Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

"Luz de las naciones" es uno de los títulos más hermoso para Cristo. Así le llama proféticamente Isaías. Y así nos llamamos nosotros también, en cuanto miembros del Cuerpo de Cristo, investidos con su espíritu y redimidos por su Sangre.

Homilía mcsa010a, predicada en 20110420, con 4 min. y 17 seg.

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Transcripción:

Isaías, en su capítulo número 50, contiene el tercero de los llamados cánticos del siervo de Yahvé. Estos textos son realmente únicos. El profeta en estos cánticos dibuja con trazos misteriosos la figura de lo que significa servir a Dios. El siervo de Yahvé, ¿quién es? En cierto sentido, es el pueblo elegido, que precisamente ha sido elegido para llevar el testimonio de Dios a todas partes y para ser testigo de su gloria. El siervo de Dios también es cada uno de nosotros creyentes, porque si decimos que Dios es nuestro Señor, eso no puede quedarse en solo las palabras. Si Dios es el Señor, significa que nosotros somos sus siervos.

El siervo de Dios es también y, de modo eminentísimo, Jesucristo, porque Jesucristo, con obediencia de amor, llevó a cabo plenamente la voluntad del Padre, incluso llegó a decir: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre», mostrando así que no solo gastaba su vida en servir al Padre, sino que su vida misma era eso. No tenía otra vida, no había espacio para nada diferente. Siervo de Dios, también podemos entonces considerar que tiene que ser aquel que conoce a Jesucristo y que se une a Cristo.

Pero el camino de Cristo es extraño, porque esta clase de servicio no es simplemente, trabajar por Dios, hacer cosas por Dios. Servir a Dios no es únicamente ni principalmente hacer cosas por Él, sino dejar que Él haga su obra en nosotros. Esto se parece a aquella conversación que tuvo una vez Cristo con algunos judíos, le preguntaban: ¿cuál es la obra que Dios quiere que nosotros hagamos? Y la respuesta de Cristo es extraña: «Lo que Dios quiere es que ustedes crean en el que Él ha enviado». Porque precisamente la fe nos abre a la dimensión de Dios. El que se abre a la fe, se abre al tamaño maravilloso de las obras del Señor. Y cuando nosotros nos abrimos al actuar de Dios, lo que sucede tiene el tamaño de Dios, no el tamaño nuestro. Por eso lo más grande es ser fieles y ser dóciles a este Querer divino.

Cristo realizó precisamente esta clase de obediencia y por esa obediencia llegó hasta el extremo en el padecer, es lo que está descrito en el capítulo 50 de Isaías. Cristo es llamado aquí, el iniciado, una palabra tomada de las religiones antiguas para indicar aquella persona que realmente se ha formado integralmente, se ha formado completamente en lo que prescribe, en lo que se enseña, dentro de esa religión, eso es lo que significa iniciado. Pues Cristo es el iniciado, es decir, Cristo es el que ha entrado en el ámbito del verdadero conocimiento de Dios. Y así, iluminado su rostro completamente, iluminada su vida completamente por la voluntad del Señor, es testigo también de esta voluntad en favor de nosotros. Pero esa voluntad pasa por el sufrimiento, porque tiene que enfrentarse a la obstinación con que nosotros nos aferramos a nuestros pecados. Sin embargo, este iniciado, que es Jesucristo, no da pie atrás, sino que, aferrado al Padre, unido al Padre, es imbatible. Suya será la victoria. Y eso es lo que vamos a ver, eso es lo que estamos viendo en la Semana Santa.

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