Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El sufrimiento es camino de victoria si cierra el paso a las invitaciones de desobediencia y de odio que lanza el demonio.

Homilía mcsa012a, predicada en 20120404, con 42 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos, estos días hemos escogido como línea de reflexión los cánticos del siervo en el profeta Isaías. El libro de Isaías contiene 4 textos que tradicionalmente se han llamado cánticos del siervo de Yahvé. Cánticos, sobre todo porque su estructura poética hace recordar el estilo de los Salmos, y de otros textos semejantes en la Biblia. Esos textos se encuentran en el capítulo 48, primero, en el 42, es importante que no me equivoque, 42. Luego en el capítulo 49. Luego, como hemos oído hoy, en el capítulo 50, y finalmente en los capítulos 52 y 53. El primer cántico lo escuchamos y meditamos el lunes, el segundo cántico el martes, el tercer cántico el Miércoles Santo, o sea, hoy. Y el cuarto cántico del siervo de Yahvé, la Iglesia lo propone en su liturgia para el día Viernes Santo. Es la primera lectura en la ceremonia, en la acción litúrgica de la Pasión del Señor.

¿Por qué son importantes estos textos? También lo hemos dicho, en los días anteriores, porque si queremos llamar a Dios Señor, es porque queremos llamarnos nosotros sus siervos, y entonces tenemos que aprender qué significa servir al Señor, y para eso nos está ayudando Isaías. Cada uno de estos cánticos tiene como un tema central, tiene como una idea dominante. Hoy, por ejemplo, es impresionante el cuadro de dolor que se presenta. Pero lo más sorprendente, es que es un dolor aceptado voluntariamente: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban mis mejillas, a los que me arrancaban la barba». Es un dolor aceptado.

Y ese dolor se convierte en un enigma para nuestra mente, porque lo normal y natural para el pensamiento humano es rechazar el sufrimiento. Si estamos enfermos, lo normal y natural es buscar la salud. Si nos aqueja un dolor, por ejemplo, en la espalda o en la cabeza, lo normal y natural es buscar la manera de aliviar ese dolor. Pero aquí tenemos a un hombre que dice: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban». ¿Qué hay en el corazón de una persona que dice esto? Antes de responderlo, recordemos que este texto viene a ser una profecía, porque aquello que vivió Cristo, especialmente en su dolorosa Pasión, fue exactamente lo que aquí se dice. Es decir, este siervo de Dios vino a cumplir perfectamente su misión en la persona de Cristo. De nadie se puede decir con mayor exactitud estas palabras que hemos escuchado: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. No retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían». Lo cual nos indica que el verdadero servidor de Dios se forma siempre en Cristo. Cristo es el verdadero servidor, y nosotros, unidos a Cristo, aprendemos a servir a Dios.

Pero la pregunta permanece, ¿por qué Cristo hace eso?, ¿por qué Cristo se somete a ese sufrimiento? Recordemos aquella palabra del Evangelio según San Juan, dice Jesús: «A mí no me quitan la vida, yo la doy». Eso se parece a lo que hemos oído hoy: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban». Es decir, no se trata de un accidente, no se trata de una superioridad de los enemigos de Cristo. Se trata de un acto voluntario del Señor, y precisamente porque es voluntario, se convierte en una pregunta muy profunda para nosotros, pero así lo dice Cristo.

Entonces, puede venir otra idea, y es que el sufrimiento resulta atractivo para algunas personas. Hay, por ejemplo, una perversión de la mente humana que se llama masoquismo. Se trata de aquellos que encuentran placer recibiendo dolor o recibiendo humillación. Y una de las señales de la enfermedad que tiene el mundo, es que esa clase de prácticas van aumentando, prácticas de sadismo y prácticas de masoquismo. Obtener placer produciendo dolor a otras personas, se llama sadismo. Obtener placer recibiendo dolor o humillación, se llama masoquismo. Pero, la definición misma de masoquismo, nos muestra que esto del siervo de Yahvé no es masoquismo. El masoquista busca placer, lo que sucede es que lo busca en los caminos del dolor, pero lo que busca, es placer. Incluso, podemos decir busca placer de tipo sexual, porque esa es la característica del masoquista. Y eso no tiene nada que ver con nuestra fe, y no tiene nada que ver con Jesucristo.

