Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El demonio engañó a Judas Iscariote con una mezcla de decepción, codicia y desesperación. Hay que saber defenderse. Las armas nos las dan nuestra fe y vigilancia.

Homilía mcsa025a, predicada en 20200408, con 32 min. y 4 seg.

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Transcripción:

Hermanos, este Evangelio que acabamos de escuchar es después del relato mismo de la Pasión de Cristo, de lo más triste que uno puede hallar en la Biblia. Estamos hablando de la traición de un amigo, la traición de un apóstol, un discípulo muy cercano al Señor. La palabra traición estalla como un latigazo en nuestros oídos, porque además, en este caso, está unida a la ingratitud. Habiendo recibido grandes bienes de Cristo, habiendo recibido el llamado de predilección para ser su apóstol, este hombre, sin embargo, ha llegado al punto de traicionarlo, mientras busca, a la vez, un cierto provecho para sí mismo.

¿Cómo se llega a ese extremo? ¿Cómo se llega a ese punto? Esta pregunta, que solo podemos responder parcialmente y solo a la luz de las evidencias bíblicas, esta pregunta incómoda y dolorosa hay que hacerla porque, como decía el Papa Francisco en su homilía del día de hoy precisamente, allá en la capilla de Santa Marta, en el Vaticano, dentro de cada uno de nosotros suele haber también, lo que el Papa llamó, un pequeño Judas. Por esa razón es necesario examinar con sosiego, con cierta profundidad, el acto de traición de este hombre. Parece que son, sobre todo, dos los factores, dos, los que tienen que ver con esta traición. El primero, una decepción. El segundo, codicia. La decepción tuvo poder para apartarlo de Cristo. La codicia tuvo fuerza para llevarlo a otro lugar. Que el Espíritu Santo me ayude para poder explicarme.

Si aquí está nuestro Señor Jesucristo, la decepción lo alejó de Cristo y la codicia lo jaló hacia afuera, empujado por la decepción y atraído por la codicia, esa doble fuerza finalmente, lo venció y lo llevó a estos actos que conocemos muy bien. ¿De qué se decepcionó Judas? Lo que sabemos sobre el Iscariote, nos lleva a encontrarnos con un hombre que, como tantos judíos de la época, buscaba el Reino de Dios. Sin este presupuesto, hubiera sido imposible que Judas aceptara el llamado del Señor. En el centro de la predicación de Cristo está el Reino de Dios, y sin duda, fue esta la conexión entre Cristo y Judas Iscariote. Judas se da cuenta que Cristo está predicando el Reino de Dios, y esto es algo que él también busca, lo cual, repito, no es extraño. Este lenguaje del Reino de Dios, que puede sonar un poco distante para nosotros, sin duda estaba en el ambiente y en la conversación de aquellos judíos. Reino de Dios que significa Dios reinando.

Reino de Dios que, sin embargo, ellos asociaban con una figura del pasado, que había vivido mil años atrás, es decir, el rey David. Ellos tenían esa referencia, el reinado de David. Y cómo David, con una mezcla de fuerza y astucia, había vencido a todos los enemigos que rodeaban al pueblo hebreo. Cómo había consolidado las fronteras, cómo había levantado en gloria a la ciudad de Jerusalén. Cómo había hecho posible que las bendiciones de Dios llegaran, se vieran, bendiciones palpables, bendiciones de seguridad, de buen alimento. Por un momento, que no fue tan poco un momento, fueron varios años, cerca de 33 años reinó David en Jerusalén, durante ese tiempo se puede decir que el pueblo elegido experimentó que, sí era verdad, sí era verdad aquello de la tierra que mana leche y miel, es decir, tuvieron abundancia y tuvieron seguridad y tuvieron fecundidad. Y estas son cosas que enamoran el corazón humano. Y por eso, en la memoria del pueblo elegido quedó siempre David, porque sencilla y llanamente, no hubo otro reino parecido, no lo hubo.

Muy pronto, con un nieto de David llamado Roboam, ya lo hemos comentado, se dividió el pueblo de Dios: Reino del Norte, Reino del Sur. Unas décadas después, el Reino del Norte cae bajo la presión de los asirios. No hubo otra época semejante a la de David. Entonces, debemos entender que Judas Iscariote, en lo cual no se diferenciaba de los demás apóstoles, tenía esa idea del Reino de Dios, es decir, una victoria sobre los enemigos de Israel y además de una victoria, algo muy grande, muy, muy grande, abundancia, seguridad, futuro, prosperidad, hay un futuro. Ese es el mesianismo propio de los apóstoles.

