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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Meditación sobre el Tercer Cántico del Siervo de Dios: parece un fracaso el padecer pero cuando logra su propósito de frenar el pecado del mundo, descubrimos que es triunfo y grandeza.

Homilía mcsa019a, predicada en 20160323, con 27 min. y 7 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, estos días hemos venido reflexionando sobre la primera lectura. Porque el lunes, el martes y el miércoles santos, la primera lectura está tomada del profeta Isaías. Son unos textos muy particulares, textos escogidos, se conocen como los cánticos del siervo de Dios. Porque lo que se nos describe en esos pasajes, es el corazón, la actitud, la manera de ser, del verdadero siervo de Dios. Y, como ya hemos comentado en otra ocasión, esos cánticos del siervo prestan dos grandes servicios a nuestra vida cristiana.

Primero, nos enseñan a servir nosotros mismos a Dios, porque de nada vale que le digamos que Él es el Señor, si no estamos dispuestos a ser sus siervos, si no estamos dispuestos a hacer su voluntad, no lo estamos tratando como Señor, sino que más bien parece que nos estamos burlando de Él. Así que conviene mirar estos cánticos, orarlos, reflexionarlos para aprender nosotros a ser verdaderos servidores de Dios.

La segunda razón por la que nos interesan estos cánticos es porque nos presentan con esa gracia que solo tiene el Espíritu Santo, el rostro verdadero de Cristo. Más que con pintura o con mármol, el rostro de Cristo hay que buscarlo en la Palabra de Dios. El pincel que utiliza el Espíritu Santo y su cincel es el de la Palabra. Y para conocer a Jesús, nada ayuda tanto como acercarse al retrato del siervo de Dios que nos dejó el Espíritu Santo en ese libro maravilloso, el libro del profeta Isaías. ¿A dónde puedes encontrar los cánticos del siervo? El primero está en el capítulo 42, ese fue el que leímos el Lunes Santo. El segundo, en el capítulo 49, se leyó el Martes Santo. El tercero, el de hoy, está en el capítulo 50 de Isaías. Y el cuarto cántico del siervo está entre los capítulos 52 y 53, ese lo vamos a escuchar y lo vamos a orar, y seguramente lo vamos a llorar el Viernes Santo, Isaías capítulo 52 y 53. Cada uno de estos cánticos es abundante en las enseñanzas que nos trae.

Pero el cántico de hoy, el tercero, el del Miércoles Santo, resulta particularmente difícil porque lo que nos presenta es una persona sometida al dolor, sometida a la tortura. Por supuesto, los primeros cristianos muy pronto asociaron este cántico con la Pasión de Cristo. Así lo ha hecho la Iglesia desde esa época, y así lo hacemos nosotros. Pero la pregunta persiste, una pregunta que tal vez nos hemos hecho muchas veces: ¿qué se puede aprender, qué podemos recibir de la historia de la Pasión de Cristo? El cántico de hoy se anticipa, en cierto sentido, a la Pasión con palabras como éstas: «Ofrecí la espalda a los que golpeaban la mejilla, a los que mesaban mi barba, no oculté el rostro a insultos y salivazos». ¿Qué se aprende de eso? Eso tiene el rostro de un fracaso. Y por eso, también los discípulos del Señor, cuando llegó la hora de la Pasión, huyeron de él porque sentían el viento helado de un fracaso.

Hay muchos que sienten repulsión de las llagas de Cristo y del dolor de Cristo. Por eso también, a veces, en el arte religioso se evita presentar a Cristo en su dolor. Hay muchas iglesias en las que se ha vuelto como de moda presentar no a un Cristo crucificado, sino un Cristo resucitado. El Cristo resucitado, que como yo digo, parece recién salido del gimnasio, tiene su cuerpo entero, apenas lleva unas huellitas rojas en las manos y no escandaliza tanto. Pero la verdad es que la Biblia lo que nos presenta en los Evangelios es el dolor espantoso de Cristo, es la tortura a la que fue sometido. Y por eso la pregunta, pregunta que brota del relato de la Pasión, y pregunta que brota de los cánticos del siervo, ¿de qué sirve ver todo esto? Ver cómo una persona la humillan, la maltratan, le escupen, lo destrozan y al final lo crucifican y se muere, ¿de qué sirve todo eso? Esa es la aguda pregunta. Esa es la terrible cuestión que nos plantea este tercer cántico del siervo de Yahvé. Y por mucho tiempo uno puede cavilar y uno puede sentir que de verdad la Cruz fue como una especie de fracaso.