No, este ofrecimiento, este sacrificio voluntario, no es un sacrificio para buscar placer. Entonces, ¿qué es? Podemos pensar, y lo han dicho algunos autores, que el sacrificio de Cristo fue algo así como el desquite de sus enemigos. O podemos decir, que a Cristo le fallaron sus cuentas y, en cierto momento, se volvió inevitable el fracaso. Andan por ahí algunos teólogos que dicen eso, que Cristo fue avasallado, fue aplastado por algo que de alguna manera no esperaba. Y hay autores cristianos e incluso, algún católico, que dicen eso. No podemos descartar que Cristo muriera en el absurdo, pero es esa posición más bien la que resulta absurda.

Porque resulta que, si algo nos cuentan los Evangelios es la creciente oposición de ciertos grupos dentro del judaísmo, oposición que tenía claramente su centro en Jerusalén. Ir a Jerusalén no podía significar para Cristo otra cosa, sino lo que sucedió. Entonces decir que a Cristo se le vinieron encima unas circunstancias inesperadas, y que Cristo no sabía en qué iba a acabar su tarea o su misión en Jerusalén, es terriblemente absurdo. Y cuando recordamos lo que vivieron los profetas, incluso el criterio que tienen los profetas para discernir su propia vocación, como se ve muy bien en el caso de Jeremías, nos damos cuenta que es ridículo afirmar que Cristo no sabía a qué se estaba exponiendo o a qué se le vino por sorpresa la oposición de sus enemigos. Eso no tiene sentido.

Entonces, si Cristo no es masoquista, si sabía lo que estaba sucediendo, si no tiene ninguna patología mental, ¿por qué ese sufrimiento voluntario? Pues parece que una clave importante está en la palabra lucha, en la palabra batalla, en la palabra confrontación. El dolor, del que estamos hablando aquí, no es el dolor del que iba caminando por una calle y, accidentalmente, golpeó una piedra y siente un dolor salvaje en los pobres deditos que se golpearon. El dolor del que estamos hablando aquí, no es el dolor de la persona que tiene cálculos en el riñón, y menciono ese ejemplo, porque se dice que es uno de los dolores más salvajes que puede darle a un ser humano. Los dolores de cálculos, especialmente en el riñón, son espantosos.

El dolor del que hablamos aquí es el dolor producido por los adversarios. Yo creo que esa frase es la que trae el primer poquito de luz. Vamos a ver por qué: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me arrancaban la barba», luego se habla de los que me ultrajaban, me escupían. Es decir, este es el dolor de una batalla, este es el dolor que se produce cuando se enfrenta los enemigos. Y podemos decir que ese dolor es una especie de mensajero que el enemigo envía para tratar de frenar algo, por ahí, como que va a ser la explicación. Es decir, este dolor no es cualquier dolor.

El dolor del que se está hablando aquí, es el dolor que se produce cuando se enfrenta a un enemigo y, por consiguiente, la resistencia frente a ese enemigo es lo que estamos presenciando. No es una persona que busca el dolor por el dolor, aquí estamos hablando de una persona que se enfrenta al enemigo y el enemigo ataca con el dolor. Y este siervo de Yahvé permanece firme, a pesar del dolor. O sea que la palabra clave es combate, este es dolor de combate. Y cuando se habla aquí de entrar voluntariamente en el dolor, lo que hay que decir es, entrar en el combate, entrar en la confrontación.

Nuestra muy querida doctora de Siena, Santa Catalina, describe la Pasión de Cristo de varias maneras. Una de las maneras es, precisamente, como un combate. Es un combate, es un enfrentamiento, y por supuesto que en un combate hay dolor, pero ya vemos que es un dolor que cobra sentido dependiendo de a quién se esté combatiendo. Cuando hay guerra hay dolor, pero el dolor que sufre el soldado en la batalla, es un dolor que tiene significado en la medida en que esa batalla tiene significado.