Y sabemos que esto es así, y sabemos que todos tenían esta idea, porque en el libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo primero, Cristo ya resucitado, se aparece a sus apóstoles, en ese momento eran once porque Judas se había suicidado, se aparece a sus apóstoles, y ya ves cuál es la primera pregunta que le hacen: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».

Entonces, no es una especulación vana ni vacía, decir que Judas tenía en su corazón este anhelo del Reino de Dios a la manera del rey David. Pero Cristo anuncia el reino de Dios de otra manera, y por eso tenemos que mencionar hoy algunos puntos claves de diferencia entre el Reino de Dios, como lo plantea, como lo realiza, digo mejor, David, y el reino de Dios como lo predica a Jesús, porque indudablemente esta diferencia fue tallando en el corazón de Judas, que sintió esto no va para ninguna parte, esto no es.

David, fue un jefe militar, fue muchas cosas, fue músico, fue liturgo, fue poeta, hombre de oración, hombre de trabajo. Pero en lo que tiene que ver con la unidad del pueblo, la guerra fue su instrumento durante muchos años. Guerra realizada por sí mismo o a través de su general cercano que se llamaba Joab. Cristo no obra así. Primera gran diferencia: mientras que David se impone, se impone a través de la guerra, una guerra muchas veces realizada con astucia, Jesús no, la única espada de Jesús es la espada de la Palabra que penetra hasta lo profundo del corazón. Ahí aparece una primera diferencia.

Bueno, pero tal vez a través de sus palabras y de sus milagros, Cristo, a su manera, traerá el Reino de Dios, todavía podía pensar un Judas. Segunda diferencia, todo el tiempo David marca la diferencia entre su pueblo y los demás pueblos. Cuando entra en negociaciones y conversaciones con los filisteos, que eran los enemigos de aquella época, lo hace David, esas conversaciones, esas negociaciones, las hace para asegurar lo suyo. Él va a lo suyo, su pueblo, es lo que le interesa. Jesús, en cambio, empieza a tener una serie de comportamientos que resultaban inexplicables para aquellos que tenían un nacionalismo cerrado, entre los cuales cabe suponer muy razonablemente, estaba Judas Iscariote.

Ejemplos, recordamos como Cristo, cuando pasa por Samaría, se sienta al borde del pozo de Jacob, que quedaba en la pequeña ciudad de Sicar, y habla con una samaritana. Y es la samaritana la que se extraña de que un judío le hable. Pero Jesús, el judío, trata con los samaritanos y los samaritanos eran despreciados por los judíos de aquella época. O sea que ya esto está raro. Más grave, todos conocemos la parábola del Buen Samaritano. Cuando Cristo quiere explicar qué es amar al prójimo, al que pone como ejemplo es a un samaritano. Pero ¿qué pasa aquí?, ¿cómo así que un samaritano? Te das cuenta que la mirada de Jesús no está centrada en su pueblo y en su nación y en sus intereses, a pesar de que el primer paso en su misión es ciertamente confirmar la fidelidad de Dios para su propio pueblo. Pero Jesús pone como ejemplo a un samaritano. Bueno, al fin y al cabo, pues los samaritanos comparten con nosotros los cinco libros de la ley de Moisés. O sea que todavía por ese lado se podía salvar un poco.

Recordemos otra escena del Evangelio. Esa otra escena es cuando un centurión romano le dice: «Tengo en casa un criado que sufre mucho». Y Jesús dice: «Voy yo a curarlo». ¿Vas a curar a quién? vas a curar, ¿vas a curar a quién, vas a curar a nuestro enemigo? No ves que los romanos nos humillan, no ves que los romanos son paganos, blasfemos, arrogantes y, sobre todo, no ves que para todas partes llevan esa asquerosa águila imperial, ese ídolo que para ellos representa tanto. Y a esos idólatras, y a esos blasfemos, y a esos enemigos, y a esos invasores, y a esos que son crueles, y que nos han hecho tanto daño, ¿Tú les vas a hacer un favor? Eso tenía que decepcionar profundamente a muchos.

Pero la cosa no termina ahí, dice el centurión romano. O mejor dicho, manda decir: «No es necesario que vengas». Y en síntesis le dice el centurión, dilo con tu palabra, eso me basta, dilo con tu palabra. No soy digno yo. Dilo con tu palabra, no vengas a mi casa. Yo no soy digno, basta que lo digas. Y cuando Jesús oye esta expresión del centurión, ya sabes lo que dice: «En Israel no he encontrado tanta fe». Es decir, Jesús ha puesto como ejemplo de fe a un pagano idólatra, o por lo menos esa había sido su vida. Pone como ejemplo a un romano, pone como ejemplo a uno que es un invasor. Tú puedes imaginarte la reacción de los discípulos, tú puedes imaginarte lo que vive y siente en ese momento Judas.