Ese puede ser el pensamiento que uno tiene, a menos que uno empiece a mirar con mayor cuidado cómo funcionan, por ejemplo, los buses o los camiones. Y ¿qué tienen que ver los buses y los camiones, con la Pasión de Cristo? Bueno, yo me acuerdo siendo niño, en la ciudad de Barranquilla, Atlántico, Colombia, acompañaba a mi abuelo, que de Dios goce, en su viejo carro, un Land Rover, modelo sesenta y pico, lo acompañaba al taller. El carro de mi abuelo se dañaba con frecuencia, y el hombre era resistente a cambiar de carro, cada vez pasaba más tiempo donde el mecánico. Como nosotros de niños íbamos con mi abuelo a muchas partes, también lo acompañábamos al taller. Eran tardes largas en que se supone que le estaban trabajando al carro de mi abuelo, al jeep que tenía mi abuelo, un Land Rover Santana, me acuerdo.

Y ¿qué hace uno en un taller toda una tarde? Pues al final uno termina buscando conversación con el que sea. Y así, se ponía uno a hablar, por ejemplo, con los mecánicos. Una vez uno de esos mecánicos, sin mucha preparación teórica, pero con gran conocimiento práctico, me estaba hablando de los frenos. Cómo frenaba un carro, que era uno de los muchos problemas que tenía el carro de mi abuelo. Eso sí, hay que aclarar que el carro de mi abuelo le funcionaba bien el espejo retrovisor, esa parte funcionaba bien. Pero muchas otras cosas tenían problemas, había problemas en los frenos, en los embragues y en muchas cosas.

Y este mecánico se pone a hablar con un niño curioso, un poquito rollizo, que era yo, y se pone a hablarme de los frenos y me dice cómo funciona el freno de un carro. Los únicos frenos que yo había visto, hasta ese momento, eran los frenos de las bicicletas, porque ya a mí me dejaban montar en bicicleta y yo había visto que cuando uno aprieta esa manija en el timón, hay una guaya que lleva ese impulso hasta la llanta y hay unas pastillas que se pegan al rin de la llanta, y esas pastillas agarran la llanta, y de esa manera va disminuyendo la velocidad de la llanta y finalmente se para.

El mecánico este, que tenía vocación de profesor, se puso a explicarme cómo funcionaba el freno de un carro. Tiene un parecido, el freno de un carro también requiere algo que se llaman las bandas, que esencialmente es lo mismo. Es una fricción muy fuerte que se pone entre la banda precisamente, que rodea una pieza del eje, eso se junta al eje con una fuerza extraordinaria y la fricción entre la llanta y la banda hace que finalmente el carro se detenga. Yo había notado, como niño curioso, había notado que cuando uno frenaba, cuando uno iba en la bicicleta y frenaba, esas pastillitas pequeñitas que parecen casi de juguete, se calentaban. Entonces, en el carro sucede lo mismo, me explica el mecánico. Las bandas se calientan, de hecho, pueden llegar a calentarse muchísimo si el frenado es muy fuerte.

Además, la fuerza de los músculos humanos no alcanza para presionar la banda contra la parte correspondiente del eje. Se necesita una fuerza de algo que yo no entendía en esa época, una especie de gato hidráulico, se necesita una fuerza bárbara para oprimir esa banda contra el eje, de manera que esa fricción produce tanto calor que a veces se quema la banda. Y ese olor de freno quemado es algo que conocen prácticamente todos los conductores cuando se queman las bandas. A veces la gente cuando va bajando de una altura mayor a una menor, como decir, bajar desde Bogotá hasta el río Magdalena, los carros que van frenando, frenando, se les van recalentando las bandas y se va produciendo ese olor, porque se está quemando el freno, pero el freno logra detener el carro.