Si, por ejemplo, la batalla es para defender el país, si vamos a defender la patria, si vamos a defender nuestras familias y los soldados entran en combate, seguramente sufren, pero ya vemos cómo van encajando las piezas. ¿Podemos decir que esos soldados fueron voluntariamente a la batalla? Sí, fueron voluntariamente a la batalla, ¿por qué amaban ser heridos? No, no aman ser heridos, pero están dispuestos a ser heridos y entran en la batalla sabiendo que los van a herir, porque hay algo precioso que están defendiendo, porque hay algo maravilloso que están defendiendo. Y por qué eso precioso y valioso que están defendiendo, es tan importante, por eso aceptan ese dolor. Es decir, el dolor es el medio, es el instrumento para lograr una victoria.

Entonces tenemos que ver a Cristo en su Pasión, en combate. Surge otra dificultad, si Cristo en su Pasión estaba en un combate, ¿por qué no le vemos combatir? Mira lo que dice aquí, ¿qué clase de combate es este?: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban». No, estamos hablando de un combate, pues entonces el combate tendría que ser, tú me pegas, yo te pego, tú me golpeas, yo te golpeo. ¿Qué clase de combate es este? Luego dice: «No retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían». ¿Qué clase de combate es ese, que consiste únicamente en aguantar? Es un combate muy extraño.

Bueno, es el momento para que vayamos descubriendo contra qué lucha Jesucristo, o mejor, contra quién lucha Jesucristo. Porque es un combate, pero no es cualquier combate. Y lo que nosotros, como cristianos vivimos, es un combate, pero tampoco es cualquier combate. Viene a mi memoria el capítulo sexto de la Carta de San Pablo a los Efesios, donde nos advierte el apóstol Pablo: Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre. Nuestra lucha no es contra hombres ni mujeres. Nuestra lucha no es contra la gente, y nos explica San Pablo, que nuestra lucha es contra el espíritu del mal. Nuestra lucha es contra el espíritu del mal, dice Pablo.

Estamos de acuerdo, cuando se enfrentan dos ejércitos, por ejemplo, de dos países, la manera del combate será: -Tú me golpeas, yo también te golpeo, tú me hieres, yo también te hiero. Pero resulta que los verdaderos enemigos de Cristo no eran sus verdugos. El verdadero adversario de Cristo no era ni el soldado que le arrancaba la piel a pedazos con esos azotes, ni el otro que le puso la corona de espinas. Por decirlo de alguna manera, todos estos eran títeres de otro, y ese otro es el que va a ser derrotado por Cristo. Si uno no hace esta afirmación, la Pasión de Cristo no tiene ningún sentido. Y por eso, porque se quiere negar la existencia y la acción del espíritu de las tinieblas, llamado diablo y satanás, porque no se quiere reconocer esa existencia y porque no se quiere reconocer que es esa la principal victoria de Jesucristo, por eso la Pasión de Cristo resulta tan completamente inexplicable para tantos incluso teólogos prestigiosos. Es que no se puede entender nada de la Pasión de Cristo, si no se sabe contra quién estaba combatiendo.

Bueno, y ¿qué tiene que ver? Admitamos eso, admitamos que el combate es contra el espíritu de las tinieblas. Eso explica ya muchas cosas, eso explica por qué Cristo le dice a Pedro: «Guarda tu espada», con eso le está diciendo Cristo a Pedro: -Mira, este es un combate distinto. Esto no es agarrarnos a puños con estos soldados. Ojalá el problema fuera ese, ojalá el problema fuera agarrar a puños a unos soldados. Eso se solucionaba fácil, le dice Cristo a Pedro. Y más fácil que pedirte ayuda a ti sería pedirle ayuda a mi Papá, y mi Papá manda 12 legiones de ángeles, y de esta gentecita no queda nada. Pero el problema es que Cristo no quiere ganarle a esa gentecita, el problema es que Cristo quiere salvar a esa gentecita, que por el momento es títere del espíritu de las tinieblas. Entonces, cortarle orejas a esa gentecita, como Pedro hizo con un soldado llamado Malco, no arregla nada. Pelear con esos soldados, maldecir a esos soldados, agarrarse a puños con esos soldados, no soluciona nada. Entonces lo que se necesita es algo distinto.