Entonces el Reino de Dios que él se imaginaba, que era el que se imaginaban también los otros apóstoles, ese Reino de Dios no va a venir con este Señor, no va a venir. Y es que hasta último momento los apóstoles estuvieron pensando eso. O sea que los que estaban decepcionados eran todos, no era solamente Judas. Pero Judas, además de recibir el empellón de la decepción, el empujón de la decepción que lo alejaba de Cristo tuvo otro elemento.

Ese otro elemento es la codicia. Finalmente, él vendió a Cristo por 30 monedas de plata. Es difícil para nosotros imaginar cuántos son 30 monedas de plata, pero no era poco dinero tampoco. Porque sabemos por los relatos del Evangelio que, con esas 30 monedas de plata, los sumos sacerdotes compraron un campo para que sirviera de cementerio a los extranjeros. Entonces, no era tan poquito dinero. Para comprar un campo, ¿cuánto sería eso? Una hectárea, por lo menos una cosa así. Eso es dinero, eso es dinero. Entonces fue la combinación de decepción y codicia.

Decepción: Esto no va a donde yo quiero que vaya. Ojo con esa frase, esto no va a donde yo quiero que vaya. Y estando así decepcionado, Judas deja listo su corazón para que llegue la codicia y arrastre ese corazón, lo arrastre hacia la traición. Entonces, decepción y codicia. ¿Había codicia en algunos otros? Quizás ¿Había decepción en algunos otros? Te lo puedo asegurar, casi con absoluta certeza, sí. Decepción había, codicia tal vez. Pero dónde se completa la tragedia de Judas, es en la desesperación. Porque traicionar, traicionaron todos. No todos lo vendieron, pero traicionarlo y abandonarlo, todos. ¿Qué fue lo que hundió definitivamente a Judas? La desesperación. Entonces el cóctel que el diablo le dio a Judas fue eso: decepción, codicia, desesperación.

Voy a volver a aclarar algo que hemos dicho muchas veces. ¿Significa esto que necesariamente se condenó Judas? No lo sabemos. Y la Iglesia nunca lo ha declarado y nunca lo declarará. No, la Iglesia no puede declarar eso, porque ese juicio definitivo, ¿qué pudo haber pasado en los últimos instantes de Judas? No lo sabemos. Lo que ven nuestros ojos a partir del relato evangélico es que él tuvo decepción, codicia y desesperación. ¿Qué sucedió finalmente en el destino eterno de él? No lo sabemos. Grandes escritores como Dante Alighieri, el de la Divina Comedia, presentan a Judas condenado en el más profundo de los infiernos. No nos corresponde a nosotros decir esas palabras, solo Dios lo sabe, así como solo Dios sabe qué haya pasado con cada una de las personas que han muerto sobre esta tierra.

Ahora bien, por las señales claras del martirio o por las señales claras de milagros logrados mediante intercesión, la Iglesia con humildad, sí hace lo contrario, declarar que alguien está en la bienaventuranza eterna, como decir que Santa Teresita del Niño Jesús es santa precisamente, o San Francisco de Asís o Santo Tomás de Aquino. La Iglesia se siente autorizada, por esas señales claras, para decir que hay personas que sí están en el cielo. Sobre si Judas o sobre si alguna otra persona humana específica está condenada, la Iglesia no ha dicho nada. No debemos vivir con irresponsabilidad. Claro que no, no debemos vivir con irresponsabilidad. Debemos vivir vigilantes y orantes. Pero es necesario recordar este dato, la Iglesia no declara la condena de nadie.

Volvamos entonces a cuál fue el cóctel que el demonio le dio a Judas, decepción, codicia, desesperación. Nosotros tenemos que luchar contra ese cóctel porque si ese cóctel le sirvió al demonio para lograr tanto daño, pues seguramente quiere volver a usarlo con nosotros. Entonces hay que estar muy en guardia, porque a nosotros también nos puede entrar la plaga de la decepción, decepcionarnos de Cristo. A nosotros también nos puede entrar la plaga de la codicia, preferir otro tipo de vida y no el camino que me muestra Cristo. Y a nosotros también nos puede entrar, sobre todo en los momentos finales de nuestra existencia, nos puede entrar otro elemento del cóctel del diablo, yo lo llamo el cóctel del diablo, nos puede entrar la desesperación.