Cuando yo oigo esta explicación en un taller de mecánica de Barranquilla, Atlántico, Colombia, hace unos años, me quedo pensando en el bien que hacen los frenos, porque sin frenos todos serían accidentes en el tráfico. Pero me quedo pensando también en lo que le pasa a la pobre banda esa, obviamente tiene que aguantar una presión hidráulica brutal, tiene que aguantar una fricción espantosa y tiene que aguantar una temperatura bárbara. Eso es lo que hace esa banda, pero logra el propósito que es frenar el carro. Y ese es el mecanismo que siguen utilizando muchos automóviles, incluyendo seguramente los que ustedes usan. Por supuesto, cuanto mayor es el vehículo, más potente tiene que ser el sistema de frenado. Por eso, también hay frenos de campana que utilizan un principio semejante, pero todavía más potente. Frenar una tractomula cargada que pesa más de veinte toneladas, imagínate lo que implica.

Los aviones utilizan el mismo principio, una vez leí que cuando un avión va a despegar llega un momento en el que adquiere tanta velocidad, la necesaria por supuesto, adquiere tanta velocidad que el piloto todavía puede frenar el avión. Pero si el piloto frena el avión, por ejemplo, porque se descubre en el último segundo una situación trágica, si llega a frenar el avión, despedaza las bandas de todos los trenes de aterrizaje y revienta las mismas llantas del avión. En circunstancias de extrema emergencia esto ha sucedido en algún aeropuerto.

Bueno, pues por ahí va la enseñanza con la Pasión de Cristo. Frenar, detener, parar. He hablado de lo que se necesitaba para parar el carro de mi abuelo, de lo que se necesitaba para parar un bus, de lo que se necesita para parar un avión que está a punto de despegar. Hermanos. ¿Qué es lo que ha detenido Cristo? Lo que ha detenido Cristo es la cadena indefinida, la cadena indefinida, la repetición persistente del mal. Cuántas veces encontramos que el mal es como una avalancha que parece que nadie la puede detener. Cuántas veces encontramos en las familias, por ejemplo, que un papá borracho y violento tiene hijos y muy pronto los hijos, por lo menos los varones, aprenden entonces a ser borrachos y violentos, y se buscan mujeres que sean parecidas a la mamá para golpear entonces a esa mujer, así como el papá golpeaba a la mamá. Y para burlarse de esa mujer y ser infieles con ella, así como el papá fue infiel con la mamá. Y luego tienen hijos, y esos hijos aprenden también a ser otros borrachos agresivos. Y esos tienen nietos borrachos, agresivos, y de ahí, más borrachos y más agresivos. ¿Hasta cuándo, quién para eso, hasta cuándo es? Ese es el problema. Ese es el pecado del mundo.

El pecado del mundo es una transmisión continua. ¿Por qué? Porque el ser humano tiene grabado en su cerebro algo que se llama el sentido de la justicia. Y el sentido de la justicia reclama una compensación cuando alguien me trata mal. La manera usual de ejercer ese principio de justicia es que, si alguien se mete conmigo, yo me meto con él. Y si me pegas, te parto la cara. Ese es el sentido usual de la justicia. Lamentablemente, en algunos sectores de nuestra parroquia, las cosas se viven de ese tamaño. Tú te metiste conmigo, ahora la vas a ver. Y viene la venganza y el golpe. Y tú me rompiste, me labraste a mi hijo. Ahora espérate, que yo te voy a escalabrar a tu hijo. Eso se llama la ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente, el que me la hace, me la paga. Ese es el sentido de la justicia.

Pero a veces pasa que uno no tiene manera de desquitarse. Por ejemplo, un niño pequeño que está en la casa y ve llegar al papá borracho, resulta que el papá pesa 94 kilos, el hijo pesa 31. El hijo es pequeño, es frágil, no sabe ni siquiera cómo pelear. El papá es grande, es violento. Y entonces, ¿qué hace? ¿Qué hace ese papá? Se sale con la suya. Y ese hijo no puede pelear con el papá porque es mucho más grande. ¿Qué le queda dentro? Una bomba, un resentimiento. Esa bomba es la que luego explota con la siguiente persona, con la siguiente generación. He conocido mujeres que después de recibir la burla o la infidelidad de algunos hombres, entonces dicen: Pues yo le voy a hacer lo mismo, pero ya no le hacen lo mismo al que les falló a ellas, sino que buscan otro para maltratar a ese otro. Y ahí sigue la cadena, como a mí me la hicieron, yo la hago, como a mí me humillaron, yo humillo. ¿Quién detiene eso?