Para entender cuál es la grandeza de este sufrimiento voluntario y de esta resistencia activa, hay que entender qué es lo que pretende el demonio. Si uno no entra en ese ángulo, la Pasión de Cristo no tiene ningún sentido. Y por eso, hoy hay tantos autores que prefieren omitir la Pasión de Cristo y prefieren quedarse, por ejemplo, con lo que ellos llaman la praxis de Jesús, es decir, Jesús antes de su Pasión. Este es un error que cometen muchos, espero que no todos, los llamados teólogos de la liberación. Los teólogos de la liberación privilegian lo que se llama la praxis de Jesús. Pero, si uno va a mirar con atención la praxis de Jesús es: Démosle importancia a Cristo sin su Pasión, eso es lo que significa la praxis de Jesús. Y eso es exactamente antibíblico, porque resulta que lo que nos muestran los Evangelios es que la plena revelación de quién es Cristo y qué hace Cristo está en la Pasión. Entonces, estoy de acuerdo con que la vida de Jesús y la llamada praxis de Jesús son importantes, pero su importancia es sobre todo pedagógica y es sobre todo un instrumento para acercarnos al misterio grande y principal, y ese misterio grande y principal es la Pasión, la Pasión de Cristo. Ahí es donde está su victoria, su misión, su ministerio y nuestra redención.

¿Qué es lo que pretende el demonio? El demonio busca tres cosas. El demonio, como dice la Carta a los Hebreos, desea mantenernos prisioneros en el miedo, miedo a partir de nuestra condición finita, miedo a partir de nuestra condición mortal. El demonio intenta producir miedo y lo produce, por supuesto, esa es una estrategia suya. Luego explicaremos un poco más de ese miedo. En segundo lugar, el demonio quiere producir dolor. Y, en tercer lugar, el demonio quiere producir desesperación. Miedo, dolor, desesperación. Y los produce, los produce.

¿Por qué el demonio quiere producir miedo? Y de qué miedo nos habla la Carta a los Hebreos, en su famoso texto cuando dice que: «Cristo nos rescató del dominio de aquel, de aquel que por temor a la muerte, nos mantenía cautivos». Pues es que mira lo que sucede, como nosotros somos finitos y somos mortales, entonces el apego a la vida significa apego a la tierra, apego a la materia, apego al apego al momento, apego al placer, apego a las certezas de este mundo, y eso es lo que explota el demonio. Entonces, la conciencia de que uno es finito, si uno no está apegado a Dios, produce apego a los ídolos de este mundo.

Por eso al demonio le interesa el miedo, mantener a la gente en el miedo y muchos de los pecados, incluso muchos de los que uno no se imaginaría, son pecados de miedo. Muchas personas se meten en unas relaciones afectivas absurdas por miedo, miedo a la soledad. Muchas personas matan a un feto inocente por miedo, miedo a que se me va a dañar mi carrera, se va a dañar mi fama, se va a dañar mi relación con mi papá. Muchas personas se aferran a los placeres de este mundo por miedo, miedo a que se me va a acabar el tiempo y no he encontrado el infinito que anhela mi corazón. O sea que el demonio intenta producir miedo. Pero resulta que ninguno de esos miedos iba a funcionar con Cristo. La única manera de producirle miedo a Cristo era amenazar directamente su vida, su cuerpo, su integridad, golpearlo, anunciarle ese acto violento de destrucción. ¿Logró el demonio producir ese miedo? Sí, claro. Cristo dice que siente angustia hasta morir, ese miedo lo logra.

Luego viene el dolor. No basta con tener a la gente asustada, hay que darle amargura porque el corazón que está amargo, el corazón que está triste, el corazón que está dolido, intentará buscar algún tipo de alivio o consuelo. Y entonces, ahí podemos recordar el capítulo segundo del libro Eclesiástico, nos dice este texto sagrado, si vas a servir al Señor, ojo, de eso es de lo que tratan estas lecturas: «Si vas a servir al Señor, prepárate para la prueba». Entonces una persona toma una decisión de servir a Dios y hay cosas que le salen mal, hay amigos que pierden.

