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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Celebrar la Pascua con Cristo, para entregar sin traicionar como verdaderos misioneros.
Homilía mcsa009a, predicada en 20100331, con 12 min. y 3 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, hay un detalle llamativo en el Evangelio que acabamos de escuchar. Cuando los discípulos le preguntan a Jesús, a dónde tienen que hacer los preparativos para la Pascua, Jesús dice esta expresión, traducida al español, como la hemos oído: «Id a casa de fulano y decidle?», etcétera, lo que sigue. Nosotros, en español utilizamos la expresión «fulano» para decir alguna persona, cualquier persona, pero sin determinar el nombre. La palabra griega que aparece aquí en el original tiene el mismo sentido, es decir, una persona que, por supuesto tiene un nombre, pero cuyo nombre no se dice porque no viene al caso.
«Id a casa de fulano». En español también decimos a veces pues estaba con fulano y zutano, y también ahí estamos indicando personas específicas, pero cuyo nombre no es importante en el contexto de lo que se dice. Y este es un dato importante porque si revisamos la Biblia, esta es una de las pocas ocasiones, o quizás la única, si no me equivoco, en la cual la Biblia utiliza ese tipo de expresión «un fulano». Y ¿por qué digo que es importante? Porque al dejar ese nombre en blanco, la Biblia nos invita a que cada uno de nosotros ponga su propio nombre ahí. Jesús quiere celebrar la Pascua en casa de fulano, y fulano puedo ser yo, fulano puedes ser tú. Cuando la Biblia dice que Jesús quiso celebrar en la casa de alguien, es como si ese texto estuviera escrito y hubiera una raya en la cual tú puedes escribir tu nombre.
Así que, si este texto de San Mateo dice que Jesús ha querido celebrar así la Pascua, yo te invito en este momento a que en esta Semana Santa tú escribas tu nombre en las páginas de la Escritura. Quiero decir, abras tu casa, abras tu vida para que el Señor Jesús celebre la Pascua contigo. Para que Jesús no celebre su Pascua, solo. Para que Jesús no celebre su Pascua solo con otros, que Jesús celebre su Pascua contigo, de manera que tú puedas hacer junto con Cristo el camino que va de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del pecado a la experiencia de la gracia y la amistad con Dios. Este es el primer punto que creo que podemos destacar en este Evangelio que es del capítulo 26 de San Mateo.
En segundo lugar, observemos que hay un verbo que se repite muchas veces en este texto, es el verbo entregar. Para nosotros ese verbo no tiene una resonancia especial, pero si nosotros recordamos el origen, la etimología de ese verbo, entonces empiezan a resonar en la mente algunos otros significados. Por ejemplo, hacia el final del texto que oímos, dice el evangelista Mateo: «Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar». Esa expresión, el que lo iba a entregar, en español no suena particularmente extraña, pero si la oímos, por ejemplo, en latín, esto suena de la siguiente manera: «Iudas, qui eum traditurus erat» -el que lo iba a entregar-. Porque, en efecto, hermanos, la palabra traidor viene de él que entrega, en latín entregar se dice «trado» y el que entrega entonces es el «traditor».
Así que un traidor es aquel que entrega. Pero es muy interesante este verbo, porque resulta que hay dos sentidos completamente opuestos del verbo entregar en el Nuevo Testamento. El apóstol San Pablo, por ejemplo, refiriéndose a la resurrección de nuestro Señor Jesucristo en el capítulo 15 de la primera Carta a los Corintios, dice a sus destinatarios, a los destinatarios de esta carta: «Yo les entregué a ustedes lo mismo que yo recibí». El verbo, en este caso el verbo griego, es el verbo «paradídomi», «egó gar parélabon apó tou kyríou, ho kai parédoka hymín», dice San Pablo, «lo que yo recibí yo lo entregué». Es decir, San Pablo siente que él ha entregado, que él ha dado a Jesucristo, que él ha entregado el mensaje del Evangelio.
Y en el texto que hemos oído hoy, Judas está entregando también a Jesucristo. Pero observa, por favor, qué sentidos tan contrarios del mismo verbo. Y lo mismo sucede tanto en latín como en griego. Es el mismo verbo entregar, pero en un caso, en el caso de Judas, es la entrega del traidor, es la entrega del enemigo, mientras que en el caso de San Pablo y, deseablemente, en el caso nuestro también, es la entrega de un amigo que ofrece a los demás un tesoro.
