos visto en las anteriores reflexiones, nos muestran a la vez, como una grandeza y una sencillez, o nos muestran un esfuerzo que parece fallido y una fecundidad inexplicable, asombrosa, increíble.
En el texto de hoy aparece algo semejante, es un hombre que es maltratado, pero que es muy fuerte, incluso parece desafiante. Desafiante cuando se planta frente a sus enemigos y dice: «Endurecí mi rostro como pedernal». Como quien dice, si me van a insultar, si me van a escupir, aquí estoy. Pero esa fortaleza, no es una fortaleza de pura resistencia humana, sino que es la presencia de Dios. Entonces, el ser más humillado, el ser más maltratado, ese al que se le arrancan a pedazos la barba, ese que es excluido, escupido, es también el que tiene la potencia de Dios, es el que tiene la fuerza de Dios, es el que tiene la gracia de Dios, y esto nos impacta muchísimo.
Entonces, estos cánticos del siervo en el fondo, lo que nos están mostrando es el modo de obrar de Dios, que muchísimas veces no se parece a nuestro modo de obrar. Pero es que es el modo de Dios que, a través de estas paradojas, pues, va llevando adelante su plan de redención, su plan de salvación. Paradojas como esto que estamos diciendo, un hombre que es excluido, que es maltratado y que, sin embargo, es la presencia victoriosa de Dios. Sigamos esta escuela, sigamos este camino de aprendizaje, porque seguramente estamos entendiendo que Dios no se parece tanto a lo que nosotros imaginamos y que nuestra imaginación tiene que ser educada por la Palabra divina. Al Señor sea la gloria por los siglos. Amén.

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