Ya lo he contado, es una pequeña experiencia personal, un pequeño testimonio. Cuando yo dejé la universidad para entrar a servir al Señor en esta comunidad en que me encuentro, la Orden de Predicadores, ingresé al noviciado de los Dominicos allá en Colombia. Y solo recibí una visita de mis compañeros de universidad. Fueron a Chiquinquirá a visitarme y cuando vieron que era verdad que tenía el hábito de la Orden, y cuando vieron que era verdad que quería ser sacerdote, y cuando vieron que era verdad que no iba a dar marcha atrás, me dejaron para siempre. Así como se oye, yo perdí todos, es que no quedó ni uno, perdí todos mis amigos de la universidad en un solo día, fueron todos a verme, y todos, absolutamente todos, se retiraron, desencantados, desconcertados, con un gesto de desaprobación. Ahora pregúntenme si eso duele. Si tú tienes 19 años, ¿cuánto valen tus amigos? ¿Cuánto vale tener amigos? Y a los 19 años todos mis amigos me dieron la espalda en un solo día. ¿Por qué? Porque yo había decidido seguir a Jesucristo. Eso duele. Ese domingo, porque fue un domingo cuando fueron a visitarme, no se me va a olvidar jamás, eso duele.

Y ese dolor le interesa mucho al demonio. Al demonio le interesa mucho que tú sientas dolor cuando tratas de ser bueno porque él tiene el deseo y el proyecto de que ese dolor, esa amargura, ese ataque, ese aguijón, te haga volver a tus antiguos pecados o, por lo menos, te aparte de la voluntad de Dios. Entonces el dolor, ya entendemos que el dolor es el puñetazo que manda el demonio para tratar de sacarte de la voluntad del Padre. Ese es el dolor del que habla el texto de Isaías, capítulo 50, y ese es el dolor de la Pasión de Cristo. Por supuesto, no hay comparación entre mi dolor y el dolor de Cristo, Dios me libre de compararlo siquiera, pero digamos que yo puedo entender un poquito de ese tema por lo que me sucedió a mí. Entonces, el dolor que quiere causar el demonio es el dolor que hace que tú digas: -No aguanto esto, no soporto esta soledad, no soporto esta amargura, no soporto este torniquete, este estrangulamiento. Y cuando tú dices: -No soporto. Entonces el demonio dice: -Yo sabía que tú no ibas a soportar. ¡Salte! Salte de la voluntad de Dios. Dale la espalda a ese Señor tuyo. ¡Suelta! Suelta a Dios y verás que yo te suelto a ti. Ese es el demonio.

Lo tercero es causar desesperación. Si la persona comete el error de darle la espalda a Dios, entonces el demonio juega con su víctima, como hacen algunos felinos cuando ya tienen completamente dominada a su víctima, juegan con ella antes de comérsela. Esto fue lo que le sucedió a Judas Iscariote. Si la persona que está soportando ese estrangulamiento le hace caso al demonio que le dice: -Está bien, está bien, voy a dejar a Dios. El demonio le quita el estrangulamiento, pero empieza a hablarle de otra manera: -Traicionaste, perdiste tu única oportunidad. Ya nada queda para ti, lo perdiste todo, ya no tienes nada que hacer. Y ahí es donde Judas va y se ahorca, la desesperación.

Entonces, ese es el proceso que el demonio quiere utilizar con nosotros para frenarnos en el camino de Dios. Primero, asustarnos. Si pretendes servir a Dios, te vas a quedar solo, tu vida va a ser amarga, te va a ir muy mal. Muchos jóvenes le dan la espalda a Dios por ese miedo. No, no, no. Yo no quiero eso. Entonces siguen en las redes del enemigo. Pero hay algunos unos jóvenes, y no jóvenes también, pero me gusta hablar en particular a los jóvenes, por esta misión en que nos encontramos. Pero hay algunos jóvenes que dicen: -Pues yo me arriesgo y, a los que se arriesgan, entonces el demonio, de una o de otra forma intenta mandarles dardos incendiados en su carne, en sus negocios, en su afectividad, en su familia, en sus amigos, lo que duele tanto a un joven. Te doy duro, te doy duro en tus amigos. Y el muchacho o la niña que sufre ese espantoso dolor, en el fondo está recibiendo el mensaje del demonio, el demonio le está diciendo: -Salte del camino de Dios. Suelta a Dios y yo te suelto. Suelta a Dios y yo te suelto. ¡Suéltalo! Y ese mensaje golpea los oídos de este joven, golpea los oídos de esta joven. Y entonces, es posible que caiga. Pero si cae, sí el demonio lo suelta, lo suelta por un instante para cambiar la canción. La siguiente canción es, ya no tienes marcha atrás, eres un traidor, la fe no era para ti, esa iglesia no era para ti, ya eso se acabó, esa etapa ya la perdiste. Ahora, ya puedes pudrirte en mis garras.