Catalina de Siena dice que esa estrategia del demonio, ponernos una venda para que en esta vida le quitemos toda importancia al pecado, y luego, llegada la hora de la muerte, el mismo demonio nos arrebata la venda para que, viendo nuestra condición terrible, caigamos en desesperación y nos arrojemos nosotros mismos al infierno. Esta enseñanza da Catalina de Siena. Entonces hay que luchar contra esos tres ingredientes del cóctel del diablo. Hay que luchar contra esos ingredientes.

Veamos brevemente cómo se lucha contra esos ingredientes. Primero, la decepción. Mira, el demonio lo tienta a uno de muchas maneras para que se decepcione de Cristo. Voy a mencionar tres o cuatro frases típicas, que tienen su origen finalmente en el poder de las tinieblas. Primera: Llegó Cristo, se fue Cristo, y nada ha cambiado en la humanidad, como quien dice eso es inútil, eso es inútil, eso es para que te decepciones de Cristo y de la fe cristiana. Por supuesto que no es inútil. Si tú haces un estudio, tú te das cuenta, solo voy a dar un ejemplo que, en el caso de los derechos humanos, todo lo que nosotros como humanidad conocemos de los derechos humanos hunde sus raíces en la predicación cristiana. Y por eso, no es coincidencia que allí, donde el cristianismo ha tenido poca fuerza, poca penetración, son también los lugares donde menos fuerza tienen los derechos humanos. Pero bueno, entonces ese es un ejemplo de cómo el demonio sigue atacando por ese lado.

Otro ejemplo si yo me porto bien, este ya es un ejemplo personal. Si yo me porto bien, no voy a lograr lo que yo quiero. Ejemplo, si yo me pongo con la enseñanza esa cristiana de que sea casto, sea casto, castidad con el novio, castidad con la novia, así no voy a conseguir nada. La persona que habla así, ha escuchado el susurro de Satanás, esa es voz del diablo. Es ese ingrediente del demonio que te está diciendo, decepciónate de eso, deja eso. No vas a conseguir nada así, te vas a quedar sola para siempre, así no vas a conseguir ninguna pareja. Todos juegan a las apariencias, juega tú también. Todas juegan a mostrar y mostrar su cuerpo, juega tú también. Todas juegan a dejarse manosear, juega tú también. Eso ¿qué es? Decepciónate de Cristo, decepciónate del camino cristiano. Y lo mismo con otras virtudes. Tu vas a seguir con tu honradez, vas a seguir creyendo en la sinceridad, no ves que son los astutos y los mentirosos lo que logran lo que quieren. Deja, despierta, mira cómo se hacen las cosas.

Entonces hay que luchar contra la decepción, porque a través de esas frases, a través de ese tipo de frases, es el poder de las tinieblas el que, de alguna manera, quiere que tú te decepciones del camino cristiano y quedes en una situación de, podríamos decir, desvalimiento apenas listo para que llegue el otro impulso, el de la codicia. Entonces, ¿cómo puedo luchar yo contra eso? Pues es aquí donde es necesario saber ser hombres y mujeres de principio. Uno tiene que tener claras cuáles son las cosas que uno no negocia. Y como he dicho en muchas otras predicaciones, hay una frase bendita de una religiosa ya falleció, hace años, ella fue monja aquí en Colombia, monja dominica aquí en Colombia, murió ya hace varios años y la expresión favorita de ella era: «Váyame bien o váyame mal, con Cristo me voy a quedar».

Porque si yo me pongo a hacer el juego de que tiene que irme bien para que yo me quede con Cristo, ya le dejaste la rendija a satanás para que entre por ahí y te ataque. Si tú dices yo voy a seguir siendo cristiana y católica, pero que él me consiga el novio que yo quiero, porque si veo que no va a llegar, desecho a Cristo. Mira, el demonio se frota las manos y dice, ya está, la tengo lista. Date cuenta. Si tú dices, yo voy a estar con Cristo, pero tiene que irme bien económicamente o yo voy a estar con Cristo, pero cuidado me van a salir con calumnias, porque yo he sido una persona honorable. Cuando tú empiezas a ponerle condiciones a Cristo, el demonio se frota las manos y dice, lo tengo, lo tengo, por este lado le caigo. El único antídoto es el de aquella santa religiosa: «Váyame bien o váyame mal, con Cristo me voy a quedar».

Segundo, viene el tema de la codicia, fíjate cómo está unido con lo otro. Una vez que se ha decepcionado de Cristo, ya no mira a Cristo, entonces voltea a mirar a otra parte. Eso es lo que está esperando el enemigo, que voltees a mirar a otra parte. Y ¿cómo se cura uno de esas codicias? Varias veces el Papa Francisco nos ha hablado de esto. El remedio, para el Papa Francisco, está en tres cosas, que recordemos el valor de la penitencia, el valor de la sobriedad y, sobre todo, el valor del compartir. Ese es el triple antídoto que la Iglesia siempre ha tenido, y el Papa ha insistido, sobre todo, en los segundos, dos elementos, es decir, sobriedad.