Así que una manera de leer este pasaje que hemos tenido, que la Iglesia nos ha dado el día de hoy, una manera de leerlo es la siguiente, hoy somos invitados a responder a esta pregunta ¿Vamos a entregar a Jesucristo como Judas, a la manera de un traidor, o vamos a entregar a Jesucristo como Pablo, a la manera de un apóstol, de un evangelizador? Y esta pregunta tiene especial resonancia en nuestra América Latina, porque nuestros obispos reunidos en Aparecida en Brasil, nos han dejado una consigna que está en el frontispicio de esta basílica: Discípulos misioneros. Misión Continental. Somos invitados por nuestros obispos a tener la experiencia de San Pablo. ¿Qué es ser discípulo? Recibir, ¿qué es ser misionero? Entregar.
Así como San Pablo dice: «Lo que yo recibí para mí, os lo entregué a vosotros, os lo di a vosotros». Es decir, que San Pablo está haciendo realidad en su vida lo que nuestros obispos nos piden hoy a todos los cristianos católicos en América Latina, que aprendamos a recibir y que aprendamos a entregar. Pero recordemos siempre que hay dos maneras de entregar, hay la manera del traidor y hay la manera del amigo. El traidor, en este caso representado por Judas, cuyo destino eterno lo dejamos en manos de Dios, Dios sabrá que ha hecho con él, y la manera de San Pablo.
Y ¿cómo distinguimos esas dos maneras? El Evangelio de hoy nos da la clave. Observemos cuál es la frase que dice Judas Iscariote: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si yo lo doy, si yo lo entrego?». La característica del que entrega a Cristo, traicionando a Cristo, es que está centrado en sí mismo. Judas quiere entregar a Cristo, pero su preocupación, su amor, está puesto en sí mismo, en el mismo Judas. Es decir, está pensando en su propio provecho. Y por eso, para Judas se trata de un negocio, se trata de un dar, pero que me den. Judas no está pensando en el bien de los que van a recibir a Cristo, está pensando en su propio bien. Es decir, el verbo entregar está marcado por el egoísmo y entonces, se convierte en traición.
Mientras tanto, recordemos la palabra de San Pablo cuando, por ejemplo, dice a los Filipenses: «Nosotros queríamos entregaros no solamente el Evangelio, sino incluso nuestra propia vida». La señal del apóstol es la generosidad. El apóstol no está centrado egoístamente en sí mismo, está centrado en el bien de la persona que va a recibir y está centrado en la gloria de Dios que se va a manifestar, cuantos más conozcan al Señor. ¿Cuáles son entonces las invitaciones de hoy? Son tres.
Primera, pon tu nombre en la Biblia. Cristo quiere celebrar la Pascua en un lugar que por el momento no sabemos de quién es, la línea está en blanco, escribe tu nombre. Dile a Jesús: -Quiero Pascua en mi vida, quiero Pascua en mi corazón, en mi familia, esa es la primera invitación. Segunda invitación, aprender la diferencia entre estos dos sentidos de entregar. Existe el estilo egoísta, codicioso que termina en la destrucción de sí mismo y de los demás, es el estilo de Judas. Es la entrega que significa entregar para traicionar, mientras que existe la otra entrega, que es la entrega del apóstol verdadero, que entrega porque ama y estaría dispuesto a entregar hasta la propia vida. O sea que la segunda invitación es aprender a entregar a Jesús, no desde el propio provecho, sino desde el afán por la gloria de Dios.
Y, en tercer lugar, la tercera invitación, seguir la voz de nuestros pastores, discípulos misioneros. Estamos en tónica de Misión Continental y todos somos invitados a formarnos mejor en la fe para entregar con mayor presteza, con mayor eficiencia y con mayor caridad, el mensaje de salvación, el mensaje de Jesucristo. Recordemos que cuando el sacerdote ofrece la Eucaristía, ahí está Cristo nuevamente entregándose a nosotros. Y nosotros podemos recibir a este Cristo como lo recibió el traidor, pero deseablemente no va a ser así. Vamos a recibir a Cristo como verdaderos discípulos, vamos a recibir el tesoro de la Eucaristía como verdaderos discípulos, para ser también verdaderos misioneros. Sigamos esta celebración en el gozo del Espíritu y en la esperanza del amor que salva. Amén.

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