Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Maestro desea celebrar la pascua en tu casa. ¡Ábrele espacio a Jesús! para que su misterio de amor, la luz de su Palabra y la fuerza de su gracia se hagan realidad en ti.

Homilía mcsa020a, predicada en 20170412, con 6 min. y 41 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 26 de San Mateo. Tema central dentro de este pasaje es la traición del apóstol Judas Iscariote. Como ya hemos hablado sobre esa traición y las maneras equivocadas, como a veces se habla de esa traición, como ya hemos hablado de eso en nuestra predicación del día de ayer, hoy quisiera que nos concentráramos en otra frase. Una frase preciosa que está en el texto de hoy, una frase que yo creo que puede hacerle un llamado a nuestro corazón.

Cuando estaban preparando la Última Cena, Cristo mandó que fueran a una determinada casa y le dijeran al dueño de casa: «El Maestro desea celebrar la Pascua en tu casa. El Maestro desea celebrar la Pascua en tu casa». Les pido que nos quedemos con esa frase, aún más, les pido que nos apropiemos de esa frase: el Maestro quiere celebrar la Pascua en mi casa. Esto es muy bello, porque es abrirle espacio a Jesús para que el misterio de su amor, para que la luz de su Palabra, para que la fuerza de su gracia se haga realidad en nosotros. Pensemos en la casa que es el corazón de cada uno, pensemos en nuestros hogares, pensemos en nuestras comunidades, en nuestras parroquias y pensemos en lo que significa esa hermosa invitación: El Maestro desea celebrar la Pascua en tu casa.

Sobre esto quiero comentar dos cosas. Primero, démonos cuenta que esa frase está indicando la realización de la muerte y resurrección de Cristo, que sacramentalmente sucedió en la Última Cena, que cruelmente se manifestó en la Cruz y que plenamente se realizó en el sepulcro. La Cena, la Cruz y el sepulcro son tres momentos, pero tres momentos de un solo misterio, la Cena, la Cruz y el sepulcro. En el pan que se rompe y se reparte está la imagen misma de la muerte, ese pan que es el cuerpo de Cristo y que es consumido por los apóstoles, es el pan entregado por nosotros. Esa sangre de la copa, es la sangre derramada por nosotros. Ahí está la muerte, pero es muerte que da vida: «Esta es la sangre de la Nueva Alianza. Alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por muchos para la salvación». De modo que, ahí está la muerte y la resurrección en una clave sacramental.

En la Cruz es evidente también, la muerte patente con toda su fuerza en aquellas llagas, pero la vida patente especialmente en el relato de San Juan, cuando el evangelista escoge estas palabras para describir el acto mismo de morir: «Entregó el Espíritu». También había explicado el mismo evangelista que la muerte de Cristo es victoria, porque, según dice nuestro Señor: «ahora va a ser juzgado el príncipe de este mundo», ahora se le arranca el poder a las tinieblas. Ahí está la victoria de la resurrección anunciada en la Cruz. Y, por supuesto, en el sepulcro, la muerte se hace presente en la oscuridad y el frío de la losa y de la piedra, pero la resurrección está próxima y se manifiesta de modo bellísimo, hermosísimo en la noticia que dan los ángeles, en la noticia que comunica a María Magdalena y en la noticia en la que todos nosotros creemos.

O sea que abrirle espacio a Cristo para que celebre la Pascua en mi vida, es participar tanto del misterio de su donación y de su muerte, como del misterio de la resurrección y de la vida. Y eso significa que, al abrirle espacio a Cristo para que celebre su Pascua en nosotros, hemos de estar dispuestos a que muera en nosotros lo que tiene que morir, a que salga de nuestras casas, lo que tiene que salir, a que salga, a que desaparezca de nuestras conversaciones, lo que tiene que desaparecer y a que llegue a nuestras vidas la vida nueva que Cristo trae, eso es celebrar la Pascua en nuestras casas.

Pero hay otro pequeño detalle con el que deseo concluir. Observemos que Cristo le dice a este hombre: «Quiero celebrar la Pascua en tu casa». Pero ese hombre, cuyo nombre ni siquiera se dice, ese hombre, ese hombre no participa ahí de la celebración. Si nosotros recordamos, las personas que interactúan son Cristo y los apóstoles. Es decir, este hombre prestó la casa, pero él mismo no aparece. Ahí hay una enseñanza también, porque es una enseñanza del morir de nuestro yo. Para que Cristo sea plenamente Cristo tiene que cumplirse en nuestras casas lo mismo que dijo Juan Bautista: «Es necesario que él, o sea Cristo, crezca. Y es necesario que yo disminuya». Y este dueño de casa de tal manera le prestó todo a Cristo, que él mismo, él mismo renunció, por así decirlo, renunció a lo que era suyo. Es necesario que Cristo crezca, que Cristo viva todo su misterio, y que mi ego, mi yo salga de ahí para que en plenitud Cristo haga su obra. Así sea.

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