Bueno, sabiendo que ese es el adversario, volvamos al texto de Isaías. Ya sabemos qué es lo que quiere el adversario: miedo, dolor, desesperación. Y si no lo logra con el miedo, lo intenta con el dolor, y si no lo logra con el dolor, pues le pone más dolor, y si no lo logra con más dolor, aumenta y aumenta y aumenta, tratando de reventar. Esa fue la Pasión de Cristo, la Pasión de Cristo es la escena del demonio aumentando ese dolor. Pero hay algo muy importante que tenemos que decir sobre ese dolor, y es que, en el aumento del dolor, de lo que se trata, ya dijimos, es de separarse de la voluntad de Dios, eso es, principalmente, lo que busca el demonio, que nosotros le demos la espalda a la voluntad de Dios, que no cumplamos con nuestra misión.

Ese es el objetivo principal, pero hay un objetivo secundario. Tú te acuerdas cuando le dijeron a Jesús: ¿Cuál es el mandamiento principal? Jesús dijo: «El mandamiento principal es amar a Dios. Pero hay otro que es igualmente importante, amar al prójimo». Expresándose de esa manera. Jesús dejaba claro que hay un vínculo indisoluble entre el amor a Dios y al prójimo. Consiguientemente, cuando el demonio nos ataca, no solamente ataca el amor a Dios, en que le demos la espalda a Dios, sino que ataca también el amor al prójimo, necesita crear en nosotros odio. Entonces, quiere decir que lo que el demonio intenta es primero miedo, luego dolor y luego desesperación. Y lo que pretende con el dolor es desconectarnos de Dios y llenarnos de resentimiento, llenarnos de venganza, llenarnos de suspicacia, llenarnos de prejuicios contra nuestros hermanos.

El demonio sabe muy bien que tiene que desarmar las dos cosas, porque como Dios las unió tan estrechamente como el amor a Dios y el amor al prójimo están tan unidos, el demonio sabe que tiene que destruir simultáneamente amor a Dios y amor al prójimo. Por eso, cuando el demonio ataca, por ejemplo, a un joven, especialmente un joven que es consciente de su vocación cristiana, no solamente intenta llevarlo al pecado, sino intenta separarlo por medio de prejuicios, divisiones, resentimientos, malos entendidos, separarlo de la comunidad. Es decir, el demonio intenta simultáneamente, que cada uno de nosotros pierda su unión con Dios, y que cada uno de nosotros se llene de prejuicios y tome partido y divida la comunidad. El demonio busca al mismo tiempo debilitar espiritualmente y dividir la comunidad.

Es muy importante que esto lo sepamos con plena lucidez, porque, por ejemplo, en este lugar se reúne con frecuencia esta comunidad Betania, tan querida para cada uno de nosotros. Así como se reúne también la Fraternidad Dominicana y tal vez otros grupos, pues tengan cuidado, porque el ataque del demonio siempre va a ser ése. Lo que pretende el demonio es cómo debilitarnos a cada uno y cómo dividirnos entre nosotros.