Sobriedad es, qué es lo que yo realmente necesito, no es qué es todo lo que me apetece, porque como el corazón humano es infinito en su profundidad, así lo hizo Dios, lo que me apetece es el mundo entero, para luego seguir con la luna, y el sistema solar, y la galaxia. Nada te va a llenar. Entonces ¿cuál es el antídoto frente a toda codicia? Primero. Primero que todo, hay que tener un cierto espíritu de penitencia, ay del corazón que no hace penitencia. Muy fácilmente se lo llevan los distintos impulsos. Segundo, es necesario vivir en sobriedad. Modera tus apetitos, ¿de verdad tengo que comprar tanto?, ¿de verdad tiene que ser de lo más caro?, ¿de verdad tiene que ser de la tienda exclusiva? ¿de verdad tengo que ir a mis vacaciones a tal sitio? Yo pienso que Dios, con esto de la pandemia, nos está llamando a sobriedad a todos.

Y tercero. Tercer elemento en este antídoto, ojo con esto, compartir. Compartir, sal de ti y da a otros, a otros, a otros, hay que dar a otros. A medida que nosotros entramos por caminos de penitencia, sobriedad y compartir, la codicia pierde poder. Entonces, la doble estrategia del demonio es que tú te decepciones de Cristo y que te vayas por la codicia. No le vamos a hacer el juego, ni me decepciono de Cristo porque vaya bien o vaya mal, con Cristo me voy a quedar, y tampoco le hago el juego a la codicia, ¿Por qué? No le hago el juego a la codicia porque practico, según mi propio estado de vida, según mi condición, incluyendo mi salud, pero practico penitencia, practico sobriedad y practico compartir. Ahí está, ya estamos ahí más defendidos.

Pero el cóctel del diablo tiene todavía el tercer ingrediente, que es la desesperación. Y para la desesperación, ¿cuál es el remedio? En ninguna parte se dijo tan claramente, como se ha dicho en las apariciones de nuestro Señor Jesucristo a dos santas mujeres, Santa Margarita María Alacoque y Santa Faustina Kowalska. Recordemos aquella frase a Santa Margarita: «Si quieres agradarme, confía en mí. Si quieres agradarme más, confía más. Si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente». Y la frase clave de la espiritualidad de Santa Faustina Kowalska: «Jesús, yo confío en ti, yo confío en ti». Esa espiritualidad de la Divina Misericordia es muy fuerte porque nos custodia contra el tercer ingrediente del demonio.

Entonces, en síntesis. Pero, como el cóctel que él prepara tiene tres ingredientes, y eso van revueltos, entonces para nosotros defendernos también necesitamos los antídotos todos juntos, todos combinados. Y ¿eso cómo funciona? Pues primero, voy a hacer un propósito que lo hago hoy, vaya bien o vaya mal, con Cristo me voy a quedar. Segundo, voy a practicar penitencia y autodominio, según mi propia condición. Voy a vivir en sobriedad, según mi propia condición y voy a compartir, según mi propia condición y posibilidades, pero lo voy a hacer. Y tercero, voy a cultivar la espiritualidad de la Divina Misericordia.

Cuando uno practica estas, estas tres cosas, el demonio se retuerce y se aleja, y entonces se cumple lo que nos dijo el apóstol Santiago, este Santiago el menor, lo que dijo el apóstol Santiago: «Resistid al diablo y huirá de vosotros». Y lo hemos visto, lo hemos visto muchas veces. Recientemente, por ejemplo, tuvimos una experiencia muy fuerte en Familia Espiritual. Se puso a orar la gente, pero en serio. Oiga, teníamos un ataque brutal contra estos servicios de comunicación, un ataque fuerte, pero dice el apóstol Santiago: «Resistid al diablo y huirá de vosotros». Es impresionante.

Entonces, mis hermanos, el diablo tiene su propio cóctel que al parecer le funcionó con Judas, que no funciona en nosotros. Y en cuanto al destino eterno de Judas, lo dejamos en el poder y en los planes de Dios, lo que Dios haya querido hacer está bien hecho. Nosotros no tenemos que decir ni que sí ni que no, porque no somos Dios. En cuanto a nosotros, eso sí, cada uno vele sobre sí mismo, vele, cuídese, cada uno con su profesión firme de fe en favor de Cristo y para la gloria de Cristo, con su penitencia, sobriedad y compartir. Y con una absoluta confianza en la misericordia divina. Amén.

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