Eso es lo que muestra la Pasión de Cristo, y la razón por la que el cuerpo de Cristo está tan lleno de llagas, y la razón por la que el rostro de Cristo está tan golpeado y tan hinchado, es porque Él es el freno de banda. Es decir, Cristo escogió una vida, la vida de un profeta de Dios. Cristo llevó una vida, la vida de un profeta de Dios. Cristo verdadero y perfecto profeta del Altísimo mostró cómo se puede detener esa avalancha de agresividad o de engaño o de traición. Y por supuesto, que la cara de Cristo está desfigurada. El cuarto cántico del siervo dice: «Tan desfigurado estaba que ni siquiera parecía humano». Le despedazaron, le despedazamos la cara. Por supuesto que está roto. Por supuesto que está quemado. Por supuesto que está sangrante.

Si alguna vez has visto, como yo lo vi en un taller de Barranquilla hace años, si tú has visto cómo queda un freno después de que ha sido quemado, entonces entiendes la Pasión de Cristo. Mira los pedazos de la banda de freno quemada, eso es Cristo crucificado. Eso es lo que queda de Cristo. Pero el carro se detuvo y el pecado se detuvo. Y por eso decimos en la Santa Misa, cuando se levanta la Hostia bendita, la Hostia Santísima, el sacerdote levantando la hostia y el cáliz, dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», que frena el pecado del mundo. Y todo aquel que se acoge a ese Cordero, experimenta que el pecado pierde poder en él. Hay muchos cristianos, hay muchos católicos que no saben lo que vale la Pasión de Cristo. Quizás, hay algunos sacerdotes que no lo aprecian suficientemente. Pero hay uno que nunca sabe, hay uno, perdón, que siempre recuerda lo que vale la Pasión de Cristo y que sabe el poder que tiene la Pasión de Cristo, es el demonio. Es posible que algunos cristianos se les olvide lo que vale la Cruz, al demonio no se le ha olvidado. Por eso en los exorcismos el demonio huye, porque sabe que su derrota ante la cruz de Cristo fue total. La cruz, la cruz es el freno de banda. La cruz es el freno que se destrozó, pero detuvo la máquina de la muerte.

Y por eso, que otros piensen lo que quieran, yo me quedo con el Crucificado. No por adorar el dolor, no. Por adorar el amor divino que trae redención, eso es lo que hay que contemplar en la Pasión de Cristo. Y por eso la Pasión de Cristo es la verdadera victoria, porque logró detener el mal y abrirle hacia un espacio al bien. De acuerdo, la Pasión parece una derrota, parece, como cuando tú ves ese freno despedazado, esa banda, y tú dices, esto quedó quemado. Sí, parece una derrota, pero logró lo que se quería.

La Cruz es la victoria, por eso no tiene nada de extraño que los enemigos de la fe, a toda costa quieren quitar al crucifijo de todas partes, quitarlo de los hospitales, quitarlo de las escuelas, desaparecer al crucifijo. Porque el crucifijo es la memoria elemental pero eficaz de ese sacrificio que quemó a Cristo, quemó a Cristo. Quien habla de ese fuego que quemó a Cristo es la Doctora de la Iglesia, Santa Catalina de Siena, dice que Cristo fue horneado con el fuego de la caridad. Y cada vez que uno pasa a comulgar, lo que uno está comiendo es el pan que fue horneado a fuego, fuego de amor es pan quemado, pan horneado en el fuego del amor divino. Eso es Cristo, eso es comulgar, eso es la Santa Misa y esto nos lo enseña el tercer cántico del Siervo, capítulo 50 del profeta Isaías. Todo cristiano que quiera profundizar en su fe tiene que volverse fanático, digo yo, de los cánticos de Isaías, porque son realmente el retrato que nos dejó el Espíritu Santo de lo que significa amor y de lo que significa amar.

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