Miremos el texto de Isaías, ahora ya entendemos cuál es el adversario, ya entendemos por qué aparece el dolor. Miremos qué es lo que sucede: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba. No retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían». Ya entendemos que la resistencia en el dolor, la resistencia en el ataque, la resistencia que, por ejemplo, nuestro Señor muestra en su Pasión, es exactamente la estrategia apropiada para vencer al demonio. ¿Por qué? Porque siendo resistencia, no cede al chantaje del demonio. El chantaje del demonio, acuérdate, ¿cuál es la frase? Es esta: Suelta a Dios y yo te suelto, ese es el chantaje del demonio. Suelta a Dios y yo te suelto, eso dice satanás, suelta a Dios y yo te suelto.

Entonces, el que permanece firme en el dolor, el que ni siquiera aparta la cara, así se la escupan, el que se queda mirando al enemigo, así lo golpee, el que permanece firme, le está respondiendo a satanás: -No soltaré a Dios jamás, punto número uno. Pero, además, esa resistencia, resistencia que proviene del amor y de la unión con el Padre Celestial, como aparece en la Pasión de Cristo, esa resistencia impresionante, esa resistencia también significa la renuncia a odiar, porque el demonio estaba intentando con Cristo dos cosas básicamente, separarlo del Padre y obligarlo a odiar. Y era muy fácil caer en cualquiera de las dos cosas. Separarlo del Padre, es la frase: -Bájate de la cruz y creeremos en ti. Para mí es la frase más propia del demonio en todo el testimonio que nos da la Escritura, baja de la cruz y creeremos en ti. Salte de la voluntad del Padre. Suéltate del Padre y yo te suelto. Eso es lo que le está diciendo el demonio a Cristo, suéltate del Padre, y yo te suelto.

Pero al mismo tiempo, junto a esa tentación, tentación que tenía que ser muy fuerte, viene otra tentación, ¿cómo se hace para no odiar a una persona que se burla de mí, que me castiga injustamente, que me tortura, que me destruye, que no muestra ni la más mínima compasión, ni la más mínima sensatez? O sea que Cristo tuvo que soportar las dos cosas, tuvo que soportar la fuerza con la que el demonio quería separarlo del Padre y tuvo que separar, soportar la fuerza con la que el demonio quería precipitarlo por una cuesta de odio. Muy al contrario, en lugar de odiar, Cristo reparte misericordia en la Cruz. Es decir, la Cruz es la victoria perfecta. Y por eso, si ustedes quieren saber que es lo típico del cristianismo, ya lo tienen, siempre lo hemos tenido en la Santísima Cruz, ahí está, eso es lo propio de nosotros.

Date cuenta, date cuenta entonces, lo sucedido. Ahora entendemos por qué ese sacrificio voluntario. ¿Por qué sacrificio voluntario?, como si estuviéramos en un catecismo, ¿Por qué ese sacrificio voluntario? Porque Jesús entró en su Pasión como un soldado en la batalla. Pero sí era como un soldado, ¿por qué no golpeó Cristo? Porque el adversario de Cristo no eran esos soldados, tristes títeres del verdadero enemigo. Y si el adversario era el enemigo, ¿por qué era importante resistir como Él resistió? Porque el enemigo lo que quiere es producir miedo, dolor y desesperación. ¿Para qué quiere producir el demonio ese miedo y ese dolor? Porque quiere separarnos de la voluntad del Padre y porque quiere infundir en nosotros sentimientos, prejuicios, odio, división, que destruyan la unidad entre el amor a Dios y al prójimo. Por eso Cristo, permaneciendo sin odiar, permaneciendo fiel al Padre y sin odio, estaba respondiéndole al demonio. Por eso Cristo, sin odiar, amando y soportando, estaba venciendo a satanás. De un modo muy impresionante se muestra esto en la famosa película de la Pasión, la producida por Mel Gibson. ¿Ustedes recuerdan el momento en el que muere Cristo? El grito desgarrado de satanás porque ha perdido, porque no logró ni separar a Cristo del Padre, ni meterle una sola gota de odio a ese Corazón. Eso es servir a Dios, y esa es la enseñanza que nos deja este tercer cántico.

Que la misericordia del Señor venga a nosotros. Cristo, por supuesto, logra esta victoria porque es el Ungido y nosotros tendremos victoria si somos ungidos con el mismo Espíritu Santo, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos. El mismo Espíritu que expulsa lejos a satanás y a sus secuaces.

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