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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

De la tribulación nace grandeza o miseria; elige bien

Homilía mcsa023a, predicada en 20190417, con 8 min. y 27 seg.

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Transcripción:

Hermanos amados, hay momentos en la vida en que uno se siente fuerte. Por ejemplo, cuando tiene buena salud, los negocios le salen bien, tiene buenos amigos, la situación en la familia está tranquila. Todo eso hace que uno se sienta fuerte. Pero también hay momentos en que uno se siente débil. Tal vez porque la salud está en peligro, tal vez porque lo traicionó un amigo, tal vez porque los negocios se fueron abajo, tal vez porque las cosas resultaron al revés de lo que uno esperaba. Y es muy interesante saber qué hace una persona cuando pasa por el tiempo malo. Porque para pasar por el tiempo bueno, cualquiera.

Pero ¿cómo es usted cuando las cosas salen mal? Muchas veces, en los tiempos difíciles, en los tiempos de tribulación y de contradicción, es donde uno muestra otra cara, muestra otra realidad. Y también es verdad que esos son los tiempos en que uno en el fondo es más frágil. Una persona en problemas, una persona muy triste, una persona profundamente decepcionada, siempre será una persona en peligro, en peligro de tomar una mala decisión, en peligro de decir la palabra que va a hacer mucho daño y que luego no se puede retirar. En peligro de apartarse del único y verdadero aliado que uno siempre debe tener, que es el Señor. Cuando pasan los tiempos difíciles, cuando llegan las decepciones, sobre todo, es donde uno es más frágil, porque una decepción es como cuando usted trató de apoyarse en algo y se le fue, no lo sostuvo. Esa es la decepción.

Las lecturas de este Miércoles Santo, hermanos amados, nos hablan de las dos reacciones que uno puede tener frente a una decepción. Hay personas que en medio de la decepción crecen, aprenden, se fortalecen y comparten. Eso es lo que nos presenta la primera lectura. La persona crece, aprende, se fortalece y comparte. Hay gente que ha pasado por cosas muy difíciles, pero esas dificultades han hecho que estas personas, bendito sea Dios, crezcan, aprendan, se fortalezcan y compartan con otros. Eso es lo que nos dice la primera lectura, dice aquí: «El Señor me ayuda. Por eso endurecí el rostro sabiendo que no quedaría defraudado». La persona que habla así, se ve que ha pasado por un momento muy difícil, ha sido castigado duramente. Las circunstancias han sido adversas, pero ha aprendido, ha aprendido y quiere compartir con otros.

Fíjate cómo empezó el texto: «Mi señor me ha dado una lengua de iniciado». Iniciado, ¿qué quiere decir? El que aprendió la lección. «Mi señor, me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento». O sea que la primera lectura nos presenta un cuadro muy bonito, es una persona que ha sufrido, es una persona que ha pasado por cosas muy duras. Seguramente se ha decepcionado de los demás, incluso de sí mismo y, sin embargo, es una persona que ha crecido, ha aprendido, se ha fortalecido y comparte con otros. Es muy bello, es muy bello eso.

Pero ¿de dónde viene esa fuerza? Él mismo la dice: «El Señor me ayuda», de Dios viene esa fuerza. Sin la ayuda de Dios, cuando a uno se le viene encima la montaña sin ayuda de Dios, uno se desespera. Y ahí, es donde llegamos al texto del Evangelio, eso fue lo que le pasó a Judas. Hermanos, yo he leído, no importa tanto que sea mucho o poquito, pero sí he leído bastantes artículos y estudios sobre Judas Iscariote. Y hay algo en lo que coinciden prácticamente todos los estudiosos, Judas Iscariote se decepcionó. La idea que él tenía no salió, el Mesías que él esperaba, ese no fue Jesús, lo que él hubiera deseado no se cumplió. O sea que Judas Iscariote es una persona que pasó por la decepción, pero ¿cuál fue la reacción de Judas Iscariote? Pues lo hemos visto en el Evangelio. Se apartó de Dios, cayó en la traición al Maestro. Y sabemos cuál es el desenlace de su vida, se desesperó y se ahorcó.

Entonces, ¿cuál es la lección de hoy? Que todos tenemos tiempos muy complicados, a veces en la vida, muy complicados, que de lo más complicado en la vida es cuando usted se decepciona del esposo, la esposa, de los hijos. Uy, cuánta gente he escuchado yo: -Ay padre, yo esperaba otra cosa de mis hijos. Yo esperaba que mis nietecitos. Yo esperaba. La gente se decepciona, y cuando usted se decepciona fácilmente puede hundirse en un pozo de tristeza.

Pero fíjate la hermosura, la hermosura es que, si nosotros aplicamos la primera lectura, no vamos a caer en el pecado de Judas Iscariote. Y ¿qué fue lo que hizo el de la primera lectura? El Señor está a mi lado, el Señor me ayuda. Hermano, cuando usted lo metan en el túnel duro, cuando esté pasando por la tribulación fuerte, cuando llegue la decepción amarga, ese es el momento para decirle «Señor, ni me sueltes tú, ni yo me suelto de ti. Porque si yo me suelto de ti, o si tú me sueltas, puedo traicionarte peor que Judas». Esta oración, esto que acabo de decir, es una oración que hacía un gran santo del siglo XVI, San Felipe Neri: «Si tú me sueltas, te voy a traicionar peor que Judas».

Entonces tribulaciones tendremos todos, decepciones tendremos todos, pero que en la hora de la decepción no te falte decirle al Señor: -Este trecho quiero vivirlo contigo, este pedazo de mi vida no lo quiero pasar, solo quiero aferrarme a ti. Y qué va a suceder de ahí, que usted va a crecer, usted va a, ¿cuál fue el otro? Son cuatro verbos. Dios mío, ayúdame. A ver: hay que crecer, hay que aprender, hay que fortalecerse, y hay que compartir con nosotros.

Entonces yo sé, por ejemplo, aquí en nuestra Pauna, población muy amada de nuestro occidente boyacense, aquí han pasado muchas cosas. Pero ¿qué pasa? Que si nosotros nos encerramos solamente en la decepción y nos apartamos y le damos la espalda a Dios, pues vamos a ser como Judas y eso acaba mal. Eso acaba en traición y acaba en desesperación y muerte. En cambio, si seguimos el ejemplo del siervo de Yahvé, que es la primera lectura, ¿qué vamos a hacer? A ver si ahora sí los puedo decir: Vamos a crecer, vamos a aprender, nos vamos a fortalecer y vamos a aprender a compartir. Amén.

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