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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El bueno resulta perseguido no por los bienes que hace sino por no negociar que Dios es el Supremo Bien.
Homilía mcsa016a, predicada en 20140416, con 13 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la Pasión de Cristo nos enfrenta con un gran misterio, el bien es rechazado y el bueno es condenado. Si miramos los comienzos de la misión de Jesús, con esa abundancia de milagros y con esa bondad tan abundante, el misterio se hace más profundo, ¿por qué alguien que hace tanto bien, tiene que recibir tanto mal? Una expresión que se ha vuelto popular hoy en día es la de el gana gana, win win, se dice a veces citando literalmente del inglés. Se dice que el ideal de una negociación no es que uno gane y el otro pierda, sino que una buena negociación es aquella en la que ambas partes ganan.
¿Por qué ese tipo de negociación? ¿Por qué el gana gana no logra establecerse en el caso de Jesús? Parece que sería un buen negocio recibir todas esas misericordias, curaciones y toda esa sabiduría de Jesús, y al mismo tiempo entrar en la predicación y en la propuesta que Él hace. ¿Por qué es tan difícil esa negociación? Y al final la gente, por mano de las autoridades de aquel tiempo, termina rechazando con tanta agresividad a Cristo. Parece que la razón principal está en un mandamiento, el primer mandamiento de la ley de Dios, que es un mandamiento sin negociación. Cuando se dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas», ahí no hay margen de negociación. Y esa intolerancia del primer mandamiento es la que vuelve antipático al profeta de Dios. Si Jesús fuera simplemente, uno que hace favores a la gente, entonces no habría problema. De hecho, el Dios que la gente quiere es ese, un Dios que me arregle muchos problemas, un Dios que me evite lo áspero de la vida, un Dios que me saque de apuros, pero que después de sacarme, deje en mis manos el timón de mi propia vida.
Es verdad que Cristo realiza milagros espectaculares, curaciones abundantes, exorcismos que son descanso para la gente, pero también es verdad que todas esas obras prodigiosas tienen una finalidad, el Reino de Dios ha llegado. Y es esa primacía de Dios, no los milagros, sino la primacía de Dios, lo que hace antipático a Cristo. Que aún no le hagan muchos milagros y le arreglen la vida, qué cosa más buena, pero que pretendan decirle que ahora Dios es el que tiene que reinar y que pretendan decirle a uno entregue el timón de su vida, eso es lo que no gusta. Y por esa razón, porque no es negociable el primer mandamiento de la ley de Dios, porque el Reino de Dios no se puede hacer compatible con ningún ídolo.
Por eso, no se puede lograr el gana gana, porque el único esquema posible en la evangelización es: llega Cristo, instaura el Reino de Dios y salen los ídolos. Como dice hermosamente el Salmo: «Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos huyen de su presencia los que lo odian», ahí no hay negociación posible, y en el momento de tomar decisiones y en el momento de darle el trono al único que debe reinar en nuestra vida, en ese momento empezamos a descubrir lo apegados que estamos a esos ídolos. Uno cree que es libre hasta que intenta moverse. Apenas intenta moverse, se da cuenta que lo sujetan varias cadenas, pero mientras uno está quieto y tranquilo, no se da cuenta que está encadenado. Cristo nos pone en movimiento, y nos pone en movimiento al servicio de la causa de Dios Padre. Nos pone en movimiento, no solo para derribar activamente nuestros ídolos, sino para ayudar a sacar la idolatría del mundo, y eso significa entrar frontalmente en conflicto con ídolos de poder y de placer, con ídolos de prestigio y muchos otros. Solo en ese momento, cuando uno empieza a mover esos ídolos, se da cuenta que están bien atornillados, bien pegados, bien firmes y no tienen ninguna intención de irse.
Y entonces se necesita una especie de desgarramiento interior para salir de esa idolatría. Esto se ve que lo vivieron los apóstoles, a ellos les encantaba escuchar a Cristo, pero poner en práctica lo de Cristo ya es otra cosa. Por eso Cristo mismo se quejó en una oportunidad: «¿Por qué me decís Señor, Señor, y no hacéis lo que os mando?». Oír esas palabras elocuentes es grato, pero intentar mover esos ídolos que están bien, bien fijos en sus bases, implica un desgarramiento, implica un morir. Cristo era consciente de esto y trató de hacer consciente a la gente, por eso les dijo: «El que no tome su cruz cada día, no puede ser discípulo mío», y dijo: «El que no renuncie a sí mismo no puede ser discípulo mío».
A ver, ¿de qué tamaño tiene que ser la conversión cristiana para que Cristo diga que uno tiene que morir a sí mismo? Pues el problema está en que esos ídolos están tan atornillados, tan perfectamente soldados, con las estructuras de nuestro yo soberbio, que salir del ídolo equivale a matar ese yo. Y por eso Cristo dice: hay que morir. Yo creo que este factor, este hecho, se nos olvida muchas veces en la evangelización. Creo que muchas veces quisiéramos una evangelización, vamos a llamarla simpática, una evangelización donde las personas así, poco a poco, insensiblemente, un día resultaron cristianos. Pero el que no pase por la muerte no llega a ser cristiano.
Así lo decía Teresa de Jesús a sus monjas: Mientras no os traguéis la muerte, con esa rudeza que a veces tiene la lengua castellana, «Mientras no os traguéis la muerte, no daréis paso en la vida espiritual». Y esto tiene que valer en la evangelización de niños, en la evangelización de jóvenes. Tiene que valer eso, tiene que valer, que son jóvenes y son simpáticos, se quieren mucho, se sacan muchas fotos y las ponen en Facebook. Bien, está bien, eso no tiene nada. Pero además de todas las reuniones simpáticas, los abrazos, besito va, besito viene, fotos, convivencias, paseos, excursiones, caminatas. En medio de todo eso, tiene que haber un momento en que la persona, niño o niña, joven hombre o joven mujer, tiene que descubrir que se arranca su yo, que muere y que Cristo toma su trono. Si eso no está sucediendo, nos estamos diciendo mentiras.
También en la vida religiosa pasa lo mismo. Me parece que a menudo se nos olvida en la formación dejar claro este punto, no tiene que ser un ataque al formando o a la formanda, pero tiene que quedar claro que estas aquí para morir, para morir, tienes que morir a ti mismo. Y si no se enseña ese morir a sí mismo, en las primeras etapas de la vida religiosa, solamente se están preparando desgracias para el futuro. Porque la persona que no aprende a morir, tampoco aprende a obedecer y en general, no puede vivir los votos con los que se compromete únicamente de labios para afuera, porque efectivamente le va a tocar morir, cuando haya que trasladar a esa hermana del lugar donde se siente feliz, amada, querida, aceptada, y todo tiene sentido, a otro lugar que le parece antipático, difícil, con una comunidad conflictiva, pues ahí tiene que morir. Y si no está entrenada para morir desde postulantes, de aspirante o desde suspirante, como decían en otra comunidad, si no está preparada para morir en ese momento, pues su actitud va a ser una actitud de: -Yo aquí me quedo y hagan lo que quieran conmigo y métanse conmigo y verán que yo las entutelo.
Así que el problema por el que no se logra el gana gana, si llamamos a eso problema, es la primacía del Reino de Dios y por eso, en un momento dado hay que escoger si se queda uno con Dios y su fortaleza y consuelo, como nos mostró el cántico de Isaías en la primera lectura de hoy, si se queda uno con Dios sabiendo que tendrá que participar de la Pasión de Cristo, o si entonces uno renuncia. Pero, por supuesto, ahí se cumplirá lo que dijo Cristo: El que pretende salvar su vida, al fin la pierde. Sin una capacidad de morir en razón de amor y por el Reino de Dios, no por masoquismo, ni baja autoestima, ni cosas de esas. Si no hay capacidad para morir por el Reino de Dios, si no hay capacidad de desterrar los ídolos, a todos nos cuesta trabajo, entonces no va a suceder el Evangelio.
Este tiempo bendito de reflexión y de conversión, nos pone frente a esa realidad. No está en nuestras manos dar ese paso. La carne nuestra, no solamente nuestra sensualidad, sino lo que la Biblia llama carne, que incluye fragilidad, comodidad, conveniencia, la carne nuestra se rebela, no quiere eso. La carne nuestra quiere un Evangelio donde las cosas ahí se puedan negociar y al final todos están contentos. Pero, Cristo es realista y dice que hay que asumir la Cruz, que hay que morir. Eso no se predica hoy, para desgracia nuestra no se predica, pero hay que decirlo, que hay que morir, que hay que participar de la muerte para que se cumpla lo que dijo Pablo: «Si morimos con Él, entonces, y solo entonces resucitaremos con Él».

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